jueves, 24 de enero de 2019

Aquel fauno degenerado: Capítulo IV.


Gran parte del tiempo en el campamento estaba dedicado a actividades relacionadas con la  alimentación. El fauno les había prohibido ingerir los alimentos que ellos habían traído, pero bien sabía que tampoco podían ingerir las zarzas, espinos y otras clases de maleza de las que el fauno se alimentaba normalmente. El caso era que al igual que las cabras, el fauno contaba con un menú de seiscientas plantas que él comía con gusto y provecho. Podía ingerir la cicuta ordinaria sin enfermarse, planta que hubiera envenenado a los hombres. Por eso, el fauno les preparaba una papilla hervida en base a distintos vegetales e insectos triturados. Esta última clase de ingredientes generó una fuerte resistencia, pero el fauno explicó que la dieta vegetariana de un bosque resultaba insuficiente para los humanos. Incluir insectos les aportaría principalmente proteínas, además de vitaminas, minerales y grasas.
Preparar la comida implicaba encontrar suficientes orugas, saltamontes, termitas, hormigas y larvas de cucaracha, que primero debían secarse al sol del mediodía o al fuego antes de ser procesados. Aunque el fauno también incluía la miel de las abejas para mejorar el sabor de sus comidas, resultaba muy peligroso conseguirla. Cuando todos los ingredientes estaban dispuestos, cocinarlos tardaba dos horas y el resultado era una masa marrón casi sin sabor, aunque de gusto ligeramente amargo. Estas características apenas cambiaban dependiendo las plantas o insectos incluyera la comida, pero el resultado era, casi siempre, insípido.
—A ustedes les falta hambre— solía decir el fauno cuando notaba algún gesto de desaprobación hacia su comida. Efectivamente, cuanto más agotadora hubiera sido la jornada, menos quejas generaba aquella horrible y repetitiva comida. El campamento giraba en torno a una hoguera que el fauno había formado mediante un círculo de piedras, en un espacio lejos de árboles para evitar incendios. El fuego se encendía para cocinar o para iluminar la noche en el caso de que hubiera alguna actividad. Igualmente, el ritmo de las actividades lo dictaba la luz del sol y convenía dormirse ni bien oscureciera para aprovechar bien las mañanas.
Mientras los hombres trabajaban por su propio sustento, el fauno aprovechaba para enseñarles más cuestiones de la naturaleza que él consideraba que pudiera servirles. Por ejemplo, el fauno sostenía la idea de que aquello que pasaba a gran escala, se repetía en niveles inferiores y se la pasaba dando ejemplos. También hablaba sobre un ritmo en espiral de los acontecimientos, que para él era importante detectar. Por eso los alentaba a vaciar la mente de conocimientos previos para que pudieran prestar atención a los detalles que marcaban los eventos futuros y que el fauno consideraba obvio. Frente a los fracasos de los cuatro, el fauno les balaba severamente.
—¡Pero si ustedes duermen en vida, son la efigie del sedentarismo!— le decía a Pedro amenazándolo con un palo, luego que el hombre se defendiera con la excusa de estar cansado.  —¿De qué cansancio me hablan?
Pero lo cierto es que los hombres también progresaban. Aunque el fauno no festejaba el logro de nadie, cada hombre secretamente se llenaba de orgullo cuando dejaban al fauno sin nada que decir.
También había momentos de diversión, como las pruebas que el fauno le ofrecía a los hombres con los elementos que tenía a mano. Una vez organizó una competencia de pelea de escarabajo rinoceronte, en donde los aprendices debían intuir cuál sería el ganador. Como los momentos de diversión no eran muchos, aquella ocasión fue todo un espectáculo que duró hasta tener que procesar los insectos para la cena. Otras veces, el fauno se aparecía con formas más estereotipadas de adivinar el destino, que él consideraba insultantes.
—Ustedes siempre necesitan del palito o la piedrita para realizar sus trucos de salón— les gruñó el fauno cuando los hombres demostraron especial interés en adquirir algún método que no fuera ver el vuelo de los pájaros o sentir el viento. El fauno era un ferviente defensor de la idea que despojarse de los objetos ordinarios era imprescindible para progresar espiritualmente. Pero ante la insistencia de los hombres, finalmente accedió a enseñarles a profesar mediante tallos de milenrama. De todas maneras, esto también generó grandes discusiones.
—¡No, no y no!—les reprochaba el fauno, mientras los hombres se esforzaban por ver algo, sentados en el piso frente a las ramas desparramadas y que habían sido lanzadas a modo de consulta. —Están buscando desesperadamente cualquier señal, ¿no se les ocurre, mejor, elaborar una pregunta primero?
