miércoles, 27 de agosto de 2025

Cena con los padres

 El grupo de padres se llamaba, por alguna extraña razón, Los Hongos de Pino. Nadie sabía con precisión quién había elegido ese nombre ni por qué, pero todos coincidían en que tenía sentido. Había algo en la textura de la amistad que se había formado ahí —compacta, terrosa, de crecimiento silencioso y resistente al frío— que justificaba esa extraña denominación.

Estaban Diego, el más estructurado;
Mariano, experto en hacer chistes que funcionaban mejor en voz baja;
Maxi, que siempre traía vino caro pero vestía como si acabara de bajarse de una camioneta de obra;
Mauro, con energía de director técnico aunque no dirigiera nada;
Grego, el anárquico, capaz de pasar del silencio absoluto a la provocación sin transición;
Fernando, el más pausado y, por lo tanto, el más temido cuando hablaba;
y Paco, que había sido el último en ingresar… hasta ahora.

La estructura del grupo era informal pero rigurosa.
No había reglas explícitas, pero todos sabían que lo que se hablaba en el grupo —ya sea sobre el jardín de infantes, las maestras, las crisis existenciales o el olor del tupper olvidado por tercera vez— quedaba en el grupo.
No se compartía, no se comentaba, no se filtraba.

Y por eso, cuando se propuso invitar a David, el nuevo padre, el tema no fue tomado a la ligera.

—Tiene buena energía —dijo Mariano.
—Es lúcido, pero no denso —sumó Maxi.
—¿Sabe reírse de sí mismo? —preguntó Grego.
—Sí, y además hace terapia —respondió Paco, con tono de carta ganadora.
—Entonces… puede ser.

La invitación fue simple, sin mucha ceremonia:
una cena el sábado por la noche, en la casa de Diego, con la excusa de “ponerse al día entre padres”.
David aceptó sin sospechar nada.

Pero todos los demás sabían que esa noche iba a ser su bautismo.
Porque en Los Hongos de Pino, uno no entra simplemente por compartir un asado.
Se entra por el cuerpo.
Y David todavía no sabía que el suyo estaba por ser puesto a prueba.

David llegó puntual. No por rigidez, sino por una mezcla de ansiedad, curiosidad y respeto tácito por ese grupo al que —aunque nadie se lo hubiera dicho— ya sabía que quería pertenecer.

El restaurante estaba cerrado para el evento. Literalmente.
Una parrilla de barrio reciclada, con luces cálidas, olor a madera quemada y un mozo que los llamaba a todos por su nombre de pila.
En la pizarra de la entrada, alguien había escrito con tiza:
"Mesa reservada – HONGOS DE PINO",
como si fuera una logia o una agrupación secreta de exalumnos del Nacional Buenos Aires.

David entró con paso firme. Saludó a todos con una sonrisa equilibrada —esa que mezcla simpatía con prudencia— y se ubicó en la mesa larga, entre Paco y Mariano.
Hubo chistes, saludos, algún brindis temprano con fernet mal servido.
El clima era relajado. Pero David no tardó en notar que lo observaban. No con hostilidad, sino con cierta expectativa silenciosa. Como si evaluaran cómo se movía, cómo respondía, cuánto se reía, cuánto transpiraba.

Después del primer plato —una provoleta exagerada—, David se excusó para ir al baño.

El baño estaba al fondo, cruzando una cortina de cuentas de plástico y una galería angosta con plantas colgantes. Entró, se paró frente al urinal, y justo cuando estaba empezando a relajarse, escuchó pasos detrás suyo.
Era Mauro.

—Qué noche, ¿eh? —dijo Mauro, ya parado en el urinal contiguo.
—Sí, re buena onda —respondió David, con ese tono de charla neutral que suele instalarse entre hombres que mean uno al lado del otro.

Silencio corto.
Y después Mauro lo miró.

No un vistazo casual. Un segundo y medio más de lo permitido. David lo notó. No era paranoico.
Se quedó quieto un instante, pero sin cortar el flujo.
Giró apenas la cabeza.

