viernes, 25 de enero de 2019

Aquel fauno degenerado. Capítulo V.


Pedro sabía, secretamente, que ninguna capacidad le había sido tan útil en la vida como la de poder adaptarse a lo que el otro quería ver. A primera vista, Pedro se mostraba como aquel hombre al que nada le faltaba. El gimnasio al que va iba estaba lleno de tipos que al igual que él, intentaban parecer hombres, como si ser un hombre significara rendirse a los deseos de un escultor o un director artístico, cosa que Pedro estaba orgulloso de poder cumplir sin hacerse pregunta alguna.

Su padre nunca fue a la universidad, pero consideraba realmente importante que Pedro fuera. Al acabar la universidad, lo llamó por teléfono y le preguntó: «¿Y ahora qué?». Su padre no sabía qué responder. Cuando consiguió el trabajo como Gerente de Administración y cumplió veinticinco años, lo volvió a llamar y le preguntó: «¿Y ahora qué?». Su padre no sabía qué responder; así que le dijo: «Cásate». Había pasado los treinta años y se preguntaba si lo que realmente necesitaba era otra mujer. Por supuesto que la pregunta había sido puesta en suspenso con todo el asunto del viaje para conocer al fauno.

Pedro jamás habló con nadie acerca de su experiencia con la poción del errante. Su sueño lo había confrontado a un espejo de pie igual al que tenía su madre, que también reflejaba su imagen, aunque esta se movía con autonomía de él. Tanto Pedro como su imagen habían permanecido, durante lo que le parecieron horas, mirándose en silencio e intentando que el otro diera algún puntapié para que el primero pudiera adaptarse al segundo. Finalmente, Pedro se impacientó y repitió su conocida pregunta, «¿Y ahora qué?», lo que causó que el espejo se rompiera y le mostrara la nada detrás de ese reflejo.

El fauno, Iván y Alejandro estaban en el bosque y en el campamento solo quedaban él y Gonzalo, que intentaban matar el tiempo apilando ramitas para encender una fogata.

