viernes, 27 de febrero de 2026

El que se reía desde atrás

 El video ya había dado vueltas por todo el grupo. Martín empapado. El vaso salvado por milagro. Santi riéndose como si hubiera descubierto el fuego.

Y, en un rincón del encuadre, casi fuera de foco, estaba él. El famoso chico de grisApoyado contra la pared, brazos cruzados, filmando… y riéndose bajito.


Dos días después, estaban los tres en el mismo living.

—No, no —decía el de gris, negando con la cabeza mientras sonreía—. Perdón, chicos, pero… ¿de verdad caíste en esa?

Martín entrecerró los ojos.

Santi, en cambio, sonrió lento.

—¿En cuál? —preguntó.

—En la del vaso, hermano —respondió el de gris, relajado—. Era obvio cómo terminaba. Te tenían servido.

Martín se cruzó de brazos.

—Ah, mirá vos.

—No te enojes —siguió el otro, con esa calma sobradora—. Pero esas cosas se ven venir. Es cuestión de pensar dos segundos.

Santi y Martín se miraron. Silencio breve. Peligroso.

—¿Vos decís? —preguntó Santi.

—Y… sí —se encogió de hombros el de gris—. A mí no me agarran con esas pavadas.

—Bruno… —repitió—. Vos decís que sos difícil de enganchar.

Bruno soltó una risita corta.

—No es por agrandarme, pero… sí.

Otra mirada entre Martín y Santi. Más larga esta vez. Más cómplice.

—Mirá qué casualidad —dijo Martín, acercándose a una escoba apoyada en la pared—. Justo estábamos por probar un reto nuevo.

Bruno sonrió, todavía confiado.

—¿Sí?

Santi dio un paso al costado, dejándole espacio.

—Uno bastante simple —agregó.

Martín levantó la escoba con aire inocente.

—Para alguien inteligente como vos… debería ser una pavada.

Por primera vez, muy apenas, la sonrisa de Bruno dudó.

Pero ya era tarde.

Martín apoyó la escoba en el piso y la hizo girar entre las manos como si fuera lo más normal del mundo.

—El reto es simple —dijo—. Nada raro.

Bruno ya estaba sonriendo otra vez.

—Ajá…

Santi tomó un rollo de cinta adhesiva de la mesa.

—Se pasa el palo por detrás del cuello —explicó—, se sujetan las muñecas… y la idea es zafarse sin ayuda.

Bruno miró la escoba. Miró la cinta. Volvió a mirar a los dos. Silencio corto. Después soltó una risa nasal.

—¿Eso es todo?

Martín se encogió de hombros.

—Eso es todo.

Bruno negó despacio, divertido.

—Chicos… —dijo—. En serio me subestimaron.

Santi apoyó la cadera contra la mesa.

—Puede ser.

—No, no… —Bruno levantó un dedo—. Pará.

Se enderezó, ahora ya metido en personaje.

—Estoy tan seguro de que me puedo zafar —dijo, con media sonrisa— que hasta podría hacerlo sin remera.

Martín alzó las cejas.

Santi se mordió el labio para no sonreír de más. Bruno continuó, confiado, filoso:

—Porque aunque me hagan cosquillas… —hizo un gesto de comillas en el aire— …no les voy a dar tiempo.

Ahí. Justo ahí. Fue cuando Martín y Santi se miraron. La misma mirada. La del vaso. La de ya está.

—¿Seguro? —preguntó Martín, suave.

Bruno ya se estaba sacando la remera musculosa de un tirón.

—Segurísimo.

La tela cayó al respaldo de la silla. Quedó a la vista su torso peludo y trabajado, relajado, completamente despreocupado. Un error.

—Bueno —dijo Santi, acomodando la escoba—. Ponete cómodo entonces.

El ambiente cambió apenas. Nada evidente. Pero el aire se volvió… más atento.

—Pasá por acá —indicó Martín.

Bruno se colocó de espaldas a la pared, todavía con esa sonrisa de tutorial fácil. Martín deslizó el palo por detrás de su cuello. Encaje limpio.

—¿Así? —preguntó Bruno.

—Perfecto —dijo Santi.

La cinta empezó a rodear las muñecas. Vuelta uno. Vuelta dos. Vuelta tres. Bruno probó tensión.

—Tranqui —dijo—. Esto sale rápido.

Martín no respondió. Solo ajustó un poco más. Santi dio medio paso atrás… observando. Evaluando. Como quien mide una estructura antes de probarla.

Bruno flexionó los brazos contra el palo. Testeo inicial. Todavía confiado.

—¿Listos? —preguntó.

Martín cruzó los brazos. Santi sonrió apenas.

—Cuando quieras, Bruno —dijo.

Y por primera vez… muy en el fondo del estómago, algo diminuto empezó a incomodarlo. Bruno apenas terminó de acomodarse contra la pared, infló el pecho con confianza exagerada.

—Listo —dijo—. Vayan buscando excusas, porque en treinta segundos estoy libre.

