Cuatro empleados de la prestigiosa empresa Petrolera del Oeste esperaban, sentados en silencio, a ser recibidos en el despacho del Director General de la corporación a última hora del viernes. Aquella sala de espera solía recibir diversas y numerosas personalidades de negocios que hablaban de términos como head hunter, hiring bonus, stock options o golden parachute, pero a esa hora el ambiente se encontraba en silencio y apenas se escuchaba un teléfono de línea que sonaba desde otra oficina y que nadie atendió. Las corbatas ya se habían aflojado y lo cierto era que más de uno de estos empleados podría haberse beneficiado de una ducha, aunque teniendo en cuenta que era verano, podría haber sido peor. Un compartido sentimiento de ansiedad había nacido desde el momento en que habían recibido la citación por correo electróncio y el tiempo de espera en aquella sobria sala no hacía más que incrementar la incertidumbre. La presión no era para ser desetimada: la mega empresa de servicios a yacimientos petroleros en la que estos cuatro hombres trabajaban, empleaba a unas 126.000 personas de 140 nacionalidades, que trabajan en más de 85 países.
Gonzalo trabajaba como jefe y coordinador general de proyectos. Con una actitud avasalladora, siempre lograba imponerse en su equipo de trabajo y con el tiempo había logrado desplazar a cualquiera que cuestionara su liderazgo en aquella jefatura.
—¿Se sabe a qué hora nos van a recibir?— le preguntó al resto, mientras se agarraba la entrepierna sin pudor.
Gonzalo solía usar pantalones de vestir que le remarcaran el bulto y gustaba de las reacciones que esta exhibición fálica generaban, aunque fueran de desprecio. Un fantasma de macho alfa comandaba casi todas las conductas de su vida. En este caso, él suponía que la reunión trataba sobre un posible ascenso a Gerente de Ingeniería y Proyectos, puesto jerárquicamente intermedio entre el suyo y la dirección que lo había contratado. Aunque compartía la incertidumbre de los demás, esperaba sentado con las piernas abiertas y levemente reclinado sobre el respaldo de un sillón.
Pedro, que era Gerente de Administración, ya había tenido múltiples entrevistas con el Director General por estar laboralmente justo por debajo de él, aunque ninguna reunión había tenido tanta anticipación como esta. En general, Pedro era convocado por breves períodos de tiempo para que evacuara dudas concretas y luego era liberado. Esta entrevista se hacía esperar y además existía otro factor que le alimentaba una especial desconfianza: todos los demás empleados convocados se encontraban por debajo de él en la pirámide organizacional. De los cuatro, era el que mejor ganaba.
Iván, con tan solo veintiún años, dependía de la gerencia de Pedro, pero su lugar en la empresa era el de un simple empleado administrativo que apenas descollaba en la Unidad de Supervisión para la que él trabajaba. Mientras otros empleados de su edad dedicaban su tiempo a trabajar a reglamento, Iván era la mano derecha invisible de su jefe. Pero el jefe al que tanto había asistido no había sido convocado a la reunión, por lo cual Iván sospechaba que podrían ascenderlo a jefe de esa unidad, o simplemente iban a echarlo.
Finalmente, Alejandro era un asesor jurídico, encargado de los asuntos legales de la empresa. Alejandro había hecho un cambio radical para ingresar a Petrolera del Oeste, quizás el más radical entre aquellos cuatro empleados, pues había abandonado su carrera musical para dedicarse al derecho. Mantenía una apariencia fresca pero controlada, pues había aprendido a sofocar su creatividad para sublimarla en interesantes estrategias legales con las que él siempre dejaba bien parada a la empresa.
Los hombres esperaron al Director General hablando brevemente entre ellos de cualquier tema trivial durante veinte minutos , pero la ansiedad les hizo vivir aquel tiempo de manera mucho más lenta. Finalmente, la secretaria del Director General abrió la puerta del despacho. Ella resultaba encantadoramente prolija y formal, usando un ambo azul oscuro y una colita hacia atrás que recogía su cabello castaño claro.