—¿Todo bien? —preguntó, sin agresividad pero marcando la incomodidad.

Mauro sonrió, tranquilo. Como quien ya ha pasado por ese tipo de situaciones.

—Tranqui, David. No te pongas nervioso. Soy médico —dijo, y agregó con una risita seca—: Ginecólogo, además. No me asusto ni con cuerpos ni con pudores.

David se rio con cierta incomodidad, y para no quedar como un paranoico total, soltó:
—Yo también vengo del palo de la salud… aunque más desde el lado mental.

—Entonces nos vamos a entender —dijo Mauro, sacudiéndose las manos con eficiencia quirúrgica.
Se lavó, se miró al espejo. Y mientras se secaba con una toalla de papel, soltó:

—Acá, en Los Hongos de Pino, la confianza es clave. Más allá de los hijos, más allá del jardín… acá compartimos todo. Opiniones, fotos, emociones, miserias. Y sí, también momentos como este. El grupo funciona porque nadie se escandaliza. 

David, todavía en el urinal, se quedó en silencio un segundo. Sintió que algo acababa de cambiar de tono. No era una amenaza. Tampoco una invitación directa. Era simplemente una advertencia amable.

Cuando volvió a la mesa, la provoleta ya era historia. Y alguien estaba descorchando el segundo vino. David volvió a sentarse. Pero ya no era el mismo que había entrado al baño. El segundo brindis llegó con más fuerza que el primero. Ya no era un brindis de cortesía, sino uno con nombre propio.

—¡Por el nuevo! —dijo Grego, levantando la copa.
—¡Por David! —repitieron los demás, casi al unísono.

David sonrió, un poco ruborizado, pero genuinamente contento. Estaba adentro. O eso parecía. Las risas eran sinceras, la mesa estaba viva, y el vino ya empezaba a ablandar los bordes del cuerpo.

Entonces, Fernando —que había estado callado hasta ese momento— habló:

—Pero pará…¿Ya es la hora del bautismo?

Silencio. Mariano hizo una mueca de complicidad. Maxi miró a Diego y asintió. Y Mauro —el del baño— fue quien dio el paso.

—Yo diría que llegó el momento. Y acá, David, si vos querés formar parte de verdad… hay que hacer las cosas como en los viejos tiempos.

David los miró, entre divertido y desconfiado. La frase “como en los viejos tiempos” le sonó a chiste privado, pero no detectó burla ni mala intención. Solo una solemnidad forzada que le provocaba curiosidad.

—¿Y eso qué implica? —preguntó, con media sonrisa.

—Nada grave —dijo Paco, como quien ya pasó por eso—. Pero sí necesario. Es tradición.

Entonces, entre todos, comenzaron a mover sillas, a despejar una mesa rectangular que estaba en una esquina del salón. No era muy grande. Justo para que alguien se acostara encima.

Y Diego lo invitó con un gesto.

—¿Te animás?

David miró alrededor. Todos reían. Algunos filmaban con sus teléfonos. El clima era festivo. Había algo de circo, algo de despedida de soltero, algo de código de varones entre la risa y la prueba.

Y David, que ya estaba dentro del vino, del grupo, del juego, se dejó llevar.

—Tenés que darme tu remera, si querés que no se dañe.

Se sacó la remera. El cuerpo tibio, marcado por el ejercicio, se tensó un poco al sentir el aire del salón. Y subió a la mesa. Se acostó boca arriba. Y dejó que le ataran las muñecas con precintos suaves, de esos que usan en logística.

Mariano se acercó, se agachó a su lado, y le habló al oído, como quien explica las reglas antes de un juego serio:

—David… Para entrar a Los Hongos de Pino, hay que dejar ciertas cosas en claro. Primero: no se traiciona al grupo. Segundo: el cuerpo no miente. Tercero: las risas son el sello del pacto.

David asintió, algo tenso, pero todavía dentro del tono festivo. Pensaba: “Son los padres de los compañeros de mis hijos. No puede pasar a mayores.”

Pero ya tenía los brazos atados hacia arriba. Y las axilas, sudadas por el calor del salón y el vino, expuestas.

