Iván se encargaba de hacer la comida, que a esta altura ya sabía preparar gracias a haber visto cocinar al fauno repetidas veces. Juntaba los vegetales, machacaba los insectos y cocinaba la insípida masa de siempre, pero con el agregado que debía procurarse él mismo todo cuanto necesitara para la tarea: buscar agua, juntar leña, encenderla y finalmente cocinarlo todo. El objetivo era que él le quitara a los demás aquella tarea que demandaba mucho tiempo, para que el resto estuviera libre y pudiera trabajar sobre el manuscrito.
Alejandro tenía la tarea de identificar aquellas plantas necesarias para confeccionar perfumes, que figuraban en el papiro del monje. Algunas de ellas se encontraban en la huerta del fauno; otras, debía rastrearlas por el bosque utilizando los mismos palos con los que había descubierto las piedras de mica para las harpías. Los ingredientes que faltaban, directamente hubo que comprarlos en Villa Robles: se trataba de hierbas aromáticas de uso común de cualquier dietética, pero esto implicaba romper con la advertencia del Director. Aunque él les había prohibido visitar Villa Robles para mantener el secreto de su plan, Pedro pensó que nada de malo había si iba solo y se limitaba visita a efectuar aquellas compras. Para ello Pedro debió volver a vestirse y caminar diez kilómetros. Después de tantas semanas, el roce de la ropa resultaba terriblemente incómodo y aunque no podía, sentía que hubiera tardado menos tiempo yendo desnudo.
Al llegar, Pedro se percató que Villa Robles era, efectivamente, un lugar sumamente aburrido. Caminó por las vacías calles y aunque se vio tentado a comer o tomar algo, la cautela y el deseo generado por el asunto de los perfumes le impidió detenerse en aquellas simples satisfacciones. Algo mucho más importante lo esperaba.
Entró a una dietética y lo atendió una señora de pocas palabras. Cuando logró comprar todos los ingredientes de su lista, Pedro emprendió la vuelta al bosque. En el regreso, pasó por el Templo del Pueblo y de vio de reojo que se estaba celebrando un matrimonio. Siguió caminando y, asegurándose que nadie lo veía, se metió nuevamente en el bosque para reencontarrse con sus compañeros. La operación había resultado sumamente sencilla.
En el bosque, Pedro y Gonzalo trabajaban junto al fauno sobre grandes gráficos dibujados sobre la arena, intentando determinar qué cantidades de cada ingrediente debían agregar en cada caso. La tarea no era sencilla, porque cada perfume admitía sólo tres ingredientes en una solución de alcohol. Estos ingredientes debían identificarse según qué virtud se quería aparentar con el sistema de coordenadas. Un vector del papiro marcaba el nivel de concreción, yendo de lo más concreto a lo más elevado espiritualmente, mientras que el eje horizontal marcaba distintos grados entre la severidad hasta la misericordia. La fórmula bruta debía corregirse según el olor natural de cada uno, utilizando nuevamente el sistema de vectores del monje. Esto llevaba a los más extraños debates.
—Me parece que tu idea de fama está acá, en el medio entre lo más concreto y una idea determinada, casi como quien trae una revelación al mundo— le dijo Gonzalo a Pedro, situando un punto medio en el gráfico, mientras le olía la axila a Alejandro. —Pero según su olor, hay que corregir la fórmula hacia la derecha, para que parezca que esa revelación es producto del pensamiento.
—Pero no necesito aparentar que pienso, no necesito disfrazarme— respondió Alejandro, enojado, pero nadie lo escuchaba.
—Bueno, pero eso no es lo que comunica tu olor. A mi me llega conformismo y comodidad, que lo huelan los demás si no me crees— le dijo Pedro enérgicamente, porque no le gustaba que lo pusieran en cuestión.
—Lo más importante es que podés pedir el absoluto— Le dijo el fauno a Alejandro, intentando mediar la situación. —¿Por qué vas a conformarte con menos teniendo las herramientas a tu disposición?
Alejandro asintió y así obtuvo su fórmula, formada por distintas cantidades de esencias de eucalipto, apio y alcanfor.
Con otro de los perfumes, también se generó un acalorado debate.
—¿De qué éxito me hablás?— gritaba Alejandro, ahora aliado con Gonzalo, discutiendo con Pedro cuando intentaba plasmar la imagen exitosa que éste último deseaba. —¿Por qué mejor no invocar la idea de que algo te falta? Piensen. ¡Hasta el mendigo sabe que si le falta una pierna puede recaudar más!
—Yo quiero que me admiren por mi belleza y quiero que los demás la necesiten, como necesitan del calor del sol. Belleza irresistible y eterna.— terminó confesando Pedro, que esperaba que lo tildaran de egoísta. Pero mucho se sorprendió al ver que nadie lo desaprobaba, posiblemente porque cada uno estaba más concentrado pensando en su propio perfume. Ayudar a los demás, en este punto, era ayudarse a sí mismos.
—Entonces, básicamente para Pedro estaríamos parados por aquí y un poco más hacia aquí.— indicó Gonzalo clavando su rama en un punto sobre la parte superior del gráfico y corriéndose hacia la derecha.
—¡Más a la derecha!— corrigió Alejandro enérgicamente, perdiendo la paciencia. —Esos sobacos no me convencen y ese eau de cul, mucho menos.
—¿Qué sabés vos?— respondió enojado Pedro, injuriado en su imagen. —¿Acaso te oliste a vos mismo?
—Sé mucho porque hace semanas que tengo que estar oliéndolos a ustedes. La vida se ríe de que con mi título de abogado, yo haya terminado poniendo mi nariz sobre el cuerpo de ustedes.— dijo Alejandro, elevando el tono de voz.
—¡No pierdan más el tiempo y corrijan ya mismo ese perfume!— volvió a mediar el fauno, mediante un chillido. Los tres hombres olfatearon diferentes partes de Pedro, que permaneció serio sin decir palabra.
