El video ya había dado vueltas por todo el grupo. Martín empapado. El vaso salvado por milagro. Santi riéndose como si hubiera descubierto el fuego.
Y, en un rincón del encuadre, casi fuera de foco, estaba él. El famoso chico de gris. Apoyado contra la pared, brazos cruzados, filmando… y riéndose bajito.
Dos días después, estaban los tres en el mismo living.
—No, no —decía el de gris, negando con la cabeza mientras sonreía—. Perdón, chicos, pero… ¿de verdad caíste en esa?
Martín entrecerró los ojos.
Santi, en cambio, sonrió lento.
—¿En cuál? —preguntó.
—En la del vaso, hermano —respondió el de gris, relajado—. Era obvio cómo terminaba. Te tenían servido.
Martín se cruzó de brazos.
—Ah, mirá vos.
—No te enojes —siguió el otro, con esa calma sobradora—. Pero esas cosas se ven venir. Es cuestión de pensar dos segundos.
Santi y Martín se miraron. Silencio breve. Peligroso.
—¿Vos decís? —preguntó Santi.
—Y… sí —se encogió de hombros el de gris—. A mí no me agarran con esas pavadas.
—Bruno… —repitió—. Vos decís que sos difícil de enganchar.
Bruno soltó una risita corta.
—No es por agrandarme, pero… sí.
Otra mirada entre Martín y Santi. Más larga esta vez. Más cómplice.
—Mirá qué casualidad —dijo Martín, acercándose a una escoba apoyada en la pared—. Justo estábamos por probar un reto nuevo.
Bruno sonrió, todavía confiado.
—¿Sí?
Santi dio un paso al costado, dejándole espacio.
—Uno bastante simple —agregó.
Martín levantó la escoba con aire inocente.
—Para alguien inteligente como vos… debería ser una pavada.
Por primera vez, muy apenas, la sonrisa de Bruno dudó.
Pero ya era tarde.
Martín apoyó la escoba en el piso y la hizo girar entre las manos como si fuera lo más normal del mundo.
—El reto es simple —dijo—. Nada raro.
Bruno ya estaba sonriendo otra vez.
—Ajá…
Santi tomó un rollo de cinta adhesiva de la mesa.
—Se pasa el palo por detrás del cuello —explicó—, se sujetan las muñecas… y la idea es zafarse sin ayuda.
Bruno miró la escoba. Miró la cinta. Volvió a mirar a los dos. Silencio corto. Después soltó una risa nasal.
—¿Eso es todo?
Martín se encogió de hombros.
—Eso es todo.
Bruno negó despacio, divertido.
—Chicos… —dijo—. En serio me subestimaron.
Santi apoyó la cadera contra la mesa.
—Puede ser.
—No, no… —Bruno levantó un dedo—. Pará.
Se enderezó, ahora ya metido en personaje.
—Estoy tan seguro de que me puedo zafar —dijo, con media sonrisa— que hasta podría hacerlo sin remera.
Martín alzó las cejas.
Santi se mordió el labio para no sonreír de más. Bruno continuó, confiado, filoso:
—Porque aunque me hagan cosquillas… —hizo un gesto de comillas en el aire— …no les voy a dar tiempo.
Ahí. Justo ahí. Fue cuando Martín y Santi se miraron. La misma mirada. La del vaso. La de ya está.
—¿Seguro? —preguntó Martín, suave.
Bruno ya se estaba sacando la remera musculosa de un tirón.
—Segurísimo.
La tela cayó al respaldo de la silla. Quedó a la vista su torso peludo y trabajado, relajado, completamente despreocupado. Un error.
—Bueno —dijo Santi, acomodando la escoba—. Ponete cómodo entonces.
El ambiente cambió apenas. Nada evidente. Pero el aire se volvió… más atento.
—Pasá por acá —indicó Martín.
Bruno se colocó de espaldas a la pared, todavía con esa sonrisa de tutorial fácil. Martín deslizó el palo por detrás de su cuello. Encaje limpio.
—¿Así? —preguntó Bruno.
—Perfecto —dijo Santi.
La cinta empezó a rodear las muñecas. Vuelta uno. Vuelta dos. Vuelta tres. Bruno probó tensión.
—Tranqui —dijo—. Esto sale rápido.
Martín no respondió. Solo ajustó un poco más. Santi dio medio paso atrás… observando. Evaluando. Como quien mide una estructura antes de probarla.
Bruno flexionó los brazos contra el palo. Testeo inicial. Todavía confiado.
—¿Listos? —preguntó.
Martín cruzó los brazos. Santi sonrió apenas.
—Cuando quieras, Bruno —dijo.
Y por primera vez… muy en el fondo del estómago, algo diminuto empezó a incomodarlo. Bruno apenas terminó de acomodarse contra la pared, infló el pecho con confianza exagerada.
—Listo —dijo—. Vayan buscando excusas, porque en treinta segundos estoy libre.
Santi y Martín intercambiaron una mirada breve. Esa mirada que Bruno, concentrado en lucirse, no registró. Error número uno.
Bruno flexionó los brazos hacia adelante, probando la tensión de la cinta. El palo de escoba quedó firme detrás de su cuello, cruzándole los hombros como una barra incómoda.
