lunes, 22 de junio de 2026

Tickle Challenge mundialista: La venganza de Karim

 Era viernes 20 de junio por la tarde cuando Karim apareció en la casa de Martín sin previo aviso.

Golpeó la puerta con una energía inusual.

—Abrí. Es urgente.

Martín abrió y lo encontró sosteniendo el celular.

—¿Qué pasó? ¿Ganó Argelia retroactivamente?

—Poné las noticias.

—Eso jamás es una buena señal.

—En serio. Ponelas.

Intrigado, Martín encendió el televisor. En varios portales deportivos aparecía la misma noticia: la federación argelina había presentado una protesta formal ante la FIFA por decisiones arbitrales ocurridas durante el partido contra Argentina.

Karim señaló la pantalla.

—¿Ves? ¿Ves?

—Sí. Estoy viendo.

—Esto puede cambiar todo.

Martín tomó unos segundos para leer la nota completa.

—No.

—¿Cómo sabés?

—Porque una protesta formal y la anulación de un resultado son cosas completamente distintas.

Karim cruzó los brazos.

—Explicate.

Martín adoptó su tono de profesor.

—Mirá. Para que la FIFA modifique el resultado de un partido terminado tiene que haber ocurrido algo extraordinario.

—¿Como qué?

—Por ejemplo, un error administrativo gravísimo, un jugador indebidamente habilitado, cuestiones disciplinarias muy serias o alguna infracción reglamentaria demostrable que afecte la validez del encuentro.

—Bueno...

—Las decisiones arbitrales de interpretación normalmente no se revierten después.

—Pero hubo polémicas.

—Y aun así los resultados suelen mantenerse. Si cada federación pudiera reabrir partidos porque no le gustó el arbitraje, los mundiales terminarían dos años después.

Karim suspiró.

—Odio cuando hablás con lógica.

—Es una de mis peores cualidades.

Los dos siguieron leyendo. La noticia mencionaba pedidos de revisión, declaraciones de dirigentes y análisis televisivos. Karim se aferraba a cualquier frase optimista.

—Mirá esta parte.

—No dice nada.

—Pero parece prometedora.

—Porque querés que parezca prometedora.

—Bueno, sí.

Martín terminó de leer la nota y dejó el control remoto sobre la mesa.

—Te voy a decir lo que realmente pasa.

—A ver.

—No estás enojado por el arbitraje.

—No.

—Sí.

Martín sonrió.

—Te molesta haber perdido tres a cero Y sobre todo te molesta que después tuvieras que cumplir la apuesta.

Karim se quedó callado unos segundos.

—Escuchame. Si Argelia hubiera perdido tres a cero y no existiera la apuesta, hoy estarías fastidiado, pero no habrías venido hasta mi casa un viernes por la tarde para mostrarme una noticia.

Karim abrió la boca para responder, pero encontró nada que decir.

Martín continuó.

—En cambio, perdiste tres a cero... y después te convertiste en el contenido más visto del streaming cuando te hice cosquillas por 10 minutos.

—No exageres.

—El clip tiene miles de reproducciones y ahora cada vez que alguien menciona Argentina-Argelia... recordás el partido.

—No.

—Y la apuesta y el streaming.

—No.

—El cronómetro y las carcajadas.

—Martín.

—Y—

—¡MARTÍN!

Los dos terminaron riéndose. Karim se dejó caer en el sillón.

—Está bien —confesó Karim —Quizás me molesta más la apuesta que el arbitraje.

Martín levantó los brazos victorioso.

—¡Confesión obtenida!

—Igual sigo pensando que hubo fallos dudosos y voy a seguir quejándome. —aceptó Karim —Pero la próxima vez apostamos algo distinto.

Martín lo miró con una sonrisa.

—Perfecto.

—Entonces para el próximo partido...

Karim lo señaló inmediatamente.

—No quiero saberla.

—Te va a encantar.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Martín seguía sonriendo después de haber desmontado todas las esperanzas jurídicas de Karim.

—Bueno —dijo mientras se servía un café—, ya que el reclamo no va a prosperar, tengo una propuesta.

Karim levantó una ceja.

—Nueva apuesta: Argentina contra Austria. —comenzó Martín.

—No.

—Argentina gana, vos...

—No.

—Argentina pierde o empata, yo...

—No.

—¿Ni siquiera curiosidad?

—Ninguna.

Martín se acomodó en el sillón.

—Mirá que todavía tenés oportunidades de recuperar prestigio.

—Eso ya se perdió.

—No seas dramático.

—Me convertiste en un meme.

Martín señaló la pantalla de la televisión, donde todavía aparecían análisis del grupo.

—Además, Argelia todavía tiene partidos, puede ganarle a Jordania. —intentó animarlo —Y puede hacer un buen partido contra Austria.

—Puede.

—Entonces todavía hay margen para una revancha.

Karim no parecía convencido.

—No sé.

—¿Qué no sabés?

—El tema es que ya perdí mi mejor oportunidad de ganarte una apuesta.

