sábado, 27 de junio de 2020

Cosas que pasan...

Cuando tenés una sesión de cosquillas, de repente suena el teléfono y salís de la habitación para atender. Sin querer, dejás la puerta abierta y el perro se mete a "molestar" a tu víctima.







martes, 16 de junio de 2020

El video

Ver la primera parte de la historia: El profe y el alumno.
Ver la segunda parte de la historia: Pochoclo

Al otro día de la escena del terapeuta, Pochoclo me invitó a su casa nuevamente. Le pregunté si iríamos a algún lado, pero me dijo que no. De esta manera, me fui vestido así nomás: remera y jean. Cuando llegué, lo noté más relajado que de costumbre, como si tuviera todo el día. 

Lo que viste ayer fue para mostrarte mi pasión y a lo que me dedico, las cosquillas —dijo Pochoclo.
¿Cómo es eso? —le pregunté.
Produzco videos de cosquillas, específicamente, hombres siendo cosquilleados —me dijo. —Y adiviná quién va a aparecer en mi próximo video.
¿Yo? —le respondí —No, no sé...
Te voy a mostrar qué tipos de video algo y me decís qué te parece —me dijo.

Pochoclo buscó un video en su celular. Me lo mostró y en él vi a un hombre en calzoncillos atado en una camilla. Luego aparecía Pochoclo y le hacía cosquillas en las axilas. El hombre reía moderadamente. Más bien, la risa parecía impostada.
No sé si yo podría aguantar así como él —le dije.
Si ayer aguantaste bastante bien cuando mi psicólogo te hizo —me respondió —Es más, tendrías que actuar mejor la risa que este tipo para que el video sea creíble.
¿Y cuánto tiempo duraría el video? —le pregunté.
Media hora —me respondió, mientras sacaba un bajo de billetes —Y la paga es buena.
¿Quién paga por eso? —quise saber.
Hombres de otras partes del mundo, no vendo nada dentro en este país —me respondió Pochoclo.

Acepté el trato, pues el plan de ayer había resultado muy buen negocio y por bastante poco había ganado bien. Acepté hacer el video y Pochoclo me llevó a una habitación de su casa a la que no había ido antes, aunque la conocía porque era el mismo escenario del video que me había mostrado momentos antes. Ahí había un trípode, con la cámara. Miré la camilla, las correas y no necesité una orden para saber lo que tenía que hacer: ponerme en calzones como el modelo que había visto.

Hay dinero extra para modelos desnudos —me ofreció.
Ok, pero no quiero sexo oral ni nada más que cosquillas —le dije.

Me quedé completamente desnudo y me recosté en la camilla. Pochoclo me fijó las correas a las muñecas y a los tobilos, los ató y recién ahí, al ver su cara regordeta, supe el peligro que corría: estaba en la casa de un hombre que apenas conocía, atado y desnudo. ¿Por qué no lo pensé antes? O mejor dicho, ¿Por qué no pensé? Intenté desesperadamente pensar en alguna mentira para convencerlo de que había un error. Sin embargo, antes de que pudiera intentarlo, él entró en acción. Nada insoportable; solo un ligero roce en mis costillas con sus dedos. Sin embargo, lo suficiente como para hacerme jadear, considerando mi situación. Luego comenzó a girar muy suavemente sus dedos en mi axila, casi tan ligeramente que no podía sentirlo, pero no del todo. No fue demasiado desagradable, aunque tenía la piel de gallina por todo el cuerpo.

¿Estás bien? —preguntó —No parece que te estés divirtiendo mucho. ¿Qué podemos hacer al respecto?
Podrías desatarme y largarme —le dije.
No, no lo creo... recordá que ya te di el dinero —me dijo con malicia —Cuando termine, vas a decidir que realmente te gustó el trabajo, después de todo.
Antes de que pudiera responder, comenzó a hacerme cosquillas en serio. Los roces ligeros anteriores habían sido tolerables y también me habían dado una falsa seguridad.

Con las uñas de Pochoclo rascándome las plantas de los pies, perdí la compostura y comencé a aullar de risa.
No, da-da-dale, por favor —trataba de decir entre risas, a duras penas.
Veo que aún podés hablar, no debo estar haciendo esto bien —me dijo.

Comenzó a mover sus dedos más rápido, acariciando entre mis dedos de los pies, en mi empeine, incluso alrededor de mi tobillo. Todo esto fue una tortura y yo me estaba riendo histéricamente. Después de unos cinco minutos de este ataque, Pochoclo volvió a los toques ligeros en mis costados.