Aquello introdujo a otro gran tema. El fauno consideraba que los hombres eran malos preguntando. Cuando no hacían preguntas de sí o no, preguntaban tendenciosamente o directamente no sabían cómo formular una pregunta inteligente. El fauno estaba especialmente interesado con que los hombres lograran dominar esta habilidad básica y tanto Gonzalo, que no era muy inteligente; como Iván, que era el más jóven, tenían particular dificultad en esto.
—Una pregunta jamás resulta perfecta, por eso necesitamos saber qué clase de información buscamos —enseñaba el fauno.
—No parece tan complicado— respondió Alejandro, que siendo abogado estaba más acostumbrado que cualquiera a preguntar.
—Eso vamos a ponerlo a prueba mañana, con un viaje muy especial— dijo el fauno, mirándolo maliciosamente.
—¿A dónde iremos?— inquirió Gonzalo.
—Su cuerpo no se moverá de esta tierra— explicó el fauno. —Su espíritu, bueno, no podría saberlo. Depende dónde los lleve la poción del errante.
—¿La poción del errante?.
—La misma.
—¿Qué es la poción del errante?
—Esa pregunta me parece más adecuada— lo felicitó con ironía el fauno mediante un balido, que a Gonzalo ya empezaba a resultarle irritante.
El fauno explicó la naturaleza de la poción del errante mientras armaba una lista con las plantas que contenía. La poción era una sustancia sorprendente pero peligrosa, que lograba el efecto de colocar a la persona exactamente entre vida y la muerte. Este particular estado de intoxicación permitía “viajar” al alma sin las ataduras del cuerpo, dándole acceso a experiencias que de otra manera serían imposibles de vivir.
Conforme los hombres y el fauno reunían los ingredientes, todos pudieron constatar aquellos componentes que hacían venenosa aquella preparación, que incluía la peligrosa atropa belladonna, hongos psilocibios y hasta marihuana, entre otras plantas. Todos procuraron no molestar al fauno mientras dosificaba aquellos ingredientes, porque en el peor de los casos, el error hubiera sido fatal. Cuando estuvo lista, el fauno sirvió la poción del errante en cuatro cuencos pequeños hechos de madera.
—La poción del errante solo se puede beber una vez en la vida —explicó el fauno. —Ofrece un estado espiritual más allá de las ataduras del cuerpo, quizá siendo el viaje más lúcido que ustedes puedan tener. En algún punto de su recorrido, se encontrarán con algo significativo que les dará la respuesta a la pregunta que aún no ha sido formulada. Aprovechen la experiencia, porque esta poción se bebe una vez en la vida. Quien la tome una segunda vez, viajará de nuevo pero no volverá. Como se diría, morirá envenenado.
Los hombres escuchaban atentamente, esforzándose por imaginar qué podrían preguntar a aquello que se encontraran.
—¿Y qué es aquello con lo que nos vamos a encontrar?— preguntó Alejandro.
—Eso es particular según la historia de cada uno. —respondió el fauno. —Hay relatos que describen encuentros con otros dioses, personificaciones de valores, personajes fallecidos o cualquier otro ente relevante al camino individual del sujeto errante.
—¿Existe manera de saber a qué nos enfrentaremos? —preguntó Iván, intentando llenar las lagunas e incertidumbres que dejaba la respuesta del fauno.
—Lamentablemente, no. Pero eso no es lo que importa aquí. —expuso el fauno.—El verdadero éxito tiene que ver con volver de este viaje con algo.
—¿Algo como qué? —preguntó Gonzalo.
—Una habilidad, un saber, alguna idea —respondió el fauno. —Nunca se vuelve igual de este viaje, ya sea que se pierda o se gane algo.
El fauno aceptó de buena gana una olla de los empleados, necesaria para crear aquella infusión. Cuando la preparación estuvo lista, apenas pasado el mediodía, la dejaron enfriar y el fauno la sirvió en los jarros metálicos que los hombres tenían en su equipaje.
Alejandro fue el primero en tomar la poción, que tenía un sabor fuertemente amargo. La bebió de una sola vez y se acostó de espalda sobre la tierra, mirando la copa de los árboles. Transcurridos unos pocos minutos, sintió que el verde de las hojas del bosque se apagaba y que una extraña fuerza lo elevaba y lo sentaba lentamente, de modo que el piso donde estaba acostado, ahora era una silla con respaldo. También sintió que algo lo envolvía y cuando se miró el brazo, descubrió que ahora se encontraba vestido de traje y corbata. Observó el familiar suelo debajo sus pies y recién al levantar la cabeza se percató de la ausencia del bullicio habitual de aquel recinto.
Se trataba su propia oficina en la Petrolera del Oeste. Rápidamente, Alejandro se puso de pie y al mirar hacia la puerta vio al Director.