Santi y Martín intercambiaron una mirada breve. Esa mirada que Bruno, concentrado en lucirse, no registró. Error número uno.

Bruno flexionó los brazos hacia adelante, probando la tensión de la cinta. El palo de escoba quedó firme detrás de su cuello, cruzándole los hombros como una barra incómoda.

Frunció el ceño.

—Mmm… está bien puesto.

—¿Querés que lo aflojemos? —preguntó Martín con inocencia sospechosa.

—Ni se te ocurra —resopló Bruno—. Esto es mecánica básica.

Intentó girar el torso hacia la pared para hacer palanca… pero el palo chocó antes de que pudiera acomodarse bien. Se quedó medio inclinado. Incómodo. Expuesto.

Santi dio un paso al costado, evaluándolo como si fuera un experimento de laboratorio.

—Che… —murmuró—. ¿No sentís que elegiste un outfit medio arriesgado?

Bruno bufó.

—Por favor. ¿Vos pensás distraerme con cosquillitas? No te da el tiempo.

Martín se acercó despacio. Demasiado despacio. Bruno lo vio venir y sonrió con superioridad.

—Te aviso que estoy concentrado, eh.

—Sí, sí —dijo Martín—. Se nota.

Primer contacto.

Apenas la punta de los dedos rozó el costado de Bruno.

Nada más. Pero Bruno reaccionó igual. Un micro salto. Un ruido raro que intentó disfrazar de tos.

—Ajá… —canturreó Santi—. Interesante.

—Fue reflejo —se apuró Bruno—. Reflejo muscular.

Intentó recomponerse y volvió a empujar el palo contra la pared, esta vez con más fuerza.

La cinta aguantó. El palo también. Su postura, cada vez peor. Martín volvió a acercarse, ahora por el otro lado.

—Tranquilo —dijo—. Esto recién empieza.

Y esta vez… los dedos no fueron un roce. Fueron una advertencia.


Bruno todavía estaba rojo por el esfuerzo cuando notó que ninguno de los dos se movía para “ayudarlo”. Al contrario: Santi y Martín se miraron con esa sonrisa cómplice que ya empezaba a darle mala espina.

—Mirálo al macho de pelo en pecho… —tiró Martín, caminando en círculo alrededor suyo como si lo estuviera inspeccionando—. Hace cinco minutos se reía de todos.

Bruno resopló, tratando de mantener la dignidad mientras empujaba el palo contra la pared sin mucho éxito.

—Sigan hablando… —gruñó—. En dos minutos me suelto y se termina el show.

Santi soltó una risita corta.

—¿Dos minutos? Pará que lo anoto… —hizo como que miraba un reloj imaginario—. Y pensar que entraste solito a la trampa, eh. Orgullo puro. Como caballo viendo la puerta abierta.

Bruno bufó, incómodo.

—No entré a ninguna trampa. Estoy viendo cómo salir, nada más.

—Sí, sí… —dijo Martín, divertido—. Igual, entre nosotros… nosotros sabemos que tenés cosquillas y vos sabés que te las vamos a hacer...

Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz con tono burlón:

—…un pequeño correctivo te lo ganaste.

El aire se cargó de anticipación.

Bruno tragó saliva, todavía intentando hacerse el firme… pero por primera vez desde que empezó el reto, ya no estaba tan seguro de tener el control.

El silencio duró apenas un segundo más.

Bruno todavía forcejeaba contra la pared cuando notó que Santi y Martín ya no estaban solo hablando. Se estaban posicionando.

Malísima señal.

—Che… —intentó mantener el tono canchero—. ¿Van a seguir con el acting o me van a—

No terminó la frase. Martín fue el primero en moverse: dos dedos rápidos se colaron directo a las costillas expuestas de Bruno, en un ataque corto pero preciso.

—¡EH—! —el salto fue instantáneo.

No fue risa todavía… pero estuvo peligrosamente cerca. Santi sonrió de lado.

—Mmm… confirmamos sensibilidad.

—Ni fue nada —apuró Bruno, apretando los dientes y empujando otra vez el palo contra la pared—. Si eso es todo lo que tienen…

Error táctico. Porque esta vez no fue un tanteo. Fue coordinado.

Martín volvió a las costillas, pero ahora en ritmo, dibujando pequeñas ráfagas rápidas que obligaron a Bruno a tensar todo el torso. Al mismo tiempo, Santi se metió por el otro flanco, atacando bajo el brazo derecho con movimientos cortos y traicioneros.

El efecto fue inmediato.

—¡JA—! … eh… pará… —Bruno se retorció, intentando bajar el brazo… imposible—. ¡No empujen!

—Pero si vos dijiste que no nos dabas tiempo —se burló Santi, sin aflojar.

Las primeras risas reales empezaron a escaparse, entrecortadas y furiosas.

—N-no… es… —Bruno resopló, tratando de recomponerse—. Estoy… bien…

Martín levantó las cejas.

—¿Seguro?

Y cambió la velocidad.

Sus dedos se volvieron más insistentes, más metódicos, buscando el punto justo entre las costillas. Bruno pegó la espalda contra la pared con un golpe seco.

