El fauno estaba atado y pese a que ya no sangraba, tenía el labio hinchado y de color violeta. Al despertarse, intentó ponerse de pie pero no lo logró.
Pedro también se había despertado momentos después y empezaba a repasar todo lo que había escuchado mientras estaba en su trance masturbatorio. Le dolía terriblemente la espalda y al ponerse de pie tuvo que arquearla hacia atrás, intentando aliviar aquella contractura. Aunque le guardaba rencor al fauno, al verlo en aquella posición quiso asistirlo y se dispuso a desatarlo, pero unos ruidos en el bosque impidieron que siquiera comenzara a liberarlo y Pedro se puso de pie para ver quién era. Se trataba de Alejandro e Iván, que aparecieron saliendo detrás de unas ramas, cubiertos de tierra, con hojas en el cabello y mirando hacia abajo, visiblemente avergonzados por lo que habían hecho. Habiendo constatado que estaban bien, Pedro se dirigió nuevamente hacia donde estaba el fauno para liberarlo.
—No lo desates aún— ordenó Alejandro y se dirigió severamente al fauno—¿Dónde está Gonzalo?
—Se fue. Se llevó el pergamino y su perfume después golpearme y dejarme atado— respondió el fauno.
—¿Cómo sabemos que este no es otro de tus trucos?— volvió a preguntarle Alejandro al fauno, con la misma rigidez y evidente enojo. El fauno no respondió.
—No está mintiendo, yo escuché todo y Gonzalo dijo que había tenido suficiente con todo esto.— intervino Pedro. —¿De qué trucos hablás?
—Este animal nos estuvo manipulando a todos y a cada uno para que fuéramos objeto de sus asquerosas perversiones.— denunció Alejandro ante todos. —Iván me contó lo que hicieron en el bosque y de cómo lo convenciste primero a él.
—¿Convencerlos de qué? ¿Qué pasó en el bosque?— preguntó Pedro, sin entender, mientras el fauno permanecía en silencio.
—Primero, el fauno lo manipuló para que ambos se masturbaran mutuamente— dijo Pedro seriamente. —Luego lo convenció para que lo ayudara a engañarme a mí también y los dos me hicieron algo parecido en el bosque.
—No es posible— dijo Pedro, sorprendido pero a la vez aliviado de no ser la única víctima.
—Además nos expuso a los peligros de esas harpías— continuó enumerando Alejandro con voz elevada, mientras que gesticulaba. —Y eso sin contar la cantidad de veces que quiso envenenarnos con su comida inmunda, su licor barato, sus brebajes para alucinar y alterar nuestro juicio con perfumes para transformarnos en animales.
—Ah, ¿O sea que ustedes no tuvieron nada que ver en todo lo que les pasó?— respondió el fauno.
—No empieces con tus ironías —remarcó Pedro, cortantemente. —Nada de eso te sirve ahora, esto cruzó todos los límites.
—Lo que me decepciona es que yo confié en vos.— dijo Iván, intentando no mirar al fauno a la cara. —Me pregunto si en algún momento consideraste la idea que tenemos nuestras parejas, nuestra vida, antes de querer hacer experimentos con nosotros.
—Yo terminé siendo penetrado por Iván— confesó Alejandro, para agravar el caso con esa evidencia. —Estoy comprometido y ni siquiera quise serle infiel a mi futura esposa. Y de alguna forma, vos lograste que eso pasara no una, sino tres veces con Pedro y con Iván, que tampoco tenía ganas reales de hacerlo.
—¿Qué vamos a hacer ahora?— preguntó Iván.
—Primero, nos vestiremos— dijo Pedro, intentando retomar el liderazgo mientras intentando procesar la información. —Estoy harto de vivir en esta indecencia que nos metió el fauno.
—Sí, ¿y luego?— quiso saber Iván. —¿Qué hacemos con el fauno?
—Lo dejaremos aquí. —sentenció Pedro, sin mirar al fauno, pero de manera tal que él también lo escuchara. —Para mi este es un asunto cerrado. Volveremos a la ciudad, al trabajo y le diremos al Director General lo sucedido. Más le vale a este animal que el Director esté conforme, o el fauno arderá en el infierno que él mismo se generó para sí.
—Por otra parte, tampoco sabemos qué pasó con Gonzalo— señaló Alejandro. —Me pregunto si él sabía de todo esto. Después de todo, no sufrió daño alguno y se llevó el papiro de los perfumes, dejándonos atrás.
—Gonzalo no se llevó nada más que sus porquerías— gritó enojado el fauno. —Y si los señores gustaran dejar de disputarse el lugar de víctima, me gustaría que me desaten, pues corremos todos un grave peligro.