—El Director los está esperando en la sala de juntas, si quieren seguirme…— los invitó la secretaria, con su cordial voz.
Los empleados fueron conducidos a la sala de juntas, donde el Director se hallaba sentado en la cabecera de una larga mesa y sus sillas. En la pared del fondo, justo detrás de él, había una pantalla retráctil desplegada y del techo colgaba un proyector, que estaba encendido pero que no emitía más que la imagen de un rectángulo en blanco. Los hombres se sentaron de manera de quedar dos de cada lado de la mesa: Alejandro y Gonzalo de un lado; Iván y Pedro del otro.
—Bienvenidos, ¿Cómo están?— saludó el Director General. El Director vestía un importante traje negro, que realzaba lo que de otra forma hubiera resultado un hombre común de sesenta y siete años.
—Bien— respondieron los cuatro, en diferentes tiempos y tonos de voz.
—Me alegro. Los cité aquí, a esta hora del viernes, porque ustedes cuatro han sido seleccionados para una misión especial para esta empresa— explicó el Director.—Ustedes saben que el trabajo en una petrolera frecuentemente requiere de viajes y de la acción de trabajo en el sitio mismo, como bien sabe el Gonzalo.
—Absolutamente, señor.— respondió Gonzalo, orgulloso por haber sido tratado por su nombre de pila, mientras se reclinaba en la silla abriendo las piernas.
—En este caso necesito ser sincero con ustedes y que ustedes también lo sean conmigo, porque esta es una de esas ocasiones confidenciales en donde previamente se requiere el primer paso de ustedes, para poder continuar revelando algo. —les advirtió el Director. —Si ustedes están dispuestos a seguir adelante a viajar y llevar a cabo esta misión de la que voy a contarles, bien por ustedes. Por ahora invito a retirarse a cualquiera que sienta que no puedan darlo todo por esta empresa.
—¿Por qué tanto misterio?— se aventuró Gonzalo.
—Porque no quiero que esto exceda de nosotros cinco.
Los cuatro hombres permanecieron con la boca cerrada, señal que el Director entendió como que aceptaban la misión, de la que no tenían idea alguna.
—Muy bien, entonces la misión comienza ahora.—dijo el Director, cortando el silencio. —Repito que este viaje es estrictamente confidencial y no pueden comunicarle nada a nadie, ni siquiera a sus seres queridos.
Los cuatro empleados asintieron silenciosamente, todavía embargados por el misterio. Ante la falta de objeciones, el Director consideró la señal como un asentimiento colectivo.
—Muy bien. Lo que nos convoca hoy es encontrar una forma revolucionaria que nos permita saber debajo de qué piedras se encuentran los escorpiones. Van a realizar una actividad, digamos, de capacitación.
Los cuatro empleados se sintieron parcialmente aliviados de su intriga.
—El caso es que viaje que ustedes deberán hacer no es como los que hacemos a los yacimientos, las reuniones de los "caza-cabezas" locales, regionales o globales. Ustedes, para variar, irán a un bosque a tener una reunión muy particular.— propuso el Director, con un gesto que comunicaba misterio.
—¿A qué bosque? —inquirió Gonzalo.
—Se trata del Pinar que se encuentra en Villa Robles, a 700 kilómetros de aquí.
Las caras de emoción se tornaron a desprecio. Villa Robles era una decadente ciudad turística que en diez años había perdido el 27% de sus habitantes, contando en aquel presente con apenas 23.257 personas. Era un destino quedado en el tiempo y pasado de moda, que jamás logró ponerse al día con las tendencias del turismo. Solamente era conocido por albergar una organización religiosa llamada “Templo del Pueblo”, a la que pertenecían algo más de novecientos habitantes.
Los empleados, que esperaban un importante viaje internacional, estaban visiblemente decepcionados.
—¿Qué hay en ese lugar? ¿Con quién debemos encontrarnos? —preguntó Alejandro, con tono despectivo.
