De alguna manera, su forma de ser le había encontrado un lugar en la unidad de supervisión en la empresa Petrolera del Oeste con tan solo veintiún años de edad. Su jefe había observado que su capacidad de prever siempre el peor escenario a Iván lo llevaban a observar siempre hasta el más mínimo detalle, incluso aquellos que los demás pasaban por alto.
El mundo de Iván, aunque controlado, también era causa de sufrimiento. Varias veces lo habían invitado a jugar a los partidos de fútbol que organizaban los empleados de la empresa, pero había rechazado todas las invitaciones porque aunque sabía jugar muy bien, era incapaz de cambiarse frente a otro hombre por la vergüenza que le causaba ser mirado. Aunque no podía decir dónde estaba su problema, Iván tenía serios problemas con su cuerpo. Aunque tenía la juventud y una considerable belleza de su lado, Iván se sentía horrible y disminuído frente a los demás. Jamás orinaba en el mingitorio de un baño público si había alguna posibilidad de que otro hombre que pudiera verlo. El sufrimiento de Iván sólo se veía compensado ante el miedo de que algo terrible sucediera y la calma venía al precio de importantes restricciones y recortes en su vida, intentando mantenerse lejos de cualquier cambio que lo sacara de la zona que él conocía.
Pero un día la cómoda y conocida burbuja de Iván se pinchó al ser citado por el Director general de Petrolera del Oeste. Él se decía a sí mismo que todo había sido por el dinero, pero la realidad era que Iván jamás podría haberse enfrentado y negado a una orden de un superior y cuando fue enviado al bosque junto a sus tres compañeros, sólo habría pensado en la posibilidad de algunas pocas incomodidades. Pero estaba equivocado, porque el fauno había aparecido y les había sacado hasta la ropa que llevaban puesta. Iván debía enfrentar estoicamente su desnudez y la de los demás, durante todo el tiempo que allí estuvieran. Irónicamente, la presencia del fauno no lo incomodaba, porque para éste lo normal estar por la vida libre de cualquier complejo con su cuerpo o el de los demás. El joven se preguntaba si alguna vez lograría moverse, sino con tales libertades, al menos con la de sus compañeros.
Iván superó los primeros dos días en el bosque intentando ocuparse de aquellas actividades que le permitieran la soledad del bosque, como buscar leña o cosechando ciertas plantas que el fauno le indicaba. Odiaba intensamente el encuentro con sus compañeros y lo único que deseaba era volver a la comodidad de la civilización, pero se encargaba que nadie supiera su secreta disconformidad. Cuando alguien le preguntaba por su actitud esquiva, él mentía diciendo que necesitaba tiempo para acostumbrarse a la vida en el bosque.
Una semana después, el lugar de Iván en el grupo empezó a tornarse más conflictivo a causa del factor menos pensado. Resulta que tras una semana viviendo a la intemperie, Iván apestaba con su olor. Aunque intentaba lavarse con el agua del arroyo todos los días, el olor ácido de su sudor persistía y alteraba el humor de sus compañeros, aunque al principio nadie lo atribuía a eso. No era que los otros olieran mejor que él, sino que los 4 hombres estaban recuperado su sentido del olfato natural y lentamente adquirían la capacidad de conocer el estado de ánimo del prójimo, según cómo cada uno olía. Si se le hubiera podido poner un nombre a aquel invisible desprendimiento, se hubiera podido decir que Iván olía a peligro y eso exaltababa a sus compañeros a niveles que no podían racionalizar, ya que aún se encontraban habituándose a todo aquello. Ante su presencia, Alejandro, Pedro y Gonzalo recibían el olor de Iván como una señal de que algo no estaba bien. Esto los angustiaba y sus tres compañeros intentaban alejarse de Iván o caminar siempre delante de él. A su vez, la desconfianza de Iván hacia sus compañeros se intensificaba, creando así un círculo vicioso.
—La vez que más tiempo estuve sin bañarme fue cuando estuve de vacaciones a un pueblo que daba al mar con mis amigos— le contó en una ocasión Pedro a Iván. —Al llegar descubrimos que el lugar no tenía agua dulce y que dependía de de los niveles de producción de una pequeña desalinizadora que no daba abasto.