De alguna manera, el ataque en mis pies debió haberme sensibilizado, porque incluso ahora esto me estaba obligando a reír, no tan fuerte, pero aún así de manera incontrolable. Después de otros minutos, se detuvo nuevamente.
Entonces, ¿es esto todo lo que pensaste que sería? —me preguntó de manera irónica —Parece que no te estás divirtiendo demasiado. Bueno, tal vez solo necesites un poco de estimulación extra.

Con eso, se sentó en la cama entre mis piernas abiertas. Esperaba, con una mezcla de miedo y emoción, que él comenzara a tocar mis genitales, hasta ahora ignorados.
Pará, no jodas —me anticipé —Quedamos que no habría nada de sexo.
Por lo que vi en el video con José, algo pasa cuando te acarician los huevos, ¿no? —Me dijo —Vamos a ver qué pasa si rozo estas bolas grandes...

Y tenía razón. A pesar de mis mejores esfuerzos, mi cuerpo tenía una mente propia. Mi pene había pasado de ser flácido a duro como la roca ni bien empezó a tocarme los testículos.

De manera inesperada, Pochoclo comenzó a hacerme cosquillas en los pies nuevamente. Grité de sorpresa y luego de risa. Desafortunadamente, cuanto más me hacía cosquillas, más me reía. Luego Pochoclo apartó las piernas y recogió una cuerda y una banda de goma del suelo. Antes de darme cuenta, mi escroto estaba estirado y atado. Y luego acarició. Fue fenomenal, nunca había sentido algo así antes. Al principio realmente no le hizo cosquillas, pero a medida que cambió la técnica comenzó a hacerlo cada vez más. Luegose untó crema en las manos y comenzó a burlarse de mi glande también. Me estaba esforzando y gimiendo por la estimulación, y justo cuando pensaba que me iba a acabar, se detuvo. Luego comenzó a hacerme cosquillas en las bolas nuevamente. Aquí estaba, atado, siendo llevado al borde del orgasmo por un tipo que no me dejaba acabar, y la sensación era cada vez más desesperante.

Entonces, ¿qué hacemos ahora? —me dijo —¡Hagamos un trato! ¿Estás listo para jugar? Todo lo que tenés que hacer es no reír durante dos minutos y te suelto. Si te ríes , sin embargo, ¡voy a resolver un castigo adecuado!

Luego comenzó a hacerme cosquillas muy suavemente en las axilas nuevamente. Me mordí el labio, intentando con todas mis fuerzas resistirme. Después de lo que me pareció una hora, Pochoclo me informó que estaba a medio camino.
Ahora voy a hacerte en serio —dijo, con una sonrisa entre dientes, comenzó a hacerme cosquillas no tan a la ligera. Ni siquiera duré 2 segundos antes de reír como un loco.

Uy, parece que perdiste —exclamó Pochoclo —¿Qué haremos ahora? Hmmm
Volvió a esos roces diabólicamente ligeros en las bolas y mi pene, garantizado para torturar pero no para aliviarme el peso que tenía. En este punt,o apenas podía hablar. Había oído hablar de personas enloquecidas por la lujuria, pero pensé que era solo una forma de hablar hasta ahora.

¿Sabías que un hombre es más sensible a las cosquillas después de un orgasmo? —me preguntó.
Me hizo cosquillas en los pies otra vez, esta vez aplicando las uñas a la parte más suave del arco y haciéndome resistir tanto que pensé que la cama se rompería.

¿Qué piensas, deberíamos averiguarlo? —inquirió, pero yo ya no le respondía.
Él me tenía, y lo sabía. Pero todavía pensé que podría manejar esto. Y lo hice cinco minutos a pesar de sus constantes cosquillas en mis bolas. Luego comenzó a acariciarme la pija. Continuó acariciando más y más fuerte. Sin una oportunidad de responder, ¡comencé a gemir y de repente exploté! Sacudida tras sacudida, mi de esperma saltó a chorros; ¡El primer chorro realmente aterrizó en mi cabello! Y seguía llegando, en parte debido a la negación anterior y en parte porque David no se detendría. Él seguía acariciando mientras mi cuerpo se estremecía y temblaba. Finalmente, cuando estaba "agitado en seco", se detuvo. E inmediatamente comenzó a dedearme las axilas y los costados. Ahí realmente supe que las personas son más delicadas después del orgasmo, lo cual nunca lo creí ... hasta ese momento. Aullaba histérico, incluso comenzaba a llorar, porque no podía soportar el incesante remolino de sus dedos. Cuando luego se puso de pie, pensé que realmente me desmayaría de la sensación.