Uno de los padres —no supo cuál— apoyó una mano en su costado. Apenas un roce en las costillas. Y David pegó un pequeño salto. Inmediatamente. Como quien ya no tiene escapatoria.

—Ah… mirá vos, tenés cosquillas —dijo Grego—. Vamos a pasarla bien esta noche.

David ya estaba atado a la mesa. La remera, fuera de combate. Las muñecas sujetas hacia atrás, el torso peludo expuesto, las axilas húmedas, el cuerpo ligeramente arqueado por la tensión y el vino.
Rodeado. O más bien… cercado.

Fue Fernando quien tomó la posta. Se acercó con paso lento, como si caminara sobre tablas. Lo miró de arriba abajo, se agachó, y con la voz grave y pausada de quien no pregunta por cortesía, le dijo:

—Primera cuestión, David… ¿Le pasaste información nuestra al grupo de las brujas?

Un par de risas estallaron por lo bajo. Todos sabían que el “grupo de las brujas” era como llamaban a las madres del jardín, que tenían su propio grupo de WhatsApp lleno de stickers amorosos, recetas sin TACC, quejas veladas y espionaje organizado.

—¿Información? ¿Yo? —dijo David, con media sonrisa—No, nada. Les juro.

Fernando no dijo nada. Solo acercó su mano en la axila izquierda. Y empezó a moverla. Dedo por dedo, tanteando la zona. Sin apuro, como quien busca oro en una tierra conocida.

David soltó una carcajada inmediata.

—¡Pará! ¡No me hagas cosquillas! ¡Te juro! —reía, y se sacudía como podía, sin chances reales de escapar.

Entonces se sumó Maxi, que se ubicó del otro lado, atacándolo del otro lado con ambas manos.

—Vamos, papá. Confesá. ¿Pasaste stickers? ¿Capturas? ¿Audios?

—¡Nada, loco! ¡Nada! —gritaba David, ya con lágrimas en los ojos de tanto reír.—¡Yo no digo nada! ¡Les juro! ¡Dejen de hacerme cosquillas!

Fernando lo miró con una ceja levantada.

—No sé, chivás como testigo falso.

Hubo risas en la mesa. Pero David, entre carcajada y carcajada, logró soltar:

—¡No! ¡Es normal, soy así siempre! ¡Que lo diga Mauro! ¡Es médico, él sabe!

Silencio breve. Todos miraron a Mauro, que se estaba sirviendo otra copa. Le hizo un gesto al mozo de que esperara, y se acercó lentamente.

—¿Yo? —dijo, con media sonrisa—. Bueno, si hay que intervenir, se interviene.

Mauro se acercó al cuerpo de David, que jadeaba de risa, sudado, derrotado y todavía atado. Se inclinó con exagerada seriedad médica sobre su torso, hundió la nariz a la axila izquierda, respiró hondo... Y dijo:

—Mmm… Difícil decirlo. Podría ser olor a macho, pero también… olor a traidor. Yo no firmaría un diagnóstico todavía. Hay que seguir averiguando.

Una carcajada general inundó la sala. Y al segundo siguiente, las cuatro manos volvieron a atacar.
Axilas, cintura, el cuello, el límite exacto entre la espalda baja y la risa incontrolable.
David gritaba, lloraba, se retorcía. Pero no delataba.

Y eso, en el fondo, ya lo volvía parte del grupo.

David ya no sabía cuántos minutos llevaba riendo. Tenía las muñecas atadas por detrás, el pecho descubierto, la respiración entrecortada y el sudor marcándole mechones del pelo del pecho como si hubiese salido de una pileta tibia. Creía que lo peor había pasado. Pero no.

Fue Mariano quien dio la señal. Sin decir palabra, simplemente le tomó un pie. Se agachó y —con una precisión quirúrgica— le sacó la zapatilla.

—A ver qué tenemos acá… —dijo, como quien inspecciona una nueva zona del mapa.

Le quitó también la media, con un tirón firme. Y lo mismo hizo Paco con el otro pie. Las medias quedaron en el piso, hechas un bollo. Y los pies de David, expuestos, tensos, vulnerables.