—¿Y?
—Habían horarios para bañarse, pero los turistas apenas los respetaban, por lo que estuvimos los siete días sin bañarnos porque era imposible.—agregó.
—¿Y fue para tanto?— preguntó Iván.
—Comparado con tu olor a chivo y a bolas, mis cuatro amigos olían a rosas.— bromeó Pedro.
Por otro lado, el fauno no perdía tiempo para comenzar sus enseñanzas. El fauno gustaba de pasear por el bosque explicando la compleja simpleza de cosas obvias que los rodeaban. Podía hablar durante media hora de la manera de caer de una hoja. Hablaba de rebuscadas leyes que gobernaban todo cuanto había sido lo creado y repreguntaba a los empleados para evaluar lo que aprendían. Más llegó el día que el fauno iba a enseñarles el don de la profecía. La clase comenzó de una extraña manera.
—Hoy vamos a aprender a desconectarnos del exterior y conectarnos con nuestro interior usando nuestras manos. Se trata de una posición en la que las manos cierran literalmente a los demás sentidos. Se hace de esta forma.
El fauno colocó las manos delante de su cara, de modo que las puntas de sus dedos se tocaran y las palmas estuvieran en contacto con su rostro. Tapó su boca cerrando los labios entre los dedos meñique y anular de ambas manos. Esto hizo que su boca permanezca cerrada. Tapó su nariz presionando los agujeros con los dedos medios de ambas manos. Tapó los ojos aguantando los párpados cerrados con los dedos índices de ambas manos. Finalmente, tapó las orejas colocando el pequeño trozo de piel de la parte delantera de sus orejas sobre el agujero del canal auditivo y apretándolo con los dedos pulgares de ambas manos.
—Una vez que nos desconectamos del exterior, podremos escuchar nuestro estado de conciencia. Como sabrán, nuestra conciencia puede alterarse para obtener lo que ustedes han venido a buscar.
¡Por fin el fauno iba a enseñárselo!
—Algunos métodos son el uso del alcohol para provocar una intoxicación suave, la falta de sueño y el orgasmo— explicó el fauno. —Así que ahora, en parejas, se turnarán para deprivar sus sentidos mientras que el compañero lo masturbará lentamente.
—Discúlpeme, pero yo no voy a hacer eso— dijo Gonzalo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero, no me gustan los hombres.
—¿Y qué tiene que ver? Esta técnica pueden realizarla parejas de distinto o el mismo sexo. Incluso una pareja heterosexual podría realizarla introduciendo el pene en el ano o en la boca.
—Si, pero me da asco hacerlo con un hombre.
No había solución. El Director no había enviado mujeres a aquella misión porque conocía su comportamiento desenfrenado hacia las mujeres. Lo que el Director jamás previó, según parecía, es que al fauno poco le interesaban las distinciones anatómicas.
—El sexo está íntimamente relacionado con nuestra psique, así que si no pueden concentrarse en lo que importa, no podrán avanzar de este punto— dijo el fauno, hablándole a todos.
—¡Pero es muy difícil!— se quejó Iván.
—Jamás dije que este sistema fuera fácil de aprender ni de dominar— dijo el fauno, dando media vuelta y comenzando a retirarse.
—¿A dónde va?— preguntó Pedro.
—Se me antojó un sorbo de vino— dijo el fauno, señalando hacia el otro lado.
—Me preguntaba si no podríamos aprender alguna otra forma de adivinación que no sea sexual— propuso Pedro, intentando negociar con el fauno.
—Me temo que ustedes no aprenderán nada hasta que aprendan, primero, a desaprender— respondió y se fue caminando sin que nadie lo detuviera.
Los cuatro hombres se quedaron con el sinsabor de no haber obtenido la famosa habilidad predictiva del fauno. Incluso suponiendo que el fauno les hubiera enseñado su técnica con el fin de avergonzarlos o humillarlos, el asco, el pudor y la vergüenza eran afectos que definitivamente habitaban del lado de los hombres. Estos afectos, muy adecuados para la vida en sociedad, resultaban poco útiles para la vida en el bosque. ¿Pero cómo desprenderse de aquellas voces que definían lo que era correcto y lo que no? Los hombres podían pensar sobre estas cuestiones, más aquellos afectos se presentaban claramente en el registro del sentir.