—¿Me harías un masaje en los pies?— le preguntó Gonzalo a Alejandro, levantando una pierna y apuntando su pie hacia Pedro.
—Yo soy gerente, así que en tal caso, deberías hacérmelo vos a mí— respondió Pedro, corriendo el pie de Gonzalo, mientras miraba hacia el lado por donde se habían ido los demás. —Me pregunto qué estarán haciendo esos tres.
—El fauno va a darle algo a Alejandro, seguramente algo de ese frasco, que supuestamente va a desbloquearle su creatividad— comentó Gonzalo, pronunciando esta última palabra a modo de broma.
—¿Cómo sabés?— preguntó seriamente Pedro.
—Alejandro me lo dijo, aunque el fauno se lo prohibió. Aunque estaba muy interesado en lo que el fauno tuviera para darle, no confía en él desde la noche que le hicimos la broma y que el fauno lo trajo de vuelta.— comentó Gonzalo.
—¿Qué habrá pasado con Iván en ese tiempo? —le preguntó Pedro. —Es cierto que está muy diferente a partir de esa noche que el fauno lo trajo. Quizá lo convenció con las feromonas de esa glándula de Geruck de la que nos comentó el Director General
—Quizá le dijo que no fue para tanto —respondió Gonzalo.
—Pero hay algo más, hace días que Iván está diferente y a nadie más le pasó eso. —dijo reflexivamente Pedro, rascándose la barba —Está como más seguro de sí mismo. Antes se alejaba de nosotros y se ponía nervioso si lo mirábamos… Ahora solo pide permiso para ir a pajearse, como dijo el otro día.
—¡Mentira!— exclamó Gonzalo, con divertido interés.
—Hablo en serio, lo dijo el otro día frente a todos, mientras vos buscabas leña. Y te juro que no sonó como si fuera una broma. Dijo que tanto sol le alteraba las hormonas, así que si lo disculpaban... Debería haberle recordado que, aunque estamos en el medio de la nada, yo sigo siendo su jefe.— dijo severamente Pedro.
—¿Y qué dijo el fauno?— replicó Gonzalo, con curiosidad.
—El fauno, en ese sentido, opina como la cabra que es: si pica, hay que rascarse. Ni se alteró.— respondió Pedro, recordando su indignación en aquel momento.
—Dejalo ser, el chico tiene 21 años, tiene otra vitalidad— agregó Gonzalo, sin darle mucha importancia al asunto.
—¿Entonces por qué el fauno no nos dio a nosotros lo mismo que Alejandro?— preguntó Pedro, pero no obtuvo respuesta. El debate debió interrumpirse, porque un escalofrío los invadió a ambos. El aire estaba enrarecido y algo más fuerte que un presentimiento, pero más débil que un recuerdo se les vino a la mente a ambos. Era una profecía.
—Tres personas vienen para acá— dijo Gonzalo.
—También lo sentí, son tres mujeres… Pero hay algo raro en ellas— agregó Pedro.
En ese momento, el fauno, Iván y Alejandro aparecieron del bosque. Alejandro estaba sucio con tierra y se lo veía exhausto.
—¿Qué tienen para informarnos los señores…?— preguntó el fauno pícaramente, notando el progreso en los dos.
—Se acercan tres mujeres, aunque aún están muy lejos. Hay algo extraño en ellas. ¡Creo que vienen volando!— dijo Pedro, intentando que todo aquello tuviera algún sentido.
—Muy bien. Tenemos mucho por hacer— decretó el fauno de manera cortante. —¡Las harpías vienen a solicitar nuestro servicio!
— ¿Harpías?
—Las harpías son seres con apariencia de hermosas mujeres aladas, con cuerpo de ave de rapiña y la capacidad de volar. Siempre andan de a tres. Tienen unas garras afiladas que les permite, sino raptar a la gente, por lo menos infligirles un daño considerable.
—¿Y por qué vienen para acá?
—Nosotros debemos ayudarlas a encontrar unas piedras que contienen mica, que son las mismas piedras que están alrededor de la hoguera del campamento. Las harpías no tienen olfato, pero ven y escuchan muy bien. Pese a esto, no pueden encontrar objetos escondidos bajo la tierra, por lo que las buscaremos nosotros. Yo les enseñaré cómo.

La noticia de la llegada de las misteriosas harpías movilizó al grupo hacia un claro en el bosque a medio kilómetro de donde acampaban. En el camino, habían juntado ramas caídas de los árboles, que debían ser lo suficientemente duras frescas como para que no se rompieran fácilmente.

—Encontrar objetos escondidos en la tierra es sencillo— les enseñó el fauno con su clásica rigidez. —El secreto está en imaginar que las ramas son parte de ustedes y que a la vez están hechas de la sustancia que ustedes buscan, dejándose guiar por la intuición. Ni se piensa, ni se supone, ni se opina, ni se conjetura. Se intuye, ¿está claro?

Los cuatro hombres asintieron. Tomaron dos ramas cada uno y las colocaron tal cual el fauno les había mostrado y cada uno empezó a caminar por la zona sin un rumbo fijo.

—Cuanto más básico y homogénero sea el objeto que buscan, más sencillo es. Por ejemplo, encontrar agua es más fácil que encontrar un hueso enterrado— ilustraba el fauno, hacia los cuatro, en voz alta.
—¿Y qué dificultad hay en estas piedras que las harpías quieren?— preguntó Pedro, dirigiéndose al fauno pero prestando atención a las ramas que sostenía.
—Dificultad media, porque son piedras que contienen muchos minerales. Pero ustedes no deben pensar en ello; en su lugar, concéntrense en encontrar algo grande, brillante, que se exfolia fácilmente— expuso el fauno.
—Esto en el futuro podría ayudarnos a encontrar petróleo.— observó Gonzalo.
—Y ayudándose a ustedes, también me ayudan a mí— respondió el fauno, haciendo referencia a la amenaza del Director General sobre arrasar su bosque.