—Nueva pregunta —dijo Mariano, ya con una ceja levantada, mientras pasaba un dedo por el empeine sudado—: ¿Estás dispuesto a no eclipsarnos con las otras madres?

David se rió, incrédulo.

—¿Cómo?

—Eso —repitió Mariano—. ¿Vas a mantener un perfil bajo? ¿No vas a ser el padre cool, simpático, con el cuerpo marcado, el que todas saludan con énfasis y preguntan por su rutina de abdominales?

—¡Jamás! —respondió David, entre risas— ¡No podría!

Pero la respuesta no convenció.

Mariano, sin aviso, empezó a hacerle cosquillas en los pies. Directamente. La planta del pie, la base de los dedos. Movimientos suaves pero sostenidos, como quien sabe que esa zona no miente jamás.

David estalló.

—¡Aaaah no, no no no no! ¡Eso no! ¡Pará, pará! ¡Soy inocente!

—¿Inocente? —dijo Paco, riendo—. Tenés el cuerpo bastante entrenado, flaco. Así las brujas nos van a mandar al gimnasio a todos. ¿Eh? ¿Cuál es tu secreto?

David apenas podía hablar de la risa.

—¡Hago ejercicio! ¡Cuando puedo!

—¿Ejercicio? —dijo Mariano, dudando—. No te creo nada, y eso significa más cosquillas.

Y redobló el ataque. Ahora los dedos le recorrían con malicia la base exacta de los dedos del pie. Y David reía tan fuerte que se le arqueaba el cuerpo entero.

—¡Bueno, bueno! ¡También me cuido con las comidas! ¡Es eso, te juro! ¡Paren con las cosquillas!

—¡Eso sí! —dijo Paco, con tono de indignación lúdica— ¿Y por qué no lo dijiste antes?

Y ahí vino la segunda tanda. Las manos de ambos padres se dedicaron exclusivamente a los pies: dedos firmes, rítmicos, entre los dedos, en la curvatura, en el talón. David gritaba entre carcajadas.

—¡No era por ocultar! ¡Lo juro! ¡No me dejaron tiempo!

Entonces Fernando se levantó de la mesa. Se secó la boca con una servilleta. Y dijo:

—Yo lo estoy empezando a entender.

Todos se giraron hacia él.

—Este pibe… no dice toda la verdad a la primera. Dice cosas ciertas, sí. Pero solo cuando lo arrinconás.

Silencio. David jadeaba. Sudado. Atado. Riendo.Pero sabiendo que algo se había instalado en el aire.

—Capaz que no es un traidor… —dijo Fernando, caminando hacia él— Pero todavía no nos dio la verdad más importante.

David tragó saliva. Intentó una sonrisa.

—¿Y cuál sería esa?

Fernando lo miró fijo.

—Eso lo vas a decir vos. Pero solo cuando estemos seguros de que no te guardaste nada.

Fernando lo miraba de pie, con las manos en los bolsillos, como si fuera un fiscal cansado pero paciente.

—A ver, David… Tratándose de un tipo como vos —pecho peludo, buen cuerpo, simpático, perfil bajo— hay una cosa que tenemos que saber.

David respiraba agitado. Los pies todavía ardían de las cosquillas. El torso brillaba. Pero su gesto seguía entre divertido y digno.

—¿Vos no estuviste coqueteando con alguna de las madres?

Hubo un murmullo general. Un “uuuuh” que mezclaba provocación y juego. Las caras se acercaron más a la mesa. Algunos se frotaron las manos como si se viniera la mejor parte del show.

—¿Coqueteando? —repitió David, entre jadeos y media sonrisa— ¡Imposible! ¡Estoy casado! ¡Con otro hombre!

Un par se miraron sorprendidos. Otros asintieron como si ya lo supieran. Pero Fernando, implacable, insistió:

—¿Y eso qué tiene que ver?
—Todo —respondió David—. No tengo ningún interés en las madres. ¡Ninguno!