—Sí, más a la derecha— opinó seriamente Iván, mientras olía sus dedos impregnados del sudor de la parte superior de la unión de las nalgas de Pedro. —Este tipo necesita que lo quieran.
Entonces todo el grupo determinó que los ingredientes para Pedro contuvieran diferentes notas de canela, naranja y anís. Los perfumes de Iván y Gonzalo fueron mucho más sencillos de realizar. El de Iván no tenía más pretensión que ser atractivo hacia las mujeres, porque él consideraba que su personalidad resultaba sumamente agradable para la mayoría de las personas. Esto realmente era cierto y a partir de aquella experiencia liberadora con el fauno, Iván era mucho más sociable y se atrevía a mostrar que no era perfecto. Con las debidas correcciones según su aroma, la fórmula para Iván contuvo banana, milenrama y cardamomo.
La fórmula de Gonzalo fue sencilla porque sencillamente lo que él quería era irradiar poder. No le interesaba la belleza, ni que lo consideraran inteligente o lo desearan amorosamente. Quería ser temido y que sea su severidad fuera la que que sostuviera su voluntad. Rápidamente el grupo acordó que en el gráfico labrado sobre la tierra, el punto justo estaba bastante alejado del máximo valor espiritual posible, pero dramáticamente inclinado hacia el polo de la severidad. Gonzalo no quiso escuchar nada acerca de la posibilidad de suavizar un poco su perfume, ya que el sudor de Gonzalo era fuerte y acentuaba su carácter dominante.
—Quiero ver hasta dónde lo que el monje dijo es cierto— respondía Gonzalo desafiante, aunque en el fondo resultaba una excusa para obtener lo que él consideraba un bien supremo: el poder por el poder mismo. De esta manera, la fórmula resultó en un perfume de pino, albahaca y cebolla.
Los perfumes fueron terminados justo a tiempo, pues una tormenta, anticipada días antes por el grupo, se hizo presente y ésta dio lugar a una lluvia duró casi dos días, lavando los dibujos de la tierra, apagando las brasas y apaciguando los ánimos. Los hombres se encontraban cansados después de todo aquel trabajo, que había consistido en buscar y clasificar materiales, llevar a cabo improvisadas destilaciones, realizar mezclas personalizadas, formular correcciones, entre otras actividades que se sumaban a las cotidianas. Los hombres habían utilizado la lluvia para asearse e intentar relajarse de la emoción de haber embotellado lo que cada uno consideraba el éxito. El fauno, excepcionalmente, les había permitido armar otras dos carpas para no perder el tiempo armando una tienda con ramas, por lo que ahora los cuatro hombres se disponían a dormir y a reponerse de su cansancio.
Esa tarde, Alejandro no solo sintió nuevamente el dolor de su mano, sino que sufría oleadas de jaquecas que le hicieron agradecer la hora de poder recostarse en la carpa. Iván notó algunos gestos de dolor en Alejandro, quien no decía nada acerca de su malestar.
—¿Otra vez te dolió la mano?— le preguntó Iván a Alejandro en voz baja, en la carpa que a ellos dos le había tocado.
—Antes me preocupaba más— le confesó Alejandro. —Aparte del dolor de la mano, hace tres noches que me levanto y descubro que estoy parado en el medio del bosque. De hecho, lo que me despierta es el dolor de la mano.
—¿Sufrís de sonambulismo?
—No lo sé. Nunca antes me había sucedido.
—¿Y por qué no le decimos al fauno?
—No quiero arruinar todo esto— susurró Alejandro. —No me siento enfermo, quizá sea solamente el cansancio.
—Está bien, cualquier cosa no dudes en despertarme y pedir ayuda.
No era tan tarde, pero el cansancio terminó venciendo a los cuatro hombres y así, todos se fueron a dormir.
En el medio de la noche, el ruido blanco de la intensa lluvia era lo único que podía escucharse. En la comodidad de su carpa, Gonzalo y Pedro dormían tan profundamente que ni se percataron que alguien abría el cierre de la entrada y se metía con ellos. Pedro estaba soñando que estaba en el subterráneo de la ciudad, rumbo al trabajo, viajando en una formación abarrotada de gente. El sueño resultaba de un extremo realismo extremo, a excepción de un único detalle: todas estas personas miraban hacia abajo con la mirada perdida; parecía que simplemente estaban allí, ocupando el espacio, como si fueran parte de un decorado en aquella escena. Entre estos pasajeros, Pedro apenas podía moverse. De repente, el tren frenó en una estación y las puertas se abrieron. Nadie salió, solamente entró un hombre bajito que empezó a abrirse paso entre la gente.
—Con permiso… Disculpe— dijo el señor con mucha cordialidad, mientras empujaba pasajeros hasta lograrse un lugar frente a Pedro. Ninguno de los demás pasajeros parecía inmutarse. De cerca, Pedro podía ver perfectamente a este extraño desconocido: era un señor de más de cincuenta años, con una calvicie avanzada. Su cara era más bien redonda, sin barba y con ojos pequeños. A Pedro su aspecto le resultaba desagradable, en tanto que no querría convertirse en alguien así en un futuro.
Las puertas se cerraron automáticamente y la formación se puso nuevamente en marcha. Los pasajeros se movían únicamente por la inercia del recorrido del tren, apenas para un lado o para el otro, como si fuera una marea. En estos movimientos, Pedro notó que el dorso de la mano del señor regordete le rozaba la entrepierna, por encima del pantalón de vestir. Pedro quiso acomodarse para evitarlo, pero el lugar estaba tan abarrotado, que no podía moverse. Hizo un esfuerzo extra, pero por fin alguien habló.
—¡Ay!— chilló la mujer que tenía al lado. —¡No me empuje, señor!