La clase de rastreo de objetos enterrados del fauno duró dos horas y aquel tiempo bastó para que los cuatro hombres dominaran la habilidad. Cuanto más la practicaban, más crecía el área de cobertura y más profundo se volvía el alcance de aquella modalidad de búsqueda. Esta enseñanza los llenaba de alegría y confianza en sí mismos, sentimientos que trataban de no mostrar para no tentar los habituales y filosos comentarios del fauno. Pero para uno de ellos, la alegría duró poco.

—Pedro, debo pedirte que no te unas a tus compañeros esta vez.— le dijo el fauno a Pedro en voz baja, una vez que logró apartarlo de los demás.
—¿Por qué?— preguntó Pedro, asombrado.
—Las harpías no son como las personas y no aceptan el fracaso. Y temo que si salís a la arena con tus compañeros, fracasarás.— sentenció el fauno.
—Pero logré encontrar las piedras al igual los demás— intentó defenderse Pedro, que se sentía atacado por la inferioridad que el fauno le suponía respecto a los otros tres hombres.
—Ellos deberán hacer lo mismo que hoy, pero bajo la presión de espantosos seres de dos metros y medio de altura. Y ninguna de tus apariencias servirán con ellas.— explicó el fauno.
—Pero esto me descalifica frente a los demás… Iván es mi empleado en la Petrolera del Oeste— intentó convencer al fauno.
—No puedo impedir que vayas, solo te estoy advirtiendo. ¿Tu honor o tu vida? El campamento es un lugar seguro y mi consejo es que allí te quedes hasta que nosotros volvamos— dijo el fauno y le dio la espalda para concluir la conversación.

Pedro sintió como si un puñal lo atravesara. La alegría por su logro se había desvanecido e internamente no toleraba la felicidad de los demás. La claridad con la que le había transmitido ese y otros conocimientos, investían al fauno con la autoridad suficiente para que Pedro tomara en serio aquel consejo, pero aún así no podía evitar sentirse disconforme. No podía entender cómo Iván, nueve años menos que él y con su tímida actitud, pudiera enfrentarse a las harpías mejor que él. Tampoco podía entender cómo Gonzalo, que para Pedro no superaba la inteligencia de un orangután, pudiera ser mejor que él. Y en cuanto a Alejandro, Pedro aún rumiaba y envidiaba todo acerca de ese asunto del aceite que aquél obtuvo del fauno y a él no le dieron. Pedro se sentía víctima de una gran injusticia donde todos conspiraban en contra de él. Pero decidió guardar silencio y actuar con naturalidad, porque no quería darle a sus compañeros la satisfacción de que lo vieran en la derrota. La estrategia funcionó, no tanto por su capacidad artística, sino porque los demás hombres ahora se encontraban ocupados por la angustia ante el encuentro con las desconocidas harpías.

En el día previsto, los tres hombres tomaron sus pares de palos y se dirigieron, guiados por el fauno, hacia el claro donde todos habían previsto que las criaturas aterrizarían. El día estaba soleado y unos minutos después que los hombres llegaran, tres puntos negros se hicieron visibles en el cielo. Éstos, cuanto más se acercaban, se agrandaban en manchas que de a poco fueron cobrando la forma de tres aves gigantes. La envergadura de las alas de las harpías era tal que los hombres se agruparon instintivamente, sintiéndose vulnerablemente insignificantes. Las harpías planeaban velozmente a metros de sus cabezas y la idea de correr parecía inútil. Mientras las harpías planeaban sobre el grupo, por fin se escuchó el grito de una de ellas.

