martes, 22 de enero de 2019

Aquel fauno degenerado: Capítulo II.


En el camino por el sendero, los hombres descubrieron que no necesitaban mapas, ni sistemas de posicionamiento global, ni brújulas para orientarse, porque sólo existía una única ruta. Había un solo camino serpenteante del que resultaba imposible desviarse por la cantidad de vegetación que crecía a los costados. Aunque el sendero era irregular, transitarlo era sencillo si se prestaba atención para no tropezarse con las raíces o piedras que cada tanto aparecían. Aunque los árboles los protegían del sol, dentro del bosque no había mucho viento, así que se sentía un húmedo calor de verano.

Tras tres horas de caminata, llegaron a una colina, que al pasarla dejaba ver un cuadro diferentes colores que al anterior. La presencia de pinos, cuyas hojas caídas hacían imposible la presencia de otro tipo de planta, tornaban rojizo el suelo. Incluso el olor era diferente. Los hombres caminaron medio kilómetro más, cargando las mochilas con sus sus provisiones, hasta que decidieron descansar. La humedad del bosque en verano había hecho transpirar a los cuatro hombres, que ahora se sacaban las remeras para secarse la frente y reponer las fuerzas. Quince minutos después, comenzaron la marcha nuevamente.

—¿Dónde se supone que debemos encontrarnos con el fauno?— preguntó Pedro.
—No lo sé, el Director confía en que él nos encuentre a nosotros antes que nosotros a él.—respondió Alejandro.
—¿Y cómo podría saberlo? Deberíamos acampar y hacer alguna señal de humo para atraer su atención— propuso Iván.
—O aceptar que el fauno vive en la imaginación del Director— bromeó Pedro.
—Más vale que llegue pronto, porque si seguimos caminando con este calor, nos va a encontrar por el olor a chivo, a bolas y a culo que tienen todos. —dijo Gonzalo, oliéndose una axila. —No me puse desodorante y tampoco sé si hay entre las provisiones.
—Yo traje mi perfume de contrabando.—dijo Pedro. —Es difícil confiarle el equipaje a alguien más, aunque sea el Director.
—¿Y no contrabandeaste algo mejor, como una cerveza?  —preguntó Gonzalo, que estaba acalorado.
—¡Yo me traje este porro, ahora que hay espacio para las confesiones! —dijo Alejandro, divertido.

Los cuatro hombres rieron y festejaron. Alejandro se disponía a buscar un encendedor para prender el cigarrillo de marihuana hasta que vio una extraña figura sentada en lo alto de una rama.

—Mierda, el Director hablaba de verdad— dijo.
Los demás siguieron la petrificada mirada de Alejandro y descubrieron la causa de su asombro. Se trataba de una criatura con el torso descubierto de un hombre, pero sus piernas eran las de una cabra negra. Aquel pelaje cubría sus piernas como si llevara puesto un pantalón. El fauno saltó de la rama para caer grácilmente frente al grupo. Estando a la misma altura, los empleados pudieron verlo bien y notaron que el fauno resultaba bastante más bajo que ellos. Sus piernas de cabra le restaban la altura que le darían las piernas de un humano. Su torso, que estaba bien desarrollado y era peludo en el pecho, tenía la medida de un hombre con estatura media. De su cuello colgaba una collar de hilo un aulós, una especie de flauta doble. La presencia del fauno, de todas maneras, era intimidante. De su cabeza crecían unos cuernos y todo en la cara del fauno indicaba que podía usarlos, aunque el Director les había dicho que prefería huir antes que pelear. De todas maneras, nadie se atrevió siquiera a moverse de su lugar.

—¡Bienvenidos a todos! —dijo el fauno haciendo una reverencia. Su voz era humana, pero tenía rasgos del balido de una cabra.

Antes que cualquiera de los sorprendidos hombres pudiera responderle el saludo, el fauno levantó su mano derecha en señal de que esperaran. Tomó su aulós de madera, esa atada a su cuello y tocó una corta y desconocida canción antes de volver a hablar. 