Pedro dejó de empujar, pero apenas logró moverse. Nuevamente, sintió aquel contacto inapropiado, pero esta vez con una mayor intensidad. Trató de moverse hacia el otro lado.
—¿Qué te pasa?— preguntó violentamente un hombre detrás de él, sin que Pedro pudiera verlo. —¿No ves que el subte viene lleno?
Otra vez aquel apoyo. Pedro empezó a darse cuenta que la conducta del señor cincuentón nada tenía de accidental, pues éste lo miraba y estaba sonriendo con el mayor descaro.
—Señor, ¿puede parar de hacer eso?— le susurró Pedro al señor.
—¿De hacer qué?— dijo el señor sonriendo, en voz alta, mientras frotaba con mayor presión el bulto de Pedro con el dorso de su mano.
—No se haga el estúpido, ya sé que es usted— respondió pedro furioso, con voz baja. —No es correcto lo que hace.
—¿Por qué hablás en voz baja?— le preguntó el hombrecito, que seguía con su accionar pese a la incomodidad de Pedro. Pedro intentó moverse nuevamente y la misma mujer que tenía al lado gritó nuevamente.
—¡Otra vez! ¡Deje de empujarme!
—Es que este señor me está apoyando!— gritó Pedro por fin. Pero la mujer no le respondió. De hecho, ninguno de los pasajeros parecía escucharlo. Más bien, lo único que les importaba es que no los empujaran. Pedro no quería armar escándalo, pero el hombrecito regordete no paraba de molestarlo. De hecho, ya no ahora era el dorso de la mano, sino que el hombre directa y delicadamente había tomado el bulto de Pedro con la palma de la mano, sobre el pantalón de vestir.
—Se lo voy a repetir una vez más, ¿Puede dejar de tocarme?— intentó Pedro.
—Ah, ¡acá está!— le dijo a Pedro, mientras pasaba su dedo por su glande, generándole un cosquilleo. —¿Por qué será que la mayoría de los hombres se acomodan el pene hacia la izquierda?
Desesperadamente, Pedro deseaba que el tren se detuviera en la próxima estación para poder bajarse. Pero esa estación jamás llegaba. Esta variante del tiempo le hizo pensar en la posibilidad de que todo eso fuera un sueño.
—¡Esto es un sueño!— dijo Pedro.
—¿Ah, si?— dijo el hombre, que no estaba dispuesto a ceder en su acoso. —¡Ajá! Ya la cosa va tomando forma!
Ciertamente, se trataba de un sueño sumamente realista. Ahora que Pedro notaba lo irreal de aquellos rostros neutros podía confirmar su hipótesis, pero si tomaba en cuenta lo que estaba sucediendo con el hombrecito, no hubiera podido distinguir realidad de un sueño. De hecho, era cierto que por más horrible que el señor fuera, el cuerpo de Pedro estaba empezando a responder a esa estimulación.
—¿Quién es usted?
—Soy tu pesadilla, en el sentido de ser todo lo que temés: la vejez, la fealdad, lo desalineado, pero también tengo una verdad para...
—¿Por qué está sucediendo esto?— le preguntó Pedro al hombrecito, interrumpiéndolo.—¿Estoy despierto o estoy dormido?
—Nunca se está demasiado despierto ni demasiado dormido— respondió el hombrecito toquetón.
—¡Esto es uno de los trucos del fauno!— sentenció nerviosamente Pedro, intentando adivinar. —Estoy dormido, seguramente drogado y atrapado en alguna especie de sueño o alucinación hiper-realista...
—Si resolviste el misterio, sería considerado dejar de hablar y permitirme disfrutar — interrumpió el hombre con descaro, que seguía tocando generosamente a Pedro. —Acá hay mucha gente y poco margen de acción.
—¡Deje de molestarme!— le dijo firmemente Pedro al señor.
—Dejaré de molestarlo con una condición— dijo el señor, que por fin dejó de manipular el pene erecto de Pedro. —Si adivina lo que voy a hacerle, lo dejaré tranquilo. Si no, le bajaré el cierre del pantalón, sacaré su miembro afuera y lo haré eyacular. Será cuestión de tiempo hasta que lo logre. Pareciera ser que tengo todo el tiempo de mi lado.
—¡Vas a masturbarme!— se precipitó Pedro.
—¡Se equivoca!— dijo alegremente el señor. —Así que si me permite…
El señor desvergonzado le bajó el cierre del pantalón y tras sacarle el aún erecto pene afuera, empezó a masturbar firmemente a Pedro. Pedro sabía que había algo de trampa y estaba intentando articularlo en palabras.
—¡Pará!— dijo Pedro, gimiendo impacientemente. —¡Cumplí con tu palabra y dejame tranquilo!
El señor frenó su accionar por un momento, como si hubiera sido atrapado por bucle lógico infinito. Pero rápidamente volvió a su voluptuoso propósito, lo que causó que Pedro diera un pequeño salto.
—Haga lo que haga, yo faltaría a la promesa— dijo el señor, con una pícara y desagradable sonrisa. —Si lo masturbo, obraría de tal manera que usted tendría razón y yo faltaría a mi palabra; si no lo hago, usted se equivocaría y yo nuevamente faltaría a mi palabra.
Pedro intentaba seguir la lógica de aquel planteo, pero sospechaba que lo único que el señor deseaba era ganar tiempo.
—¿Y entonces…?
—La verdad es que no sabría cómo resolver este dilema— dijo el señor con tono despreocupado. — Más no sé si lo ha notado, ¡Qué grandes están estos testículos!
—¡Cállese!— respondió Pedro. Su cuerpo estaba empezando a estremecerse de placer.
—Oh, ya viene— dijo el señor, adoptando una expresión lasciva. —Evidentemente, hace mucho tiempo que usted no se masturba. ¡Mire qué mojado está! Debería usted relajarse más y...