—¡Fauno!— la escucharon chillar—¡necesitamos de tu colaboración!
—Bajen aquí, que tengo justo a las personas indicadas para ayudarlas.— gritó el fauno hacia las tres harpías, que habían estado volando en círculo para observar bien a los 3 hombres que lo acompañaban. Las arpías aterrizaron de una a una, levantando polvo con sus aleteos. Con las replegadas como la de un ave posada, se podía ver mejor cómo eran. La parte inferior de su cuerpo y las alas eran las de un buitre y el torso desnudo y la cara eran de mujer, que recordaba a una bruja. Su pelo era grueso, duro y enmarañado. Resultaban ser seres sucios, envueltas en un fétido olor, por lo que convenía posicionarse con el viento en contra.
—¿Humanos?—preguntó una de ellas con su horrible cacareo. —Esto sí es una novedad.
—Estos humanos son mis discípulos y están capacitados para encontrar las mejores piedras— dijo el fauno, evaluando el movimiento de las tres criaturas.
—¿Conocen el precio del éxito y del fracaso?—preguntó la segunda harpía, con su irritante voz.
—Lo conocen bien— respondió secamente el fauno.

Así, cada hombre se dirigió con una de las arpías por caminos diferentes. Usando sus dos palos, Iván fue el primero en encontrar una gran piedra de mica, enterrada a unos centímetros de la arena. Iván excavó alrededor con sus manos hasta descubrirla por completo.

—Ahh, ¡es preciosa!— chilló emocionada la harpía. —Aquel fauno tenía razón, voy a darte un regalo especial. No te gustará al principio, pero me lo agradecerás por siempre. Abre la boca y mira hacia arriba.

Iván lo dudó unos segundos, pero no pudo resistirse ante el intimidante tamaño de la mujer alada. Levantó su cabeza y abrió la boca. La harpía acercó su pico a la boca de Iván, cosa que Iván no vio pues mantenía los ojos cerrados del miedo. La harpía le regurgitó un viscoso y tibio líquido, que olía diferente a cualquier cosa que él conocía. Iván tragó bastante de aquella papilla, y el resto la escupió tosiendo, pues se le había metido hasta por la nariz.

—Esto te preservará de las enfermedades por el resto de tu vida. Te dije que no sería agradable al principio, pero ya verás lo útil que te resulta.— dijo la harpía, que luego tomó la roca y con cierta dificultad, remontó vuelo.

Alejandro también caminó con la segunda harpía buscando una piedra de mica adecuada y aunque se demoró más que Iván, encontró enterradas dos, que estaban una al lado de la otra y que Alejandro desenterró con cuidado.

—¡Qué difícil es elegir— chilló la segunda arpía, mirando alternadamente hacia ambas piedras. Como los ojos de las harpías eran inmóviles, ésta debía compensar esta carencia mediante movimientos de su cabeza.
—Puestas así, podrías tomar una con cada garra y llevar las dos— propuso Alejandro, girando las piernas con sus manos.
—¡Qué inteligente! ¡Sería la envidia de mis hermanas, no con una, sino con dos de estas piedras!— chilló la harpía con su horrible voz, pero que de alguna forma transmitía alegría.—¡Oh, casi me olvido de mi regalo!

La segunda harpía picoteó una de sus alas como lo hacían las palomas a la hora de acicalarse, para dejar caer un rollo de pergamino.

—Esto lo obtuve de un monje perfumista que desgraciadamente ya no se encuentra entre nosotros— dijo la harpía, insinuando con un gesto cruel el terrible destino al que sometió al antiguo dueño del documento. —Estudiaba los secretos de los perfumes y los efectos sobre las personas. Por lo que me contó antes de que lo comiera, se trata de algo muy poderoso, pero nosotras nada sabemos de todo aquello.
—Gracias— dijo Alejandro, aún sorprendido por la historia del perfumista, mientras tomaba el pergamino. La harpía tomó las dos piedras tal como lo propuso Alejandro y remontó vuelo también hasta desaparecer en el cielo, lo que alivió al hombre.