Esa noche, los hombres hablaban en voz baja, mientras el fauno dormía.
—Yo pienso que él quiere que nos sintamos incómodos y que nos vayamos. —opinaba Pedro.
—Totalmente de acuerdo— dijo Iván. —Desde que llegamos las únicas reglas que importan son las suyas: desnudarse, comer insectos, bañarse cuando él dice…
—Si, y hacerle la paja al compañero— agregó Gonzalo.
—¡Eso ni hablar!— dijo Pedro.
—¡Hablen más bajo que va a escuchar!—susurró Iván.
—¡Qué va a escuchar, si escucho los ronquidos hasta acá!— dijo Gonzalo en voz baja.
—El asunto es que estamos hablando desde nuestro sistema de creencias.— agregó Alejandro. —El Director ya nos había avisado que el fauno estaba fuera de todo eso.
—Si bueno, pero eso no quiere decir que vaya a hacer cualquier cosa solamente porque él lo dice— argumentó Gonzalo.
—Él no nos obligó a nada; solamente dijo como era su técnica y nosotros decidimos no hacerla— retrucó Iván.
—A ver, no pienso hacerte la paja a vos ni a nadie— le dijo Gonzalo, enojado, pero sin levantar la voz.
—El fauno diría entonces que esa es tu decisión y punto— lo remató Iván.
*
Ocho días después, durante una noche de luna llena, los cuatro hombres y el fauno decidieron relajarse frente a una fogata. Tomaban del vino que el fauno había mascerado y había compartido con ellos. Concretamente, la celebración se debía más a un más intento de los hombres por tratar de recomponer la relación con el fauno que a otra cosa. A partir de aquella clase desastrosa, los hombres habían hecho cuanto pudieron por caerle bien al fauno, intentando no resultar falsos. Aunque no lo plantearon expresamente, la intención era obtener del fauno alguna técnica menos sexual que la propuesta por el fauno.
Gonzalo, Pedro y Alejandro bailaban alegremente al ritmo de una de las canciones que el fauno tocaba con su flauta. Pero Iván había rechazado el alcohol y no estaba de ánimo para prestarse a ese tipo de baile. En realidad, Iván jamás había bailado en su vida y consideraba que tal actividad resultaba ridícula, sobre todo si era él quien la ejecutaba. En su lugar, permanecía sentado en un tronco mirando al fuego, que lo hipnotizaba con su calor y con las brillantes formas que tomaban las llamas. Iván, paulatinamente, cayó dormido.
El trance se rompió abruptamente, cuando Iván despertó al notar que Alejandro y Pedro sostenían a Iván contra el piso y Gonzalo sostenía sus piernas.
—¡Sosténganlo bien!— gritó Gonzalo, en evidente estado de borrachera —¡Le voy a dar a Ivancito el bautismo del bosque!
Mientras Iván era sostenido en el piso por sus compañeros que reían, Gonzalo empezó a masturbar a Iván, que intentaba zafarse a las patadas. No se escuchaba la flauta del fauno, ni se lo veía por ninguna parte.
—¡Déjenme en paz! ¡Paren, estúpidos, déjenme ir! ¡Fauno, ayudame!— gritaba Iván, mientras que sus compañeros reían y mantenían a Iván acostado en la tierra, sin que éste pudiera zafarse. De ellos emanaba el olor al vino que previamente habían tomado.
—“Fauno, ¡ayudame!”, dice el maricón.— dijo Gonzalo burlonamente, mientras seguía estimulando enérgicamente el miembro de Iván. —¡Dejá de llorar de una vez por todas, bien que defendías al fauno!