—Había una vez un rey tan egoísta como poderoso. Comía tanto que su cuerpo pesaba lo que cinco hambrientos hombres de su reino. El rey gustaba de pasearse a la vista de todo su reino, cargado de tantas joyas y adornos, que necesitaba de la ayuda de un trono especial el cual debía ser tironeado por sus súbditos. Más un día soñó que lo perdería todo, entonces fue a consultar con sus dos adivinos. El primero le dijo que ciertamente, el sueño era una clara señal del destino: primero perdería sus joyas y riquezas; después, su piel se pegaría a sus huesos por el hambre que pasaría. “¡Qué insolencia!” gritó el Sultán enfurecido, “¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!” Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. —relató el fauno. Luego tocó otra corta pero alegre melodía con su flauta, antes de continuar. Resultaba gracioso cómo se le hinchaban las mejillas al tocarlo.
—El codicioso rey ordenó que le trajesen al otro adivino y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo: “¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada… ¡El sueño significa que usted recuperará su agilidad, su fortaleza y podrá caminar grácilmente”. Iluminóse el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó le dieran cien monedas de oro.— concluyó el fauno y se puso a tocar el final de la melodía con su flauta.

Hubo un largo silencio mientras el fauno miró a cada uno de los miembros del grupo, como esperando a que le dieran las gracias. Aunque el fauno medía menos que cualquiera que ellos, su mirada resultaba desagradable y no lograba el pretendido encanto, como si de alguna forma aquellos hombres lo repugnaran. Los cuatro permanecían en silencio, aún cargando sus equipajes.

—Espero que les haya sido de utilidad, sé que ese es un cuento muy conocido y que gusta mucho porque va al punto. ¿Desean los señores saber algo más? —preguntó el fauno, con un tono alegremente formal y haciendo una reverencia.
—Nosotros somos el grupo que envió la empresa Petrolera del Oeste para que nos formara, ehm… En su arte. —por fin respondió Gonzalo tomando la iniciativa mientras pensaba en cómo presentarse.
—¡Eso ya lo sé!— gritó el fauno. —Justamente, la historia debería ilustrarlos en aquello que han venido a buscar: el reconocimiento remunerado de su jefe. Descubran qué es lo que su jefe quiera escuchar, díganlo y será suficiente.
—¿Cómo supo…?— comenzó Iván.
—Disculpe, pero no estamos acá para aprender a engañar a nuestro jefe. Estamos acá para mejorar nuestro desempeño como empleados. —se impuso Pedro.
—Como empleados… Eso ya es algo. —intervino el fauno pensativamente, rascándose la barbilla. —¿Y en qué podría ayudar yo a los caballeros?
—Nuestro jefe está interesado en sus aportes en materia de adivinación. —Respondió Pedro.

El fauno se tomó su tiempo para responder, porque miraba a los hombres con la misma extrañeza con la que ellos lo miraban a él.

—Mi “aporte” es justamente ese: yo no porto absolutamente nada respecto a eso que llaman adivinación— por fin respondió el fauno. 
—Nuestro Director nos envió porque piensa que usted tiene algo que enseñarnos, digamos entonces, una forma diferente de ver las cosas— respondió Pedro.
—¡Eso, eso es! —dijo impulsivamente Iván, el más joven de los empleados.
—¡Ah, entonces llegaron ustedes al lugar adecuado! —dijo el fauno burlonamente, copiando el elevado tono de voz de Iván.

Los cuatro hombres se miraban entre sí, considerando la idea de si el fauno los estaba provocando o si sencillamente estaba loco. Él los miraba como si nunca antes hubiera visto personas. Aún así, estaban bien advertidos sobre la apatía del fauno hacia los humanos y consideraron que era mejor no contradecirlo.