—Señor, ¡Qué bueno verlo! Estamos con el fauno y…
—No tengo tiempo ahora— le dijo, interrumpiéndolo. —Necesito urgentemente que ayudes a un muy estimado amigo mío.
—¿Quién es?— preguntó.
—Director, aquí está el expediente. —dijo su secretaria, metiéndose rápidamente en la oficina.
—Acá lo tenés, leelo. —le dijo a Alejandro. —Ahora, debemos irnos.
El Director y la secretaria se fueron a toda prisa.
Alejandro leyó el título de lo que aparentaba ser un expediente judicial: Marsías c/ Olopa s/ infracción en concurso. Aquello definitivamente no era un tipo penal. Y mientras más analizaba la situación de aquel expediente, se daba cuenta que nada de aquello era un juicio como los que él conocía. Al leer rápidamente los hechos en autos, confirmó que nada de aquello tenía el menor sentido jurídico. Particularmente, algo le llamó la atención, pero no hubo tiempo de seguir indagando, pues un hombre lo esperaba en la puerta
—Permiso, mi nombre es Mita.— se presentó, extendiendo la mano.
—Soy Alejandro, abogado de Petrolera del Oeste— respondió Alejandro, estrechándole firmemente la mano. —Pase, tome asiento y póngase cómodo.
Alejandro le echó una segunda mirada a aquel expediente.
—Estaba leyendo el caso y es la primera vez que veo algo así— afirmó Alejandro.
—Ciertamente, no es un caso nada fácil— agregó Mita.
—Aquí dice que el sr. Olopa y Marsías se enfrentaron en un concurso musical en el que acordaron que el ganador podría tratar al perdedor como quisiera— les dijo Alejandro, leyendo literalmente lo escrito en aquel expediente.
—Así es— respondió Mita.
—...Y que el sr. Olopa pretende “atar a un árbol y desollar vivo al sr. Marsías por haberlo vencido y por haberse atrevido a desafiar a un hombre de su investidura.— siguió leyendo Alejandro, sin poder dar crédito a lo que leía.
—Así es— reiteró Mita, con tono impaciente.
Alejandro se tomó un tiempo para seguir leyendo el extraño expediente. El caso había sido que Marsías había desafiado al Sr. Olopa a un concurso de música ante una audiencia y ante Mita, que había oficiado como Juez. El Sr. Olopa tocó su lira y Marsias una aulos, y que aunque ambos lo hicieron muy bien, Marsias fue derrotado cuando el sr. Olopa acompañó con su voz el sonido de la lira.
—¿Y en qué puedo ayudarlo?— preguntó Alejandro.
—Necesito que me ayude a argumentar que el concurso fue justo.
—Pero Sr. Mita...— dijo Alejandro, dirigiéndose al hombre. —El jurado declara aquí que el concurso fue injusto.
—¡Por supuesto que lo fue!— chilló Mita. —el concurso consistía en la habilidad tocando un instrumento y no con la voz.
—Está bien...— respondió tranquilamente Alejandro. —Entonces podría decir usted que soplar en una flauta fue casi lo mismo que usar la voz.
—¡Bien pensado!— lo felicitó Mita. —Sabía que no perdía el tiempo al venir aquí durante el receso.
—¿Pero el concurso es ahora?— preguntó Alejandro, alterado. —¿Es en serio?
—¡Por supuesto que es en serio!— dijo Mita. —Vine porque el jurado declaró vencedor al sr. Marsías y yo me opuse a aquel veredicto. Pero la audiencia estaba en mayoría y se negaron a ceder.
—¿Y usted qué hizo entonces?— le preguntó Alejandro.
—Pedí un receso y vine corriendo hacia aquí.
—¿Incluso sabiendo que era injusto?
El señor mita se ponía cada vez más nervioso, como supiera algo que no podía confesar en público. Miró a Alejandro, intentando buscar su complicidad sin que nadie más lo notara.
—Escúcheme atentamente— dijo Mita. —No puedo fallar a favor de Marsías. ¿O quiere que me gane la apatía de Olopa?
—¿Y quién es el Sr. Olopa?— Preguntó Alejandro.
—¡Vamos! Usted lo conoce: Olopa es racional, perfeccionista, equilibrado y es un hombre extremadamente poderoso e influyente— respondió Mita. —Y hay que ver a los extremos que llega cuando alguien lo desafía.
—¿Por ejemplo?
—Es que usted no conoce a Mersías— exclamó Mita, como señalando una obviedad. —Ese tipo es todo lo contrario a Olopa. ¿Sabía usted que Marsías encontró su aulos mientras hurgaba en la basura de sus vecinos? Mírelo la ropa con la que anda, ¿De verdad cree que valía la pena para mí  ponerme de su lado?