—¡Le dije que se calle!— dijo Pedro, aún enojado pero también tomado por la creciente necesidad de descargar, contra la que se resistía. Finalmente, no había nada más que Pedro pudiera hacer y el orgasmo coincidió con su repentino despertar.
Pedro se preguntaba si aquello había sido una polución nocturna. Al mirar hacia su entrepierna, vio que Alejandro levantaba la cabeza y tragaba su semen. Pedro se dio cuenta, entonces, que Alejandro le había practicado una felación durante aquel extraño sueño.
—¡¿Qué carajo estás haciendo?!— le gritó Pedro enfurecido, empujando a Alejandro fuera de la carpa, quien cayó al piso.
Los gritos de Pedro levantaron a todo el mundo, que fueron a ver qué ocurría. El fauno, Pedro, Iván y Gonzalo vieron que Alejandro se paraba. La cara de Alejandro no era la de siempre, sino que tenía una expresión de la que no podía decirse si era libidinosa, picaresca, o maligna, que los miraba fijamente.
—¡Está sonámbulo!— dijo Iván, intentando frenar a Pedro. —Ayer me dijo que durante las noches estuvo caminando dormido.
—Despertémoslo de a poco— dijo Gonzalo.
Gonzalo se dirigió hacia Alejandro, pero éste lo apartó con su mano y se dirigió al fauno.
—Escuché que se celebraría un concilio— dijo Alejandro, con una voz que no parecía la suya. —Sé que no me invitaron, pero igualmente vine desde lejos para participar.
El fauno no se movió ni dijo nada.
—¿Se puede saber con qué cuenta usted?— le preguntó Alejandro en su trance. —Ya probé lo de aquel caballero.
El fauno tampoco respondió, pero levantó sus brazos para exponer sus axilas. Alejandro extendió sus dedos para tocarlas y luego se los olió. Luego hizo lo mismo con la unión de la ingle con la pierna de cabra del fauno. Parecía que Alejandro estaba haciendo un diagnóstico.
—Los he visto mejores— dijo Alejandro, mirando despectivamente al resto. —No me extraña tu manada tenga de todo menos otros faunos, pero es lo que hay.
Pedro y Gonzalo se miraron y contuvieron la risa, bajando la cabeza. Entonces el fauno, visiblemente enojado, tomó la mano de Alejandro y lo mordió. Fue como si aquello que hablaba por Alejandro se retrajera y en su lugar apareció la voz normal de Alejandro, que reaccionó con un grito.
—¿Qué pasó?— preguntó Alejandro sorprendido, mientras se agarraba la mano mordida con la otra. —¿Qué hacen todos acá?
Gonzalo hizo un gesto con la intención de comenzar a explicárselo pero el fauno no lo dejó hablar. Estaba enojado y alterado.
—¿Cuándo ibas a decírmelo?— increpó el fauno a Alejandro.
—¿Decirte qué?
El fauno le propinó una bofetada, pero los demás lo tomaron por los brazos para que no se le fuera encima.
—¡No te hagas el estúpido!— le gritó el fauno. —Trajiste a un fauno de la muerte con la poción del errante.
Todos se quedaron helados, incluyendo Alejandro. El fauno comprendió que debía dar una explicación.
—Los faunos o sátiros nacen… O se hacen— dijo por fin el fauno, en un tono más calmo y didáctico —Un fauno experimentado puede burlar a la muerte haciendo un pactum coniunctio con otra alma que se preste a ese pacto.
—Yo no pacté nada con nadie— se defendió Alejandro.
—No es algo que pueda o deba hacerse formalmente. —le respondió el fauno. —En algún momento, algo de que te mostró él debió gustarte al punto de desear tenerlo.
—¿La música de Marsias?— preguntó Alejandro.
—¿¡Incluso te dijo su nombre!?— se escandalizó el fauno.
—¡Nunca hablamos directamente, el nombre lo leí en el sueño! ¡No sabía que se trataba de un fauno!
—¿Qué fue lo que te mordió, entonces?
—Una cabra…
—¿Soy yo solo que piensa que este hombre padece de alguna especie de tara que le impide conectar dos términos? —le preguntó el fauno a todos los demás.
Nadie respondió.
—En fin— dijo el fauno, intentando recuperar su tranquilidad. —Un pactum coniunctio se desarrolla progresivamente, pero resulta sumamente inestable. En cada caso, puede ocurrir que se evolucione hacia una satiriasis, que se logre una transformación completa al fundirse los dos en uno... o que no pase absolutamente nada.
—¿Y qué sucede si él termina convirtiéndose en un fauno?— preguntó Gonzalo.
—Le diría que empiece a pensar dónde piensa vivir. —respondió el fauno.
—¿Marsías está dentro mío?— preguntó Alejandro.
—Hasta el momento, pareciera que Marsías sólo puede tomar el control por pocos minutos, mientras dormís— dijo el fauno —Esperemos que esto dure lo máximo posible, porque un fauno se forma cuando ambos se funden en uno.
—¿Y por qué Marsías quería mi semen?— preguntó Pedro.
—Los faunos tenemos una glándula especial que que utilizamos para atraer, cautivar y enamorar. Los productos sexuales de algunos animales, incluyendo a las personas, hace aumentar ese efecto. Lo que realidad Pedro tuvo no fue un sueño, sino una alucinación, con la que Marsías lo controló.
—Pero yo no tengo ninguna glándula, sigo siendo el mismo— objetó Alejandro.
—Además del dolor en tu mano, ¿Sentiste puntadas en la base del cráneo?
—Sí.
—Esa es la glándula que comenzó a desarrollarse y es la que comanda el resto de la transformación física.
—¿Y cuánto tardaría en convertirme completamente, si fuera el caso?— preguntó Alejandro, con visible desesperación.
—El único pactum coniunctio que conocí, tardó nueve meses en estabilizarse— dijo el fauno. —Y su resultado fue un fauno completo.
