lunes, 22 de junio de 2026

Tickle Challenge mundialista: Argentina vs. Austria

 Durante una semana entera, Damián no pudo escapar del tema. Todo había empezado cuando vio el famoso streaming entre Martín y Karim. Había entrado por curiosidad, pensando mirar cinco minutos.

Terminó viéndolo completo. Después vio los mejores momentos. Después los memes. Después las compilaciones.

Y finalmente apareció lo inevitable. La aplicación.

Tickle Challenge Mundialista™

Una plataforma creada por fanáticos donde personas de distintos países podían registrar apuestas de cosquillas para los partidos del Mundial. Menor el premio, pero más chances de ganar: 50%, para ser exactos.

Cada usuario elegía una selección. La aplicación buscaba rivales automáticamente.

Las apuestas se registraban antes del partido. Y luego los participantes podían subir videos o transmisiones demostrando que habían cumplido. Damián observó la pantalla de su celular. El botón verde decía:

"Participar en Argentina vs Austria"

Debajo aparecía la fecha límite: 22 de junio de 2026 – 12:00 hs

Todavía faltaban algunos días, pero cada vez menos.

—Es una pésima idea.

Dijo eso por lo menos veinte veces.´Y sin embargo seguía abriendo la aplicación. La cerraba. La volvía a abrir. Miraba perfiles. Leía comentarios. Veía estadísticas. 

Había usuarios de todas partes, algunos habían participado una sola vez. Otros parecían auténticos profesionales.

Un austríaco llamado Lukas tenía cinco apuestas registradas.

Un francés llamado Alex aparecía primera en una clasificación llamada "Cumplimiento Honorífico".

Damián no sabía si eso era admirable o preocupante. Probablemente ambas cosas. Una noche estaba cenando con sus amigos cuando salió el tema.

—No lo hagas —dijo su amigo Nicolás inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque te conozco.

—¿Y?

—Vas a entrar por diversión y en dos semanas vas a estar analizando estadísticas de apuestas mundialistas.

—Eso es ridículo.

—Vos analizaste estadísticas de un juego de preguntas sobre películas durante tres meses.

—Era un sistema complejo.

—Era un juego de preguntas.

Damián decidió ignorarlo, aunque en el fondo sabía que Nicolás tenía un punto. Más tarde, ya en su casa, volvió a abrir la aplicación. El algoritmo ya le mostraba posibles rivales.

Austria.

Austria.

Austria.

Más Austria.

Algunos usuarios tenían mensajes de presentación.

"Busco rival argentino valiente."

"Acepto apuestas razonables."

"Sin excusas después del partido."

Damián cerró la aplicación otra vez. Dos minutos después la abrió nuevamente.

—¿Qué estoy haciendo?

Nadie respondió. Vivía solo. El reloj marcaba las once y media de la noche.

Quedaban apenas unos días para el cierre de inscripciones. Por un lado, pensaba que era absurdo. Por otro, recordaba lo mucho que se había reído viendo a Martín y Karim.

También estaba el detalle que no quería admitir. La curiosidad. Quería saber cómo era participar. Quería vivir la tensión y la adrenalina del partido sabiendo que había algo en juego. Quería tener una historia que contar, pero también imaginaba el peor escenario: Argentina perdiendo y él lamentándose. Sus amigos riéndose durante meses.

—No.

Cerró el teléfono. Cinco segundos después volvió a encenderlo.

—Tal vez.

Miró nuevamente el botón de inscripción. Seguía allí, esperándolo. Silencioso y tentador. Peligrosamente tentador. Y mientras la cuenta regresiva avanzaba hacia el 22 de junio, Damián seguía sin saber qué hacer.

Aunque, muy en el fondo, empezaba a sospechar que el verdadero problema no era decidir si participar. El verdadero problema era que ya estaba imaginando contra qué austríaco le gustaría enfrentarse.

Durante dos días completos, Damián siguió dudando. Abría la aplicación, miraba el listado y la cerraba. Volvía a abrirla y repetía el proceso.

Sin embargo, algo empezó a cambiar. Los participantes austríacos disponibles comenzaron a disminuir. De 97 a 73. Luego a 42. Después a 14. La aplicación mostraba un pequeño contador en rojo:

"Rivales disponibles para Argentina vs Austria: 14"

Al día siguiente ya eran 8. Damián empezó a ponerse nervioso, no porque quisiera evitar la apuesta, sino porque comenzaba a sentir exactamente lo contrario.

—Pará... ¿y si me quedo afuera?

La idea lo sorprendió. Hasta ese momento había estado pensando en los riesgos de participar y ahora estaba pensando en el riesgo de no hacerlo.

Esa noche volvió a mirar el contador.

10 disponibles.

A la mañana siguiente:

4 disponibles.

—Bueno.

Se quedó observando la pantalla.

—Bueno, basta.

Tomó aire y apretó el botón verde de "Participar.". La aplicación tardó apenas unos segundos. Después apareció una animación con las banderas de Argentina y Austria girando sobre la pantalla.

"Buscando rival..."

"Analizando disponibilidad..."

"Emparejamiento encontrado."

Damián sintió una mezcla ridícula de emoción y nervios. Entonces apareció el perfil.

Lukas Gruber
Edad: 28 años.

Inconfundíblemente austríaco. Damián leyó la ficha dos veces.

—Veintiocho años.

Él tenía treinta y ocho. No pudo evitar sentirse un poco más tranquilo. No tenía ninguna lógica, pero igual ocurrió.

—Bueno, al menos soy diez años mayor.

Cinco segundos después se dio cuenta de que aquello era absurdo.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Absolutamente nada, la aplicación no tenía categorías por edad y las apuestas tampoco. Y mucho menos el castigo acordado. El Mundial no distinguía entre jóvenes y veteranos y Damián sospechaba que la risa tampoco. Aun así, algo en su cerebro insistía.

—Tengo más experiencia.

Después leyó nuevamente el perfil.

La aplicación abrió automáticamente un chat privado. El primer mensaje llegó casi de inmediato.

Lukas: "¡Hola! Parece que vamos a representar a nuestros países. Vine por vacaciones"

Damián sonrió.

Damián: "Eso parece."

Tres puntos aparecieron en la pantalla. Lukas estaba escribiendo.

Lukas: "¿Es tu primera vez en el Challenge?"

Damián dudó unos segundos y después respondió con sinceridad.

Damián: "Sí."

La respuesta llegó enseguida.

Lukas: "La mía es la segunda, jugué contra Jordania y ganamos 3-1. No te preocupes, es divertido."

—Eso no me tranquiliza en absoluto.

Damián soltó una risa. Era exactamente el tipo de frase que diría alguien que ya sabía cómo funcionaba todo aquello. Y él no.

Lo único que sabía era que acababa de comprometerse con un desconocido austríaco a una apuesta de cosquillas para el perdedor. Que el partido era el 22 de junio y que Austria venía de ganarle 3 a 1 a Jordania.

Y que ya no había marcha atrás. Por primera vez desde que instaló la aplicación, el desafío dejó de ser una posibilidad abstracta. Ahora tenía nombre y rostro. Tenía 28 años. Y se llamaba Lukas Gruber.

Mientras observaba el chat, Damián sintió esa mezcla tan particular de entusiasmo y arrepentimiento que suele aparecer exactamente después de tomar una decisión impulsiva.

La inscripción estaba hecha. El rival estaba asignado y ahora ambos tenían cinco días para conocerse lo suficiente como para bromear... y lo suficiente como para preocuparse por lo que pudiera pasar después del partido.

La víspera del partido, Damián estaba convencido de que ya habían hablado de todo lo importante. Habían intercambiado algunas bromas, discutido sobre fútbol y hasta comparado horarios. También  habían acordado transmitir el resultado en la aplicación. Por eso lo sorprendió recibir un mensaje de Lukas cerca de la medianoche.

Lukas: "Creo que olvidamos algo importante."

Damián: "¿Qué cosa?"

Lukas: "La apuesta."

Damián se quedó mirando la pantalla. Era verdad, habían hablado durante días y nadie había definido las condiciones.

Damián: "Tenés razón. ¿Qué suelen apostar?"