—La competencia era musical, no sobre el nivel social o popularidad.
—Discúlpeme, Alejandro, pero usted es muy idealista.
—¿Por qué piensa eso?
—Porque si piensa usted va a resolver hoy el eterno conflicto entre los aspectos apolíneos y dionisíacos de la naturaleza humana…
La palabra apolíneo, expresada por Mita, resonó en Alejandro.
—No me diga que el sr. Olopa es Apolo escrito al revés— le dijo a Mita, mirándolo fijamente.
—¿Qué es el dios Apolo?
—No importa— respondió Alejandro. —Fue un juego de palabras, un mal chiste.
—No estamos para chistes— dijo seriamente Mita. —¿Qué hubiera hecho usted en mi lugar?
—Podríamos decir que el Sr. Olopa tiene razón. ¡Pero de ninguna forma se puede aceptar que se anden matando entre ellos!
—¡En este caso hay manera de que ellos dos convivan!—exclamó Mita. —El Sr. Olopa no tolera la soberbia.
—El Sr. Olopa tiene que entender que no puede andar matando gente simplemente porque lo desafiaron— intentaba razonar Alejandro.
—¡Por favor! ¿Pero se siente usted bien? Usted habla con una simpleza, como si nunca hubiese vivido aquí!— exclamó Mita escandalizado —Usted no está viendo el cuadro completo, permítame: ¡Exoterikón ton matión!
Ni bien Mita exclamó esas últimas palabras, que no comprendió, Alejandro sintió una irritación en los ojos como si se le hubiera metido arena. Instintivamente, se llevó las manos a los ojos, pero progresivamente el dolor disminuyó hasta desaparecer y Alejandro gradualmente pudo volver a recuperar su vista.
Alejandro se dio cuenta que ya no estaba en su oficina, sino en una especie de sala parecida a la de un juzgado. Mita seguía frente a él, pero detrás suyo Alejandro descubrió que tanto Olapa y Marsías eran dos versiones de Alejandro. Una era el Alejandro ejecutivo, abogado respetado y bien vestido. El otro, el Alejandro que nunca fue: el dedicado a la música, soñador y despreocupado del mundo materialista. Alejandro permaneció en silencio, pero entendió la metáfora.
—¿Qué quiere decir esto?— Alejandro le preguntó a Mita, sobresaltado.
—Que algo contrapuesto sea a la vez complementario es un reto interesante— respondió Mita. —Se trata de decidir y de lo que se deja atrás.
Alejandro y Mita quedaron mirándose en el silencio de la sala.
—Si este sueño pretende ser una lección, le diría que yo hace años tomé una decisión. —dijo firmemente Alejandro, señalando a Mita, el Sr. Olopa y Marsías.
—Bueno, pero llegó la hora de que se decida. —dijo Mita. —Ya no se puede seguir soñando a dos puntas, estando a la mitad de su vida.
—No cambiaría mi vida por nada— dijo Alejandro.
—¿Ni por la música?— preguntó Mita.
—Eso es lo único que lamento haber perdido. Pero si tuviera que elegir, teniendo en cuenta a dónde tengo que volver, lo elijo a él— sentenció Alejandro, señalándolo al Sr. Olopa, que era una imagen de sí mismo.
—¡Bueno, me alegra escuchar gente que piense como uno!— exclamó el Sr. Olopa, con la voz de Alejandro. —En ese sentido, se señoría, me gustaría invitarlo a cenar. Pero antes, bajo mi derecho ¡trópo katsíka!
La versión bohemia de Alejandro, el Sr. Marsías, no pudo decir nada porque ni bien el Sr. Olopa pronunció esas palabras, Marsías se retorció y se convirtió en una cabra. Cuando la cabra se incorporó, Alejandro recordó algunos de los aspectos del fauno. El Sr. Olopa tomó a la cabra y le ató una soga al cuello.
—¿Una cabra?— preguntó Alejandro. —Esto no tendrá que ver con...
—¡La cena está casi servida!— dijo maliciosamente el Sr. Olopa, pero cuando terminó la frase recibió un empujón de Mita, que le hizo soltar la soga.
—¡Insoltente, traidor!— gritó el sr. Olopa, mientras se recomponía. — ¡trópo gáidaros!
La cabra suelta salió corriendo hacia Alejandro, quien se cubrió con su mano esperando una cornada, pero en su lugar la cabra le mordió la mano. La cabra recién lo soltó cuando el Sr. Olapa pudo agarrar nuevamente la soga y calmar al animal.
—¿Está usted bien?— se apresuró el Sr. Olopa, mientras examinaba con desesperación la mano de Alejandro.