—¿Y no podríamos encontrarlo para preguntarle los detalles?— preguntó Iván.
—Están frente a él— dijo el fauno —Y si te pasa algo como lo que me sucedió a mí, bueno, serán tiempos de grandes decisiones.
Alejandro palideció. De repente, se vio a sí mismo perdiéndolo todo ante la posibilidad de tener que exiliarse en ese bosque. No pudo evitarlo y se puso a llorar.
*
**
Una vez pasado el mal clima de ese día, tanto el emocional como el meteorológico, los cuatro hombres descansaron y se despertaron con energías renovadas. Alejandro había dormido sin problemas y desde aquella charla no había experimentado dolores de cabeza ni en su mano. Animado por sus compañeros y el fauno, Alejandro estaba decidido a tomar control sobre Marsías y cualquier otro obstáculo que se le presentara.
Habían organizado que hacia las 5 de la tarde cesarían las actividades diarias para prepararse para el postergado duelo de concilio. Hasta entonces, todos estuvieron compenetrados en las tareas cotidianas como cocinar, buscar ramas que ponían a secar al sol para poder encender el fuego más tarde y conocer los detalles acerca de aquella modalidad de duelo. El asunto de los perfumes se había transformado nuevamente en el centro de las conversaciones.
—En un duelo de concilio, cada uno de los participantes debe pararse frente al otro. —explicó el fauno, tomando a Pedro como modelo de contrincante. —Se permite forcejear, pero recuerden que la violencia marca el punto de debilidad de quien la ejerce y lo condena al fracaso.
—¿Pero no se trata justamente de dominar al otro?— preguntó Gonzalo.
—El duelo de concilio va más allá de imponerse al oponente mediante una paliza. —le explicó el fauno. —Apelar a la fuerza física revela que todos los demás recursos fallaron. En ese sentido, bajar la cabeza tiene más mérito que cornear a muerte al oponente, porque la humildad muchas veces es falsa y da lugar a sospechar que el perdedor está persiguiendo algún interés; el violento, en cambio, es eso.
—Todo eso me resulta intrincadamente complicado— se quejó Gonzalo.
—Es que el duelo de concilio es para establecer jerarquías —le respondió. —Y en asuntos de relaciones, no siempre el que gana el concilio gana luego en la vida real.
Los cuatro hombres se quedaron pensando en aquello durante unos segundos, recordando aquellas situaciones en la Petrolera del Oeste donde ciertas personas con más cargo habían sufrido las fatales consecuencias del personal que tenían por debajo. Más tarde, el fauno les enseñó a usar sus perfumes de manera que se olieran más, indicándoles que debían aplicarlo en todas aquellas zonas donde pudieran sentir el pulso cardíaco: cuello, antebrazos y pecho. Además, les recomendó que antes del duelo realizaran algún tipo de esfuerzo físico para lograr mayor transpiración.
Cuando oscureció, los hombres encendieron un gran fogón con la leña que habían secado al sol durante la tarde. Prepararon un lugar acercando unos troncos, que hacían de asiento para los espectadores, dispuestos alrededor de un espacio libre de objetos reservado para los duelistas. En aquel momento de la noche, no se sentía correr el viento, por lo que el fauno consideraba que se trataba de una noche ideal para aquella actividad. Mientras Iván y Alejandro ultimaban los detalles, Gonzalo se encontraba saltando en el lugar, cerca del fogón, para entrar en calor. Cuando los demás terminaron, se sentaron junto al fauno en los troncos y Gonzalo se dirigió al medio.
—¡Reto en duelo de concilio a Pedro!— dijo Gonzalo en voz alta. Inmediatamente, Pedro se puso de pie, en señal de que aceptaba y se acercó.
—¿Dónde está tu perfume?— le preguntó el fauno, sentado desde su lugar.
—No lo necesito con él— respondió Pedro de manera indiferente. Su estrategia era demostrarle a todos que Gonzalo, con o sin perfume, no era capaz de nada. Pedro observó inmutable cómo Gonzalo destapaba su frasco y se untaba su perfume sobre su transpirado cuerpo. Por un momento pensó que su estrategia tendría éxito, pero rápidamente sintió como su apreciación acerca de Gonzalo cambiaba radicalmente. No podía ponerlo bien en palabras, pero ahora Gonzalo contaba ahora con todas y cada una de las investiduras de poder de todas aquellas personas que Pedro había estimado en su vida. Gonzalo, a los ojos de Pedro, tenía la autoridad combinada de un padre, de un jefe, de un líder religioso, de un rey y un juez. No puedo hacer más que quedarse paralizado en aquel lugar donde había quedado parado, obnubilado mediante toda la alteza y poder que irradiaba de Gonzalo con cada movimiento. Pedro sentía culpa por simple hecho de estar parado desnudo frente a Gonzalo, como si fuera responsable de una gran falta de respeto hacia aquella eminencia. Gonzalo percibió aquel temor reverencial instantáneamente.
—Quizá ahora quieras hacerme aquel masaje de pies— dijo Gonzalo, extendiendo un pie.
—¡Por supuesto que sí!— dijo Pedro nerviosamente, pero intentando resultar lo más agradable y correcto posible. Se inclinó y comenzó a masajear la planta del pie de Gonzalo, que sonreía maliciosamente. Pedro proseguía con su actitud humillada—¿Querría usted ponerse más cómodo, quizá tomando asiento allí?
Alejandro e Iván miraban aquella situación con asombro, dudando si Pedro no estaba fingiendo todo para molestar a Gonzalo, que ahora estaba sentado mientras Pedro le masajeaba enérgicamente los pies.
—¿Me permite usted que le besara sus hermosos pies?— preguntó Pedro, dejando a todos atónitos cuando Pedro efectivamente lo hizo una vez que Gonzalo asintió. Pedro no estaba bromeando.