—El tema no es quién, sino qué. —respondió el Director, pensativamente, antes de preguntarles.— ¿Ustedes piensan que con un fauno corresponde el trato de quién o el qué?
—¿Hablamos de un fauno como el de la mitología?— preguntó Gonzalo, confundido. Hubo quien revoleó los ojos considerando que aquella pregunta resultaba estúpida. Aún así, nadie podía precisar más sobre lo dicho por el Director.
—Efectivamente—-respondió el Director, para sorpresa de todos. —Aunque como veremos a continuación, lo de mitológico es discutible.
—¿Cómo es eso posible? — preguntó Pedro perplejo, sin poder acreditar lo que escuchaba.
—Es difícil hacerse la idea en un principio.—explicó el Director. —Sobretodo porque la idea que tenemos de la evolución humana es la que nos enseñaron en la escuela…
El Director tocó una tecla de su computadora para que el proyector mostrara por fin una imagen:
—Seguramente todos habrán visto esta imagen en alguna clase de biología en la escuela, allá cuando éramos pequeños. En realidad, la evolución humana es mucho más compleja que lo que aprendimos en aquel entonces, cuando niños. —destacó el Director. —Los científicos han estimado que las líneas evolutivas de los seres humanos y de los chimpancés se separaron hace 5 a 7 millones de años. A partir de esta separación, la estirpe humana continuó ramificándose, originando nuevas especies, todas supuestamente extintas actualmente a excepción del Homo sapiens. Por ejemplo, sabemos que en la fase final de la evolución de la especie humana está presidida por tres especies humanas inteligentes, que durante un largo periodo convivieron y compitieron por los mismos recursos.
—No puede ser… ¿Y los faunos son una de estas ramas? —preguntó Alejandro, aún incrédulo.
—Exacto. El homo hircus es uno de nuestros parientes.—respondió el Director General.
—¿Y en qué difiere un fauno a un ser humano genéticamente?
—Eso aún no se sabe—respondió el Director. —Resulta que la información que disponemos sobre los faunos data de algunas décadas atrás, cuando aún no había la tecnología actual como para hacer un mapa de su genoma. Por suerte, a nosotros solo nos interesa sus características visibles, que son las que recopilé. —explicó el Director.
El jefe nuevamente apretó un botón de computadora, para dar lugar a una imagen del fauno.
—Aparte de los relatos mitológicos de sátiros y faunos de la antigüedad, los homo hircus fueron detalladamente descritos por primera vez al sur de Rattenberg en Kitzbuhel Alps en el año de 1895, por un científico llamado Geruck. —enseñó el Director, haciendo un esfuerzo por recordar aquellos datos. —Los faunos tienen pelo en todo su cuerpo y dos cuernos al final de la cabeza. Las orejas son largas y puntiagudas, los colmillos son largos y les crece una barba larga en la barbilla y sus piernas son las de un chivo. Poseen una velocidad y agilidad sobrehumana, al igual que las cabras y pueden saltar más alto y a mayor distancia que la común para un humano. Sin embargo, no son más fuertes ni resistentes que nosotros.
—¿Cómo es posible que sea mitad cabra?— inquirió Iván, hablando por fin.
—No lo sé— dijo el Director. —La fuente que les mencioné los trata como un caso de quimerismo exitoso, es decir, una quimera que logró reproducirse y esa es la forma elegante de decir que en algún momento de la historia de la evolución, a algún antepasado nuestro se le ocurrió que era buena idea acostarse con una cabra.
Las expresiones de los empleados oscilaban entre el asombro y la repulsión.
—No comprendo cómo es que nadie nunca capturó o fotografió uno desde 1895— observó Gonzalo.
—Yo creo que eso se debe a tres causas. La primera, es que el fauno tiene habilidades de oráculo. En este sentido, sus profecías suelen mantenerlos prevenidos y alejados de muchos problemas. En segundo lugar, los faunos no luchan y prefieren huir antes que tener que pelear. Y en tercer lugar, si todo falla, los faunos pueden retraer sus características y posar como seres humanos ordinarios.