Gonzalo sabía muy bien lo que hacía. Cuando él tenía 15 años, escuchó de su padre una anécdota de cuando este último hizo el servicio militar. Resulta que entre los conscriptos había una práctica de acoso que consistía en sujetar a alguno de ellos y desnudarlo de la cintura para abajo. A continuación uno de ellos, ayudado con una brocha de afeitar, cosquilleaba los testículos de la víctima hasta que ésta tuviera una erección. Una vez que esto ocurría, otro le lanzaba una piedra en los testículos con una gomera, generándole un intenso dolor. El padre de Gonzalo relataba que una vez hubo que hospitalizar a uno de estos conscriptos víctimas de aquel extraño castigo. Lo que a Gonzalo se preguntaba era cómo, incluso en aquella situación humillante y conociendo el destino de la misma, la erección siempre ocurría.
Iván continuó forcejeando contra sus tres compañeros, pero aún así no pudo liberarse. Pasado dos minutos, que para Iván parecieron eternos, la estimulación tuvo efecto e Iván tuvo una erección, aunque no sufrió el destino de los conscriptos. Sus compañeros lo soltaron, cuando Gonzalo hizo notar aquella turgente emergencia.
—¡Macho, dijo la partera!— dijo Gonzalo a las carcajadas, alejándose de Iván de un salto para esquivar una patada del joven desde el piso, aún en estado de priapismo.
Gonzalo, Alejandro y Pedro se reían tanto que apenas se podían mantener en pie, mientras que Iván se incorporaba enojado, avergonzado y humillado. Ese fue un punto límite de quiebre para Iván. Un sentimiento angustioso se apoderó de sí y le resultó imposible permanecer allí. De repente, sintió el crudo desamparo de su desnudez en el viento, la ajenidad de su propio cuerpo y las miradas puestas en su semi erección desfalleciente. Sintió la vulnerabilidad producto de aquellas incisivas y crueles miradas del grupo y no tuvo otro remedio que salir corriendo.
Iván notaba, en pleno movimiento, cómo las luces de la fogata del campamento iban desapareciendo, pero toda la imagen resultaba difusa porque las lágrimas de su llanto distorsionan su visión. Iván hacía un esfuerzo para ver mientras lloraba y corría con la firme idea de estar en cualquier parte que no fuera el campamento. El sendero del bosque por el que huía solo era iluminado por la luz de la Luna, que le permitía esquivar los árboles en su camino, pero que ciertamente fue insuficiente para ver al fauno, que lo había alcanzado y lo embestía desde la derecha, haciéndole perder el equilibrio.
Iván cayó al piso de tal forma que amortiguö el golpe rodando de costado. El joven se incorporó y logró pararse, pudiendo por fin notar la presencia del fauno. Iván esquivó al fauno caminando, reanudando el camino.
—Déjeme tranquilo… ¡Me vuelvo a la ciudad! Yo solo quería algo diferente, pensé que algo podría ser diferente. ¡No pienso volver nunca más a ese lugar, se rieron de mí, me voy!— se quejó Iván, sin dejar de caminar.
—Me pregunto si tendré la posibilidad de saber de qué va todo este escándalo— dijo el fauno, caminando detrás de Iván.
—Usted no estaba ahí, no fue nada gracioso, se rieron de mí.— dijo acongojadamente Iván.
— ¿Y vas a perderlo todo la ebriedad y estupidez ajena?— ofreció el fauno.
—No se trata de eso. Son cosas que a mí siempre me pasan, como el sentir que no soy lo suficientemente hombre como los demás. Los otros me humillaron y no pude enfrentarlos. Soy un cagón, un fracasado y esta no iba a ser la excepción.— soltó Iván, resignado, sin detenerse.
—Hay quien triunfa en el fracaso.— respondió tranquilamente el fauno.
—Esa frase la decía mi padre, gracias por recordármela. Mi padre siempre quiso que yo fuera alguien que no soy. Y lo intenté, juro que lo intenté, pero nunca es suficiente.— confesó Iván. Estaba enojado y sus movimientos revelaban que nada le haría cambiar de opinión.
—Pero tu padre no está aquí ahora. De hecho, nadie está aquí ahora.— aclaró el fauno, sujetando el hombro de Iván e impidiéndole seguir caminando.
—¡Eso ya lo sé, déjeme tranquilo!.— gritó Iván al tiempo que se zafaba violentamente de la mano que sujetaba su hombro.