—¡JAJA—! … la con—… —intentó cerrar los codos, inútilmente atrapados por el palo.

Santi aprovechó la apertura.

—Uh… —murmuró con tono teatral—. Mirá lo que quedó acá…

Sus dedos se insinuaron peligrosamente hacia la axila derecha… sin entrar del todo. Solo rozando. Amenazando. Bruno se quedó helado medio segundo.

—Ni se te ocurra —dijo rápido… demasiado rápido.

Santi y Martín se miraron. Y sonrieron al mismo tiempo. Habían encontrado sangre.

Bruno todavía estaba tratando de recomponerse cuando vio el intercambio de miradas.

Y entendió.

—Eh… —tragó saliva—. Chicos…

Tarde.

Santi entró de lleno. Sus dedos se metieron directo en la axila derecha, sin aviso, rápidos y despiadadamente precisos. La reacción de Bruno fue instantánea y traicionera.

—¡¡JAJA— NOOO!! —el cuerpo se le arqueó contra la pared como si tuviera un resorte en la espalda.

Martín no perdió ni medio segundo.

—Confirmado —dictaminó, metiendo mano en la axila izquierda—. El macho de pelo en pecho vino fallado de fábrica.

—¡CALLATE—! —Bruno intentó mantener la voz firme, pero salió quebrada entre risas—. ¡No es para ta— JAJA—!

Santi, implacable, empezó a trabajar en ritmo.

—Pará, pará… —dijo con falsa preocupación—. ¿Este no era el que filmaba sobrando a Martín?

Dos dedos se hundieron más profundo. Bruno pegó un respingo violento.

—¡¡BASTA—!! —ya estaba riéndose sin poder evitarlo—. ¡Eso no cuenta!

—¿Ah, no? —Martín aceleró apenas—. Mirá vos… el experto en retos virales ahora quiere reglamento.

Bruno empujó con desesperación el palo contra la pared, buscando el ángulo salvador. Nada. El palo no cedía. La risa, sí.

—Jajaj— pará… pará… —jadeó, con el pecho subiendo y bajando rápido—. Estoy… estoy zafando…

Santi soltó una risita corta.


—Sí… se te nota la superioridad intelectual.

Y cambió la técnica. En vez de cosquillas rápidas, empezó a rastrillar lento, con dedos abiertos, recorriendo toda la axila. Error crítico para Bruno. El sonido que soltó ya no fue de control.

—¡¡JAAJAJA— LA PUT—!! —la cabeza se le fue hacia atrás—. ¡Santi, sos un hijo de—!

Martín se inclinó un poco, disfrutando la escena.

—Che… —dijo con tono venenoso—. ¿Seguro que podías hacerlo sin remera?

Bruno intentó responder… Pero lo único que salió fue risa entrecortada y sudor cayéndole por el pecho. Santi remató, filoso:

—Tranquilo, campeón…
—Esto recién empieza.

Y los dos volvieron a atacar al mismo tiempo.

—Ahora sí, en serio.

Santi y Martín se miraron apenas un segundo. Fue suficiente. La coordinación bajó como telón. Las manos volvieron a las axilas de Bruno con precisión quirúrgica, ya sin tanteo, ya sin ensayo. Directo al punto débil que él, por puro orgullo, había negado tres veces.

—¡No, no, pará, pará…! —arrancó Bruno, pero la frase se le quebró en una carcajada abierta—. ¡JAJAJA— eh— JAJA—!

Martín, que ya le había tomado el timing, trabajaba en ráfagas cortas, rápidas.
Santi, en cambio, era metódico, insistente, casi científico.

—Mirá cómo resiste Brunito —comentó Santi con tono clínico—. Esto es material de estudio.

—E-edito… —intentó decir Bruno, rojo, tirando del palo contra la pared—. Yo edito… contenido… ¡JAJAJA!

El palo no se movía. La cinta tampoco. Y lo peor: el tiempo corría. Las risas de Bruno empezaron a perder ritmo. Ya no eran de bravata: eran de rendición en cuotas.

—Che… —dijo Martín entre dedos—. ¿Te acordás cuando filmabas y te hacías el misterioso?

—S-sí… ¡JAJAJA— basta—!

—Bueno —remató Santi—. Hoy estás en cámara, campeón.

Eso fue el golpe final. Bruno intentó una última embestida contra la pared… fallida. El aire se le fue en una carcajada larga, desarmada, sin dignidad posible.

—¡ME RINDO! —soltó al fin, entre risas y jadeos—. ¡Me rindo, manga de traidores!

Silencio. Las manos se detuvieron al instante. Santi despegó la cinta con cuidado. Martín retiró el palo. Bruno quedó libre, apoyado contra la pared, transpirado, despeinado y todavía con risa residual escapándosele en espasmos.

Los dos amigos se cruzaron de brazos frente a él. Santi habló primero:

—Moraleja número uno, Bruno Ferrer…

Martín completó:

—…si te reís de la trampa ajena…

Santi sonrió.