Gonzalo se dirigía por otro camino buscando piedras para su arpía. En cierto momento, se frenó en un punto y se dirigió hacia la tercera arpía.

—Allá, enterrada, está la piedra más grande, pero esta de acá es más brillosa aunque más pequeña, ¿Cuál preferís?— le preguntó.
—¡La más grande! No… ¡La más brillosa!— respondió la harpía, confundida. —No lo sé, ¿Cuál elegirías vos?
—Para mí, son piedras sin ninguna importancia, ni siquiera son piedras preciosas— dijo Gonzalo de manera desinteresada.
—¡Para nosotras lo son!—chilló violentamente la arpía, abriendo sus alas.
—¿Cuál elegís?.
—Me llevo la más brillante, entonces.— respondió la harpía, intentado decidirse.
—Pero en la noche, la más brillante no es tan importante como la más grande— retrucó Gonzalo.
—¡Es cierto, es cierto!— chilló la harpía, en visible desesperación, que caminaba de un lado hacia otro.
—¿Entonces…?— preguntó sarcásticamente Gonzalo.
—Me quedo aún con la más brillante— respondió la arpía, visiblemente entristecida. —¿Qué querés de regalo?
—El fauno dijo que ustedes no negocian el regalo.— respondió Gonzalo.
—Ese fauno sabe menos de lo que parece. Yo te aseguro que es posible pedir lo que quieras— dijo la harpía, transformándose en humana. En la transición su altura disminuía hasta volverse más baja que Gonzalo. Sus alas se transformaron en firmes, pero delicados brazos. Su horrible rostro rejuvenecía y sus facciones se relajaban. Sus grotescos senos se habían transformado en los firmes pechos de una joven. Sus pezones rosados eran delicadamente tocados por a su ahora cuidada cabellera de rizos rojizos, que se movían con el viento. También había desaparecido toda la suciedad y pestilencia que antes la rodeaba.
—Hace semanas que no tengo relaciones y me gustaría estar con una bella mujer— dijo Gonzalo, mientras peinaba el cabello de la mujer hacia atrás de su oreja con sus dedos.

La mujer correspondió a sus deseos y besó profundamente a Gonzalo. El hombre la abrazó y recorrió con sus manos toda su espalda, hasta tomar sus firmes nalgas. La piel de aquella mujer resultaba suavemente lisa y perfecta. La mujer también hacía lo propio con el cuerpo de Gonzalo, acariciando su peludo pecho, mientras que Gonzalo sentía crecer su erección.

Aquella mujer no mostraba ninguna inhibición con la que antes había actuado y ahora lamía los pezones de Gonzalo con una pasión desesperante. La mujer descendió lamiendo el abdomen de Gonzalo hasta practicarle al hombre una felación como hace tiempo no disfrutaba.

Cuando Gonzalo estuvo lo suficientemente excitado, la mujer se tiró al piso para que Gonzalo la penetrara. La harpía ya estaba húmeda y aunque las paredes de su vagina resultaban firmes, la penetración resultaba sencilla. Gonzalo, montó a la mujer una y otra vez, mientras se agitaba y la gotas de sudor recorrían su cuerpo. Algunas caían sobre la mujer, que permanecía con su belleza inalterada y gemía del placer con su delicada voz mientras que Gonzalo gruñía, compartiendo el sentimiento de aquella cópula. Finalmente, Gonzalo eyaculó copiosamente dentro de su vagina y permaneció dentro de ella por unos segundos. Luego se retiró de ella para recuperar el aliento, mientras que la mujer simplemente se puso de pie, retomando su grotesca forma de mujer pájaro. Tomó la piedra con sus garras y luego se fue volando. Gonzalo volvió triunfante junto al resto del grupo. Una vez que los encontró, los cuatro volvieron hacia donde los esperaba Pedro.