Los tres puntos aparecieron inmediatamente.

Lukas: "Depende."

Lukas: "Contra el jordano del partido anterior apostamos media hora."

Damián casi deja caer el teléfono.

Damián: "¿Media hora de cosquillas?"

Lukas: "Sí."

Damián: "¿30 minutos?"

Lukas: "La misma cantidad de minutos que tiene media hora, sí."

Damián volvió a leer el mensaje. Conocía el resultado entre Austria y Jordania, que había favorecido a Lukas con un cómodo 3 a 1. De pronto, sintió curiosidad y un poco de preocupación. Se imaginó al jordano riéndose ridículamente hasta el cansancio mientras Lukas lo cosquilleaba sin parar en sus zonas más complicadas.

Damián: "¿Y cómo resultó aquello?"

Hubo una pausa más larga de lo habitual.

Lukas: "¿Aquello?"

Damián: "Sí. El cumplimiento."

Otra pausa, Damián no sabía cómo hablar de eso. Finalmente llegó la respuesta.

Lukas: "No creo que vuelva a apostar en la aplicación."

Damián levantó una ceja.

Damián: "¿Tan mal fue?"

Lukas: "Digamos que aprendió una lección."

Damián: "Eso suena preocupante."

Lukas: "Depende de qué lado de la apuesta estés."

Damián soltó una risa. El austríaco tenía una habilidad especial para responder sin aclarar absolutamente nada.

Damián: "Hablás como un villano."

Lukas: "No soy un villano."

Damián: "Eso diría un villano."

Lukas: "Técnicamente también diría eso una persona inocente."

Damián: "Buen punto."

Pero la curiosidad seguía allí.

Damián: "En serio. ¿Fue para tanto?"

Esta vez Lukas tardó unos segundos más. Cuando respondió, el mensaje fue inesperado.

Lukas: "Yo no tuve que hacer mucho."

Damián: "¿Cómo que no?"

Lukas: "Lo traicionó subestimar su propia sensibilidad."

Damián frunció el ceño.

Damián: "¿Intentás ponerme nervioso?"

Lukas: "¿Está funcionando?"

Damián no respondió enseguida. Porque, si era sincero, sí. Un poco. Hasta ese momento había pensado en el desafío como algo divertido. Ahora estaba empezando a pensar en Lukas y en su experiencia previa y en el hecho de que parecía disfrutar muchísimo dejando preguntas sin respuesta.

Finalmente escribió:

Damián: "Voy a asumir que estás exagerando."

Lukas: "Si tu lo dices."

Damián: "Y voy a asumir que el jordano sigue vivo."

Lukas: "También es una posibilidad."

Damián: "No ayudás."

Lukas: "Lo sé."

Damián dejó el teléfono sobre la mesa. La conversación había terminado, o al menos eso parecía. Un minuto después llegó un último mensaje.

Lukas: "Por cierto."

Damián: "¿Sí?"

Lukas: "Todavía no definimos nuestra apuesta."

Damián observó la pantalla. Tenía razón. Y de pronto le pareció que esa decisión era mucho más importante de lo que había creído unos minutos antes. Mientras se preparaba para dormir, una idea no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

No era el partido ni era Austria. No era siquiera la posibilidad de perder, sino  una pregunta mucho más simple: ¿Qué demonios le había pasado exactamente a aquel jordano? Damián dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando el techo. Lukas había vuelto a mencionar la apuesta y ahora era imposible seguir postergándola. 

Lo curioso era que estaba pensando en algo mucho más extraño: su destino dependía de once personas que ni siquiera sabían que él existía: la selección argentina. Un grupo de futbolistas a miles de kilómetros, personas que jamás había visto fuera de una pantalla. Sin embargo, dentro de unos días, podían determinar el resultado de una apuesta bastante importante para él.

La idea era completamente absurda y precisamente por eso le fascinaba. No era como las apuestas de oficina ni era como el Prode. Tampoco era como discutir resultados con amigos y después olvidarse del asunto. Aquello era distinto: había una consecuencia real que dependía de algo totalmente fuera de su control.

—Qué estupidez...

Y sin embargo sonrió, porque le encantaba.

Intentó calcular probabilidades, buscando estadísticas, posiciones. Pensó en el rendimiento reciente de Argentina y de Austria. Pensó en antecedentes, en posibles escenarios. Después se dio cuenta de que todo aquello era inútil. El fútbol llevaba décadas burlándose de la gente que creía poder predecirlo: favoritos que perdían, equipos modestos que sorprendían, errores absurdos, goles imposibles, penales insólitos. Lesiones. Expulsiones. Rebotes. Un océano entero de factores imposibles de controlar.

Y, de pronto, entendió algo. La gracia del Challenge era justamente esa. Aceptar que el destino era ingobernable. Había que confiar o resignarse, dependiendo del humor del día.

Damián tomó nuevamente el celular y abrió el chat. Lukas seguía conectado. Los tres puntos aparecían y desaparecían, probablemente esperaba una respuesta. Damián apoyó los dedos sobre el teclado.

Escribió una cifra. La borró.

Escribió otra. La volvió a borrar.

Durante varios segundos contempló la pantalla. Después dejó de pensar y se lanzó a la pileta.

Damián: "Una hora de cosquillas para el perdedor"

El mensaje salió. Enviado, entregado y leído. El corazón le dio un pequeño salto.

—¿Qué hice?

Durante unos segundos no hubo respuesta. Al minuto, aparecieron los tres puntos: Lukas estaba escribiendo. Damián sintió una tensión completamente ridícula. Finalmente llegó el mensaje.

Lukas: "Interesante."

Nada más. Solo eso: interesante. Damián frunció el ceño.

Damián: "¿Eso es un sí o un no?"

La respuesta llegó inmediatamente.

Lukas: "Es un sí."

Y luego otro mensaje.

Lukas: "Me gusta enfrentar gente optimista."

Damián se quedó observando la pantalla, no estaba seguro de si aquello había sido un cumplido o una amenaza. Y sospechaba que Lukas lo había escrito precisamente para que fuera imposible distinguirlo.

Una hora, es decir, sesenta minutos. La cifra ya estaba registrada y no podía retirarla, modificarla ni fingir que había querido escribir otra cosa. El pacto estaba hecho.

Por primera vez desde que se inscribió, Damián sintió el verdadero peso de la apuesta y también algo inesperado: una pequeña emoción. Porque, aunque todavía faltaba un día para el partido, ya sabía que iba a verlo de una forma completamente distinta. Ya no sería un espectador, ahora tenía algo en juego.

El día finalmente había llegado: un lunes donde él, como muchos otros, estuvieron exceptuados de ir a trabajar.

Damián llevaba toda la mañana con una sensación extraña en el estómago. Una mezcla difícil de describir. Cada vez que miraba el reloj recordaba que dentro de unas horas la selección argentina iba a disputar un partido cuyo resultado podía alterar significativamente su tarde.

Y cuanto más lo pensaba, más absurda le parecía la situación. A las 13 horas sonó el timbre: Lukas había llegado.

Damián abrió la puerta y se encontró con un hombre alto, rubio, de sonrisa tranquila y una enorme bandera austríaca doblada bajo el brazo.

—¿Lukas?

—¿Damián?

Se estrecharon la mano.

—Pensé que los austríacos eran más intimidantes.

—Pensé que los argentinos eran más altos.

—Empezamos bien.

—Creo que sí.

Entraron riéndose. La incomodidad inicial duró apenas unos minutos. El Mundial ayudaba, lo mismo que el desafío. Y el hecho de que ambos estuvieran atravesando la misma experiencia extraña también ayudaba.

Mientras preparaban la transmisión para la aplicación, comenzaron a decorar el living. La bandera argentina quedó detrás del sillón principal. La austríaca ocupó la pared opuesta.

Cuando terminaron, el departamento parecía una pequeña embajada futbolística.

—Esto está tomando dimensiones ridículas —comentó Damián.

—Demasiado tarde para notarlo.

—Buen punto.

Lukas terminó de acomodar una cámara.

—Listo.

—¿Ya transmitiste muchas veces?

—Una más, el anterior partido.

—Ah, cierto.

