miércoles, 11 de febrero de 2026

Menos plástico, más cosquillas

La manifestación avanzaba lenta y pacífica. Carteles de cartón reciclado. Cantitos suaves. Un megáfono que hablaba de humedales y abejas.

Tipito vio la oportunidad. Treinta mil suscriptores. Necesitaba cien mil. Nada da más views que una agresión en vivo.

Se acomodó el celular en modo selfie.

—Gente, estoy acá con los supuestos “defensores del planeta” —dijo a cámara—. Vamos a ver cuánto tardan en mostrar la verdadera cara violenta de la izquierda eco-friendly.

Se quitó la remera. Pecho en pelo, abdominales tensos, mirada desafiante. Se plantó frente a la primera fila.

—¿Qué pasa, hippies? ¿Van a salvarme del shampoo también?

Una chica con gorra verde lo miró. Otro chico con cartel de “Menos plástico, más vida” lo evaluó de arriba abajo.

Tipito subió la apuesta.

—¡Dale! ¡Empújenme! ¡Hagan algo! ¡Así los filmo!

Silencio. Después, una voz tranquila:

—¿Seguro que querés interacción?

—¡Sí! ¡Eso! ¡Reaccionen!

Tres manifestantes intercambiaron miradas.

—Protocolo de respuesta sustentable —dijo uno.

—Sin violencia —aclaró otro.

—Contacto mínimo, protocolo anti huevones —cerró el tercero.

Tipito sonrió. Perfecto. Se venía el momento viral.

No vio venir el primer movimiento. Dos manos aparecieron bajo sus brazos levantados, rápidas pero suaves.

—¿Qué hacen? —alcanzó a decir.

Los dedos comenzaron a moverse en círculos precisos sobre sus axilas. Primero leve. Luego más decidido. El cuerpo que Tipito quería ostentar dejó de ser símbolo de masculinidad y pasó a ser superficie de intervención ecológica. Tipito soltó una risa inesperada.

—Eh… pará… no… eso no…

Otro activista apareció por el costado y le sostuvo firmemente una muñeca.

—Intervención no contaminante —explicó.


La segunda axila entró en acción. Ahora eran cuatro manos. Coordinadas. Metódicas. Sustentables. La risa explotó, pero no era la risa controlada del influencer. Era una carcajada desarmada, involuntaria.

El celular le fue sustraído, aunque no su protagonismo. Un manifestante seguía transmitiendo en vivo y el chat empezó a llenarse:

“JAJAJAJA”
“Lo están educando”
“Activismo 10/10”
“Eco-cosquillas”

—¡Basta! ¡Eso no es… resistencia… ja ja ja!”

—Estamos reciclando tu agresividad —dijo la chica de gorra verde.

Uno de ellos agregó:

—La violencia genera más violencia. Las cosquillas generan conciencia.


Tipito ya no podía mantener personaje alguno. Se doblaba de risa. Intentaba cerrar los brazos, pero cada intento empeoraba el ataque.

—¡Ja ja ja! ¡Pará! ¡No! —gritaba Tipito, intentando cerrar los brazos.

Uno de los manifestantes, mientras trabajaba con precisión circular, inclinó la cabeza y dijo con tono sincero:

—Amigo, tus seguidores piden más, ¿Les vamos a dar el gusto?

Tipito, entre carcajadas, alcanzó a balbucear:

—¿Qué…?

—Vas a tener que decirle algo a tus seguidores en apoyo nuestro —continuó el activista, sin dejar de cosquillear—... O no vamos a dejar de hacerte cosquillas en estas axilas peludas.

Tipito ya no tenía discurso. Solo risa. El pecho en pelo, que había sido escudo, ahora era territorio intervenido.

—¡Basta! ¡Prometo reciclar! —gritó entre carcajadas.

—No buscamos promesas —respondió la chica de gorra verde—. Buscamos coherencia.

Y las manos siguieron unos segundos más. Cuando lo soltaron, estaba rojo, despeinado y respirando fuerte.

La manifestación siguió su camino como si nada. Tipito miró la transmisión. Cincuenta mil personas conectadas. Pero no por la pelea. Sino por la caída. Tipito levantó la remera del suelo. Por primera vez, no dijo nada a cámara.

Uno de los comentarios fijados decía:

“El planeta no necesita más gritos. Necesita menos tipos que no toleran una cosquilla.”

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