—No creemos en nada de lo que digas— desafió Iván.
—Entonces, ¿Por qué no miran dentro del hueco de aquel árbol?— dijo el fauno sonriendo maliciosamente con su boca hinchada y señalando con una pata al árbol en cuestión.
Los hombres fueron hacia allí desconfiadamente, pero descubrieron algo que cambiaba las cosas radicalmente y por supuesto, esto los aterró.
Mientras tanto, Gonzalo caminaba por la pequeña ruta en la que el Director General los había dejado, a tres kilómetros del camino del bosque. Consideraba que si bien su plan había tenido algunas fallas, el balance final de la operación le jugaba a su favor. Tarde se había percatado que la linterna que empacó no tenía baterías, pero con tal de no volver al campamento y desperdiciar aquella oportunidad única, había decidido arriesgarse a caminar solo en la oscuridad. Volver por el camino que de ida les había tomado tres horas recorrer, en la oscuridad cerrada de aquella noche sin luna le había demandado el doble de tiempo. Pero todas esas dificultades habían quedado en el pasado, porque él había logrado salir de aquel bosque ileso y ahora sólo debía encontrar a alguien que lo acercara a algún pueblo, que no fuera Villa Robles para no levantar sospechas y así poder concretar su triunfante regreso. La ruta por la que caminaba se encontraba vacía y Gonzalo sabía que eso se debía a que se trataba de la mañana de un domingo. No le importaba, sería cuestión de tiempo antes de que alguien apareciera. En cierto momento, sintió la necesidad de descansar y decidió sentarse en la banquina de la ruta.
—Vamos a ver… —susurró para él mismo. Necesitaba incentivarse mediante la alegría de ver aquel pergamino, dador de toda virtud. Había postergado esa satisfacción durante horas, no porque quisiera, sino porque la oscuridad le había impedido siquiera ver la palma de su mano. Pero con aquella tranquilidad matinal, todo estaba ya dispuesto para que Gonzalo disfrutara de tanto esfuerzo. Abrió su mochila y sacó el rollo de pergamino, que había sobrevivido a todo el viaje, y lo desenrolló.
—¡Mierda, hijo de puta!— gritó Gonzalo lleno de ira, poniéndose de pie de un salto e intentando determinar en qué momento y de qué manera el fauno había logrado cambiar el pergamino original por otro, en donde jocosamente había ilustrado un pene erecto.
En el bosque, Pedro, Alejandro e Iván intentaban calcular las consecuencias de lo que habían descubierto en el hueco del tronco señalado por el fauno. Se trataba de los restos quemados del papiro original. La mayor parte estaba calcinada irremediablemente, pero aún quedaban restos sanos que servían únicamente para poder identificar la naturaleza de aquella pérdida.
—Bueno, no es tan importante— opinó Alejandro, intentando minimizar el daño. —Si pudimos vivir sin esos perfumes hasta hoy…
—Pero entonces, ¿Qué se llevó Gonzalo?— inquirió Iván.
—Yo vi que él tomó el papiro— detalló Pedro. —Lo tomó del mismo lugar donde el fauno lo había dejado. El fauno debe haberse adelantado a que lo robaría y lo cambió a último momento para darle una lección.
—¡Muy bien conjeturado, Pedro!— escucharon gritar desde lejos al fauno, que seguía atado en el mismo árbol. Los demás lo miraron brevemente, pero no le dieron importancia.
—De todas formas, es una pena que el fauno lo terminara destruyendo— se lamentó Iván.
—No creo que Gonzalo lo tome tan tranquilamente cuando lo sepa— observó Pedro.
—Ya lo sabe—predijo Alejandro, primero que todos. Los demás tuvieron exactamente la misma impresión, mediante un escalofrío que les recorrió el cuerpo. Notaban la presencia de su compañero dirigiéndose hacia ellos a toda velocidad. Los hombres percibían su ira supieron que nada bueno había en aquella información, traída por el viento.
Gonzalo estaba más colérico que nunca y planeaba a toda velocidad su venganza contra sus compañeros y muy particularmente, contra el fauno. Imaginaba con odio a los cuatro riéndose y brindando con el licor del fauno, festejando por haberlo quitado del medio. Además de lo frustrante de no poseer el verdadero pergamino, odiaba la idea de haber sido engañado por el fauno para resultar ser el primero en irse del bosque. Así como el fauno lo había puesto en ridículo frente a sus compañeros, Gonzalo estaba dispuesto a recuperarlo todo, a cualquier precio. Aún tenía la ventaja de poseer bastante cantidad de su intimidante perfume y si eso no era suficiente, también tenía un afilado cuchillo que convenientemente había robado del equipaje de campamento. Gonzalo decretó que los demás iban a respetarlo, aunque la vida se les perdiera en ello. Para suerte de Gonzalo, el primer sometido a su nueva ley fue el desconocido conductor de una moto que se acercaba por la ruta hacia él y que tuvo la mala idea de frenar ante las falsas señales de pedido de auxilio de Gonzalo.