—También me gustaría que me lamieras la axila— sugirió Gonzalo, levantando su brazo y sujetando su propia nuca con la mano.
—¡Por supuesto!— exclamó Pedro, como si aquel pedido fuera un honor. Pedro se dirigió hacia el brazo levantado de Gonzalo y sin resistencia hundió su cara entre los pelos de aquel. Gonzalo miró a los demás, que no podían creer el alcance de aquel perfume y se reían a carcajadas ante aquel cuadro. Gonzalo estaba impregnado de poder, un poder tan creíble e irresistible que obligaba a quien lo oliera a hacer cualquier cosa.
—Ahora me gustaría que comieras arena hasta que yo considere suficiente— dijo Gonzalo, que deseaba a evaluar el verdadero alcance de su poder.
—¡Me encantaría comer arena para usted!— dijo Pedro, mientras que se ponía de rodillas y tomaba un puñado. El fauno se puso de pie y conteniendo la respiración empujó a Pedro hacia un costado, evitando que coma la arena. Éste miro al fauno confundido, como si hubiera vuelto en sí mismo.
—Suficiente demostración— le dijo bruscamente y luego se dirigió a Gonzalo, señalando hacia un lugar utilizando el pergamino enrollado como puntero. —Allá hay un balde con agua para que te laves.
Gonzalo se dirigió hacia el balde, tomó agua y empezó a lavarse el cuerpo con sus manos. Finalmente, decidió tirarse toda el agua del balde encima, lavando definitivamente con el efecto de su autoridad. Pedro, ahora lúcido, rememoró todo lo acontecido y aquella sumisión se transformó en bronca contra Gonzalo y los demás.
—Esto demuestra que los perfumes funcionan— observó Alejandro.
—¡Estuvo genial!— gritó efusivamente Gonzalo.
—Si, ¡genial para todos menos para uno!— agregó Iván riéndose a las carcajadas, mirando a Pedro que estaba visiblemente avergonzado.
—Eso te pasa por no usar el tuyo— le dijo Alejandro a Pedro. Pedro no respondió nada y tomó asiento en uno de los troncos.
Hubo un instante de silencio grupal mientras que permanecieron sentados frente al fuego para que los ánimos se calmaran. Fue entonces que Alejandro se puso de pie y se dirigió al centro de la arena.
—¡Reto en duelo de concilio a Iván!— exclamó Alejandro señalándolo. Aunque Alejandro consideraba que la experiencia en el bosque con él y el fauno lo había ayudado, consideraba que aún le debía una pequeña demostración de respeto a Iván, quien había tomado el lado del fauno en aquel método radical.
—¡Y yo te reto en duelo de concilio a vos!— lo desafió Iván, recíprocamente. Iván se sentía cómodo con la idea de avanzar sobre lo conocido, puesto que Alejandro fue el segundo hombre al que Iván vio desnudo y excitado en su vida, aparte del fauno, sentía que era mejor probar su perfume sobre él, que era alguien a quien ya conocía bien.
—¡Esto sí es un verdadero duelo de concilio!— festejó el fauno, frotándose las manos.
El procedimiento fue similar al primer duelo. Iván y Alejandro se pararon uno frente al otro, destaparon sus frascos y se perfumaron con sus respectivas fragancias. Iniciaron movimientos para que el oponente de cada uno recibiera su esencia.
El duelo no tuvo la asimetría de condiciones del primero, pero movilizó fuertes emociones en ambos duelistas. Iván le generaba a Alejandro intensos sentimientos de lujuria, pese a nunca haber estado con un hombre antes. Por su parte, Iván sentía que Alejandro era portador de un saber inaccesible para cualquier otra persona y que Iván sentía como indispensable. No sabía de qué saber se trataba, pero sentía que debía tenerlo y solo podía acceder a él a través de Alejandro.
El duelo se tornó físico, mediante forcejeos que provocaron en Alejandro una erección, pues aquel roce le resultaba irresistiblemente erótico. Iván también empujaba a su oponente con su cuerpo, en un intento de fusionarse a aquella fuente de sabiduría que él consideraba incuestionablemente real.
—Ah, el amor...— señaló el fauno. —Dar lo que no se tiene a alguien que no es.
—¡Cogételo, Ale!— gritó Gonzalo, riendo a carcajadas, sin prestar atención al fauno. Había algo nervioso en aquella risa, como si le incomodara la erección de Alejandro y la eroticidad de aquella danza. Alejandro lo escuchó, pero no sabía cómo someter a Iván a sus deseos sexuales desesperados, ya que éste estaba más interesado en descifrar la infinita complejidad que le atribuía a Alejandro y tanto lo maravillaba.
—Quisiera poder olvidarte, para dejar de sufrir, pero dejar de quererte es como dejar de vivir. —le susurró Alejandro al oído del joven, sin dejar de forcejear, rememorando un poema barato que había leído en el envoltorio de un chocolate marca “Dos Corazones”. Para Iván, aquellas palabras contenían un significado profundamente infinito e irreductible, una verdad revelada acerca de la belleza del mundo, los secretos de la vida y sobre todo lo que carecía de la posibilidad de ser dicho. Ese poema abarcaba el absoluto y entonces Iván consideró adecuado inclinarse ante esa iluminación verbal que no cesaba de recibir y cuyo encandilamiento solo pudo velarse ni bien Iván recibió un pijazo errante de Alejandro en su ojo, que en realidad pretendía su boca.
Antes de que pasara algo más, el fauno volvió a intervenir y separó a los hombres, tarea que no fue sin esfuerzo. Como en el caso de Pedro, ambos se encontraban en un estado de conciencia extraño y el fauno debió permanecer en medio para acabar con las pasiones del duelo de concilio.