Frunció el ceño.
—Mmm… está bien puesto.
—¿Querés que lo aflojemos? —preguntó Martín con inocencia sospechosa.
—Ni se te ocurra —resopló Bruno—. Esto es mecánica básica.
Intentó girar el torso hacia la pared para hacer palanca… pero el palo chocó antes de que pudiera acomodarse bien. Se quedó medio inclinado. Incómodo. Expuesto.
Santi dio un paso al costado, evaluándolo como si fuera un experimento de laboratorio.
—Che… —murmuró—. ¿No sentís que elegiste un outfit medio arriesgado?
Bruno bufó.
—Por favor. ¿Vos pensás distraerme con cosquillitas? No te da el tiempo.
Martín se acercó despacio. Demasiado despacio. Bruno lo vio venir y sonrió con superioridad.
—Te aviso que estoy concentrado, eh.
—Sí, sí —dijo Martín—. Se nota.
Primer contacto.
Apenas la punta de los dedos rozó el costado de Bruno.
Nada más. Pero Bruno reaccionó igual. Un micro salto. Un ruido raro que intentó disfrazar de tos.
—Ajá… —canturreó Santi—. Interesante.
—Fue reflejo —se apuró Bruno—. Reflejo muscular.
Intentó recomponerse y volvió a empujar el palo contra la pared, esta vez con más fuerza.
La cinta aguantó. El palo también. Su postura, cada vez peor. Martín volvió a acercarse, ahora por el otro lado.
—Tranquilo —dijo—. Esto recién empieza.
Y esta vez… los dedos no fueron un roce. Fueron una advertencia.
Bruno todavía estaba rojo por el esfuerzo cuando notó que ninguno de los dos se movía para “ayudarlo”. Al contrario: Santi y Martín se miraron con esa sonrisa cómplice que ya empezaba a darle mala espina.
—Mirálo al macho de pelo en pecho… —tiró Martín, caminando en círculo alrededor suyo como si lo estuviera inspeccionando—. Hace cinco minutos se reía de todos.
Bruno resopló, tratando de mantener la dignidad mientras empujaba el palo contra la pared sin mucho éxito.
—Sigan hablando… —gruñó—. En dos minutos me suelto y se termina el show.
Santi soltó una risita corta.
—¿Dos minutos? Pará que lo anoto… —hizo como que miraba un reloj imaginario—. Y pensar que entraste solito a la trampa, eh. Orgullo puro. Como caballo viendo la puerta abierta.
Bruno bufó, incómodo.
—No entré a ninguna trampa. Estoy viendo cómo salir, nada más.
—Sí, sí… —dijo Martín, divertido—. Igual, entre nosotros… nosotros sabemos que tenés cosquillas y vos sabés que te las vamos a hacer...
Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz con tono burlón:
—…un pequeño correctivo te lo ganaste.
El aire se cargó de anticipación.
Bruno tragó saliva, todavía intentando hacerse el firme… pero por primera vez desde que empezó el reto, ya no estaba tan seguro de tener el control.
El silencio duró apenas un segundo más.
Bruno todavía forcejeaba contra la pared cuando notó que Santi y Martín ya no estaban solo hablando. Se estaban posicionando.
Malísima señal.
—Che… —intentó mantener el tono canchero—. ¿Van a seguir con el acting o me van a—
No terminó la frase. Martín fue el primero en moverse: dos dedos rápidos se colaron directo a las costillas expuestas de Bruno, en un ataque corto pero preciso.
—¡EH—! —el salto fue instantáneo.
No fue risa todavía… pero estuvo peligrosamente cerca. Santi sonrió de lado.
—Mmm… confirmamos sensibilidad.
—Ni fue nada —apuró Bruno, apretando los dientes y empujando otra vez el palo contra la pared—. Si eso es todo lo que tienen…
Error táctico. Porque esta vez no fue un tanteo. Fue coordinado.
Martín volvió a las costillas, pero ahora en ritmo, dibujando pequeñas ráfagas rápidas que obligaron a Bruno a tensar todo el torso. Al mismo tiempo, Santi se metió por el otro flanco, atacando bajo el brazo derecho con movimientos cortos y traicioneros.
El efecto fue inmediato.
—¡JA—! … eh… pará… —Bruno se retorció, intentando bajar el brazo… imposible—. ¡No empujen!
—Pero si vos dijiste que no nos dabas tiempo —se burló Santi, sin aflojar.
Las primeras risas reales empezaron a escaparse, entrecortadas y furiosas.
—N-no… es… —Bruno resopló, tratando de recomponerse—. Estoy… bien…
Martín levantó las cejas.
—¿Seguro?
Y cambió la velocidad.
Sus dedos se volvieron más insistentes, más metódicos, buscando el punto justo entre las costillas. Bruno pegó la espalda contra la pared con un golpe seco.
—¡JAJA—! … la con—… —intentó cerrar los codos, inútilmente atrapados por el palo.
Santi aprovechó la apertura.