—Esa moto ahora es mía, ¡Fuera de mi vista!— le ordenó violentamente Gonzalo al conductor ni bien se detuvo ante él, que irónicamente resultaba mucho más corpulento que Gonzalo. El hombre, afectado por el intimidante perfume, no dudo ni un segundo en bajarse del vehículo y salir corriendo, como si la misma muerte lo persiguiera. Gonzalo sonrió maliciosamente, tomó su equipaje y montando en su nueva moto robada, emprendió el viaje hacia el campamento a toda velocidad.
En el campamento, los tres hombres seguían pensando en qué hacer.
—¿Y si piensa que nosotros tuvimos algo que ver? —preguntó preocupadamente Iván.
—Le diremos todo lo que pasó, que todo fue provocado por el fauno— respondió Pedro, que estaba tan intranquilo como los demás.
—¿Y si no nos cree?— inquirió Iván, aún sin convencerse.
—A ver cuándo los señores terminan de dar vuelta sobre lo mismo, que hay poco tiempo— gritó el fauno captivo a la distancia. —Al menos, si quieren salvar su propia vida.
Los tres hombres se miraron y sin decir palabra admitieron que debían escuchar el consejo del fauno. Caminaron hacia el árbol donde estaba atado.
—Ante nada, ustedes son unos atrevidos. —dijo el fauno, indignado, mirándolos a la cara desde el piso. —Primero, vinieron a mi bosque con sus patéticas vidas sabiendo que los recibiría únicamente porque su Director me amenazó, cosa que a ustedes ni les importó. Luego se dedicaron a aprender de mala gana todo lo que les enseñé. Y pese a todo lo que aprendieron, los señores se quejan de mis métodos. ¿Qué pretendían, una clase mientras paseábamos por el bosque?
—Pedimos un poco de respeto, nada mas —interpuso Pedro, que no estaba dispuesto a ceder.
—Ustedes no saben nada de respeto, ni hacia mí ni hacia ustedes mismos. —condenó el fauno. —Se creen que el mundo gira alrededor de ustedes y su empresa, que se les debe algo y ¡el mundo no está nada con ustedes! Ni me digan que los manipulé, porque acá cada uno tuvo su agenda, que nada tenía que ver con la petrolera inmunda esa.
—¿Qué agenda, a ver?— lo desafió Pedro.
—Cito textual: yo quiero que me admiren por mi belleza y quiero que los demás la necesiten, como necesitan del calor del sol. Belleza irresistible y eterna— le respondió tranquilamente el fauno.
Nadie dijo nada.
—Después tenemos al músico frustrado pero socialmente adaptado, quien no tuvo tapujo alguno en mendigar mi ayuda. —continuó el fauno, mirando a Alejandro. —A continuación el caso del jovencito que, hasta llegar aquí, vivía con más cautela que ratón asustado. Otro malagradecido… ¡Hasta las harpías, con lo horribles que son, dejaban por lo menos un regalo!
—¿Buscabas una contraprestación?— atacó Alejandro.
—Llamémoslo reciprocidad— corrigió cortantemente el fauno, para remarcar punto. —Pero ya no tenemos tiempo para hablar de este asunto. Ustedes me odian, yo los odio; está dicho. Trabajemos juntos para salvarnos la vida y luego cada uno seguirá su camino.
—¿Y cómo sabemos que no huirás cuando te desatemos?— frenó Pedro a Iván, que se proponía por fin desatar al fauno.
—De la misma forma que saben que si algo le sucede a alguno de ustedes, yo perderé mi bosque con la venganza de su Director— le respondió el fauno.
La propuesta del fauno conformó a los tres hombres. Pedro, mediante un gesto de su cara, le indicó a Iván que desatara al fauno. El joven rodeó el árbol hasta encontrar el nudo de la soga que aprisionaba el fauno y una vez que lo halló, se agachó para deshacerlo. Pero ni bien comenzó con la tarea, sintió un agudo dolor en un costado de la parte baja de su espalda, que nadie llegó a prever.. Instintivamente Iván se dio vuelta para ver qué era y vio que se trataba de Gonzalo, que empuñaba un ensangrentado cuchillo. El joven cayó hacia un lado e intentó arrastrarse. Gonzalo dio un paso, pasando por encima de él.
—Preferiría que dejaran al fauno tal y como lo dejé— dijo tranquilamente, pero con una horrible expresión de maldad en sus ojos.
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