Me costaba respirar, pero seguía jadeando para seguir riéndome. Luego encontró un lugar que no había hecho cosquillas antes: en la ingle entre mis genitales y mi muslo. Esta área ósea resultó ser tan delicada como mis pies, si no más.

Después de una eternidad que fue en realidad tal vez 10 minutos, estaba completamente empapado de sudor y exhausto. David se detuvo abruptamente y salió de la habitación. Finalmente me tranquilicé, y aunque todavía atado decidí que lo único que podía hacer era irme a dormir. No hay tanta suerte. Regresó en unos momentos y dijo malvadamente:
¿Listo para la segunda ronda? —me preguntó

Ahí fue cuando pasó el milagro: la soga que ataba una de mis manos se rompió y así pude zafarme. El empujón que le di a Pochoclo me dejó el suficiente tiempo como para quitarme la correa de la otra muñeca. Pochoclo no intento nada, estaba aterrorizado. Me desaté los tobillos y me salí de la camilla. Estaba enojado, humillado, pero también sumamente agotado y sin fuerzas para siquiera hablar o intentar ago más. Simplemente tomé mi ropa y me vestí como pude y salí de su casa.

Afuera, el aire estaba fresco. Le pedí un cigarrillo a una mujer que encontré en la calle. Mientras caminaba, intenté repasar todo lo que había pasado en la calle de Pochoclo.

Llegué a mi casa, me bañé. Cuando salí, encontré un mensaje en mi celular.
El video salió bien, pero el final vamos a tener que hacerlo nuevamente. Te doy tres días de descanso, el fin de semana vendrás a mi casa. Asumo que te respuesta será que sí, porque ahora tengo dos videos que te comprometen.

Me quedé en blanco. No iba a dejar que Pochoclo me pusiera otro dedo encima. ¿Pero de qué sería él capaz? Ahí recordé la tarjeta que su psicólogo me había dado ayer. La busqué y la leí.

Lic. Damián Litman
Psicólogo

En la parte inferior de la tarjeta estaba su dirección y su teléfono. Supe que inmediatamente tendría que llamarlo, pues sospechaba que algo más grande había detrás de todo esto.

miércoles, 3 de junio de 2020

Pochoclo

Ver la primera parte de la historia: El profe y el alumno

Releí un par de veces el misterioso mensaje que había recibido en mi celular.

Hola, soy amigo de José. A él lo internaron hace unos meses porque decía que quería suicidarse. Él está bien por suerte. Me dejó su celular, me contó y me mostró todo de vos. Tengo tu video. Hablemos, tengo una propuesta que te va a interesar y más vale que tu respuesta sea que sí.

Me preguntaba qué habría pasado con José, aunque me inquietaba más la mención del polémico video, que supuestamente iba a quedar como parte de nuestro trato. ¿Cómo había perdido él su celular y quién era esta persona que ahora lo tenía? Era tarde para arrepentirse por aceptar hacer el video, tenía que solucionar este asunto antes de que el video se viralizara o llegara a manos equivocadas.

En los días siguientes, supe que el mensaje había sido enviado por un tipo conocido como Pochoclo, un gordito que a juzgar por su foto de perfil que le hacía honor a su apodo. Más allá de eso, nada más podía decirse. Era difícil adivinar qué edad tenía. Puse mi mejor predisposición para arreglar todo de una vez, pues si bien el mensaje no era una extorsión directa, la sugería implícitamente. Dinero no tenía, así que ¿Quién puede dar lo que no tiene? Decidí que el primer paso sería escuchar lo que tenía para decirme.

Pochoclo me citó en su casa y para mi sorpresa, no me pidió dinero. Todo venían siendo buenas noticias. Al conocerlo, no me resultó para nada intimidante, es más, podría decir que era alguien educado, refinado y de buenos modales. Su casa era grande y francamente estaba decorada como la casa de una vieja, aunque no vi ninguna señora mayor ahí. No llegué a ver la casa en su totalidad, pero se notaba que era una persona de recursos.