—Ya veo que nada de eso les funcionó a los faunos del ejemplo— bromeó Pedro.
—El informe dice que los tres faunos del historial fueron capturados en un grave estado de ebriedad. Que los faunos tengan capacidades proféticas o rústicas (haciendo fértiles los campos), no quiere decir que sepan todo, todo el tiempo. Los faunos también gustan de emborracharse, como lo describen los relatos de los sátiros y en ese estado pierden su precisión. Y a estos tres les costó la vida.
—¿Por qué?
—Una vez que el científico Geruck estuvo satisfecho con los datos que los faunos le dieron como hacer el estudio, decidió intentar conocer más a fondo los mecanismos por los que el fauno lograba sus visiones o cómo lograba cambiar su aspecto, por enumerar algunas de sus preguntas. Estos experimentos le costaron a los faunos la amputación de diversas partes de su cuerpo y en última instancia, su vida.
—¿Y qué descubrió?— preguntó Gonzalo, que al contrario del horror que sentía los demás, se encontraba interesado en conocer los detalles más morbosos.
—No mucho. No hay nada especial en los faunos, a excepción de la glándula Geruck.—respondió el Director.
—¿Qué es eso?— inquirió Alejandro.
—La glándula Geruck es una glándula que se encuentra justo debajo del hipotálamo en el cerebro de un fauno. —explicó el Director con pericia. —El único propósito de la glándula es la de regular la liberación de feromonas de las glándulas sudoríparas de los faunos. Parece ser que el 75% de los faunos son macho y esta característica de especie los forzó a ser muy competitivos a la hora de aparearse. Los faunos pueden estimular la glándula para producir más cromosferas que de costumbre si están en manada, junto a hombres o cabras macho. Si logra estimular su glándula, puede producir suficientes feromonas para poder seducir, cautivar y enamorar y si el efecto es muy fuerte puede incluso generar falsos recuerdos con tan solo hablar o tocar ligeramente a la persona. Igualmente, no necesariamente se necesita de la ayuda masculina para que la glándula funcione, pero si aumenta el efecto sobre la persona.
—¿Cuál sería nuestra misión?— interrumpió Gonzalo.
—Deberán aprender lo más que puedan sobre los secretos del fauno, en particular acerca de su habilidad oracular. No me importan los detalles de si es cabra, mitad humano o qué, solamente quiero que vuelvan a este establecimiento con la habilidad de saber de antemano cualquier cosa que beneficie a esta empresa. Quiero que puedan anticiparse a las estrategias de la competencia, que prevean las fluctuaciones del mercado y que la palabra riesgo sea reemplazada por certeza.
—¿Y por qué no va usted?— se atrevió a preguntar Iván, sin pensar. Al terminal de formular la pregunta, sintió haberse propasado, pero ya lo había dicho.
—Lo intenté hace diez años. Pasé 3 días buscando al fauno y cuando lo encontré, antes que yo pudiera decir algo, me dijo que yo era un cerdo viejo y miserable y luego se fue saltando.
—¿Y usted qué hizo?— volvió a preguntar el joven.
—Tuve que volverme a la ciudad. Admito que estaba tan enojado que tenía ganas de comprar, cercar y prender fuego a todo aquel bosque y a aquel atrevido animal. Podría haberlo hecho lo último, pero desistí porque en el camino porque me di cuenta que lo que él había dicho, muy a mi pesar, era cierto. Confieso que para mí, toda esta cuestión del fauno no habla más que del desperdicio de una habilidad malgastada por un ser que dedica su vida a corretear ociosamente por el bosque. Dios le da pan al que no tiene dientes, dicen. Y es tal cual, porque ese fauno sabrá mucho, pero al final del día solo es dueño de su propio cuerpo y sus moscas. Diría que luego de que él les enseñe lo que les tiene que enseñar, toda esta cuestión será insignificante para mí.