—Y vos ninguna.

—Gracias por recordármelo.

—Es parte de mi trabajo como veterano.

Prepararon bebidas, acomodaron los snacks. Comprobaron la conexión. Y por primera vez desde que se habían conocido, la conversación giró directamente hacia la apuesta.

—Todavía no puedo creer que apostáramos una hora de cosquillas —dijo Lukas.

—Vos no te opusiste.

—Porque me pareció divertida la propuesta.

—Eso tampoco me tranquiliza.

Lukas se rió.

—Creo que nada de lo que diga te va a tranquilizar.

—Probablemente.

Hubo un momento de silencio. Damián observó ambas banderas, dos dos pedazos de tela que representaban dos equipos. Volvió a sentir esa misma sensación absurda. Entonces se le ocurrió una pregunta.

—Esperá. Nunca hablamos de una cosa.

—¿Cuál?

—¿Qué pasa si empatan?

Lukas pareció sorprendido.

—Ah.

—Es una posibilidad bastante real.

—Sí.

—Y sin embargo no lo discutimos.

El austríaco se quedó pensando unos segundos, como si la respuesta fuera obvia.

—En caso de empate no pasa nada.

—¿Nada?

—Bueno... no exactamente.

—¿Entonces?

—Intercambio de remeras.

—¿Sólo eso? —Damián lo miró —¿Después de toda esta locura?

—Si, solo eso.

—¿Y ya está?

—Ya está.

Damián empezó a reírse.

—Es increíble que la opción más razonable sea precisamente el empate.

—Por eso nadie la quiere —respondió Lukas. —La gente se anota para vivir emociones fuertes, ¿En qué otra ocasión uno tiene de apostar algo así?.

—Exactamente.

Los dos se quedaron unos segundos contemplando esa verdad.

—¿Sabés qué? —preguntó Lukas señaló la bandera argentina. —Por primera vez en mi vida voy a hinchar contra Argentina.

—Y yo por primera vez voy a preocuparme genuinamente por Austria.

—Eso es hermoso.

—Y profundamente sospechoso.

La aplicación anunció que la transmisión estaba lista para comenzar. El partido estaba cada vez más cerca y los espectadores comenzaban a conectarse. Y por primera vez desde que había aceptado participar, Damián comprendió algo: ya no estaba nervioso por la apuesta, sino por el partido.

Todavía faltaban quince minutos para el inicio del partido. La transmisión ya estaba preparada, pero apenas había unas pocas personas conectadas. La mayoría entraría cuando comenzara el encuentro. Por primera vez desde que Lukas había llegado, se produjo un momento de calma.

Sin comentarios en el chat, sin bromas y sin ruido de relatores. Sólo los dos sentados frente al televisor.

—Te puedo hacer una pregunta —decidió aprovechar Damián —Una en serio.

Lukas sonrió.

—Eso suena peligroso.

—¿Qué esperás que pase hoy?

El austríaco lo miró unos segundos.

—¿Con el partido?

—Con todo.

Por primera vez desde que se conocían, Lukas no respondió con una bromas, evasivas ni frases misteriosas.

Simplemente apoyó los brazos sobre las rodillas.

—Quiero ganar.

—Bueno, eso era esperable. —opinó Damián, soprendido por lo directo de la respuesta, aunque la información fuera escasa.

—No. Quiero decir que realmente quiero ganar.

—Por Austria.

—Por Austria, sí.

Lukas señaló la bandera austríaca colgada en la pared.

—Pero no sólo por eso. —dijo Damián, haciendo una pausa. —Ya pasé por esto una vez, contra Jordania.

Hubo un breve silencio.

—Y me gustó. Es difícil de explicar.

—Intentá.

El austríaco se encogió de hombros.

—Durante noventa minutos estás pendiente del partido. Cada ataque importa. Cada jugada importa. Todo se vuelve más intenso.

—Eso lo entiendo.

—Y después ganás, pero te acordás de que todavía no terminó, porque la apuesta sigue ahí.

—La famosa segunda parte.

Damián se encontró escuchando con más atención de la que esperaba.

—¿Y qué se siente?

Lukas se tomó un momento antes de responder.

—Como una sobredosis de adrenalina. —lanzó Lukas, dejando la frase quedó flotando entre ambos. —Voy a tratar de explicártelo: primero está el partido y después sabés que la historia todavía no terminó: te toca seguir desarmarmando al vencido, primero quitándole su camiseta y después atándolo para que quede indefenso. Luego, le hacés cosquillas hasta volverlo loco. ¿Te parece divertido?

Damián recordó inmediatamente el mensaje sobre el jordano y el comentario de la lección aprendida. Las respuestas ambiguas y el rememorar toda la conversación pusieron nervioso a Damián.

—Así que realmente disfrutaste ganar aquella apuesta —se animó a responder el argentino—¿Qué pensás que va a pasar hoy?

Lukas soltó una carcajada.

—Muchísimo.

—¿Podrías ser más específico? —repreguntó Damián.

Ya que volviste a preguntar, voy a decírtelo: soy optimista y creo que Austria va a ganar —comentó Lukas. —Tendrás que asumir la derrota, y la apuesta a la vista de los usuarios. Una vez atado, tendré que descubrir todos tus puntos más sensibles. Así que voy a tener que hacerte cosquillas en los pies, pasar mis dedos arriba y abajo por las plantas, por la parte sensible entre tus dedos. Ah, y tu abdomen. Voy a dejar que mis dedos caminen como arañas por esa zona, tu ombligo. Y luego voy a deslizar mis dedos sobre tus costillas, probando cada una, encontrando dónde tienes más cosquillas. Gritarás, suplicando piedad. Y después de jugar con tus costillas, voy a explorar tus axilas… Para cuando llegue a ellas, después de hacerte cosquillas en el resto del cuerpo, bueno, vas a sudar muchísimo, lo cual no me importa. Seguiré haciendo cosquillas y empezarás a reírte nerviosamente y a suplicar piedad. Pero no la habrá, no durante ese plazo de cosquillas que apostaste.”

—Sos más competitivo de lo que parecés.

—Vos también, apostaste una hora.

Damián abrió la boca para responder, pero no encontró nada que decir. Lukas tenía razón. Ambos disfrutaban competir y el riesgo. Y, sobre todo, disfrutaban ganar. La diferencia era que hasta ese momento lo había disfrazado de humor, pero Damián había sentido una erección al escuchar hablar a Lukas tan directamente. No fue por excitación por Lukas, sino por la sensación de sentirse poderoso, desafiado, victorioso, expuesto a una prueba e incluso confrontado.

Ahora, por primera vez, estaba siendo sincero.

—¿Y vos? —preguntó Lukas. —¿Qué esperás que pase?

Damián pensó unos segundos. Miró la bandera argentina y luego el televisor. Miró el cronómetro de la aplicación esperando el inicio del partido.

—Hace una semana habría dicho que sólo quería que ganara Argentina.

—¿Y ahora?

—Yo también quiero ganar. Ahora que te escuché hablar, yo también quiero esa hora para encontrarte los puntos más efectivos y hacerte reír hasta ver la victoria reflejada en tu cara. Realmente creo que ese ganador voy a ser yo.

—Bien. —respondió Lukas, sonriendo.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sería aburrido enfrentar a alguien que no quiere ganar.

Los dos se quedaron en silencio luego de aquella apertura de sinceridad. En ese momento comenzó a aumentar el número de espectadores conectados. Los mensajes empezaron a aparecer. El partido estaba por comenzar. y la charla íntima de los minutos previos había terminado.

Los dos amigos estaban sentados en el living, con las cervezas en la mano y la tele a todo volumen. Lukas había pasado toda la semana insoportable: “Austria va a ganar”, “vamos a humillar a Argentina”, “preparáte para los 15 minutos de cosquillas, boludo”. Damián solo sonreía y guardaba silencio… hasta que empezó el partido.


A los 12 minutos, Lautaro metió el primero. Damián saltó del sillón como si hubiera ganado el Mundial.

—¡Golazo, carajo! —gritó, señalando a Lukas—. ¿Qué decías, eh? ¿Austria iba a ganar? Andá preparando las patas, austríaco de mierda, que te voy a hacer sufrir.