En el tiempo que estuvimos en su sala de estar, él evitó durante toda la charla hacer mención al video y más bien se notaba interesado en conocer más acerca de la relación que tenía con José. Le expliqué que no había más de lo que él ya había visto y de toda aquella teoría de José con la barba y además, recalqué mis poblemas económicos. Cuando la charla parecía desviarse hacia cualquier lado, Pochoclo se puso serio....

¿Sabías que José le pasó tu video a otras dos personas? —me preguntó- Pero no te preocupes, ya fueron advertidos de que no lo viralizaran.
¿Ah sí? pregunté sin creerle en la historia —¿Y por qué tanta solidaridad con un desconocido?
Porque creo que nosotros podríamos conocernos y hacer buenos negocios —me respondió.
¿Qué tipo de negocios? —le pregunté.
Uno que la paga es bastante buena —dijo —Quiero que trabajes una semana para mí en algunas tareas.
¿Qué clase de tareas? —repregunté, sospechando que iba a hacer una propuesta indecente.
Es largo para contarte ahora y ahora me tengo que ir dijo Pochoclo mirando su reloj y sacando un papel de su bolsillo —Nos vemos mañana a las 15 horas en esta dirección.

Prácticamente, Pochoclo me invitó a retirarme, no sin avisarme que era muy importante la puntualidad y que si me negaba a ir, él no se molestaría en impedir que sus supuestos amigos viralicen el video. Decidí no ponerme violento ni amenazarlo, ¿De qué me serviría?

Una vez en mi casa, busqué la dirección que Pochoclo me escribió y noté que se trataba de un lugar bastante concurrido, en una zona de oficinas. No especificaba el piso, así que sospeché que se trataba de algo burocrático.

Al otro día, fui a la dirección y llegué diez minutos antes. Vi a Pochoclo acercarse a los lejos, dando pasos cortos a toda prisa.
Llegaste temprano, bien —dijo Pochoclo.
¿Qué tengo que hacer? —le pregunté.
Vamos a entrar a lo de mi terapeuta —me dijo —Ahí vas a entender un poco mejor lo que hago.
¿No es la terapia un espacio privado? —le pregunté, extrañado.
Solo si el paciente así lo quiere —me respondió —Una vez que entremos, necesito que hagas todo lo que yo te pida sin cuestionarme, ¿Podrás hacerlo?
Creo que si —le respondí.
Muy bien —me dijo, metiéndose la mano en los bolsillos y sacando una generosa cantidad de dinero —La otra mitad te la doy al salir, si todo sale bien

Pochoclo tocó timbre, se anunció y subimos por el ascensor. La oficina 31 del piso 2 era un consultorio. Pochoclo entró primero y luego me hizo pasar.
¿Quién es él? —preguntó un hombre, seguramente el terapeuta —Pocho, ya hablamos de esto...
Si, lo hablamos, pero siento que tuve un retroceso con mi tema —respondió Pochoclo, de quien me hubiera gustado saber el nombre real —Y hoy quisiera divertirme un poco.

El terapeuta de Pochoclo tendría unos 35 años. Barba, anteojos, vestía una camisa y estaba en buena forma. Trataba de mantener una neutralidad, pero aún sin conocerlo podía decir que el hombre estaba nervioso con nuestra presencia. Pochoclo se sentó en su lugar y me miró.
Este chico es el semental que te conté la semana pasada —le dijo a su terapeuta —Así flaco como lo ves, le llenaba a José todos los frascos de semen que él le pedía.
¿Y por qué lo trajiste? —le preguntó, tratando de abrir al diálogo.
Para que le hagas cosquillas —le respondió.

Pochoclo me ordenó que me quitara la remera y así lo hice. ¿Iba a hacerme cosquillas? ¿Qué clase de locura es esa?
Mirá —le dijo Pochoclo a su psicólogo —tiene el pecho peludo, bien macho, vamos a ver si aguanta unas cosquillas.
Vos, brazos arriba y manos en la nuca y no las bajes hasta que te diga —me ordenó. Lo hice.
Y vos, andá y hacele cosquillas —le ordenó al terapeuta.
Pocho, esto no corresponde —objetó él.
¿Vamos a pasar de vuelta por esto? —le dijo, enojado -Recordá que tu carrera pende de esta mano y hablo...