Alejandro vio que Mita se había convertido en un burro. Intento incorporarse del suelo, pero no pudo.
—No fue nada, no se preocupe.
—¡No se mueva!— gritó el Sr. Olopa. —¡Éste cobarde logró salirse con la suya!
—¿Qué quiere decir?
Alejandro empezó a marearse y jamás pudo escuchar la respuesta del Sr. Olpa. La mordedura no había sido grave, pero algo lo embriagaba como si hubiera bebido enormes cantidades de licor. Alejandro se preguntaba si el efecto la poción del errante se estaba terminando. Finalmente, Alejandro le dio un último vistazo a la cabra que lo miraba, todo se oscureció y donde él suponía que se desmayaría, simplemente despertó.
Sobresaltado, Alejandro miró su mano, y se alivió al no encontrar señales de la mordedura. Tampoco se sentía mareado como en el sueño, aunque sentía leves dolores de espalda por haber estado acostado en la misma posición durante ese tiempo.
Despertar de aquel sueño le significó a los cuatro hombres del campamento reencontrarse con diversas necesidades orgánicas y sensaciones. Aunque toda la escena de la poción del errante para Alejandro duró menos de una hora, descubrió que en el mundo real habían transcurrido, por lo menos, doce horas. Sentía dolor en la espalda, hambre, sed, ganas de ir al baño. Repuesto de la conmoción inicial, Alejandro repasó todo el sueño y empezó a preguntarse. Por un lado, estaba conforme con aquella extraña experiencia. Se sentía culpable por el destino de Marsías y el Mita, convertidos en cabra y burro respectivamente. Por otra parte, sentía cierto vacío de no haber obtenido una idea concreta de todo aquello, pues Alejandro sabía que su decisión de vida había enterrado sus sueños.
Los demás hombres también estaban igual de decepcionados que Alejandro, cayendo en la cuenta de este afecto a partir que se despabilaban. Nadie quería decir con quién o qué se habían encontrado, pero las caras y los humores revelaban el fracaso generalizado en aquella difícil y única pregunta.
—Según parece, el viaje los ha dejado pensando— dijo el fauno tranquilamente, rompiendo el silencio de duelo. —El que no sabe lo que busca, no entiende lo que encuentra.
Ninguno respondió nada. El silencio persistió durante toda la cena y sobrevivió a la insípida comida del fauno, que normalmente inspiraba a animadas charlas por su falta absoluta de sabor. Esa noche, comer les aliviaba, aunque sea mínimamente, el vacío que los hombres sentían por haber perdido aquella experiencia reveladora.
Ante lo inalterable del pasado, Alejandro empezaba a preguntarse si podría retomar algo de la música. Recordaba que en mientras era adolescente había sido muy bueno en ello y desde aquella época Alejandro creía que el arte ofrecía la posibilidad de trascender a aquellos artistas y pensadores talentosos. Aunque ya no estuvieran presentes en el mundo, de alguna manera seguían existiendo en el mundo de los vivos, a través de su legado. La capacidad de vivir en los demás a través de sus obras, convertía al creativo en un discreto triunfador sobre la muerte física.
Alejandro comenzó a preguntarse si existía la posibilidad de pedirle consejo al fauno sobre la música, que componía sus melodías usando el aulos. Si lo hacía, debía buscar un momento y un lugar adecuado para evitar las irónicas respuestas con las que el fauno contestaba. Alejandro necesitaba moverse con precisión. Consideró que el silencio, por ahora, sería su mejor aliado hasta poder formular la pregunta adecuada.
—Lo que vos buscás, creo yo, se encuentra específicamente en la locura.— le respondió el fauno, una vez que Alejandro encontró las palabras adecuadas y el momento justo para acercársele. —Toda originalidad exige estar un poco loco. La genialidad también tiene algo de locura, aunque la locura en sí misma no tiene nada de genial.
—¿Pero quiere decir que para ser más creativo, debería estar loco? - preguntó el fauno.
—Depende qué entiendas por locura.—dijo el fauno, señalando con sus manos sus alrededores— Locura puede ser esta misma situación. En el primer día, locura para ustedes era cuando yo les dije que debían vestirse con el cielo. En cambio para mí, la vida de ustedes era una auténtica locura.
—¿Y de qué locura hablamos aquí? - preguntó Alejandro.
—Me gusta pensar a la locura como cierto estado mental que alguien juzga con tal nombre. Pero tal juicio y quién lo emite no nos interesa en este caso, así que pondría el acento en lo del estado de conciencia.— explicó el fauno.
—¿Y qué estado de conciencia permite ser más productivo en mi arte?
—Eso depende. Para algunos, es el hambre. Para otros, el dolor del corazón no correspondido causa maravillas. Locura de amor. Y así podríamos seguir toda la nochie.