Lukas se removió incómodo en el sillón, todavía confiado.

—Fue suerte… todavía falta mucho.

Pero a los 28 minutos llegó el segundo. Un golazo de Messi. Damián ya no paraba de reírse.

—¡Dos a cero, Lukas! ¡Dos a cero! ¿Dónde está esa Austria tan poderosa que me prometiste toda la semana? Te la pasaste diciendo que nos iban a dar una paliza… mirá ahora, boludo. Estás más callado que un austríaco en una milonga.

Lukas intentaba mantener la compostura, pero se le notaba la cara cada vez más roja.

—Todavía puede empatar… —murmuró.

Damián se acercó más al sillón, con una sonrisa sádica.

—¿Empatar? Mirá, te voy a decir lo que va a pasar: cuando termine este partido vas a estar tirado ahí mismo, con los brazos arriba, mientras yo te hago cosquillas durante una hora entera. Y no voy a parar ni aunque llores. Te voy a recordar cada vez que dijiste “Austria es mejor”. Prepárate las axilas, las plantas de los pies y esa pancita de schnitzel que tenés.

Cada vez que Austria intentaba atacar, Damián lo remataba:

—Uy, casi… casi te sale el milagro, ¿no? Lástima que Argentina está jugando en serio. Andá practicando tu risa, que la vas a necesitar.

Lukas ya casi no hablaba. Solo negaba con la cabeza y tomaba cerveza como si fuera agua en el desierto.

Cuando el árbitro pitó el final del partido (2-0 definitivo), Damián se levantó lentamente, estirando los dedos como un pianista antes de un concierto.

—Se terminó, Lukas. Argentina ganó, como tenía que ser. Quince minutos, amigo. Quince minutos de pura justicia argentina. Andá acostándote en el sillón solito… y rezá para que tenga piedad.

Lukas soltó un suspiro largo y resignado, sabiendo que ya no había escapatoria.

—Sos un hijo de puta… —murmuró con una sonrisa nerviosa.

Damián se rio con ganas.

—Y vos sos el perdedor oficial del día. Ahora… empezamos.

Damián se paró frente al sillón con una sonrisa de oreja a oreja, todavía disfrutando el 2-0. Lukas seguía sentado, resignado.

—Dale, sacate la remera —ordenó Damián, chasqueando los dedos.

Lukas puso los ojos en blanco pero obedeció. Se quitó la camiseta y la tiró a un lado. Cuando Damián vio lo que había debajo, soltó un silbido de sorpresa.

—Puta madre, Lukas… ¿tenés abdominales de verdad? Mirá vos el austríaco este, parece que viene de hacer crossfit en los Alpes. —Se acercó y le dio un par de palmaditas en la panza dura—. Lástima que de nada te van a servir para lo que te toca ahora, boludo. Esos músculos no protegen contra las cosquillas.

Lukas intentó hacerse el duro, pero ya se le escapaba una sonrisa nerviosa.

Damián se frotó las manos.

—Antes de empezar los quince minutos en serio, te voy a hacer una prueba de calidad. Manos en la nuca, ahora. Vamos, brazos bien arriba.


Lukas dudó un segundo, pero terminó entrelazando los dedos detrás de la cabeza, dejando todo el torso expuesto. Damián se sentó a horcajadas sobre sus piernas para inmovilizarlo y empezó a probar.

Sus dedos bajaron primero por las costillas, moviéndose con rapidez. Lukas dio un respingo fuerte y soltó una carcajada ahogada.

—¡Jajaja… pará, hijo de puta!

Damián sonrió con malicia y subió directo a las axilas. Apenas rozó con las yemas de los dedos, Lukas se sacudió violentamente, apretando los dientes pero sin poder evitar las risas que se le escapaban.

—Uy, uy, uy… mirá vos —se burló Damián—. Resulta que el señor “Austria va a ganar” es re cosquilloso. Te tiembla todo el cuerpo, boludo. Estas axilas están más sensibles que la defensa austríaca hoy.

Siguió atacando un poco más, alternando costillas y axilas con movimientos rápidos y livianos, solo para tantear. Lukas se retorcía debajo de él, riendo cada vez más fuerte y tratando de no bajar los brazos.


—Quedate quieto, que todavía ni empezamos —dijo Damián riendo—. Si ya estás así con la prueba… los quince minutos van a ser una masacre, amigo. Prepárate, que ahora sí viene lo bueno.

Después de la prueba rápida, Damián se levantó un poco, todavía sentado sobre las piernas de Lukas, y lo miró con una sonrisa falsa y exageradamente amable.

—Dale, ponete cómodo, amigo. Sacate los zapatos y las medias. Vamos, que no quiero que estés incómodo durante los quince minutos. Austria perdió, pero vos merecés lo mejor —dijo con ironía, guiñándole un ojo.

Lukas lo miró con cara de “te odio”, pero sabía que no tenía escapatoria. Con un suspiro resignado, se quitó primero las zapatillas y luego las medias, dejando los pies al aire. Damián arrugó la nariz apenas los vio.

—Uy, la puta madre… —soltó entre risas—. ¿Qué es ese olor a pata, Lukas? ¡Parece que viniste caminando desde Viena! ¿No te lavaste los pies después de tanto festejar la “victoria segura” de Austria? Esto es peor que el vestuario después de un partido perdido.

Lukas intentó defenderse entre risas nerviosas:

—Cállate, boludo…

Pero Damián ya había agarrado un tobillo con firmeza y lo levantó un poco. Sus dedos empezaron a recorrer la planta del pie derecho con movimientos rápidos y livianos, atacando justo debajo de los dedos y el arco.

Lukas explotó en carcajadas inmediatamente, sacudiendo la pierna con fuerza.

—¡Jajajajaja! ¡Pará, Damián! ¡Noooo!

—Mirá vos… —se burló Damián sin parar—. ¡Los pies son tu kriptonita total! El austríaco musculoso con abdominales de acero se derrite apenas le tocás las patitas. ¿Esto es lo que iba a “humillar a Argentina”? Andá contándoles a tus compatriotas cómo terminaste: descalzo, riendo como idiota y oliendo a queso viejo.


Damián cambió de pie, alternando entre ambos, usando a veces las uñas para rasguñar suavemente y otras las yemas para hacer cosquillas rápidas y enloquecedoras. No paraba de hablar mientras seguía el tormento:

—Qué patitas más suaves tenés, eh. De nada te sirvieron para correr atrás de la pelota hoy. Deberías haber entrenado estas plantas en vez de los abdominales. ¡Mirá cómo se te encogen los dedos! ¿Querés que te cuente otra vez los goles o preferís que siga por acá un rato más?

Lukas se retorcía en el sillón, riendo a carcajadas y tratando inútilmente de liberar los pies.

—¡Hijo de puta… jajajaja… basta!

Damián seguía implacable, sujetando fuerte los tobillos y disfrutando cada segundo.

—Todavía falta un montón, amigo. Estos pies van a recibir atención especial hoy. Preparate, que esto recién empieza…

Damián seguía sujetando los tobillos de Lukas con una mano mientras con la otra le torturaba las plantas sin piedad. De repente se detuvo, como si hubiera tenido una idea brillante.

—Esperá un segundo, no te muevas —dijo con una sonrisa malvada—. Creo que es hora de subir el nivel.

Se levantó rápido y desapareció un momento hacia el dormitorio. Lukas tuvo la chance de recuperar el aire. Volvió a los pocos segundos con un cepillo de pelo de cerdas redondeadas en la mano, girándolo como un trofeo.

—Mirá lo que encontré… Por fin le voy a dar un buen uso al cepillo de pelo de mi novia. Ella lo usa para desenredarse el cabello… y yo lo voy a usar para desenredarte las neuronas, austríaco —dijo riendo—. Preparate, que esto va a ser histórico.

Lukas abrió los ojos como platos.

—No… Damián, no seas hijo de puta… ¡no!

Demasiado tarde. Damián se sentó de nuevo, le inmovilizó los tobillos contra el sillón y apoyó las cerdas redondeadas sobre la planta del pie derecho. Empezó a pasar el cepillo con movimientos lentos y firmes al principio, y luego cada vez más rápidos y enloquecedores.

El efecto fue devastador.

Lukas explotó en una carcajada histérica, mucho más fuerte que antes. Su cuerpo entero se sacudía violentamente mientras intentaba liberar los pies sin éxito.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NOOO! ¡PARÁ, PARÁ, HIJO DE PUTA! ¡JAJAJAJA!

—Uy, mirá cómo reís ahora… —se burló Damián sin detener el cepillo ni un segundo—. Esto sí que es efectivo. El cepillo de mi novia te está humillando más que toda la selección de Austria junta. ¡Sudás como un chancho, boludo! Mirá la frente, mirá los abdominales brillando… todo por un cepillito inocente.

Damián alternaba entre los dos pies, pasando las cerdas por el arco, debajo de los dedos y por los talones con movimientos rápidos y circulares. A veces lo presionaba más fuerte, a veces lo hacía vibrar. Lukas ya no podía ni hablar seguido; solo soltaba risas roncas, lágrimas y sudor.

—Esto es por cada vez que dijiste “Austria va a ganar, te voy a hacer esto, lo otro” esta semana —continuó Damián, disfrutando cada segundo—. Por cada “te voy a hacer cosquillas” que me tiraste. ¿Cómo se siente que te estén cepillando los pies como a un perro, eh? ¡Reíte más fuerte, que todavía quedan varios minutos!

Lukas sudaba a chorros, el pecho subiendo y bajando rápido, las carcajadas cada vez más desesperadas y quebradas. El cepillo parecía infalible: cada pasada nueva arrancaba una nueva oleada de risa histérica.

Después de varios minutos intensos con el cepillo, Damián soltó por fin los tobillos de Lukas, que quedó tirado en el sillón jadeando, sudoroso y con la cara roja como un tomate.

—Bien, suficiente con las patitas por ahora —dijo Damián, dejando el cepillo a un lado—. Es hora de pasar a algo más clásico.

Lukas, todavía recuperándose, había terminado con los brazos extendidos hacia arriba, agarrando el respaldo del sillón en un intento desesperado de aguantar. Perfecto. Acceso total.

Damián se sentó a horcajadas sobre su cintura, miró las axilas completamente expuestas y sonrió como un depredador.

—Mirá qué lindo… brazos bien abiertos, axilas peludas y vulnerables. Justo como me gusta —comentó con sorna—. Después de tanto hablar de “Austria va a ganar”, terminás así: tirado, sudado y ofreciéndome las axilas como sacrificio.

Sin más preámbulos, Damián hundió los diez dedos en las axilas de Lukas. Empezó con movimientos rápidos y livianos, rozando con las yemas y luego usando las uñas suavemente para rascar justo en el centro.

Lukas explotó otra vez.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NOOO, LAS AXILAS NOOO! ¡HIJO DE PUTA, DAMIÁN!

—Uy, mirá cómo saltás —se burló Damián sin dar tregua, profundizando el ataque—. Estas axilas son incluso peores que los pies. Te tiembla todo el cuerpo, boludo. ¿Esto es lo que esconde el gran austríaco musculoso? ¿Un cosquilloso de mierda que se derrite apenas le tocan las axilas?

Damián alternaba entre las dos axilas, haciendo círculos, zigzags y pequeñas vibraciones con los dedos. A veces bajaba un poco a las costillas para luego volver arriba con más fuerza. Lukas se retorcía debajo de él, los brazos intentando bajar por instinto, pero Damián los empujaba de vuelta hacia arriba.

—Quedate con los brazos arriba, que todavía te faltan varios minutos —ordenó entre risas—. Sudás cada vez más, eh. Entre las patitas y ahora las axilas, estás más mojado que la cancha después de un diluvio. ¿Querés que te traiga el cepillo también para las axilas? Decime “Argentina es superior” y lo pienso…

Lukas solo podía reír histéricamente, sacudiendo la cabeza y rogando entre carcajadas:

—¡Pará… jajajaja… por favor…!

Damián seguía implacable, disfrutando cada segundo de la venganza.

Damián no tenía ninguna intención de darle tregua. Siguió sentado a horcajadas sobre la cintura de Lukas, con los brazos del austríaco todavía extendidos hacia arriba, completamente expuestos. Sus dedos volvieron a atacar las axilas con renovada energía, moviéndose más rápido y profundizando el tormento.

Lukas se sacudía violentamente debajo de él, soltando carcajadas roncas y desesperadas que llenaban todo el living.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Basta, Damián! ¡Las axilas no, por favor! ¡JAJAJAJA!

—Qué axilas más sensibles, boludo… —se burló Damián sin parar ni un segundo—. Mirá cómo te retorcés. Llevamos ya varios minutos acá y seguís igual de débil. ¿Esto es lo máximo que aguanta el representante de Austria? Patético.

Mientras sus dedos seguían haciendo zigzags y círculos rápidos, Damián arrugó la nariz y soltó una risa todavía más grande.

—Uy… esperá un segundo. ¿Qué es esta baranda que estoy sintiendo? —dijo exagerando el gesto, acercando un poco más la cara mientras seguía torturando las axilas sin piedad—. ¡Lukas, por Dios! Hay un olor a sudor europeo que está invadiendo todo. ¿Qué pasa con los desodorantes en Europa, eh? ¿Nadie usa en estos desafíos o qué? Primero las patas y ahora estas axilas… ¡parece que viniste a pelear el partido sin prepararte en ningún aspecto!

Lukas intentaba responder entre carcajadas histéricas, pero apenas podía formar palabras:

—¡Jajajaja… callate… hijo de… jajajaja!

Damián siguió implacable, alternando entre las dos axilas, a veces usando solo las yemas para cosquillas livianas y rápidas, otras veces rascando suavemente con las uñas justo en el centro más sensible.

—Mirá cómo sudás más todavía cuando te lo digo —continuó riendo—. Cada vez que te toco acá te ponés más mojado. ¿Esto es orgullo austríaco? ¿O simplemente no te lavaste bien sabiendo que ibas a perder? Te pasaste toda la semana diciendo que me ibas a hacer sufrir a mí… y ahora estás acá, brazos arriba, axilas expuestas y oliendo a derrota total.

Damián presionó un poco más los dedos, vibrando en el hueco de las axilas. Lukas arqueó la espalda y soltó un grito de risa mezclado con súplicas.

—¡PARÁÁÁ! ¡JAJAJAJAJA… NO PUEDO MÁS!

—Claro que podés —respondió Damián con sadismo alegre—. Todavía nos quedan varios minutos de axilas puras. Vos tranquilo, que yo sigo disfrutando. Esto es mucho mejor que ver el partido…

Damián no bajaba la intensidad. Seguía sentado a horcajadas sobre Lukas, con los brazos del austríaco todavía extendidos hacia arriba. Sus dedos saltaban sin parar de las axilas a las costillas y luego bajaban a los abdominales marcados, atacando con movimientos rápidos y precisos.

Lukas ya estaba destruido: sudado, rojo, riendo sin control y sacudiéndose debajo de él.

—Bien, ahora vamos a hacer un pequeño interrogatorio —anunció Damián con voz de policía malo, sin dejar de torturarlo—. Contestá bien claro o esto se pone peor.

Atacó primero las axilas con más fuerza, luego bajó a las costillas, rascando entre cada una.

—Primera pregunta: ¿Quién es mejor, tanto en el fútbol como en este desafío?

Lukas intentaba resistir, apretando los dientes entre carcajadas.

—¡Jajajaja… no… no te voy a decir…!

Damián sonrió y hundió los dedos justo debajo de las costillas, vibrando fuerte.

—Mal respuesta. Probá de nuevo.

—¡JAJAJAJA… PARA! ¡Está bien, está bien! ¡Vos sos mejor! ¡Damián es mejor en el fútbol y en el desafío! ¡Argentina ganó y vos ganaste, hijo de puta! ¡Jajajajaja!

Damián soltó una carcajada victoriosa y siguió bajando a los abdominales, haciendo cosquillas rápidas alrededor de los músculos.

—Buen chico. Segunda pregunta: ¿Te arrepentís de haber hecho la apuesta?

Lukas sacudía la cabeza de un lado a otro, riendo desesperado mientras Damián le atacaba sin piedad los costados de la panza.

—¡Sí! ¡Jajajaja… me arrepiento! ¡Me arrepiento mucho! ¡Nunca más apuesto contra vos, boludo! ¡Por favor…!

—Excelente —dijo Damián satisfecho, alternando entre axilas y abdominales—. Última pregunta… y esta es importante. ¿Dónde tenés más cosquillas? Decime la verdad completa, si no vuelvo con el cepillo.

Lukas ya estaba al límite. Entre risas histéricas y lágrimas, terminó confesando:

—¡Las axilas! ¡Jajajaja… y los pies! ¡Las axilas son las peores… y los pies con el cepillo… por favor, ya basta!

Damián se rio con ganas, sin detener del todo el ataque, pero bajando un poco la intensidad.

—Mirá vos… el austríaco musculoso con abdominales de acero tiene las axilas y los pies como puntos débiles. Qué decepción para toda Austria. Gracias por la información, la voy a usar muy bien en los minutos que quedan.

Lukas quedó jadeando, exhausto y derrotado, todavía con alguna risa traicionera escapando.

Damián aprovechó la confesión al máximo. Volvió a atacar con saña las axilas y los costados de los abdominales de Lukas, alternando con rápidos ataques a las costillas, mientras se reía de las reacciones desesperadas de su amigo.

—¡Las axilas y los pies, eh! Gracias por el dato, crack. Ahora que lo sé, voy a aprovechar hasta el último segundo.

Lukas ya no podía más. Las carcajadas se volvieron roncas, el sudor le corría por el pecho y la cara, y su cuerpo se sacudía con menos fuerza. Damián siguió unos minutos más, disfrutando de la venganza completa, hasta que por fin miró el reloj y levantó las manos.

—Se acabó. Una hora exacta. Sos libre, austríaco.

Lukas quedó tirado en el sillón, completamente exhausto, respirando agitado y con los brazos cayendo pesados a los costados. Tenía la cara roja, el pelo revuelto y una expresión de haber sobrevivido a una guerra.

Damián se levantó, le extendió una mano y lo ayudó a incorporarse. Lukas se sentó lentamente, todavía recuperando el aliento.

—Nunca más… —jadeó Lukas—. Nunca más voy a apostar una hora de cosquillas. Esto fue una tortura. Te juro que nunca más.

Damián se rio y le palmeó el hombro.

Lukas sacudió la cabeza, todavía con una sonrisa débil.

—Con Jordania me fue más fácil… yo gané esa vez y fue divertido. Pero ahora entiendo lo que se siente del otro lado. La puta madre, es horrible.

Después de un momento de silencio para recuperarse, Lukas lo miró con curiosidad.

—Che… ¿y cómo se te ocurrió lo del cepillo de pelo? Eso fue una maldad nivel experto.

Damián soltó una carcajada.

—Lo busqué por internet, obvio. “Ideas crueles de cosquillas” da unos resultados interesantes. Tenía que subir el nivel, no iba a ser solo con las manos después de toda la semana que me hinchaste con Austria.

Los dos se rieron. Se dieron un abrazo rápido y Lukas empezó a buscar su remera y sus zapatillas.

—Bueno, me voy antes de que te arrepientas y quieras hacer otra ronda —dijo Lukas, todavía un poco tambaleante.

—Andá tranqui. Descansá esas axilas y patitas —se burló Damián mientras lo acompañaba a la puerta.

Cuando Lukas se fue y cerró la puerta, Damián se quedó solo en el living, con una sonrisa enorme. Miró hacia el sillón y murmuró para sí mismo:

—Le tengo que contar a Joaquín.

Tickle Challenge mundialista: La venganza de Karim

 Era viernes 20 de junio por la tarde cuando Karim apareció en la casa de Martín sin previo aviso.

Golpeó la puerta con una energía inusual.

—Abrí. Es urgente.

Martín abrió y lo encontró sosteniendo el celular.

—¿Qué pasó? ¿Ganó Argelia retroactivamente?

—Poné las noticias.

—Eso jamás es una buena señal.

—En serio. Ponelas.

Intrigado, Martín encendió el televisor. En varios portales deportivos aparecía la misma noticia: la federación argelina había presentado una protesta formal ante la FIFA por decisiones arbitrales ocurridas durante el partido contra Argentina.

Karim señaló la pantalla.

—¿Ves? ¿Ves?

—Sí. Estoy viendo.

—Esto puede cambiar todo.

Martín tomó unos segundos para leer la nota completa.

—No.

—¿Cómo sabés?

—Porque una protesta formal y la anulación de un resultado son cosas completamente distintas.

Karim cruzó los brazos.

—Explicate.

Martín adoptó su tono de profesor.

—Mirá. Para que la FIFA modifique el resultado de un partido terminado tiene que haber ocurrido algo extraordinario.

—¿Como qué?

—Por ejemplo, un error administrativo gravísimo, un jugador indebidamente habilitado, cuestiones disciplinarias muy serias o alguna infracción reglamentaria demostrable que afecte la validez del encuentro.

—Bueno...

—Las decisiones arbitrales de interpretación normalmente no se revierten después.

—Pero hubo polémicas.

—Y aun así los resultados suelen mantenerse. Si cada federación pudiera reabrir partidos porque no le gustó el arbitraje, los mundiales terminarían dos años después.

Karim suspiró.

—Odio cuando hablás con lógica.

—Es una de mis peores cualidades.

Los dos siguieron leyendo. La noticia mencionaba pedidos de revisión, declaraciones de dirigentes y análisis televisivos. Karim se aferraba a cualquier frase optimista.

—Mirá esta parte.

—No dice nada.

—Pero parece prometedora.

—Porque querés que parezca prometedora.

—Bueno, sí.

Martín terminó de leer la nota y dejó el control remoto sobre la mesa.

—Te voy a decir lo que realmente pasa.

—A ver.

—No estás enojado por el arbitraje.

—No.

—Sí.

Martín sonrió.

—Te molesta haber perdido tres a cero Y sobre todo te molesta que después tuvieras que cumplir la apuesta.

Karim se quedó callado unos segundos.

—Escuchame. Si Argelia hubiera perdido tres a cero y no existiera la apuesta, hoy estarías fastidiado, pero no habrías venido hasta mi casa un viernes por la tarde para mostrarme una noticia.

Karim abrió la boca para responder, pero encontró nada que decir.

Martín continuó.

—En cambio, perdiste tres a cero... y después te convertiste en el contenido más visto del streaming cuando te hice cosquillas por 10 minutos.

—No exageres.

—El clip tiene miles de reproducciones y ahora cada vez que alguien menciona Argentina-Argelia... recordás el partido.

—No.

—Y la apuesta y el streaming.

—No.

—El cronómetro y las carcajadas.

—Martín.

—Y—

—¡MARTÍN!

Los dos terminaron riéndose. Karim se dejó caer en el sillón.

—Está bien —confesó Karim —Quizás me molesta más la apuesta que el arbitraje.

Martín levantó los brazos victorioso.

—¡Confesión obtenida!

—Igual sigo pensando que hubo fallos dudosos y voy a seguir quejándome. —aceptó Karim —Pero la próxima vez apostamos algo distinto.

Martín lo miró con una sonrisa.

—Perfecto.

—Entonces para el próximo partido...

Karim lo señaló inmediatamente.

—No quiero saberla.

—Te va a encantar.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Martín seguía sonriendo después de haber desmontado todas las esperanzas jurídicas de Karim.

—Bueno —dijo mientras se servía un café—, ya que el reclamo no va a prosperar, tengo una propuesta.

Karim levantó una ceja.

—Nueva apuesta: Argentina contra Austria. —comenzó Martín.

—No.

—Argentina gana, vos...

—No.

—Argentina pierde o empata, yo...

—No.

—¿Ni siquiera curiosidad?

—Ninguna.

Martín se acomodó en el sillón.

—Mirá que todavía tenés oportunidades de recuperar prestigio.

—Eso ya se perdió.

—No seas dramático.

—Me convertiste en un meme.

Martín señaló la pantalla de la televisión, donde todavía aparecían análisis del grupo.

—Además, Argelia todavía tiene partidos, puede ganarle a Jordania. —intentó animarlo —Y puede hacer un buen partido contra Austria.

—Puede.

—Entonces todavía hay margen para una revancha.

Karim no parecía convencido.

—No sé.

—¿Qué no sabés?

—El tema es que ya perdí mi mejor oportunidad de ganarte una apuesta.

Martín se quedó callado.

—¿En serio?

—Sí.

—Pensé que estabas preocupado por el honor futbolístico de Argelia.

—También.

—¿También?

—Bueno...

Martín comenzó a sonreír lentamente.

—Karim... Viniste hasta mi casa, un viernes a la tarde, con una noticia sobre la FIFA, esperando que mágicamente anularan el resultado... ¿Para qué?

Karim se hundió en el sillón.

—Para ver si podía rapiñar una venganza.

Martín soltó una carcajada.

—¡Lo sabía!

—No te rías —se atajó Karim. —Era una estrategia legítima.

—¡Querías ganar en los escritorios lo que no ganaste en la cancha!

—Eso suena peor cuando lo decís así. —le respondió, tapándose la cara—. Pensé que quizás existía una remota posibilidad.

—¿Y cuál era el plan? ¿La FIFA anulaba el partido y automáticamente aparecía una revancha?

—Algo así.

Karim permaneció callado y Martín lo señaló acusadoramente.

—¡Ahí está!

—¿Qué?

—No te importa el Mundial ni el arbitraje, lo único que querías era una excusa para cobrártela.

Karim terminó riéndose.

—Tal vez.

—¡Tal vez dice!

—Bueno, sí.

—Increíble.

—Siento que necesito empatar la serie.

Martín se acomodó como un comentarista deportivo.

—Atención, última hora. Se confirma que el reclamo ante FIFA era en realidad una misión personal de venganza.

Y los dos volvieron a estallar en carcajadas. Las risas se fueron apagando poco a poco. Karim terminó su café y se quedó mirando el televisor sin prestar demasiada atención a lo que decían los periodistas.

Martín, en cambio, seguía disfrutando visiblemente de la situación.

—Todavía no puedo creer que hayas venido a presentar un reclamo ante la FIFA versión casera.

—No era un reclamo, era una consulta jurídica.

—Con fines vengativos.

Hubo un silencio.

Karim se quedó pensando. Entonces giró lentamente hacia Martín.

—Decime, la apuesta.

—¿Cuál?

—La que me ibas a proponer antes.

Martín sonrió inmediatamente.

—¿La que rechazaste?

—Sí.

—¿La que dijiste que no querías escuchar?

—Sí.

Martín se cruzó de brazos.

—Qué curioso cambio de actitud.

Karim suspiró.

—Mirá, ya que no obtuve absolutamente nada con la noticia... Y ya que mi brillante estrategia legal fracasó... Tal vez pueda rescatar algo de esta visita.

Martín empezó a reírse. Luego se levantó y comenzó a caminar por el living con teatralidad.

—Bueno. Mi propuesta original era simple.

Karim se incorporó.

—Argentina contra Austria. —explicó —Si Argentina gana, vos tenés que admitir públicamente en el streaming que sobreestimaste las posibilidades de Argelia.

—Eso es bastante razonable.

—Todavía no terminé —. contionuó —Y durante una semana tu foto de perfil tiene que ser una bandera argentina.

—¡¿Qué?! Ni loco.

—Siete días.

—Absolutamente no —Karim negó con la cabeza mientras Martín se reía. —¿Y si gana Austria?

—Ahí viene la parte interesante. Si gana Austria, yo hago exactamente lo mismo pero con la bandera argelina.

Karim se quedó pensando.

—Mmm...

—¿Ves?

—No es tan mala, aunque sigue sin compensar el tres a cero.

—Nada va a compensar el tres a cero.

—Ese es el problema.

Volvió el silencio. Entonces Karim sonrió con una expresión sospechosa.

—¿Y si le agregamos algo?

Martín lo miró inmediatamente.

—Ahí está, el verdadero motivo de esta conversación.

—Estoy negociando, explorando posibilidades.

Martín volvió a sentarse.

—Decime qué tenías en mente.

Karim apoyó los codos sobre las rodillas.

—No lo sé todavía.

—Mentira.

—Bueno, tal vez una idea pequeña. Supongamos que Austria gana... Bueno...

Martín levantó una mano.

—Antes de que sigas: si tu idea empieza con "cosquillas" o termina con "venganza", la respuesta es no.

Karim se quedó congelado.

—Qué injusticia, ni siquiera me dejaste terminar.

—Porque te conozco. Definitivamente no aprendiste nada.

—Al contrario.

—¿Qué aprendiste?

Karim sonrió.

—Que nunca hay que dejar pasar una oportunidad de negociar.

—Eso explica muchas cosas.

Y mientras ambos seguían discutiendo condiciones hipotéticas para partidos que todavía no se habían jugado, los dos sabían que, tarde o temprano, terminarían haciendo otra apuesta. Porque el Mundial seguía y ninguno de los dos parecía capaz de resistirse a ello.

Martín, sin embargo, en el fondo estaba convencido de que Karim necesitaba una pequeña ilusión para sobrellevar la semana. Después de todo, Argelia había perdido 3-0, el reclamo ante la FIFA no iba a ninguna parte y el streaming seguía circulando por internet.

—Está bien —. dijo Martín. Esta es mi propuesta: arriba hay un metegol; el primero en llegar a cinco goles gana. Misma recompensa que la apuesta anterior. Mismo tiempo y contidiciones: 10 minutos de cosquillas.

 Karim aceptó inmediatamente y eso debería haber sido una advertencia. Subieron a la terraza donde descansaba el viejo metegol, Martín se sentía peligrosamente confiado.

El partido empezó con Martín atacando. Tomó la pelota en el mediocampo, enlazó dos pases limpios y sacó un remate rápido desde la línea de delanteros: Gol.

1-0.

—Bueno —dijo—. Esto va según lo previsto.

Karim no respondió, simplemente acomodó las barras. En el saque siguiente avanzó despacio, sin arriesgar. La pelota pasó de defensa a mediocampo, rebotó en un muñeco rival y quedó servida para un disparo improvisado.

Gol: 1-1.

Martín sonrió, un gol afortunado. Nada más, o eso creyó. Los minutos siguientes fueron caóticos. La pelota golpeaba paredes, piernas de plástico y travesaños con una lógica imposible de descifrar. En una jugada especialmente absurda, Martín tuvo tres oportunidades consecutivas frente al arco y falló las tres.

La última terminó rebotando hacia atrás, donde Karim la interceptó y recorrió toda la cancha con una secuencia sorprendentemente prolija. Gol. 2-1 para Karim.

Martín empezó a ponerse serio, eso era una buena señal.

Cuando Martín se ponía serio, normalmente mejoraba. Y efectivamente mejoró, porque aprovechó un error de Karim en la salida y empató con un remate violentísimo que hizo vibrar toda la mesa.

2-2.

—Ahora sí estamos jugando —comentó.

Pero Karim estaba entrando en ritmo, cada vez movía menos las barras. Cada vez parecía leer mejor los rebotes. Dos minutos después interceptó un pase y marcó otro. 3-2.

Martín respondió inmediatamente. 3-3.

La terraza comenzaba a parecer una final mundialista. Los dos se inclinaban sobre la mesa. Seguían intercambiando burlas, pero cada vez más breves. Habían entrado en esa fase de concentración donde el orgullo reemplaza a las palabras. Entonces llegó la mejor jugada del partido. Karim recuperó en defensa, hizo un pase preciso al mediocampo, de ahí otro pase y la pelotita atravesó toda la cancha sin tocar un solo jugador rival.

Finalmente remató desde la delantera. Gol. 4-3 para Karim.

—Eso sí fue fútbol —declaró.

Martín no respondió, estaba demasiado ocupado intentando empatar. Y lo logró: tras una larga serie de rebotes logró encontrar un hueco imposible entre dos defensores. 4-4. Gol de oro.