—¿Y qué le garantiza que nos lo enseñará a nosotros? —preguntó Gonzalo.
—Como les dije, resistí al impulso de incendiar aquel bosque… —dijo el jefe de manera ligeramente maliciosa. —Pero aún así compré todo el terreno porque vi una oportunidad. Los precios de los terrenos en Villa Robles son una ganga, aunque sea un lugar depresivo. Si ustedes no regresan aquí con alguna habilidad que valga la pena, me temo que deberé beneficiarme de la venta de toda aquella madera, con la decepción de que el fauno no pudo adivinar su suerte. La decepción sería, justamente, haber malgastado tanto tiempo en investigaciones. ¡Pero seamos optimistas y confiemos en el mejor resultado para todos!
—Señor, yo no tengo equipo de campamento para ir al bosque. —objetó Iván.
—Las provisiones, la ropa y todo lo que necesitan ya fueron compradas por la empresa y están empacadas en la camioneta que nos llevará al bosque hoy mismo.
—¿¡Salimos hoy!? —preguntaron sorprendidos Los cuatro hombres a la vez.
—Si, no tenemos tiempo que perder.
—Pero mi madre…—dijo Iván.
—¿Qué le digo a mi novia? —preguntó Gonzalo al unísono de Iván.
Pedro miró a Alejandro, que igualmente confundido con los apresurados tiempos del Director.
—Señores, establezcamos prioridades. —dijo el Director, intentando calmar la exaltación de los ánimos.— Mientras hablábamos, una gran suma de dinero ha sido depositada en sus cuentas y existe otra más que les espera a su regreso. Creo que el número del que hablamos supera ampliamente cualquier molestia que sus familiares o ustedes puedan tener.
El director extendió hacia los empleados unos papeles en donde estaba escrito un número. Ciertamente, ese número resultaba sumamente generoso, tanto como tres años y medio de sueldo. ¡Y aún los esperaba otra cantidad a su vuelta! Lo cierto es que el estímulo económico fue suficiente para todos, ya que en realidad nadie tenía realmente un motivo importante para rechazar la oferta. Y es que aunque los empleados no lo sabían, el Director había elegido a los empleados estratégicamente en base a su historia de vida plasmada en los expedientes de Recursos Humanos y la importancia del requisito de la disponibilidad era ahora evidente: hombres solteros y sin hijos.
El Director General dio lugar a un receso para que los empleados pudieran poner en aviso a sus amigos y familiares acerca de un particular y urgente viaje de negocios que el Director les obligó a comunicar. Se convino que todos los aspectos de la búsqueda del fauno eran confidencial de la empresa y se les ordenó no dar detalles del asunto. El Director ofreció enviar cartas de respaldo ante la posible existencia de cualquier familiar demasiado curioso o resistente. Tal cosa no fue necesaria, quizá porque la suma de dinero recibida había tranquilizado a todo el mundo.
Finalmente, a los cuatro empleados fueron enviados al vestuario de la empresa con una caja de cartón para que guardaran su ropa de trabajo, sus efectos personales, y todo aquello con los que habían acudido a la oficina como en cualquier día normal.
—¿Qué pensás acerca de todo esto del fauno?— le preguntó Alejandro a Pedro mientras se desabotonaba la camisa.
—Francamente todo esto me parece un delirio. Pero por esa suma que depositó, espero que esa locura le dure toda la vida— respondió Pedro.
—¡Es como ir de campamento y que nos paguen!— se alegró Iván, que doblaba la camisa y la colocaba en su caja.
—El tema es que el Director espera que volvamos con algo— observó Pedro.
—Yo no pienso hacerme responsable si el dichoso fauno no aparece— dijo Gonzalo, agregándose a la charla.
—A mi me sorprendió la paranoia de tener que dejar los celulares— agregó Alejandro.
El Director les había solicitado que dejaran cámaras de fotos, celulares y demás aparatos tecnológicos, aclarándoles que el bosque no disponía de red eléctrica. Se les proveyó, en su lugar, ropa cómoda y nueva.