—Eso suena bastante visceral— opinó Alejandro.
—Tan visceral como la necesidad— dijo. —Por medio del arte se la cruda realidad en algunos casos, o de quien exalta la belleza desapercibida por el hombre común.
—Me gusta aquello de la necesidad. ¿Cuál es la necesidad le permite a usted componer tus canciones con tu flauta?
—El volar junto a los vientos de la pasión, por decirlo poéticamente.—dijo el fauno pícaramente, bajando la voz, como confesando un secreto. —De lo que se dice de los sátiros griegos, bastante de cierto hay en que somos amantes del vino, el sexo y los placeres físicos. El baile y la música restablece un orden a nuestro carácter desenfadado y festivo, que sino puede volverse peligroso e incluso violento.
—¡Comparto ese sentimiento hacia tu vino!— festejó Alejandro. —Aunque el sexo por este bosque inhabitado es algo que no logro imaginar.
—Precisamente, ese es otro caso de locura.—reflexionó el fauno. —La tensión de la abstinencia sexual ha motivado grandes creaciones. Me pregunto si eso es lo que perseguía Odiseo al escuchar el canto de las sirenas atado a un mástil.
—Creo que era curioso y simplemente quería escuchar cómo era su voz— respondió Alejandro, pero rápidamente hizo una mueca sintir un dolor en su mano, igual al que había sentido al recibir la mordida de Marcías en el sueño.
—¿Qué sucede?— preguntó el fauno.
—Nada, creo que tengo la mano entumecida por haber estado recostado cuando tomamos la poción del errante— dijo Alejandro, ocultando parte de la historia.
—Dejame ver— dijo el fauno, extendiendo un mano.
Alejandro obedeció y extendió su mano. El fauno la examinó durante unos segundos.
—No estoy seguro, pero parecería que trajiste algo del otro lado— dijo el fauno.
—¿Qué regalo?— preguntó Alejandro.
—Es muy pronto para saberlo hoy, pero mañana lo sabremos.
El fauno consideró que por aquel día, todos habían tenido suficientes emociones y le prometió a Alejandro que realizarían la experiencia al otro día, una vez que descansaran. Lo cierto es que el descanso era merecido: todos se encontraban visiblemente debilitados por la elevada toxicidad de la poción del errante. Alejandro tuvo que contener su ansiedad y esperar al otro día.
A la mañana siguiente, Alejandro se preguntó en qué medida el fauno lo ayudaría con el asunto de la música. Luego del almuerzo, el hombre se tranquilizó cuando el fauno le dijera de que ellos dos, junto a Iván, irían a dar un paseo por el bosque. El fauno les pidió a los dos que no dieran demasiados detalles. Pedro y Gonzalo aprovecharon la oportunidad para descansar y no tuvieron ninguna objeción.
Mientras el fauno y los dos hombres caminaban por el bosque, Alejandro estaba intrigado por qué experiencia le esperaría esta vez. Quizá se tratara de algo parecido a la poción del errante, pues el fauno llevaba un frasco con él. Tras media hora de caminata, el fauno se detuvo y señaló un gran árbol de corteza lisa donde Alejandro debía ser atado, al igual que Ulises había sido atado al mástil de su barco. Pero Alejandro se opuso a la idea, pues recordó que en su sueño, el sr. Olapa pretendía atar a un árbol y desollar vivo al sr. Marsías por haberlo vencido y por haberse atrevido a desafiar a un hombre de su investidura, oración que Alejandro recordaba literalmente.
—¡No puedo hacerlo!— dijo Alejandro. —En mi sueño, uno de los personajes pretendía atar al otro a un árbol para matarlo.
—En ese caso, tengo dos buenas noticias— dijo el fauno, alegremente. —La primera es que no planeaba desollarte vivo; la segunda, es que pudiste ver el cuadro.
—¿Pero por qué tengo que estar atado?
—A mi me parece que usando esto, mejor no correr riesgos— dijo el fauno, mirando su misterioso frasco.
—¿Riesgos?
—Si, que me pegues una patada a mí o a Iván, por ejemplo.— respondió el fauno. —Aunque prometo que no sentirás dolor ni saldrás lastimado.
Alejandro sintió tranquilidad y se puso contra el árbol que el fauno eligió y el fauno, junto con Iván, que se dispusieron a asegurarlo. Según las instrucciones del fauno, era importante que Alejandro se encontrara firmemente atado de pies y manos en el árbol.
—¿Todos listos?— le preguntó el fauno a Alejandro e Iván.—Iván, es muy importante no desatar a Alejandro por más que ruegue. No vamos a lastimarlo, más soltarlo arruinaría la experiencia que quiero transmitirle.
—Está bien— asintió Iván.