Intuí que el terapeuta era otro amenazado. Bastó eso para que obedeciera inmediatamente. Se acercó y se puso frente a mí, sin mirarme a los ojos. Intentó a hacerme cosquillas en las costillas, pero de alguna manera pude aguantar sin reírme. Él se empezó a poner nervioso e intentó hacerme cosquillas en el vientre, pero tampoco logró ningún resultado.
¡No, no, no! -gritó Pochoclo —le estás haciendo mal, sin ganas.
¡No tiene cosquillas! —él se defendió.
¿Cómo que no tiene? —le preguntó enojado, acercándose a mi.

Pochoclo me hundió uno de sus dedos en las axilas, haciéndome reír. Yo di un paso hacia atrás para defenderme.
¿Ves que sí tiene? —le dijo al terapeuta.

El terapeuta volvió a probar, pero sin éxito. Repitió la técnica anterior en las costillas y el estómago, pero no funcionaba. El psicólgo se puso nervioso.
¿Por qué no le querés tocar las axilas? —le preguntó Pochoclo -¿Acaso te da asco o algo así?
Es que está transpirado... —respondió el psicólogo.
¿Y qué me importa? —preguntó Pochoclo, levantando la voz.
Tiene mucho olor a chivo —dijo el terapeuta, con un tono despectivo, como si yo no estuviera ahí.

Lo confieso, el desodorante no suele durarme el tiempo que a mí me gustaría. Aún así, creo que tampoco era para tanto, teniendo en cuenta los nervios de que un tipo desconocido te esté haciendo cosquillas. Había un tono bastante desagradable en el psicólogo.
Sacate la camisa —le dijo Pochoclo a al terapeuta. Éste obedeció de inmediato.

El psicólogo, evidentemente, iba al gimnasio. Tenía la espalda y el pecho bastante desarrollados; el pecho peludo, incluso tanto como yo. Pochoclo le ordenó que levantara los brazos y hundió su nariz en la peluda axila derecha de su terapeuta, inspirando ruidosamente.
¿Te pensás que vos olés diferente? —le preguntó.
No —respondió él, mirando hacia abajo.
¿Y creés que podés venir a criticar a mi amigo? —le preguntó.
Hacele cosquillas vos, entonces—me dijo.

Me acerqué al psicólogo y empecé a hacerle cosquillas. Evidentemente, Pochoclo tenía un fetiche con eso y me pareció que por el dinero que me ofreció, era buen negocio. Por mucho menos hice peores cosas, como el trato de las clases de  biología con José u otros trabajos degradantes que había tenido, como telemarketer o en una tienda de ropa. Esto era dinero fácil y rápido, sin sacrificar demasiado. Incluso, puedo decir que me sentía un niño haciéndolo, casi que me divertía.

El psicólogo se empezó a reír ni bien le toqué las axilas y su risa me contagió. Quería hacerlo bien, la actitud del terapeuta hacia mí me había prevenido acerca de qué es lo que Pochoclo quería. En algún punto, también sentía que me vengaba por el trato que recibí de mi víctima; el tipo tenía también las axilas muy transpiradas, pero no me importó. En los gimnasios uno se acostumbra a convivir con el sudor del otro. Con toques suaves, probé las costillas del terapeuta y él terminó por bajar los brazos y alejándose, mientras pasaba mis dedos por toda su caja toráxica.
Basta, no lo aguanto —dijo el psicólogo, después de tres minutos.
La próxima vez que insultes a un amigo, te voy a atar como aquella vez y te voy a cosquillear hasta el paroxismo, ¿me escuchaste? —lo amenazó Pochoclo.

La curiosa sesión de terapia se dio por terminada. Mientras yo me volví a poner la remera, el terapeuta se empezó a abrochar su camisa. En cierto momento, Pochoclo recibió una llamada telefónica y nos dio la espalda por un breve momento. Ahí fue cuando el terapeuta me miró a los ojos por primera vez. Yo le hice un gesto con el dedo girando mi dedo en la cabeza, el clásico gesto de "está loco" y me hizo un silencioso gesto con el pulgar y el meñique "teléfeono" y me pasó una tarjeta. Logré guardar su tarjeta antes de que Pochoclo se diera vuelta.

Salimos del edificio y Pochoclo se despidió de mí, no sin antes darme una cantidad igual de dinero a la que recibí antes de entrar. Debí aceptarlo y desaparecer en ese mismo momento, porque lo que ocurrió al día siguiente me hizo darme cuenta que la situación era más peligrosa de lo que pensé.