El siguiente tanto decidiría todo. Durante varios segundos ninguno logró generar una ocasión clara. La tensión era ridículamente alta para tratarse de un metegol. Martín tuvo la primera gran oportunidad. Controló la pelota con la línea de delanteros. El arco estaba prácticamente abierto. Disparó, pero dio en el palo y la pelota salió despedida hacia el mediocampo. Karim la capturó, avanzó, perdió la posesión, la recuperó, la volvió a perder. El partido parecía negarse a terminar. 

Entonces ocurrió: Martín intentó un pase lateral y uno de sus muñecos golpeó mal la pelota. El pase quedó corto, Karim interceptó y la pelota quedó perfectamente ubicada para el delantero central. Por primera vez en toda la tarde, tuvo un remate limpio. No dudó, disparó y fue gol. 5-4 para Karim.



Karim tardó un segundo en procesarlo. Después levantó ambos brazos.

—¡Sí!

Martín se quedó inmóvil observando el marcador.

—No puede ser.

—Pero fue.

Karim rodeó la mesa como si acabara de ganar la Copa del Mundo.

—¡Argelia vuelve a la competencia! —gritó eufórico —La historia recordará el resultado.

—Fue un metegol y nadie va a recordar esto.

—Yo sí.

Martín se apoyó en la pared y empezó a reírse, porque en el fondo sabía que la derrota era justa. Karim había jugado mejor y, sobre todo, necesitaba esa victoria mucho más que él.

—Bueno —admitió finalmente—. Ganaste limpiamente.

—Muy limpiamente.

Karim sonrió, por primera vez desde el partido entre Argentina y Argelia parecía verdaderamente satisfecho. No había revertido el resultado del Mundial, pero había obtenido algo: una discreta revancha. Pequeña, absurda y completamente desproporcionada, pero exactamente el tipo de revancha que esos dos amigos llevaban años persiguiendo.

De a poco, la euforia de Karim fue bajando. Karim seguía sonriendo mientras Martín seguía intentando encontrar alguna irregularidad reglamentaria.

—Ese último rebote fue raro.

—Fue perfecto, claramente te ganó el talento.

—No uses palabras que no entiendas.

Llegaron al living y Martín se dejó caer en el sillón.

—Bueno, lindo partido

—Muy lindo.

—Muy entretenido.

—Muchísimo.

—Qué calor hace, me agité mucho. ¿Querés otro café?

Karim lo observó.

—Martín.

—¿Sí?

—¿Qué estás haciendo?

—Conversando.

—Te estás haciendo "el boludo", como dicen acá.

Martín puso cara de absoluta inocencia.

—No sé de qué hablás.

Karim señaló el metegol invisible que parecía flotar entre ambos.

—Perdiste.

Martín empezó a revisar distraídamente el celular.

—Mirá qué interesante esta noticia. ¿Sabías que hay un campeonato europeo de metegol? Nunca lo había visto.

—Martín.

—Incluso tienen—

—MARTÍN.

—¿Qué?

Karim ya se estaba riendo.

—¿De verdad vas a intentar escapar por agotamiento burocrático?

—Estoy evaluando opciones.

Martín se quedó mirando la mesa de metegol como si le hubieran robado el Mundial del 86. El argelino, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara, levantó los brazos como si acabara de clasificar Argelia a una final.

—Dale, Martín… un trato es un trato —dijo Karim, ya arremangándose con malicia.

—Che, pero fue por un pelito… —protestó Martín, retrocediendo lentamente hacia el sillón como si estuviera negociando con un sicario.

—Diez minutos, boludo. Diez minutos enteros. Yo me esforcé como un camello en el desierto para ganarte, ahora vas a pagar.

—Bueno, dale, vení y cobrate —lo desafió Martín, inflando el pecho.

—Sin remera y con las manos en la nuca —le ordenó Karim. —Vamos, quiero ver esas axilas bien expuestas y disponibles.

Martín obedeció con resignación, pero con la dignidad de un hincha de la Selección que acaba de perder en penales. Karim no perdió tiempo: se acercó con entusiasmo vengativo.

Y empezó la sesión. Karim tenía dedos rápidos y precisos, como si hubiera entrenado toda su vida para este momento. Atacó primero las costillas, después las axilas, y cuando Martín ya se retorcía como un gusano en una parrilla, bajó a los costados de la panza.

—¡Pará, pará, nooo! ¡Hijo de puta, eso es trampa! —gritaba Martín entre carcajadas que le salían del alma.

—¿Trampa? ¡Esto es justicia poética! —respondía Karim riendo mientras le hacía la "tortura del helicóptero" con los diez dedos—. ¡Decime "Argelia es la mejor selección de África"!

—¡Nunca, la concha de tu hermana! ¡Jajajajaja!

Martín pataleaba, se arqueaba, intentaba agarrarle las manos, pero Karim era implacable. Cada vez que Martín creía que iba a poder respirar, el argelino cambiaba de zona: costillas, cuello, abdomen… Todo valía.

A los cuatro minutos Martín ya estaba rojo, con lágrimas en los ojos y la voz ronca de tanto reír.

—Ahora entiendo por lo que pasaste cuando te gané…

—Shhh, callate y sufri —dijo Karim, imitando el acento argentino—. Faltan seis minutos, crack.

Al llegar al minuto siete, Karim notó que Martín ya no pataleaba con la misma energía. Una sonrisa maliciosa se le dibujó en la cara cuando descubrió el punto débil definitivo. Sin piedad, subió las manos directo a las axilas del argentino y empezó a mover los dedos con una precisión quirúrgica.

Martín se tensó como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Apretó los dientes con fuerza, tratando de aguantar por puro orgullo de hincha de la Selección. No pensaba darle el gusto de rogar. Solo soltaba risitas entrecortadas, con la cara roja y los ojos apretados.

—Mirá vos… —se burló Karim sin dejar de atacar—. Resulta que el gran Martín, el que se cree Maradona en el metegol, se derrite en las axilas. ¡No puede ser que tengas tan poco aguante, hermano!

Martín intentaba mantener las manos en su nuca, pero Karim era más fuerte y rápido. Los dedos del argelino bailaban sin descanso, haciendo círculos y zigzags que volvían loco al pobre perdedor.


—Pará… hijo de… —logró decir Martín entre dientes, conteniendo una carcajada que amenazaba con explotar.

Karim soltó una risa victoriosa y siguió profundizando el ataque.

—Y encima… ¿qué es ese olor? ¿No usaste desodorante hoy o qué? ¡Parece que estás sudando como si estuvieras en el desierto de Argelia en pleno verano! —dijo entre risas, sin detener el tormento ni un segundo—. Dale, decime “Karim es el rey del metegol” y te doy un descansito… o seguí aguantando como un macho, a ver cuánto durás.

—¡Jajajaja! ¡basta, basta!

Martín solo negó con la cabeza, demasiado orgulloso para rendirse, aunque las lágrimas ya le corrían por las mejillas y su cuerpo se sacudía sin control ante las implacables manos de Karim. El orgullo argentino estaba resistiendo… pero por poco.

Karim decidió subir la crueldad un escalón más. Cambió de técnica: usó las uñas con suavidad pero sin parar, mientras con una mano le inmovilizaba un brazo hacia arriba para tener mejor acceso.

—¡Mirá cómo tiembla el crack! —se burlaba imitando un relato de fútbol—. ¡Está aguantando como puede, pero las axilas son su criptonita! ¿Cuánto más vas a resistir, campeón? ¿Vas a llorar? ¿Vas a pedirme piedad? ¡Decilo! Decí “Karim me ganó limpiamente y soy su esclavo de cosquillas”… ¡o seguí sufriendo otros tres minutos más!

Cuando por fin sonó el cronómetro de Karim, Martín quedó tirado en el sillón como si hubiera jugado dos tiempos suplementarios bajo la lluvia.

—Nunca más… un challenge… en mi vida… —jadeó, todavía con alguna risa traicionera escapando.

Karim se levantó triunfante, le dio una palmadita en la pierna y sentenció:

—Bienvenido al club de los perdedores, hermano. La revancha la jugamos cuando quieras… pero sabé que mis dedos ya tienen experiencia.