—Primero debemos untar a Alejandro con este aceite—ordenó el fauno, destapando su frasco. Se trataba nada más y nada menos que una botella de aceite que el fauno había robado de las pertenencias que los hombres habían traído y que el fauno les había prohibido usar.
—Pero… Eso aceite es de maíz, ¡No tiene nada especial!— dijo Alejandro.
El fauno no le prestó atención a los dichos por Alejandro. Iván también se dio cuenta del engaño, pero decidió permanecer en silencio. El fauno abrió la lata de aceite y puso una buena cantidad en las manos de Iván, que había extendido sus manos hacia el fauno. Luego aplicó aceite en sus propias manos.
—No escatimemos en aceite.—dijo el fauno mirando a Iván, mientras pasaba con sus manos aceite por el pecho de Alejandro. —Ni tampoco nos olvidemos de sus pudores.
—Pero… ¿Qué están haciendo?— preguntó, mientras su cuerpo era generosamente aceitado, incluyendo sus genitales.
Ninguno de sus captores le respondió.
—¡Basta, no! ¡Esto fue un engaño, desátenme ahora mismo!
Iván miró al fauno, quien le hizo un gesto de aprobación. De esta manera, Iván se dirigió a los genitales de Alejandro y tras cubrirlos nuevamente de aceite, comenzó con un lento masaje peneano en aquel flácido órgano.
—¡Iván, no! Esto es violación, el fauno nos trajo acá engañados!
—No te pareció una violación aquella noche en que Alejandro y Pedro me sostenían mientras que Gonzalo me hacían lo mismo— soltó Iván. —La única diferencia es que yo no me voy a reir de vos, porque yo creo en el fauno y en su enseñanza.
—¡Ah, las vueltas de la vida! —dijo el fauno, circunvalando las tetillas de Alejandro desde la periferia hasta el centro de su pezón. —Prosigamos...
—¡Los dos están locos! ¡Suéltenme, hijos de puta, pervertidos, los voy a matar!— gritó Alejandro preso de aquel manoseo, sin poder moverse un centímetro.
Mientras que el fauno masajeaba y apretaba con suavidad los aceitados pezones de Alejandro, Iván lo estimulaba acariciando sus testículos con una mano, mientras que con la otra le manipulaba el pene con movimientos ascendentes y descendentes. Su glande era cubierto y descubierto, una y otra vez, en las resbalosas y aceitadas manos de Iván y tales sensaciones comenzaron a formar una media erección en Alejandro.
—¡Paren, por favor, suéltenme! Yo tengo novia, no me hagan esto... —dijo Alejandro, intentando apelar a la lástima de sus captores antes de que su erección culminara. Pero tales súplicas parecían llegar a oídos sordos, ya que ni Iván ni el fauno detenían su accionar.
La erección de Alejandro siguió creciendo, hasta que llegó a su punto máximo. El fauno relevó a Iván y siguió masturbando aquel pene firme y recto que ahora medía cerca de 23 cm. Iván observaba cómo los músculos de Alejandro se tensaban intentando zafarse, pero las ataduras eran tan firmes que impedían todo movimiento. Entonces, dándose cuenta que sus súplicas caían en saco sin fondo, Alejandro decidió que lo mejor sería entregarse a la situación para que ésta terminara lo antes posible. Repasó mentalmente toda la anterior conversación con el fauno y rápidamente llegó a la conclusión que si se esforzaba en relajarse, con aquella estimulación podría llegar a eyacular fácilmente y terminar con todo aquello. Pero tal plan no sería de fácil concreción, porque cuando comenzó a sentir que lo lograría, el fauno cesó de masturbarlo abruptamente.
—¿...Pero qué? —preguntó Alejandro tan incómodo como soprendido a la vez.
—Es necesario postergar el orgasmo de Alejandro todo el tiempo que sea posible.— le instruyó el fauno mediante un susurro a Iván, tomando de su bolsa una banda elástica que colocó hábilmente en los testículos de Alejandro.
—¿Qué están haciendo? ¿Ya terminamos? —demandó saber Alejandro.
Medio minuto después, el fauno reanudó con la masturbación de su captor. Para Alejandro, esto era como comenzar todo de nuevo, pero sentía que cargaba el peso de la tensión de la primera ronda. Iván decidió utilizar en Alejandro un truco que a él mismo le había funcionado alguna vez al masturbarse, que consistía en masajear el glande del pene con una palma de la mano, mientras sostenía el cuerpo del pene con la otra. Por las reacciones de Alejandro era evidente que aquel aceite intensificaba el estímulo ampliamente.
—No hagas eso… Por favor… —gemía Alejandro, mientras intentaba hablar. —No puedo… soportarlo.