—Vos sentate allá y vos allá— les ordenó el fauno, señalando con gestos de su cara hacia asientos opuestos, lo suficientemente alejados entre sí. Los hombres accedieron a separarse de mala gana, como si desearan pelearse a los golpes, pero conforme se alejaron uno del otro, les resultó más sencillo calmarse y tomar asiento.
—Esto es increíble— dijo Pedro sorprendido, ahora que podía ver el efecto desde afuera.
—Te dije— le dijo Gonzalo. —Estoy seguro que podría haberle dicho cualquier cosa y aún así lograr que Iván se arrodillara.
—Lástima lo del pene en el ojo— insinuó Pedro, bromeando. Los demás rieron.
—Callate, ¡mejor vení a besarme los pies, asqueroso!— lo desafió Iván, desde la otra punta del espacio de duelo.
—Bueno, ¿Qué aprendimos hasta ahora?— preguntó el fauno, a modo de poner en limpio las experiencias y cortar con las peleas.
—Que el perfume se puede usar en una sola dirección como Gonzalo con Pedro o en dos direcciones a la forma del duelo entre Iván y yo— observó Alejandro.
—Lo extraño es que un perfume entre en circularidad con el otro— dijo el fauno, intentado pensar. —Esto puede ser peligroso, sobretodo si se encontraran virtudes opuestas… ¡O iguales!
Hubo otro momento de silencio reflexivo, intentando evaluar las posibles consecuencias de los perfumes. En el pergamino nada se advertía sobre esto, quizá porque el monje perfumista jamás tuvo la posibilidad de probar su teoría de aquella forma, mediante duelos de concilio. Por otro lado, ellos eran los únicos que sabían esa información, así que si no era por ellos cuatro, era imposible revivir aquella cuestión. También los hombres empezaban a imaginar las consecuencias de volver de aquel viaje con la capacidad de ser quienes quisieran. Las fuerzas embotelladas en aquellos frascos no eran siquiera simples de entender y acarreaban una enorme responsabilidad. El pergamino, en manos equivocadas, sería fuente de sufrimiento para personas inocentes. Pero aquella idea no logró desplegarse por completo, porque el tiempo de reflexión se vio abruptamente interrumpido.
—Todavía falto yo— dijo Pedro con seriedad, mirando al fuego.
—Vos ya tuviste tu oportunidad.— dijo Gonzalo.
—No la tuve, yo solo permití que Gonzalo pruebe su perfume. Yo acepté su duelo, pero no lo reté a él. Me toca a mí retar a alguien— se defendió Pedro.
—Muy bien, acepto el duelo— contestó desafiante Gonzalo. Pedro lo miró despectivamente, pero no le contestó.
—Reto en duelo de concilio al fauno.
Hubo un largo y profundo silencio, atenuado únicamente por el chisporroteo del fogón y las hojas que se movieron por un leve viento.
—Acepto el duelo— respondió el fauno en voz baja, pero aún audible para los demás. El fauno se incorporó, dejó el pergamino en su asiento y se transformó en humano. Los demás solo habían visto esta transición solo una vez, el primer día que lo habían encontrado. Únicamente Iván había tenido una segunda y cercana oportunidad de verlo así, pero estaba igualmente tan maravillado como los demás. El fauno humano se puso en frente de Pedro.
—No es tan terrible sin los cuernos, ¿verdad?— se atrevió a decir Pedro para provocar al fauno, dirigiéndose a los demás, que sonrieron discretamente.
—Solo es terrible para los que tienen complejos con los tamaños— respondió el fauno, causando la risa del grupo.
—Con el tamaño de tu lengua, seguramente sí tengo complejos— exclamó Pedro para que los demás escucharan, que presenciaban todo divertidos y asombrados, como quien asistía a una de adolescentes. Pedro, lleno de confianza, se sacudió obscenamente el pene. —Esa lengua larga tuya debe tener mejores usos.
Gonzalo reía a carcajadas, pero intentaba no perderse ningún detalle de aquel atrevimiento, que incluso para él resultaba descarado. Iván no daba crédito a lo que escuchaba y Alejandro festejaba cada provocación con aplausos y risotadas.
—Bueno, esperemos que no decepciones a tu empleado dándole una mala imagen tuya— respondió el fauno, mientras señalaba a Iván.
—Insisto con que tenés la lengua muy larga y que hoy vas a usarla para algo más útil— remató Pedro, repitiendo el gesto obsceno de sujetar su órgano.
Los dos hombres comenzaron el duelo saltando para entrar en calor. Pedro destapó su botella y se colocó perfume en el cuello, los antebrazos, el pecho, las axilas… y el bello púbico, pues estaba decidido a humillar al fauno frente a todos, obligándole a practicarle sexo oral. El fauno, mientras tanto, ladeaba lenta y repetidamente su cabeza y cuello mediante movimientos serpenteantes, gesto que los demás no tardaron en adivinar que se trataba de que la famosa glándula de Geruck estaba en funcionamiento. Los hombres saltaban provocándose, como a punto de pelear, pero nadie golpeaba al otro porque de lo que se trataba era de agitarse para que el perfume de uno y las feromonas del otro se pusieran en funcionamiento. Finalmente, el aire empezó a tomar el olor del duelo de concilio.
Cada quien intentaba refregarse con su oponente de manera de imponerle su voluntad mediante su olor. Parecía un baile en el que ambos inflaban y se empujaban con el pecho, se abrazaban y se tocaban. Los hombres se agitaban y comenzaron a transpirar. Pedro pasó dos dedos por su propia axila y le ofreció para que el fauno los oliera. El fauno hizo lo mismo pero con la zona axial de su pierna con sus genitales. De repente, el fauno tuvo una erección.
—Ya te está gustando la idea de mi propuesta, mirá cómo se te paró— dijo en voz baja, pero agitadamente Pedro, mientras seguía forcejeando contra el fauno.
—Es que ya la tengo lista para vos— respondió el fauno, también agitado e intentando mantenerse de pie.