En el campamento, el fauno estaba interesado por qué habían logrado conseguir los hombres a cambio de la asistencia a las harpías. La disconformidad de Pedro, a quien el fauno le había prohibido participar de aquella experiencia única, era más que evidente por la expresión de su rostro. Cuando supo que los demás habían recibido regalos, su bronca hacia el fauno y los demás se intensificó. Iván notó esto e intentó romper aquella tensión.

—Mi regalo fue que la arpía me vomitara en la boca— soltó Iván, para sorpresa de todos, lo que causó una carcajada grupal. Ni siquiera Pedro pudo evitar reírse al imaginar aquel desagradable momento que explicaba por qué Iván había vuelto cubierto con aquel líquido pegajoso de olor característico.
—¡Ja! Te dio el filí emetó, o “beso vómito”— explicó el fauno, divertido. —Resulta desagradable recibirlo, pero previene de varias enfermedades de por vida. Felicitaciones, yo jamás lo recibí. ¿Qué más tienen?
—A mi ella no me vomitó, pero sí le pedí a mi harpía un tratamiento más íntimo— respondió Gonzalo, orgulloso. Los demás hombres sonrieron, pero el fauno retrocedió horrorizado cuando comprendió lo que Gonzalo había hecho.
—¡Idiota!— respondió el fauno, visiblemente perturbado. —¿Por qué a alguien se le ocurriría hacer algo así?
—Lo hicimos en su forma humana. ¿Qué problema hay?— se defendió Gonzalo.
—¡Le diste un hijo a una arpía!— dijo el fauno, como si aquella respuesta fuera obvia.
—¿Un hijo? ¿Por haber estado con ella solo una vez?— preguntó Gonzalo.
—¡Por supuesto!— gritó el fauno. —¿Qué suponías, que la mujer con cuerpo de buitre se iba a enamorar de lo que muchas veces termina siendo su comida?
—¿Cómo iba a saberlo?— preguntó Gonzalo, poniéndose de pie levantando también la voz.
—¿Qué no han aprendido nada en estas semanas?— preguntó el fauno, mirando a todos con severidad. —¿Aunque sea a ver lo obvio?
—No era tan obvio para mí, menos cuando cambió a esa mujer, que estaba buenísima— dijo Gonzalo, intentando obtener el apoyo de sus compañeros.
—Es que el problema no es tuyo, sino de todos los demás. Cuando un humano tiene hijos con una arpía, tiene la mitad de posibilidades de que la descendencia sea como ella. Si resultara un humano, la harpía se comerá al bebé. Por otra parte, las harpías solo aceptan hijas, nunca a varones. En tal caso, empujan al bebé del nido para que muera en la caída.— explicó el fauno, de manera que todos lo escucharan. —Y en el caso de que tu hija resultara una arpía y sobreviviera, tendrá que soportar una existencia dedicada a llevar tempestades, pestes e infortunio a los demás, que nada tuvieron que ver con tu negligencia.
—¿Y qué podemos hacer?— preguntó Pedro, intentando hallar una solución.
—No hay nada que pueda hacerse— le respondió el fauno. —Las harpías viven de a tres en nidos formados en lugares inaccesibles, que defienden celosamente. No tenemos tiempo ni recursos para emprender un viaje así. Tampoco la garantía de sobrevivir a ese plan.

Hubo un instante de incómodo silencio, hasta que Pedro se le ocurrió algo que decir para intentar remontar la situación y quizá lograr algo del protagonismo que no había tenido.

—¿Y qué hay del tercer regalo?— preguntó Pedro al fin.
—Mi arpía me dio este manuscrito— dijo Alejandro, mostrando el viejo rollo papiro. —La harpía mencionó que pertenecía a un monje que estudiaba los perfumes y sus efectos.
—¡Dame!— ordenó secamente el fauno extendiendo su mano, todavía enojado a causa de las acciones imprudentes de Gonzalo.