—Mmm… no sé si te creemos —dijo Fernando, caminando alrededor de la mesa—. Yo recuerdo… una vez… que vos le pusiste la mano en el hombro a Florencia… y fue MUY provocativo.

—¡¿Qué?! —dijo David, entre carcajadas—. ¡Eso no prueba nada! ¡Estaba saludando!

—¿Con caricia en el hombro incluida? —Fernando arqueó las cejas, teatral.
—¡Fue un gesto mínimo!

Entonces Grego se acercó al oído de Fernando y le susurró algo. Fernando asintió y se giró al grupo.

—Bueno, entonces sometámoslo al grupo. ¿Quién cree que David se propasó?

Uno a uno, todos levantaron la mano. Entre risas, burlas y frases como “hay que ser estrictos con los códigos” o “las brujas no son territorio libre”.

Fernando no dudó:

—Culpable. Y como castigo: intervención total.

Ahí se desató el ritual completo.

Cada padre eligió una zona del cuerpo: Maxi se encargó de los pies, con movimientos suaves y rítmicos, dedicándose a la base de los dedos y el arco. Mauro, con una precisión que delataba experiencia médica, atacó ambas axilas, alternando cosquillas profundas con pausas provocadoras. Grego se posicionó a los pies de la mesa y se ocupó de la panza, con toques zigzagueantes y dedos extendidos. Paco tomó el rol de ejecutor en las costillas, presionando con maestría cada espacio entre huesos. Fernando, desde la cabecera, le sujetó las piernas y las recorrió con una pluma que había sacado del bolsillo de su campera. Diego se ocupó de animar la escena como si fuera el relator de un partido: “¡El nuevo tiembla! ¡El nuevo llora! ¡Pero aún no confiesa!”

David ya no podía más. Gritaba entre carcajadas, jadeaba, se retorcía en la mesa como si estuviera flotando sobre un mar de manos. Su cuerpo se agitaba como un animal libre en una red de risa. Pero no decía nada más. Solo reía. Y eso, de algún modo, era la mejor respuesta.

Después de unos minutos eternos, Fernando levantó la mano. Todos pararon.

David seguía atado, sudado, envuelto en risas, jadeos y restos de vino seco. Ya le habían hecho preguntas de todo tipo, habían recorrido su cuerpo de pies a axilas, y lo habían desarmado por completo.
Pero parecía que el grupo todavía tenía una última carta.

Fernando fue el que rompió el silencio, una vez más. Se le acercó con una sonrisa distinta. No de burla, ni de ternura. Una sonrisa de curiosidad clínica.

—David… Ya que estamos… hay algo que nos intriga.

—¿Qué más? —preguntó él, todavía riéndose con el poco aire que le quedaba.

—Queremos saber si tenés cosquillas en los… huevos.

El salón se llenó de carcajadas instantáneas. David levantó las cejas, con la cara colorada.

—No, no, no… —dijo—. ¡Eso ya sería demasiado!

Fernando no se inmutó.

—¿Demasiado para vos o para el grupo?

David no supo qué decir.

Y entonces fue Mauro quien intervino, con tono casual:

—Igual yo ya le vi la herramienta en el baño. Y sería una lástima no aprovechar esa zona.

Más carcajadas. Algunos brindaron de puro descontrol. Pero David sabía que eso no era solo humor. Era un nuevo nivel del juego y lo supo ni bien los hombres lo terminaron de desnudar.

Fernando se agachó a su lado. Le acarició el brazo con dos dedos.

—Vamos a hacer esto fácil. ¿Tenés cosquillas en las bolas? Pensá bien, porque si mentís… te va a convenir arrepentirte antes que después.

David miró el techo. Inspiró. Y dijo, entre dientes, con una risa resignada:

—Sí. Sí tengo.

Se hizo un silencio corto. Y luego Mariano lo aplaudió.

—¡Muy bien! ¡Así se responde en este grupo!

—Última pregunta —agregó Grego, que ya se estaba acomodando al pie de la mesa—: ¿Vas a contarle a alguien lo que pasó esta noche?

David sacudió la cabeza con fuerza.

—¡No! ¡Nunca! ¡Lo juro!