—¿Quiere que nos presentemos?— propuso Alejandro.
—¿Presentarse? ¿Es que acaso falta que alguien más se haga presente? — repreguntó el fauno, mientras miraba a sus alrededores, como si buscara a alguien escondido.
—Me refiero a decirle nuestros nombres.
—Ya habrá tiempo para eso— respondió el fauno. —Supongo que si están decididos a quedarse algún tiempo, nos dará tema de conversación.
—¿Deberíamos acampar aquí? —preguntó Gonzalo con un tono firme, intentando fijar la idea de que estaban decididos a quedarse, pese a que el fauno aparentemente no los tomara en serio.
—Deberían acomodarse por allá, en aquel claro, entre esos eucaliptos y aquel pino. —señaló el fauno con desdén. —Los insectos encuentran repulsiva esa combinación y no se acercarán a ustedes. Pueden armar una de esas carpas y dejar todo lo que han traído allí mismo, menos alguna manta para dormir sobre alguna de esas rocas.
—¿Dejar todo lo que trajimos?— preguntó Pedro, sin comprender bien el motivo de la indicación.
—Si, nada de todo lo que trajeron les sirve aquí. —respondió el fauno. —La comida abunda en el bosque y entre aquellas rocas corre agua del que se puede beber. Como les dije, no tienen que preocuparse por los insectos. La copa de los árboles, además, los protegerá del sol.

Los hombres, siguiendo las órdenes del fauno, armaron una sola de las carpas que habían traído. Dentro, colocaron sus mochilas, cantimploras y dejaron dentro las demás carpas sin armar. Mientras los hombres se ocupaban en ordenar los objetos para optimizar el espacio, el fauno se sentó sobre sus patas dándoles la espalda y con su flauta entonó otra de sus canciones misteriosas. Una vez que los hombres terminaron, se dirigieron al fauno.

—Listo, terminamos. —dijo Gonzalo, mientras los demás se paraban junto a él.
—¿Y por qué están todavía vestidos? —preguntó el fauno, que parecía confundido mientras miraba a los cuatro.
—Ya guardamos todo como nos dijiste…—respondió Gonzalo, aún más confundido.
—...Menos su ropa. —interrumpió el fauno, sonriendo con cierta malicia. —¡A desnudarse todo el mundo!
—¿Pero qué tiene que ver aprender con estar desnudos?  —preguntó Pedro, en tono de queja.
—Ustedes pretenden ir más allá de las fuerzas de la naturaleza, pero ¿Qué saben ustedes? —preguntó el fauno, chillando. —Lo único que ustedes saben hacer es ordenar en restaurantes y gastar el dinero. Repito: ¡A desnudarse todo el mundo!

Los 4 hombres comenzaron a sacarse la ropa, comenzando por aquellas prendas que no escondieran zonas del cuerpo socialmente cuestionables. Había, en cada uno de los hombres, la esperanza de que el fauno se desdijera a último momento. Pero mientras los hombres terminaban de despojarse de sus últimas ropas y la resolución no llegaba, uno de ellos rompió con aquel incómodo silencio.

—A mi me pone incómodo estar desnudo— le dijo Iván, que estaba a un calzoncillo de quedar tal cual había sido traído al mundo.

El fauno, que estaba distraído sujetando y mirando la remera transpirada de Gonzalo como si fuera el objeto más extraño del mundo, giró hacia Iván; lo miró de arriba a abajo.
—Eso es mentira, no hay nada más cómodo que estar desnudo.
—Sí, pero no frente a mis compañeros.
—Cada uno fija la atención en lo que quiere.

Luego el fauno hizo algo que el Director no había contemplado. Las facciones del fauno cambiaron a lo que sería su forma humana para exhibir su desnudez, que pretendía resultar ejemplificadora para los demás. En su transición a un hombre común, el fauno crecía en altura pues sus piernas de cabra se estiraban hasta convertirse humanas. Las pezuñas se transformaban en pies y el pelaje de sus piernas disminuía hasta resultar el de un hombre. Su cara perdía los rasgos animales hasta ser la de un hombre joven. Conservaba su barba oscura, pero esta resultaba más corta que en su versión mitológica y los cuernos también se retraían hasta desaparecer entre sus cabellos. De esta forma y sin darle mayor importancia a la cuestión, caminó entre los cuatro.