El fauno estaba atento a las respiraciones y al tono muscular de Alejandro y cuando notó que Alejandro nuevamente llegaba al orgasmo, hizo un gesto para frenar a Iván.
—¡No, por favor, déjenme terminar!— gritó Alejandro, mientras observaba su propio pene venoso, que latía más duro que nunca.
Un minuto después, el fauno reanudaba la tercera sesión con Alejandro, que sentía que estallaría en cualquier momento. Ésta duró más tiempo que las veces anteriores, porque el fauno apenas masturbaba a Alejandro y lo hacía por períodos tan cortos de tiempo y tan lentamente, que eran insuficientes para liberar a Alejandro. Éste, en su agonía, comenzó a pensar más rápido que de costumbre. Iván y el fauno masajeaban sus muslos y testículos llevándolo más allá placer, a tal punto que su pensamiento se aceleraba al punto que él sólo había experimentado en situaciones de peligro. En este estado, Alejandro podía notar detalles que antes había pasado por obvias.
Una gota de sudor que se deslizaba por la mejilla del fauno y se perdía en su barba.
Un trozo de hoja seca atrapada entre los pelos del pecho de Iván.
El ritmo de su propia respiración y la relación con el ritmo de aquella masturbación forzada.
Y Alejandro recordó aquello que el fauno había dicho sobre el saber de la experiencia de Ulises, antes de que su mano le doliera. Concluyó, entonces, que sólo podría escapar de aquella experiencia si le demostraba al fauno poseer un nuevo saber. Nuevamente pasó por la sensación previa al orgasmo, que nuevamente fue frustrada por el fauno.
—¡Ya sé, ya lo veo!— gritó Alejandro. —Todo tiene sentido ahora. No vine aquí a aprender nada para Petrolera del Oeste. ¡Vine para encontrarme conmigo mismo! ¡Sofoqué mi talento por la comodidad de trabajar en la asesoría legal esa empresa y con eso condené una parte de mí mismo!
—Tu talento es tan patético que ese resultó ser el mejor negocio de tu vida.— se dignó a responderle por primera vez el fauno.
—Por favor, ¡No sé qué más debo aprender, lo juro! ¡Déjenme acabar!— imploró Alejandro, al borde del llanto.
Cuando comenzó la cuarta sesión, se dio inicio un nuevo calvario para Alejandro. Esta vez el fauno le introdujo un dedo lubricado en el ano del indefenso hombre y palpando la pared anterior del recto, estimuló suavemente su próstata. Alejandro estaba demasiado excitado como para cuestionarlo. Mientras tanto, Iván lamía uno de los pezones del inmóvil hombre, que movía su cabeza como si fuera a enloquecer. De su pene caían gotas de líquido preseminal, que Iván recogía para nuevamente estimular por breves momentos el glande de Alejandro, que lo conducía hacia una absoluta desesperación que jamás llegaba a un desenlace.
En cierto momento, Alejandro perdió la cuenta cuántas veces había sufrido la privación de su orgasmo. La testosterona lo había vuelto un animal, un macho en celo. A partir de la sexta y séptima vez que Iván y el fauno volvían a estimularlo, Alejandro ya sólo era capaz de gruñirles. Estaba vacío de palabras y de cualquier otro parámetro que le diera un sentido coherente al mundo. La vista y el oído le jugaban malas pasadas en aquel caos sensorial al que el hombre se hallaba sometido. Alejandro sentía que iba a desmayarse, pero en ese momento una bofetada del fauno lo trajo de vuelta a la realidad. El fauno se había descolgado su flauta atada al collar y se la mostró antes de colocársela en el cuello a Alejandro. Inmediatamente, el hombre se sintió liberado de las cuerdas que lo ataban y fue libre para correr y perderse entre los árboles del bosque, aún con el pene erecto. Iván vio esta situación detrás del árbol, desde donde había estado cortando las cuerdas.
—¿Qué hacemos ahora?— preguntó Iván.
—Descansar y disfrutar de la buena música— respondió el fauno, mientras se sentaba sobre un tronco. Medio minuto después, se oía a lo lejos una nueva y hermosa canción como las que tocaba el fauno con su flauta. Media hora más tarde, Alejandro volvió caminando hacia donde el fauno e Iván lo esperaban. Sin decir nada, le entregó la flauta al fauno. Se dirigió a Iván y lo abrazó.
—Gracias— le susurró a Iván. —Y quería pedirte disculpas por lo que te hicimos aquella noche.
—Estás perdonado.— respondió Iván, mientra caminaba de vuelta junto a Alejandro, delante del fauno.
—Quisiera hacer algo para retribuirte lo que te hicimos— propuso Alejandro.
—Ya pensaremos en algo— respondió Iván.

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