El fauno desenrolló el pergamino y empezó a observarlo en silencio. Los demás permanecían en silencio esperando a que él desencriptara el misterioso documento. Conforme pasaron los segundos, la expresión del fauno cambió de enojada a curiosa, luego a perpleja y finalmente a asombro.

—Efectivamente, esto parece un estudio sobre perfumes— explicó el fauno, aún analizando atentamente el viejo manuscrito. —El monje agrupó distintas esencias obtenidas de plantas y las agrupó en estos dos vectores, según lo que cada fragancia inspira. De esta forma, logró deducir una lógica y recopilar en un sólo pergamino, todas estas posibles combinaciones de fragancias.
—¿Y para qué sirve?
—Es muy interesante. Deben primero saber que el olfato es el gran sentido olvidado, pese a ser el primero que adquirimos y el que más fiel permanece durante toda la vida. Es un sentido muy conectado con las emociones, tanto que la civilización humana ha hecho cuanto pudo por domesticarlo tapando una fragancia con otra.— explicó el fauno. —Yo el primer día les pedí que se conecten con el tacto, con el olfato y ahora parece que este buen monje descubrió cómo disfrazarse utilizando el menos común de los sentidos. Lo irónico del destino es que se cruzara por justo por el camino de las harpías, que no tienen olfato.
—No puede ser cierto.
—Los animales comunican mediante el olfato frecuentemente. Los faunos también lo hacemos, especialmente durante los duelos de concilio.
—¿Qué es un duelo de concilio?
—Los sátiros nos unimos en concilios para medir la fuerza que se tiene frente a una manada. Como hay cuatro machos cada una hembra, si varios nos encontramos, los duelos de concilio puede volverse muy competitivos, enfrentándose en resistencia o tratando de ver quién resiste más tiempo el duelo, durando a veces largas horas forcejeando.
—¿Y pelean con sus cuernos?
—Más o menos. En el concilio lo único que importa son las apariencias. Para eso se traban cuernos y se forcejea, pero un concilio se gana desde la imagen que uno logre imponerle al contrincante. Creo que estos perfumes logran el mismo efecto.
—¿Cómo es el duelo de concilio?—
—Implica utilizar cualquier recurso para aparentar poder. Inflás el pecho para que parezca más grande. Golpeás el suelo con los cascos, provocás al oponente e intentás dominarlo con las feromonas que emitimos. Cuanto más peludo, más musculoso y más fuertes sean tus feromonas, mejor.
—Pero nosotros no tenemos cascos, ni cuernos, ni feromonas.—
—Pero tienen este mapa que quizás haga algo parecido. Me pregunto si funcionará a la manera de nuestro duelo de concilio... —reflexionó el fauno, rascándose la barbilla.
—Yo propongo hacer un duelo de concilio entre nosotros— propuso Gonzalo. —Si funciona, tendríamos para nosotros un recurso invaluable.

Aunque el principio resultaba tan simple como disfrazarse o aparentar, los hombres comenzaban a visualizar las posibilidades de cumplir sus deseos más egoístas, utilizando como medio aquellas recetas.

—¡Podría disfrazarme del Director General!— exclamó Gonzalo, con los ojos abiertos.
—¡Y volvernos exitosos!— agregó Pedro, con igual exaltación que el anterior..
—¡Y talentosos y famosos!— prosiguió Alejandro, en tono con los demás.
—¡Y ser amados por las mujeres!—añadió Iván, jocosamente.
—¡Y salvar mi bosque! —remató el fauno. Hubo un instante de silencio, en el que todos lo miraron. —Bueno, cada quien tiene sus sueños, ¿no?

Los hombres y el fauno, entonces, acordaron hacer el experimento del duelo de concilio, utilizando los perfumes. Incluso el fauno, que disponía de muy pocas pertenencias, sentía la ambición compartida por el grupo.

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