—…probablemente ya estés adentro de la tuya.

Bruno se pasó la mano por la cara, todavía agitado, y negó con media sonrisa rendida.

—Son unos… —resopló— …unos pedagogos del mal.

Martín le palmeó el hombro.

—No, papá.

Santi guiñó un ojo.

—Justicia recreativa.

Y por primera vez desde que empezó todo… Bruno se rió sin intentar resistir.

martes, 24 de febrero de 2026

Confianza excesiva, consecuencias húmedas

 —No, pero en serio te digo —insistía Martín, recostado en la silla con esa media sonrisa sobradora—. A mí no me agarran con esas boludeces virales. Hay que ser muy verde para caer.

Santi, apoyado contra la pared, lo miraba en silencio. Ya conocía ese tono. Era el mismo que usaba Martín cada vez que hablaba de estafas por WhatsApp, de cadenas falsas o de cualquier cosa que implicara —según él— tener dos dedos de frente.

—¿Ah, sí? —preguntó Santi, suave.

—Obvio. La gente no piensa. Ven un reto en internet y van como moscas. Yo primero analizo.

La palabra analizo quedó flotando en el aire con un peso innecesario.

Santi asintió despacio, como si le diera la razón… pero algo en la comisura de su boca se torció apenas.

—Bueno —dijo al fin—. Entonces este no te va a costar nada.

Martín levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

Sin apurarse, Santi fue hasta el lavadero y volvió con un vaso de vidrio lleno hasta el borde y un palo de escoba. Los apoyó sobre la mesa con una prolijidad sospechosa.

Martín frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Un reto viejo de la cuarentena —explicó Santi, con tono casi pedagógico—. Facilísimo para alguien que… —lo miró— analiza.

Eso alcanzó.

—Dale —soltó Martín, incorporándose—. Explicá.

Santi levantó el palo.

—Simple: se pone el vaso contra el techo, sostenido por el palo. Vos agarrás el palo desde abajo y lo mantenés firme. Treinta segundos. Si no se cae el agua… ganaste.

Martín ya se estaba arremangando.

—¿Nada más?

—Nada más.

Hubo un silencio breve. Demasiado breve para lo que venía.

Martín tomó el palo con seguridad.

—Dámelo.

Entre los dos acomodaron el vaso contra el techo. El vidrio quedó peligrosamente lleno, con la superficie del agua temblando apenas.

Martín levantó los brazos y afirmó el palo.

—Listo —dijo—. ¿Cuándo empezamos?

Santi sacó el celular… pero no para cronometrar.

Lo miró.

Sonrió.

—Ya empezamos.

Y por primera vez, muy por primera vez, el palo en las manos de Martín tembló apenas.

El palo volvió a temblar.

Muy poco.

Pero tembló.

—Bueno… —dijo Martín, tratando de sonar relajado—. ¿Cuánto falta?

Santi no respondió enseguida. Caminó despacio alrededor suyo, como si inspeccionara una obra en progreso.

—¿Sabés por qué la gente cae en estafas? —preguntó de pronto.

Martín resopló.

—Porque no piensa.

—No —dijo Santi, tranquilo—. Porque el estafador casi siempre es alguien conocido.

Martín frunció el ceño, incómodo por tener que sostener el palo sin moverse.

—¿Qué tiene que ver…?

—Todo —lo interrumpió Santi con suavidad—. La gente baja la guardia cuando confía. Y ahí… —chasqueó los dedos— …le cambian la jugada.

El agua dentro del vaso vibró apenas.

Martín ajustó el agarre.

—Mirá —dijo, todavía sobrador—. Yo estoy perfecto. Cuando quieras saco el palo y listo.

Ahora sí, Santi sonrió de verdad.

—¿Ah, sí?

Silencio.

—Martín… —dijo, casi con cariño—. Vos ya estás estafado.

El palo se movió un milímetro.

—¿Qué?

—Pensalo —continuó Santi, apoyándose contra la pared—. No hay forma de que saques ese vaso sin mojarte… o sin arriesgarte a que se haga pelota contra el piso.

Martín miró hacia arriba por primera vez con verdadera atención.

El vaso estaba demasiado lleno.

Demasiado al borde.

—Pará… —murmuró.

Intentó hacer un microajuste. El agua se onduló peligrosamente. Santi levantó un dedo.

—Eeeeh… yo que vos ni lo intento.

Martín lo fulminó con la mirada.

—No me jodas.

—No te jodo —respondió Santi, casi amable—. Te recuerdo un detalle técnico.

Pausa. Sonrisa mínima.

—Ese vaso es del juego nuevo de tu novia.

El efecto fue inmediato. Martín se quedó congelado.

—…¿Qué?

—El que compró la semana pasada —continuó Santi, disfrutando demasiado—. El de vidrio finito. ¿Te acordás cómo te dijo? “Por favor, cuidalos que son delicados”.

El silencio ahora sí pesaba. El brazo de Martín empezaba a acusar el esfuerzo.

—Santi…

—¿Sí?

