Liam caminaba despreocupado hasta el contenedor de basura, arrastrando la bolsa con pereza. Eran casi las diez de la mañana y la normativa de la ciudad era clara: la basura solo podía sacarse después de las ocho de la noche. Pero a Liam no le importaba. Dejó caer la bolsa junto al contenedor sin siquiera molestarse en abrir la tapa.
—¡Eh, pibe! —se escuchó la voz firme de un hombre. Liam se giró y vio a dos recolectores de residuos que lo observaban con desaprobación.
—¿Qué? —respondió con fastidio.
—Sabés que no podés tirar la basura a esta hora —dijo uno de ellos, un hombre robusto de brazos fuertes y mirada severa.
Liam resopló y se encogió de hombros. —¿Y qué? No es el fin del mundo.
El otro recolector, un hombre más alto y delgado, suspiró con paciencia. —Mirá, nosotros hacemos nuestro trabajo y solo queremos que la gente respete las reglas. Pero además de tirar la basura en cualquier horario, sos bastante maleducado.
—¿Y qué me van a hacer? ¿Multarme? —se burló Liam con una sonrisa altanera.
Los dos recolectores se miraron y el de brazos fuertes, cuyo nombre era Manuel, habló con voz calmada pero firme. —En realidad, sí. Por si no estabas enterado, la normativa de la ciudad permite sancionar a los infractores con una multa especial: diez minutos de cosquillas. No es algo que se use mucho, pero en casos de ciudadanos irrespetuosos como vos, es completamente válido.
Liam soltó una carcajada. —¿Cosquillas? ¿Esa es la mejor amenaza que tienen? ¡Por favor! Ni siquiera tengo cosquillas.
Martín, el otro recolector, sonrió con diversión y miró a Manuel. —Creo que tenemos un caso de "chico malo".
—Sí —respondió Manuel, estirando los dedos como quien se prepara para una tarea importante—. Pero ya sabemos lo que pasa con los chicos malos. Siempre se arrepienten.
Liam cruzó los brazos con seguridad. —Adelante. Intenten lo que quieran. No me afecta en lo más mínimo.
—Bueno, pero tenés que cooperar —dijo Martín, acercándose—. Para que la sanción sea justa, necesitamos asegurarnos de que no te resistas. Así que te vamos a poner en una llave para que estés bien quietito.
Liam rodó los ojos y alzó los brazos con exagerada confianza. —Sí, sí, hagan lo que quieran. Esto es una pérdida de tiempo.
Martín sonrió y, con movimientos expertos, le sujetó los brazos en una llave que lo dejó completamente expuesto, ya que Liam levaba una remera sin mangas, dejando sus axilas al aire. Manuel se acercó lentamente, flexionando los dedos con una sonrisa llena de intención.
—A ver si seguís tan valiente dentro de un minuto —murmuró, y sus manos comenzaron a moverse.
Manuel apenas rozó las axilas de Liam con las yemas de los dedos y, de inmediato, notó un pequeño temblor en el cuerpo del joven. Liam se tensó, intentando disimular, pero Manuel vio la forma en que sus labios se apretaban para contener una sonrisa.
—Ah, mirá vos… —dijo Manuel con diversión—. Y vos decías que no tenías cosquillas…
—N-no tengo —replicó Liam con una voz algo más aguda de lo habitual.
Pero Manuel no le creyó. En lugar de discutir, decidió demostrar su punto. Sus dedos comenzaron a moverse con más destreza sobre la piel sensible de Liam, recorriendo cada centímetro de sus axilas.
—¡N-no, esperá…! —soltó Liam, pero su cuerpo lo traicionó. Primero fue un pequeño espasmo, luego un intento fallido de contener la risa y, finalmente, la carcajada inevitable—. ¡JAJAJA! ¡Basta, nooo!
Martín sonrió satisfecho mientras mantenía firme la llave.
—Así que no tenías cosquillas, ¿eh?
En ese momento, una señora que pasaba por la vereda, testigo de la escena, se detuvo con una expresión de aprobación.
—¡Denle su merecido! —exclamó—. No es la primera vez que este chico saca la basura a cualquier hora. Siempre se hace el vivo.
Manuel asintió con gravedad.
—Bueno, señora, hay que escuchar a la voz del pueblo. ¡Estas axilas peludas piden cosquillas a gritos!
Y con esa excusa, intensificó el ataque. Sus dedos se movieron con precisión sobre las axilas peludas de Liam, bajaron por sus costillas y luego encontraron un punto especialmente sensible en sus costados. Liam intentó retorcerse, pero la llave de Martín lo mantenía completamente inmovilizado.
—¡JAJAJA, NO MÁS, NO MÁS! —gritó entre risas, su rostro rojo por el esfuerzo.
El tiempo pasaba y el castigo continuaba. Cuando llevaban unos tres minutos, Liam ya estaba jadeando y con gotas de sudor deslizándose por su frente.
—Uf… vas a necesitar un baño después de esto —comentó Manuel con una mueca burlona—. Estás empezando a transpirar.
Liam, aún riendo, logró responder entre jadeos:
—¡Jajajajajaja! ¡E-entonces soltame de una vez!
Pero Manuel negó con la cabeza, disfrutando del momento.
—No, no, nosotros estamos acostumbrados a todo. Lo que no soportamos es a los irrespetuosos como vos. Así que vas a cumplir con tu castigo completito.
Y dicho esto, volvió a concentrarse en su tarea, haciendo que Liam volviera a estallar en carcajadas desesperadas. Los dedos del hombre eran expertos en encontrar los puntos más sensibles de las axilas de Liam, cuyos pelos se pegoteaban por el sudor.
A su alrededor, una pequeña multitud de vecinos se había congregado para presenciar el espectáculo. Algunos aplaudían con entusiasmo, otros reían y más de uno comentaba que aquello era lo mejor que habían visto en mucho tiempo.
—¡Así se hace! —gritó alguien entre el público.
—¡La próxima sacá la basura a la hora que corresponde, pibe! —agregó otro, entre carcajadas.
Cuando finalmente los diez minutos llegaron a su fin, Liam estaba completamente empapado en sudor, con la respiración entrecortada y las piernas temblorosas. Su cabello, pegajoso por la transpiración, le caía sobre la frente, y su remera sin mangas estaba adherida a su cuerpo. Apenas pudo mantenerse en pie cuando Martín lo soltó, dejándolo recuperar el aliento.
Liam, aún jadeando, se inclinó con las manos sobre las rodillas, tratando de recuperar la compostura. Manuel y Martín se cruzaron de brazos, observándolo con satisfacción.
—Bueno, muchacho —dijo Manuel, dándole unas palmaditas en la espalda—. ¿Aprendiste la lección?
Liam asintió rápidamente, sin atreverse a replicar.
—Sí… sí, la aprendí —dijo con voz ronca, todavía intentando normalizar su respiración.
Martín sonrió de lado y se encogió de hombros.
—Me alegra escuchar eso. Pero te voy a dar otro consejo, además de que seas más limpio… —hizo una pausa, disfrutando la anticipación—. No seas tan crédulo.
Liam frunció el ceño, sin entender a qué se refería.
—¿Qué…?
—Esa normativa de las cosquillas… —continuó Martín, reprimiendo una sonrisa—. No existe.
Por un momento, el rostro de Liam se congeló. Luego, el estallido de risas de los vecinos terminó de hundirlo en la vergüenza.
—¡¿Me están diciendo que todo esto fue…?! —balbuceó, abriendo los ojos con incredulidad.
Manuel le dio una última palmada en la espalda antes de recoger sus guantes de trabajo.
—Nosotros solo hacemos nuestro trabajo —dijo con una sonrisa burlona—. Y educamos a los irrespetuosos en el proceso.
Los recolectores se alejaron entre risas y aplausos del público, mientras Liam, todavía tratando de asimilar lo que acababa de pasar, se pasaba una mano por la cara, derrotado.
Definitivamente, la próxima vez pensaría dos veces antes de sacar la basura fuera de horario.