—Mmm… —dijo Grego—. No estoy tan seguro. Mejor nos aseguramos.

Entonces, sin más preámbulo, sacó una pluma del bolsillo. Una de esas finitas, con punta flexible. Se la mostró a los demás.

—Esto es para ver si tenés los huevos bien puestos, vamos a usarla donde más se necesita fidelidad.

Se agachó, con una mano sostuvo el pene flácido hacia arriba y con movimientos precisos, empezó a recorrerle los huevos. La reacción fue inmediata. David soltó una carcajada gutural, explosiva, descontrolada. El cuerpo se sacudió como si una corriente eléctrica lo atravesara. La cabeza le cayó hacia atrás. Los talones se arquearon.

Y de su boca solo salió risa.
Risa pura. Risa que no podía ni siquiera controlar.

Los demás lo miraban fascinados.
Como si hubieran encontrado el punto exacto de su verdad.

- este pibe sí que tiene los huevos bien pustos.

David ya no sabía en qué minuto del ritual estaban.
El tiempo se había disuelto entre carcajadas, sudor, preguntas absurdas y manos que recorrían su cuerpo como si fueran mapas de un territorio sagrado. Lo que sí sabía era que su cuerpo había empezado a reaccionar. Y no solo con risa. Fue Diego el primero que lo notó. Lo miró, lo señaló con la barbilla, y dijo:

—Che… me parece que el tipo está reaccionando.

Giro de cabezas. Risas contenidas. Y luego Fernando agregó, con tono burlón pero cálido:

—Mirá vos… La manguera del muchacho está bastante despierta.

—Es normal —dijo Mauro, con aire clínico—. Estimulás el cuerpo en ciertas zonas, bajás las defensas, y bueno… el sistema nervioso reacciona.

Uno de ellos —quizás Grego, que nunca se callaba— fue más directo:

—David… ¿estás disfrutando esto?

David, jadeando, riendo aún, con el pecho agitado, respondió:

—¡Es una sensación rarísima! ¡Me hacen sufrir de risa… pero no puedo evitar que me pase lo que me pasa! ¡No lo estoy buscando, pero… mi cuerpo no distingue!

La sinceridad generó aplausos. Aplausos reales. Como si acabara de aprobar una tesis. Entonces Fernando se acercó al centro de la mesa. Lo miró. Y dijo con voz de cierre ritual:

—Mirá, David… Acá no juzgamos las reacciones del cuerpo. Todo lo que pasa en la mesa, queda en la mesa. Y si el amigo se despierta, se despierta.

—Pero —agregó Mariano, alzando la copa—, para sellar el pacto de pertenencia… falta el lechazo.

David lo miró, confundido.

—¿El qué?

—El lechazo, papá —dijo Grego, ya con una sonrisa casi ceremonial—. El momento en que tu cuerpo suelta todo. Donde no podés fingir más. Donde se consuma la entrega. 

Y sin dar más explicaciones, todos volvieron a ubicarse. Como una orquesta afinando. Maxi tomó los pies. Paco y Mariano, las axilas. Grego, las costillas. Fernando, la panza. Y Diego, con gesto pausado, se acercó a la verga. Y empezó a estimularla. Con toques suaves, intermitentes, precisos.

El cuerpo de David se retorció. Las carcajadas eran ya gemidos. Las piernas temblaban. Y la respiración se volvió torpe, espasmódica. Y entonces… entre risas, manos que lo pajeaban, plumas, dedos y jadeos… Acabó fuerte.

Fue un momento exacto. El clímax de la risa. El grito del cuerpo. La rendición total. El salón estalló en aplausos, risas, vítores.

—¡Bienvenido a Los Hongos de Pino! —gritaron casi al unísono.

Y David, aún atado, aún temblando,
rió una última vez.
Pero ya no de cosquillas.
De pertenencia.

David respiraba agitado.
Los ojos le lagrimeaban.
El pecho subía y bajaba como una ola viva.

—Bien… —dijo Fernando, acercando la cara a la suya—.
Ahora sí.
Podés respirar.
Pero no te acomodes mucho…
falta una última pregunta.