El fauno apresuró el paso hasta quedar frente a Iván, haciéndolo detener. Trazó una línea en la tierra con su pezuña, dio un paso para cruzarla y quedar del otro lado.
—Mirá, yo puedo ayudarte, pero de ninguna manera te voy a obligar porque no es mi lugar imponerte nada.— dijo el fauno severamente. —Si cruzás esta línea, dejaré que te vayas sin decir más nada y podrás marcharte con tu propio infierno personal a cuestas, con la certeza de que deberás tolerarlo por el resto de tus días. Si te quedás de ese lado, en cambio, solo lo voy a intentar ayudarte una vez.
Iván caminó de mala gana hasta la línea trazada por el fauno, esa que de alguna manera dividía un destino o de otro. Intentó mirar al fauno a los ojos pero le era imposible tolerar su severa expresión, por lo que bajó la mirada hacia la línea. Inspiró profundamente… Y dio un paso atrás, sin poder aún mirar al fauno a la cara, aunque permaneciendo del lado que le permitiría una oportunidad para cambiar su historia.
—Está bien, te voy a ayudar. Traé ese tranco aquí.— indicó el fauno, señalando un tronco podrido situado a pocos metros de ellos.
Iván sorbió su nariz mientras se dirigía al lugar señalado. Levantó el tronco y lo llevó a donde estaba el fauno, dejándolo caer pesadamente a sus pies.
—¡Más cuidado! —chilló el fauno, apartándose del tronco lo suficiente como para poder señalarlo. —Ahí está tu padre, ¿Qué le decís?
—Papá, toda mi vida estuve bajo tu… —comenzó Iván.
—¡Pero no, nene! —interrumpió el fauno gritando— Si tu padre es ese tronco, hueco y podrido, entonces no hay nada que decirle.
—¿Y entonces?— preguntó Iván, confundido.
—Parate frente a mí y observame. —dijo el fauno mientras adoptaba su forma humana. Inicialmente, Iván sintió alivio por la transformación del fauno hacia una figura más familiar, hasta que cayó en la cuenta de que el hombre que tenía enfrente estaba desnudo al igual que él.
—Veamos… ¿Qué es lo que tanto te altera de esta situación? —preguntó el fauno con un tono paciente, casi didáctico, haciendo un ademán para señalar la escena.
—No me gusta estar desnudo frente a otro hombre, siento que está mal... —respondió Iván después de pensar unos segundos.
—¿Qué es lo que está mal?
—No sé, mi cuerpo. Y tu mirada.
—Muy bien. En una escala del 1 al 10, ¿Qué puntaje le pondrías a tu incomodidad? - preguntó el fauno, con el mismo tono paciente.
—¡Diez!— respondió el joven rápidamente.
El fauno dio un paso atrás y se quedó parado mientras que una erección empezaba a formársele, rápidamente, a la horrorizada vista de Iván. El pene del fauno crecía y con cada oleada de sangre que fluía hacia su órgano, Iván se ponía más y más nervioso. Eventualmente, la erección del fauno culminó, dando lugar a un pene de 18 cm, ligeramente encorvado hacia la izquierda.
—¿Y ahora qué puntaje?— preguntó nuevamente.
—¡Diez! —volvió a responder Iván, aún más nervioso.
—Por tu tono de voz deberías admitir que la anterior situación puntuaba menos que ahora.
—Si, en comparación… Lo anterior podría puntuar como un ocho.— replicó Iván, intentando mirar hacia otro lado.
—Ahora, ¿qué te molesta de mi erección?— le preguntó el fauno al joven. Iván miró nuevamente los atributos del fauno y pensó durante unos segundos antes de responder.
—Me molesta que yo no tenga la libertad de hacer algo así. Quisiera no sentir pudor ni vergüenza— respondió el joven con un tono que comunicaba enfado consigo mismo.
El fauno se acercó a Iván, y mientras que con una mano sostenía su propio pene erecto, con la otra tomó el pene flácido del joven.
—No… No puedo…— intentó resistirse Iván, paralizado por la sorpresa.