—¿Contentos? En el arte de la adivinación, poco es más importante que aprender a escuchar las señales del entorno y las de su propio cuerpo. Lo sorprendente de los poderes psíquicos, es que a veces están tan solo al alcance de una relación diferente con la naturaleza. Y ustedes pueden aumentar su intuición abriéndose a las cosas que se pierden, pero que igualmente ocurren a su alrededor y que les permitirá, en algunas ocasiones, tener premoniciones del futuro. —explicó el fauno, mientras se paseaba desnudo sin el menor signo de pudor. Su voz humana resultaba un poco diferente, pero mucho más familiar.

—¿Cómo es que estando así vamos a ampliar nuestra percepción?— preguntó desconfiadamente Alejandro, mientras se bajaba los pantalones para quedar en calzoncillos como los demás.
—La naturaleza les dio barba y demás pelos en el cuerpo, que les permite sentir hasta el más mínimo cambio en el viento. —explicó el fauno, que seguía paseándose desnudo, mientras se rascaba los pelos de su pecho. Aún siendo humano, ciertas palabras resonaban de manera extraña en el fauno, como si su lengua originaria no fuera el español. 
—¡Eso es cierto, puedo sentir el viento!— dijo orgullosamente Gonzalo, que había notado que era el más peludo de los cinco.
—¡Felicitaciones! Eso le permitió sobrevivir a la cucaracha durante millones de años. ¡Vaya progreso! La capacidad de leer las corrientes de aire es lo que a ese animal le permite adelantarse a los movimientos de su depredador, en fin, de prever algo del futuro, lo que lo hace un digno contrincante. Ustedes, con la práctica, podrán superar a la cucaracha, usar el corto pelaje que cubre su cuerpo para sentir el viento y predecir cosas como el clima o el próximo ataque del enemigo.
—¿Y todo al bajo costo de perder nuestra decencia? —preguntó Gonzalo, en broma. Ninguno de los hombres consideraba que aquella propuesta del fauno pudiera dar resultado.
—Es alarmante la histeria en han caído en torno al tema del cuerpo, como desnudarse. Hay algo fascinante en todo lo que sale de nuestros cuerpos. Por ejemplo, ¿Quién de ustedes tiene ese olor tan horrible?

El fauno señaló a Pedro. Pedro estaba sorprendido, porque toda su vida había sido muy meticuloso con la costumbre de bañarse para estar limpio y perfumado. No había nadie más higiénico en el grupo que Pedro.

—Me parece difícil imaginar cómo alguien puede siquiera pensar con claridad estando constantemente bombardeado por esa fragancia artificial e inmunda. ¡Qué delirio se persigue en la empresa de oler a algo que definitivamente no se es!

El fauno estaba escandalizado, quizá porque era la primera vez que hablaba con tantos humanos al mismo tiempo. Este fauno, en particular, solía intercambiar sus servicios por vino o algo que le interesara, pero las pocas personas que aceptaba venían solas, por períodos de tiempo breves y hablaban poco, sobretodo porque el fauno tampoco quería escucharlas. Recién ahora, que debía interactuar, se enteraba de muchas cosas de la civilización y realmente estaba haciendo un esfuerzo por entender el objeto de todas aquellas costumbres complicadas.

—¿Entonces, además de estar desnudos y no afeitarnos, debemos oler a chivo?— preguntó Pedro, que al igual que el fauno pero desde el otro lado, tampoco podía salir de su asombro.
—Diría que olerán como humanos. De ahí en adelante, puede pasar cualquier cosa. —dijo el fauno, volviendo a su forma original y recuperando sus rasgos de cabra. —Así que se lavarán sus pudores en el río, evitarán cualquier cosmético que les haga olvidar su humanidad… Y lo más importante: ¡A desnudarse todo el mundo con alegría! 

Y los calzoncillos de los 4, cayeron por fin, liberando sus genitales al viento.

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