—Vos sos un hijo de—

—Shhh —lo cortó—. Cuidado con el pulso.

El agua volvió a vibrar. Y por primera vez desde que había empezado todo, la seguridad de Martín se resquebrajó de verdad. El silencio en el living se volvió espeso. Martín seguía con los brazos en alto, el palo firme… o lo más firme que podía. Ya no sonreía.

—Bueno —dijo entre dientes—. Muy gracioso. ¿Cuánto falta?

Santi miró el celular como si recién se acordara.

—Mmm… todavía falta un poco.

Se acercó despacio. Demasiado despacio. Martín lo siguió con la mirada.

—Ni se te ocurra —advirtió.

—¿Qué cosa?

—Lo que estás pensando.

Santi levantó las manos, inocente.

—Pará, pará… yo solo estoy observando. Vos dijiste que sos imposible de engañar.

Martín resopló, intentando recomponer la actitud.

—Y lo soy.

—Ajá…

Santi se quedó a medio metro. Miró el palo. Miró el vaso. Miró las axilas expuestas de Martín. Demasiada información, teniendo en cuenta aquella remera sin mangas.

—Che… —dijo casual—. ¿Estás cómodo ahí?

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro.

Santi asintió, como quien toma nota mental. Pasaron dos segundos. Tres. Y entonces, apenas apenas, le rozó un costado de las costillas con la punta de los dedos. Nada. Un contacto mínimo, pero suficiente. Martín se tensó.

—…No empieces.

Santi retrocedió medio paso, evaluando.

—Perdón, perdón. Reflejo técnico.

Martín ajustó el agarre del palo. El agua vibró.

—Estoy perfecto —dijo rápido, demasiado rápido.

Santi inclinó la cabeza.

—Sí… se te ve.

Otra pausa. Después, con la precisión de alguien que prueba la temperatura del agua… otro roce. Un poquito más arriba. Esta vez Martín soltó una exhalación corta por la nariz.

—…

Santi abrió grande los ojos.

—Apa.

—No hagas boludeces, Santi.

—Pero si no hice nada…

Martín intentó recuperar el tono canchero.

—Dale, en serio. Eso no me mueve un pelo.

Error estratégico. La sonrisa de Santi volvió, lenta.

—¿Ah, no?

Se acercó apenas. No atacó. No todavía. Solo dejó la mano flotando cerca de las costillas de Martín… lo suficiente para que la anticipación hiciera su trabajo. El palo tembló otra vez. Muy poquito. Pero esta vez, Martín lo sintió. Y también lo sintió Santi.

—Tranquilo, Einstein —murmuró—. Recién estamos calibrando.

El aire entre los dos ya no era el mismo.

Martín seguía firme… o intentando parecerlo. Los brazos en alto empezaban a pesarle, y el vaso allá arriba seguía peligrosamente lleno. Santi lo observaba con la paciencia de alguien que ya sabía cómo iba a terminar esto.

—Che, Martín… —dijo de pronto, pensativo.

—¿Qué?

Santi señaló con la barbilla.

—No era el mejor día para venir con musculosa, ¿no?

Martín bajó la mirada un segundo. Error. Las axilas completamente expuestas. Volvió a mirar a Santi, ahora sí alerta.

—Ni se te ocurra.

Santi levantó las manos.

—Pará, pará… vos dijiste que estabas perfecto.

—Estoy perfecto.

—¿Seguro?

—Seguro.

Silencio. Un silencio corto… pero cargado. Santi dio medio paso adelante, haciéndole cosquillas al aire. Martín apretó el palo. El agua tembló.

—Santi… —advirtió.

Pero ya era tarde. Primero fue un toque suave, casi respetuoso, en el borde de la axila derecha. Martín se sacudió apenas.

—¡Eh!

El vaso vibró. Santi retrocedió medio centímetro, evaluando como un técnico.

—Mmm.

—No jodas —dijo Martín rápido, tratando de recomponerse—. Eso fue reflejo nomás.

—Obvio —asintió Santi con total seriedad—. Pura biomecánica.

Pasaron dos segundos. Y entonces vino el segundo intento. Esta vez no fue un roce. Fueron dos dedos entrando con precisión quirúrgica en la axila.

Martín soltó el aire de golpe.

—Nnh—…

El palo se movió. El agua hizo una ola peligrosa contra el borde del vaso. Ambos miraron hacia arriba. Silencio. El vaso… resistió. Santi silbó bajito.

—Fino, fino el margen…

Martín respiraba más rápido ahora.

—Terminá el… cronómetro… —dijo entre dientes.

Santi miró el celular. Mintió con naturalidad.

—Uh… falta bastante todavía.

Y sin previo aviso… ataque doble. Una mano en las costillas. La otra directo a la axila. Martín se dobló apenas, atrapando la risa en la garganta como pudo.


—Sss— ¡Santi…!

El palo volvió a temblar. El agua volvió a ondular. Y por primera vez desde que empezó el reto, la seguridad de Martín se estaba cayendo… gota a gota. Santi sonrió. Ahora sí.