—¿Y la paranoia de no poder ni siquiera pasar por nuestras casas para buscar nuestra propia ropa? ¿O de ni hablar con la gente del pueblucho ese?— bromeó Pedro, mientras examinaba la indumentaria provista por la empresa.
—Imagínense que todo fuera cierto— dijo Iván, con un tono misterioso.
Nadie respondió.
Mientras se cambiaban, los empleados seguían hablando entre ellos acerca de lo extraño de toda la situación. Los sentimientos de todos eran diversos. Alejandro sentía esta experiencia como una señal que por fin alteraba lo monótono de su vida. Iván, el más joven de los cuatro, se sentía nervioso tan solo por haber sido elegido. Gonzalo, en cambio, se sentía orgulloso, imaginándose el momento en que decidieron que él sería el indicado para la tarea. Pedro, por otra parte, intentaba atar todos los cabos sueltos de la información provista por el Director: que un fauno existiera le hacía preguntarse qué otras cosas habrían allá afuera.
Los cuatro empleados fueron conducidos a una sala de reunión y allí permanecieron hasta que todos los empleados de la empresa regresaron a sus casas. Ya era casi de noche cuando el establecimiento se vació y una camioneta se estacionó en la puerta de la empresa. Los empleados, junto al gran jefe, se subieron a ella y partieron hacia el bosque de Villa Robles.
La presencia del Director General creaba, dentro de la camioneta, un incómodo silencio. Los empleados se turnaban para hacer algún señalamiento sin importancia, tan solo como para descontracturar el tenso clima.
—Qué suerte que a esta altura del verano los días duren más, ¿no? —intervino Alejandro, sin mucho éxito.
—Estas remeras que nos dio, realmente son de muy buena calidad. —le señaló Pedro al Director general, que tampoco estaba con ganas de conversar.
—Y yo que pensaba que hoy iba a ser un día de oficina como cualquier otro.—bromeó Gonzalo, para romper nuevamente con otra pausa silenciosa.
El único que permanecía en silencio era Iván, que estaba distraído pensando en porqué los viajes en auto le provocaban erecciones. Él había experimentado muchísimas veces este fenómeno y con aquellos pantalones de acetato nuevos, esconder todo aquello era difícil. En cierto momento los demás se dieron por vencidos y bajo el cansancio producto de la noche que le seguía a todo un día de trabajo, los cuatro hombres se durmieron.
A la madrugada siguiente, el camión se detuvo al costado de la ruta, justo en la entrada de a un sendero por donde la camioneta ya no podía circular. Si bien una persona podía transitarlo con facilidad esquivando los pozos y piedras del camino, para ese vehículo era imposible. El jefe se preparó para darle a sus empleados unas últimas recomendaciones.
—Entrarán al bosque por la ruta, no quiero que la gente de Villa Robles los vea— les dijo nuevamente el Director.
—¿Hay alguna recomendación más?— preguntó Gonzalo.
—Si. Cualquier cosa, cualquier cosa que el fauno diga, obedezcan. Si le echan, aún por un instante un ojo desafiante, lo notará. Y si le faltan al respeto, se irá corriendo tan rápido como puede hacerlo una cabra, y aunque lograran atraparlo, él siempre dispone de sus cuernos.
—¿Cuándo lo veremos a usted de nuevo? —preguntó Gonzalo.
—No sé. Cuando él les diga que terminaron.—respondió el gran jefe.
—¿Cuándo cree que eso será?— preguntó Iván.
—Eso, queridos míos, depende totalmente de ustedes. Recuerden toda la información que les di. Y les advierto, nada de sarcasmo y nada de contestarle. Por lo menos hasta que él confíe. Tienen que dejar que se encariñe con ustedes. Odia nuestra cultura y nuestras reglas, y apenas si estima a la civilización moderna. Por eso, en su caso, puede que tome más tiempo. Adiós.
Y los cuatro hombres se bajaron de la camioneta, para así emprender su viaje al bosque situado frente a ellos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario