Ya habíamos alertado sobre el dispositivo casero creado para hacerse cosquillas a uno mismo... En este casos, una knismesis (cosquillas suaves).
Ahora, tenemos que decir que la cosa se está yendo de control (por suerte)!!
Ya habíamos alertado sobre el dispositivo casero creado para hacerse cosquillas a uno mismo... En este casos, una knismesis (cosquillas suaves).
Ahora, tenemos que decir que la cosa se está yendo de control (por suerte)!!
Yalil había oído hablar de los talibanes por primera vez hacía dos años, en octubre de 1994, un día que Rashid llegó a casa con la noticia de que habían derrotado al resto de los cabecillas militares en Kandahar y se habían hecho dueños de la ciudad. Se trataba de una fuerza guerrillera, explicó, compuesta por jóvenes pastunes cuyas familias habían huido a Pakistán durante la guerra contra los soviéticos. La mayoría de ellos habían crecido —algunos incluso habían nacido— en campos de refugiados situados en la frontera con Pakistán y en madrasas pakistaníes, donde los ulemas los habían instruido en la sharia. Su líder era un misterioso recluso analfabeto y tuerto, el ulema Omar, que, según explicó Rashid con cierto regocijo, se hacía llamar Amir-ul-Muminin, Líder de los Fieles.
Kabul se llenó de camiones. En Jair Jana, en Shar-e-Nau, en Karté-Parwan, en Wazir Akbar Jan y Taimani, camiones Toyota rojos recorrieron las calles. En ellos viajaban hombres armados, con barba y turbante negro. Todos los camiones llevaban altavoces desde los que se lanzaban proclamas, primero en farsi y luego en pastún. El mismo mensaje se profería desde los altavoces que había en lo alto de las mezquitas y desde la radio, que ahora se conocía como La Voz de la Sharia. También se lanzaron folletos con el mismo mensaje. Yalil encontró uno en el patio.
Nuestro watan se conocerá a partir de ahora como Emirato Islámico de Afganistán. Éstas son las leyes que nosotros aplicaremos y vosotros obedeceréis:
Todos los ciudadanos deben rezar cinco veces al día. Si os encuentran haciendo otra cosa a la hora de rezar, seréis azotados. Todos los hombres se dejarán crecer la barba. La longitud correcta es de al menos un puño por debajo del mentón. Quien no lo acate, será azotado.
—No pueden obligar a la mitad de la población a quedarse en casa sin hacer nada y a la otra mitad a no afeitarse —dijo Yalil.
—¿Por qué no? —replicó Rashid.
Cuando los talibanes se pusieron manos a la obra, Yalil se alegró de que su padre no estuviera vivo para verlo. Habría sido un trauma para él.
Grupos de hombres con picos irrumpieron en el desvencijado Museo de Kabul y destrozaron las estatuas preislámicas, es decir, las que aún no habían sido objeto del pillaje de los muyahidines. Cerraron la universidad y los estudiantes tuvieron que volver a casa. Arrancaron cuadros de las paredes y los rajaron. Rompieron televisores a puntapiés. Quemaron todos los libros, excepto el Corán, y se cerraron las librerías. Los poemas de Jalili, Paywak, Ansari, Hayi Deqan, Ashraqi, Beytaab, Hafez, Yami, Nizami, Rumi, Jayyám, Beydel y los demás se convirtieron en humo.
—Bah, a los hombres no va a cambiarnos gran cosa —refirió Rashid. —Pero tú deberías empezar a dejarte crecer la barba.
—Veremos...
A Rashid los talibanes no le resultaban demasiado molestos. Sólo tenía que dejarse crecer la barba y visitar la mezquita, cosas ambas que hizo. Rashid veía a los talibanes con cierto desconcierto afectuoso y comprensivo, como podría mirar a un voluble primo dado a actuar de manera imprevisible y a ser motivo de escándalo e hilaridad.
Yalil no prestó demasiada atención a los talibanes e hizo como si nada pasara, pero pronto supo de hombres a los que llevaron a rastras a las mezquitas, acusándolos de haberse saltado el namaz. Se enteró de que el restaurante Marco Polo, cerca de la calle del Pollo, se había convertido en un centro de interrogatorios. A veces se oían gritos al otro lado de las ventanas pintadas de negro. La Patrulla de las Barbas recorría la ciudad en camiones Toyota en busca de rostros afeitados que machacar.
Un día, Yalil fue sorprendido por una de estas patrullas y llevado, junto a otros hombres, a un depósito.
—Calma, el castigo no es tan malo— le dijo otro de los hombres detenidos.
Efectivamente, el castigo para un hombre en un sistema gobernado por otros hombres no podía ser tan malo. A los imberbes se los desnudaba, inmovilizaba y les hacía cosquillas en los pies durante algunas horas.
A las cosquillas se le sumaba el calor que hacía, aumentado por el agitamiento de las risas y los movimientos. Las risas inundaban el lugar y aquellos hombres eran humillados obligándolos a reír como niños. Luego de eso, se los dejaba ir.