—Qué raro… —murmuró—. Para alguien imposible de estafar…

Se acercó un poco más.

—…te estoy viendo bastante ocupado.

Martín ya no estaba cómodo. Ni de cerca. Los brazos le temblaban apenas, la musculosa empezaba a pegarse al torso y el palo… bueno, el palo seguía en su lugar, pero cada vez con menos autoridad. Aun así, apretó los dientes.

—Estoy… perfecto… —jadeó, con una sonrisa forzada.

Santi lo miró como quien observa un experimento muy prometedor.

—Sí, sí. Se te nota la tranquilidad zen.

Dio una vuelta lenta a su alrededor, disfrutando el cuadro completo: brazos arriba, postura rígida, respiración entrecortada.

—Che —agregó—. Estás transpirando bastante para alguien que “ni lo siente”.

—Hace calor —disparó Martín rápido.

—Claro —asintió Santi—. Calor localizado por las cosquillas, dejame ayudarte.

Y sin más aviso, volvió al ataque. No brutal. No todavía. Pero sí constante. Tan solo unos dedos rápidos en las costillas por debajo de la remera. Una incursión breve en la axila derecha. Retirada, vuelta por el otro lado. Martín soltó una risa corta, traicionera.

—¡Ngh—! …Santi… pará…

El palo vibró peligrosamente y ambos miraron al techo. El vaso se inclinó apenas… y volvió. Milagro. Santi levantó las cejas.

—Ufff. Estás jugando en modo experto, eh.

Martín respiró hondo, intentando recomponerse.

—Te dije… —exhaló— …que aguanto.

—Ajá.

Santi se acercó otra vez, ahora con paciencia quirúrgica. Esta vez no atacó de golpe. Alternó. Un toque. Pausa. Otro toque.

Pausa más larga.

La anticipación empezó a hacer más daño que los dedos. Martín ya se movía antes del contacto. Mala señal.

—Mirá cómo te adelantás —comentó Santi, divertido—. Tu cuerpo ya está contestando solo.

—No… —se defendió Martín, con la voz cada vez menos firme— …no es nada.

Error. Grave error.

La sonrisa de Santi se ensanchó. Y entonces lanzó la secuencia rápidaCostillas. Axila. Costillas otra vez. Dos dedos firmes y breves. Martín explotó en una risa más abierta, intentando ahogarla contra el hombro.

—¡JA—! …¡Santi, boludo…!

El palo hizo el movimiento más grande hasta ahora. El agua golpeó el borde del vaso. Silencio. Los dos miraron arriba. Una gota… se asomó, pero no cayó.

Martín jadeaba, transpirado y colorado. Pero todavía… seguía. Santi lo observó con respeto fingido.

—Mirá vos… —dijo despacio—. El muchacho está resistiendo en serio.

Se inclinó un poco hacia él, en voz baja:

—Igual te aviso… estás defendiendo el fuerte con la puerta abierta.

Martín tragó saliva. Los brazos ya le pesaban como plomo. Pero sonrió. Terco.

—No… me… vas… a… sacar…

Santi se enderezó, divertido.

—Perfecto.

Pausa.

Sonrisa peligrosa.

—Entonces subimos de nivel.

Martín ya estaba al límite. Respiración corta. Brazos temblando. La musculosa pegada al cuerpo. Pero seguía ahí. Terco. Santi lo miró con una mezcla de admiración y maldad estratégica.

—Te voy a reconocer algo —dijo—. Estás aguantando más de lo que pensé.

Martín sonrió, jadeando.

—Te… dije…

—Sí —asintió Santi—. Me dijiste muchas cosas.

Pausa. Una muy corta.

Y entonces cambió todo, Santi dejó de jugar disperso. Fue directo al punto débil. Las dos manos subieron al mismo tiempo hacia las axilas, de manera firme y precisa.

Sin ensayo previo.

—¡EH—! —saltó Martín.

La risa le explotó de golpe, mucho más abierta que antes. El palo se sacudió y el vaso osciló peligrosamente.

—Uhhh —murmuró Santi—. Acá estaba el botón.

Y no aflojó.

Ahora el ataque era rápido y sostenido, alternando presión y cosquilleo fino, sin darle tiempo a recomponerse.

Martín ya no podía hablar bien.

—¡JA—! ¡Santi—! ¡pará—! ¡pará, boludo—!

Intentaba mantenerse firme, pero el cuerpo ya no le respondía igual. Las piernas se le doblaban apenas. Los brazos temblaban en serio. El palo hizo el movimiento fatal. El vaso se inclinó. Demasiado.

—Epa —dijo Santi, viendo venir el desastre.

Último intento de Martín por recomponerse. Error.

Santi metió la ráfaga final en las axilas. Segundos que parecían durar minutosLetal. Martín se quebró.

—¡JAJAJA—! ¡NO—!

El palo se desalineó. El vaso se soltó del techo. Pero Santi fue rápido. Manotazo limpio. Lo atrapó en el aire. Silencio. Un segundo perfecto de victoria técnica.