—¿Ser libre con tu cuerpo o perder el beneficio de la queja?— interrumpió el fauno mirándolo fijamente a los ojos, pero sin soltar el aún flácido pene de Iván.
Iván supo, en ese momento, que debía callarse y dejar fluir la situación, algo que nunca se había permitido en la vida. Algo debía inscribirse, precisamente, en esa pérdida de control, porque aquello no podía ni debía controlarse. El fauno, continuó masturbando al joven minuciosamente en medio del silencioso bosque y algo en Iván lentamente comenzó a cambiar. ¿Era lo evidente del órgano que se agrandaba y su cuerpo le mostraba? No podía saberlo, pero definitivamente era algo más estaba cambiando. Una idea surgía a la par de la obvia erección que a Iván se le formaba, estimulado por el fauno. Ahora podía precisar algo con más claridad que nunca, algo que jamás podría haber entendido por medio de las palabras: Iván era, por lo menos, tan hombre como cualquier otro. El pene de Iván era tan grande como el del fauno, excepto que el de Iván era perfectamente recto. El muchacho sentía que se reflejaba, por primera vez, en un espejo que nunca se hubiera atrevido a mirar. Sintió la urgencia de decir algo, de intentar llenar este revelador silencio, pero decidió permanecer en silencio y ocupar su boca en darle al fauno el mas apasionado beso que Iván jamás tuvo en su vida. Un beso que correspondía más a la libertad de la voluptuosidad, que al agradecimiento, el enamoramiento o cualquier otro sentimiento humano.
El fauno correspondió al beso de lengua propuesto por Iván y este se prolongó hasta el final. No había más en todo este acto que la mismísima visceralidad de aquel instante, que anulaba todo tipo de pregunta. En ese momento, cualquier tipo de planteo moral y existencial se habría oscurecido como la lengua de Iván con barba del fauno, o al igual que los árboles envueltos por la oscuridad de la noche. Solo existían dos hombres besándose, fundidos en una unidad inexplicable pero insinuada en la masturbación conjunta llevada a cabo por parte del fauno, ya que éste ahora manipulaba y mantenía juntos al órgano de Iván con el suyo propio usando un solo puño, haciendo que los tiempo de goce fueran los mismos para ambos hombres.
Los mismos cuerpos, el mismo ritmo de respiración, las mismas sensaciones… Iván había logrado, por primera vez, entregarse completamente a otra persona, sin barreras. Cada ola de excitación, producida por las sacudidas de la firme mano cerrada del fauno masturbador, debilitaban todas aquellas murallas que Iván había erigido contra sus enemigos invisibles. Iván nunca llegó a preguntarse con palabras qué era aquello de su ser que intentaba proteger con tanto celo. Pero felizmente, tendría una respuesta para aquello también: nada. La respuesta llegó a partir de las intensas sensaciones producto del contínuo frotamiento compartido de aquellos glandes, que ahora lubricados por el líquido preseminal de los dos hombres, llegaban al clímax y a la urgencia de la eyaculación. La respiración de ambos se aceleró y el cuerpo de los dos hombres se rigidizó hasta el acontecer de una liberadora eyaculación simultánea. Cada chorro de semen le devolvía al mundo su normalidad y a sus cuerpos un estado de relajación, a medida que la flacidez retornaba hacia los respectivos órganos sexuales. Cada espasmo genital los liberaba, al tiempo que sellaba retroactivamente todo aquel acto del que nadie, excepto ellos, eran testigos..
—En una escala del 1 al 10, ¿Qué puntaje le pondrías a tu incomodidad?— preguntó nuevamente el fauno, aún reponiéndose de la agitación del intenso encuentro.
—¿Puedo conservar la respuesta para mí mismo?— repreguntó Iván, tan agitado como el fauno, secándose la transpiración de su frente con el dorso de su mano.
—¿Será posible para mi no adivinarla? - retrucó el fauno.
—Francamente, me siento dispuesto a convivir con esa incertidumbre.—remató Iván.
El fauno recobró su forma mitológica y los dos volvieron caminando y riendo juntos al campamento. Desde entonces, el olor de Iván jamás volvió a ser tan desagradable como antes.
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