El duelo prosiguió con movimientos cada vez más violentos. Pedro también empezó a tener una erección, lo cual igualó a los dos hombres del concilio. Los tres espectadores miraban la escena de los dieciocho centímetros del fauno contra los veinte de Pedro como si el final de una novela se tratara.
—Mirá, acá tenés lo tuyo, toda para vos— susurró sugestivamente Pedro, refregando su erección con la del fauno como si fueran espadas. —Terminemos con esto, dale una probadita, que te va a gustar.
El aire de la zona de duelo estaba sobrecargada de un olor almizclado y sensual. Gonzalo tuvo que alejarse un poco para no ser afectado, pero Iván y Alejandro estaban tan compenetrados esperando la resolución que no notaron nada. De repente, el fauno cayó de rodillas, debilitado. Los espectadores observaron aquella caída como si fuera en cámara lenta y por un momento, el tiempo parecía haberse detenido. El hombre de rodillas, vencido, tomó el erecto pene de Pedro y éste último sintió el triunfo, que se aproximaba cuanto más la boca del fauno se acercaba a su órgano. Pero para sorpresa de todos, el fauno se detuvo y miró hacia arriba, a los ojos de Pedro, durante dos segundos que parecieron eternos.
—¡Chúpalo!— ordenó el fauno y se incorporó mediante un salto, quedando a un metro de Pedro.
Lo que sucedió a continuación petrificó a los tres hombres espectadores. Pedro se tapó la nariz con las manos como si hubiera recibido un puñetazo, pero ciertamente nada lo había golpeado. Con las manos en su cara, Pedro se encorvó y agachó en el suelo. Parecía como si el aire le faltara, aunque no tosía ni estaba agitado. Pedro permaneció unos segundos de cuclillas, con la cara siempre tapada, mientras el fauno recuperaba sus rasgos caprinos. Los espectadores vieron esta transformación, luego miraron hacia Pedro, que permanecía en su posición fetal y finalmente se miraron entre ellos. ¿Pedro había enloquecido? ¿Había un accidente cerebro-vascular? ¿El fauno lo habría envenenado, de alguna manera que nadie vio? Todas esas preguntas circulaban silenciosamente en las mentes de los perplejos espectadores.
El misterio no tardó en resolverse. Pedro, siempre encorvado, realizó unos extraños movimientos y ahora se apreciaba bien cómo él mismo succionaba su propio pene. Los tres hombres observaban boquiabiertos aquel cuadro. Aquello no podía ser, porque o bien Pedro tenía una flexibilidad excepcional producto del gimnasio, o el fauno lo había manipulado para que se fracturara a sí mismo varias vértebras para lograr la posición. Pero Pedro no parecía estar sufriendo de ningún dolor y de hecho, tampoco parecía estar sufriendo el acoso de las miradas extrañadas de sus compañeros. Pedro, hipnotizado por las feromonas del fauno y su propio perfume, no podía dedicarse a otra cosa de lamer, ser lamido y de lamerse en aquel mismo acto. Aquella mezcla de aromas lo confundía todo. Él quiso usar un perfume para ser amado por los demás, pero sus intenciones se habían vuelto contra sí mismo y ahora Pedro vivía en una realidad donde sentía que nadie podría amarlo mejor que lo que él se amaba a sí mismo. Aquella autofelación le demostraba a todos que él era un circuito cerrado, causa y fin de aquel placer oral, al que nadie sino él tenía acceso. En ese estado, nada le importaba acerca del mundo más que la pareja conformada por él mismo y su autosatisfacción, combinación que excluía absolutamente a todos los demás.
—Rápido, traigan agua del arroyo, que lavaremos el perfume de Pedro— les ordenó el fauno a Iván y a Alejandro, cuando consideró que la exhibición de su autoerotismo había sido suficiente. Su voz denotaba debilidad y hacía terribles esfuerzos por mantenerse en pie sobre sus patas de cabra.
Rápidamente, los dos hombres tomaron dos baldes, que hallaron entre los elementos que habían utilizado para confeccionar las fragancias. Los dos dirigieron hacia el arroyo, pero la cercanía de uno con el otro reactivó efecto en espiral de los perfumes de ambos, que el fauno había interrumpido en el duelo de concilio. El fauno, debilitado, no había podido prever aquel detalle y ahora los dos hombres se encontraban a solas y libres para dar rienda suelta a sus pasiones. Los baldes fueron dejados de lado y los hombres se fundieron en cópula amorosa sin mediar palabra alguna.
En el campamento, el fauno aguardaba a Iván y a Alejandro, mientras intentaba sobreponerse de su duelo con Pedro, quien no había cesado de succionar su propio pene ni parecía estar interesado en nada de lo que allí pasaba. Tampoco lo alteró ante el hecho de que Gonzalo tomara del cuello al fauno y lo empujara de espalda contra un árbol, haciendo que cayera al piso.
—Supongo que ya tuve suficiente de todo esto.— dijo en alto Gonzalo, mientras buscaba algo en una de las carpas sin perder de vista al fauno, que en vano intentaba ponerse de pie. Gonzalo volvió hacia fauno con una cuerda y el pergamino del monje. Rápidamente, ató al fauno al árbol, que ya no tenía fuerzas para oponerse.
—Los dejo divertirse solos en su fiesta nudista, yo me llevo esto— le dijo Gonzalo al oído al fauno, que estaba inmobilizado, antes de pegarle una trompada en la cara con todas sus fuerzas. Luego agarró al fauno por los pelos de la nuca, para levantarle su cabeza que goteaba sangre de su labio partido —Eso fue por llamarme idiota.
El fauno vio cómo Gonzalo se colocaba una enorme mochila, en donde había colocado su frasco de su perfume, el manuscrito y se alejaba para perderse en la noche. La visión del fauno se hizo más borrosa hasta que perdió el conocimiento.
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