Hasta que…

…el agua que ya venía en movimiento terminó su viaje. Directo sobre Martín.

💦💦💦

La musculosa empapada, el pelo mojado. La dignidad… en evaluación. Santi bajó el vaso intacto, mirándolo como un trofeo.

—Bueno —dijo con calma—. El vidrio sobrevivió.

Martín chorreaba, respirando agitado, todavía con restos de risa escapándosele. Lo miró, entre indignado y derrotado. Santi levantó una ceja.

—¿Entonces…?

Pausa dramática. Sonrisa final.

—¿Seguís siendo imposible de estafar?

Martín se pasó la mano por la cara mojada. Resopló y no pudo evitar largar una última risa rendida.

—…Sos un forro.

Santi sonrió, satisfecho. Lección aplicada. Sin romper el vaso.

lunes, 23 de febrero de 2026

La broma del palo y el vaso... optimizada.

La broma del palo y el vaso en el techo es un reto viral que consiste en poner un vaso lleno de agua en el techo y sostenerlo con un palo de escoba. La idea es que alguien sostenga el palo para evitar que el agua caiga, pero el objetivo es que el que sostiene el palo se moje al final. Este reto se popularizó durante la cuarentena y ha sido compartido en redes sociales, mostrando reacciones divertidas de los participantes.

Lo que no se dijo es que es que, si no es nuestra casa ni nuestro vaso, es una muy buena ocasión para continuar la broma con cosquillas. Resulta que si el techo está lo suficientemente alto, no se puede sacar el vaso tan fácil.




viernes, 20 de febrero de 2026

Todos movemos la patita

 El tipo entró a la veterinaria empujando la puerta con el hombro, como si el lugar le quedara chico.

—Vengo por él —dijo, tirando apenas de la correa—. Pero rápido que tengo cosas importantes que hacer.

El perro, un mestizo grandote de mirada noble, movía la cola como si hubiera venido a un spa. El veterinario levantó la vista con calma.

—Buen día… ¿qué le pasa?

—Nada grave —resopló el hombre—. Pero mi señora se pone nerviosa por todo. Dice que el perro es sensible. ¡Sensible! —se rió—. Este es re macho. No siente nada.

El veterinario entrecerró los ojos con una media sonrisa profesional.

—¿Ah, sí?

—Olvidate. Este es de acero.

El perro, en ese preciso momento, se dio vuelta panza arriba pidiendo mimos. El veterinario carraspeó.

—Mire… ya que estamos, podemos hacer una prueba rápida de reflejos. Comparativa.

El tipo frunció el ceño.

—¿Comparativa con qué?

—Con usted —respondió el veterinario, como si fuera lo más normal del mundo—. Así ve la diferencia de sensibilidad.

El hombre soltó una carcajada corta.

—Dale, doctor. Pero apurate.

Minutos después, el perro ya estaba revisado y feliz, recibiendo caricias detrás de la oreja.

El veterinario sacó un cepillo suave de los que se usan para pelaje corto.

—Primero, demostración en el paciente canino.

Le pasó el cepillo por la panza al perro. El animal pateó en el aire automáticamente, cola agitándose como hélice.

El dueño se rió.

—¿Ves? Cosas de perro.

El veterinario asintió, muy serio.

—Exacto. Reflejo plantar reactivo. Ahora… para que la comparación sea válida…

Bajó la mirada hacia los pies del hombre.

—Necesitaría que se saque el calzado.

El tipo dudó medio segundo. Error táctico.

—¿Para qué?

—Protocolo comparativo —dijo el veterinario, ya con tono técnico—. Es rápido.

El hombre bufó.

—Bueno, dale.

Se sentó. Se descalzó. Apoyó los pies en la camilla. Con total confianza. Con total inocencia. El veterinario pasó suavemente el cepillo por la planta del pie derecho. El efecto fue inmediato.

—¡EH! —el tipo pegó un salto en la camilla y se le escapó una risa corta, traicionera—. Pará, pará…

El veterinario anotó algo en una planilla imaginaria.

—Interesante.

Volvió a pasar el cepillo. Un poco más lento. La pierna del hombre tembló sola.


—Jaj… bueno… cosquillas tenemos todos —dijo, acomodándose—. Pero nada grave.

El perro, al lado, lo miraba jadeando, feliz. El veterinario inclinó la cabeza.

—Curioso… porque su perro reaccionó menos.

Silencio. El tipo se enderezó.

—¿Cómo que menos?

El veterinario ya estaba cambiando a un cepillo un poco más fino.

—Segunda medición.

El nuevo cepillo rozó apenas la planta. El hombre se dobló, en especial cuando el cepillo alcanzó la base de sus dedos.

—¡JA—! No, bueno, pará doctor… jaj… ya está el estudio…

Pero el veterinario seguía, profesionalísimo, esta vez dedicándose generosamente al arco del pie.

—Necesito confirmar el patrón reflejo.

El pie izquierdo empezó a patear solo. El tipo ya se reía abiertamente, tratando de mantener la dignidad.

—Jajaj… bueno… ¡ya entendimos!