—Uh… —murmuró con tono teatral—. Mirá lo que quedó acá…
Sus dedos se insinuaron peligrosamente hacia la axila derecha… sin entrar del todo. Solo rozando. Amenazando. Bruno se quedó helado medio segundo.
—Ni se te ocurra —dijo rápido… demasiado rápido.
Santi y Martín se miraron. Y sonrieron al mismo tiempo. Habían encontrado sangre.
Bruno todavía estaba tratando de recomponerse cuando vio el intercambio de miradas.
Y entendió.
—Eh… —tragó saliva—. Chicos…
Tarde.
Santi entró de lleno. Sus dedos se metieron directo en la axila derecha, sin aviso, rápidos y despiadadamente precisos. La reacción de Bruno fue instantánea y traicionera.
—¡¡JAJA— NOOO!! —el cuerpo se le arqueó contra la pared como si tuviera un resorte en la espalda.
Martín no perdió ni medio segundo.
—Confirmado —dictaminó, metiendo mano en la axila izquierda—. El macho de pelo en pecho vino fallado de fábrica.
—¡CALLATE—! —Bruno intentó mantener la voz firme, pero salió quebrada entre risas—. ¡No es para ta— JAJA—!
Santi, implacable, empezó a trabajar en ritmo.
—Pará, pará… —dijo con falsa preocupación—. ¿Este no era el que filmaba sobrando a Martín?
Dos dedos se hundieron más profundo. Bruno pegó un respingo violento.
—¡¡BASTA—!! —ya estaba riéndose sin poder evitarlo—. ¡Eso no cuenta!
—¿Ah, no? —Martín aceleró apenas—. Mirá vos… el experto en retos virales ahora quiere reglamento.
Bruno empujó con desesperación el palo contra la pared, buscando el ángulo salvador. Nada. El palo no cedía. La risa, sí.
—Jajaj— pará… pará… —jadeó, con el pecho subiendo y bajando rápido—. Estoy… estoy zafando…
Santi soltó una risita corta.
—Sí… se te nota la superioridad intelectual.
Y cambió la técnica. En vez de cosquillas rápidas, empezó a rastrillar lento, con dedos abiertos, recorriendo toda la axila. Error crítico para Bruno. El sonido que soltó ya no fue de control.
—¡¡JAAJAJA— LA PUT—!! —la cabeza se le fue hacia atrás—. ¡Santi, sos un hijo de—!
Martín se inclinó un poco, disfrutando la escena.
—Che… —dijo con tono venenoso—. ¿Seguro que podías hacerlo sin remera?
Bruno intentó responder… Pero lo único que salió fue risa entrecortada y sudor cayéndole por el pecho. Santi remató, filoso:
—Tranquilo, campeón…
—Esto recién empieza.
Y los dos volvieron a atacar al mismo tiempo.
—Ahora sí, en serio.
Santi y Martín se miraron apenas un segundo. Fue suficiente. La coordinación bajó como telón. Las manos volvieron a las axilas de Bruno con precisión quirúrgica, ya sin tanteo, ya sin ensayo. Directo al punto débil que él, por puro orgullo, había negado tres veces.
—¡No, no, pará, pará…! —arrancó Bruno, pero la frase se le quebró en una carcajada abierta—. ¡JAJAJA— eh— JAJA—!
Martín, que ya le había tomado el timing, trabajaba en ráfagas cortas, rápidas.
Santi, en cambio, era metódico, insistente, casi científico.
—Mirá cómo resiste Brunito —comentó Santi con tono clínico—. Esto es material de estudio.
—E-edito… —intentó decir Bruno, rojo, tirando del palo contra la pared—. Yo edito… contenido… ¡JAJAJA!
El palo no se movía. La cinta tampoco. Y lo peor: el tiempo corría. Las risas de Bruno empezaron a perder ritmo. Ya no eran de bravata: eran de rendición en cuotas.
—Che… —dijo Martín entre dedos—. ¿Te acordás cuando filmabas y te hacías el misterioso?
—S-sí… ¡JAJAJA— basta—!
—Bueno —remató Santi—. Hoy estás en cámara, campeón.
Eso fue el golpe final. Bruno intentó una última embestida contra la pared… fallida. El aire se le fue en una carcajada larga, desarmada, sin dignidad posible.
—¡ME RINDO! —soltó al fin, entre risas y jadeos—. ¡Me rindo, manga de traidores!
Silencio. Las manos se detuvieron al instante. Santi despegó la cinta con cuidado. Martín retiró el palo. Bruno quedó libre, apoyado contra la pared, transpirado, despeinado y todavía con risa residual escapándosele en espasmos.
Los dos amigos se cruzaron de brazos frente a él. Santi habló primero:
—Moraleja número uno, Bruno Ferrer…
Martín completó:
—…si te reís de la trampa ajena…
Santi sonrió.
—…probablemente ya estés adentro de la tuya.
Bruno se pasó la mano por la cara, todavía agitado, y negó con media sonrisa rendida.
—Son unos… —resopló— …unos pedagogos del mal.
Martín le palmeó el hombro.
—No, papá.
Santi guiñó un ojo.
—Justicia recreativa.
Y por primera vez desde que empezó todo… Bruno se rió sin intentar resistir.