El veterinario miró al perro… y después a él.

—Conclusión preliminar…

Pausa dramática.

—El paciente canino presenta menor reactividad que el acompañante humano.

Desde la camilla se escapó una carcajada rendida. El perro, como si entendiera la victoria moral, volvió a mover la cola. Mientras el hombre se volvía a poner las zapatillas, todavía colorado, el veterinario le dio la correa.

—Quédese tranquilo —dijo con suavidad—. Su perro está perfecto.

El tipo carraspeó, acomodándose la remera.

—…Sí. Bueno.

Ya en la puerta, el veterinario agregó, amable:

—Ah… y otra cosa.

El hombre se dio vuelta.

—Todos movemos la patita.

El perro ladró, como firmando el informe.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Menos plástico, más cosquillas

La manifestación avanzaba lenta y pacífica. Carteles de cartón reciclado. Cantitos suaves. Un megáfono que hablaba de humedales y abejas.

Tipito vio la oportunidad. Treinta mil suscriptores. Necesitaba cien mil. Nada da más views que una agresión en vivo.

Se acomodó el celular en modo selfie.

—Gente, estoy acá con los supuestos “defensores del planeta” —dijo a cámara—. Vamos a ver cuánto tardan en mostrar la verdadera cara violenta de la izquierda eco-friendly.

Se quitó la remera. Pecho en pelo, abdominales tensos, mirada desafiante. Se plantó frente a la primera fila.

—¿Qué pasa, hippies? ¿Van a salvarme del shampoo también?

Una chica con gorra verde lo miró. Otro chico con cartel de “Menos plástico, más vida” lo evaluó de arriba abajo.

Tipito subió la apuesta.

—¡Dale! ¡Empújenme! ¡Hagan algo! ¡Así los filmo!

Silencio. Después, una voz tranquila:

—¿Seguro que querés interacción?

—¡Sí! ¡Eso! ¡Reaccionen!

Tres manifestantes intercambiaron miradas.

—Protocolo de respuesta sustentable —dijo uno.

—Sin violencia —aclaró otro.

—Contacto mínimo, protocolo anti huevones —cerró el tercero.

Tipito sonrió. Perfecto. Se venía el momento viral.

No vio venir el primer movimiento. Dos manos aparecieron bajo sus brazos levantados, rápidas pero suaves.

—¿Qué hacen? —alcanzó a decir.

Los dedos comenzaron a moverse en círculos precisos sobre sus axilas. Primero leve. Luego más decidido. El cuerpo que Tipito quería ostentar dejó de ser símbolo de masculinidad y pasó a ser superficie de intervención ecológica. Tipito soltó una risa inesperada.

—Eh… pará… no… eso no…

Otro activista apareció por el costado y le sostuvo firmemente una muñeca.

—Intervención no contaminante —explicó.


La segunda axila entró en acción. Ahora eran cuatro manos. Coordinadas. Metódicas. Sustentables. La risa explotó, pero no era la risa controlada del influencer. Era una carcajada desarmada, involuntaria.

El celular le fue sustraído, aunque no su protagonismo. Un manifestante seguía transmitiendo en vivo y el chat empezó a llenarse:

“JAJAJAJA”
“Lo están educando”
“Activismo 10/10”
“Eco-cosquillas”

—¡Basta! ¡Eso no es… resistencia… ja ja ja!”

—Estamos reciclando tu agresividad —dijo la chica de gorra verde.

Uno de ellos agregó:

—La violencia genera más violencia. Las cosquillas generan conciencia.


Tipito ya no podía mantener personaje alguno. Se doblaba de risa. Intentaba cerrar los brazos, pero cada intento empeoraba el ataque.

—¡Ja ja ja! ¡Pará! ¡No! —gritaba Tipito, intentando cerrar los brazos.

Uno de los manifestantes, mientras trabajaba con precisión circular, inclinó la cabeza y dijo con tono sincero:

—Amigo, tus seguidores piden más, ¿Les vamos a dar el gusto?

Tipito, entre carcajadas, alcanzó a balbucear:

—¿Qué…?

—Vas a tener que decirle algo a tus seguidores en apoyo nuestro —continuó el activista, sin dejar de cosquillear—... O no vamos a dejar de hacerte cosquillas en estas axilas peludas.

Tipito ya no tenía discurso. Solo risa. El pecho en pelo, que había sido escudo, ahora era territorio intervenido.

—¡Basta! ¡Prometo reciclar! —gritó entre carcajadas.

—No buscamos promesas —respondió la chica de gorra verde—. Buscamos coherencia.

Y las manos siguieron unos segundos más. Cuando lo soltaron, estaba rojo, despeinado y respirando fuerte.

La manifestación siguió su camino como si nada. Tipito miró la transmisión. Cincuenta mil personas conectadas. Pero no por la pelea. Sino por la caída. Tipito levantó la remera del suelo. Por primera vez, no dijo nada a cámara.

Uno de los comentarios fijados decía:

“El planeta no necesita más gritos. Necesita menos tipos que no toleran una cosquilla.”