Martín se quedó callado.

—¿En serio?

—Sí.

—Pensé que estabas preocupado por el honor futbolístico de Argelia.

—También.

—¿También?

—Bueno...

Martín comenzó a sonreír lentamente.

—Karim... Viniste hasta mi casa, un viernes a la tarde, con una noticia sobre la FIFA, esperando que mágicamente anularan el resultado... ¿Para qué?

Karim se hundió en el sillón.

—Para ver si podía rapiñar una venganza.

Martín soltó una carcajada.

—¡Lo sabía!

—No te rías —se atajó Karim. —Era una estrategia legítima.

—¡Querías ganar en los escritorios lo que no ganaste en la cancha!

—Eso suena peor cuando lo decís así. —le respondió, tapándose la cara—. Pensé que quizás existía una remota posibilidad.

—¿Y cuál era el plan? ¿La FIFA anulaba el partido y automáticamente aparecía una revancha?

—Algo así.

Karim permaneció callado y Martín lo señaló acusadoramente.

—¡Ahí está!

—¿Qué?

—No te importa el Mundial ni el arbitraje, lo único que querías era una excusa para cobrártela.

Karim terminó riéndose.

—Tal vez.

—¡Tal vez dice!

—Bueno, sí.

—Increíble.

—Siento que necesito empatar la serie.

Martín se acomodó como un comentarista deportivo.

—Atención, última hora. Se confirma que el reclamo ante FIFA era en realidad una misión personal de venganza.

Y los dos volvieron a estallar en carcajadas. Las risas se fueron apagando poco a poco. Karim terminó su café y se quedó mirando el televisor sin prestar demasiada atención a lo que decían los periodistas.

Martín, en cambio, seguía disfrutando visiblemente de la situación.

—Todavía no puedo creer que hayas venido a presentar un reclamo ante la FIFA versión casera.

—No era un reclamo, era una consulta jurídica.

—Con fines vengativos.

Hubo un silencio.

Karim se quedó pensando. Entonces giró lentamente hacia Martín.

—Decime, la apuesta.

—¿Cuál?

—La que me ibas a proponer antes.

Martín sonrió inmediatamente.

—¿La que rechazaste?

—Sí.

—¿La que dijiste que no querías escuchar?

—Sí.

Martín se cruzó de brazos.

—Qué curioso cambio de actitud.

Karim suspiró.

—Mirá, ya que no obtuve absolutamente nada con la noticia... Y ya que mi brillante estrategia legal fracasó... Tal vez pueda rescatar algo de esta visita.

Martín empezó a reírse. Luego se levantó y comenzó a caminar por el living con teatralidad.

—Bueno. Mi propuesta original era simple.

Karim se incorporó.

—Argentina contra Austria. —explicó —Si Argentina gana, vos tenés que admitir públicamente en el streaming que sobreestimaste las posibilidades de Argelia.

—Eso es bastante razonable.

—Todavía no terminé —. contionuó —Y durante una semana tu foto de perfil tiene que ser una bandera argentina.

—¡¿Qué?! Ni loco.

—Siete días.

—Absolutamente no —Karim negó con la cabeza mientras Martín se reía. —¿Y si gana Austria?

—Ahí viene la parte interesante. Si gana Austria, yo hago exactamente lo mismo pero con la bandera argelina.

Karim se quedó pensando.

—Mmm...

—¿Ves?

—No es tan mala, aunque sigue sin compensar el tres a cero.

—Nada va a compensar el tres a cero.

—Ese es el problema.

Volvió el silencio. Entonces Karim sonrió con una expresión sospechosa.

—¿Y si le agregamos algo?

Martín lo miró inmediatamente.

—Ahí está, el verdadero motivo de esta conversación.

—Estoy negociando, explorando posibilidades.

Martín volvió a sentarse.

—Decime qué tenías en mente.

Karim apoyó los codos sobre las rodillas.

—No lo sé todavía.

—Mentira.

—Bueno, tal vez una idea pequeña. Supongamos que Austria gana... Bueno...

Martín levantó una mano.

—Antes de que sigas: si tu idea empieza con "cosquillas" o termina con "venganza", la respuesta es no.

Karim se quedó congelado.

—Qué injusticia, ni siquiera me dejaste terminar.

—Porque te conozco. Definitivamente no aprendiste nada.

—Al contrario.

—¿Qué aprendiste?

Karim sonrió.

—Que nunca hay que dejar pasar una oportunidad de negociar.

—Eso explica muchas cosas.

Y mientras ambos seguían discutiendo condiciones hipotéticas para partidos que todavía no se habían jugado, los dos sabían que, tarde o temprano, terminarían haciendo otra apuesta. Porque el Mundial seguía y ninguno de los dos parecía capaz de resistirse a ello.

Martín, sin embargo, en el fondo estaba convencido de que Karim necesitaba una pequeña ilusión para sobrellevar la semana. Después de todo, Argelia había perdido 3-0, el reclamo ante la FIFA no iba a ninguna parte y el streaming seguía circulando por internet.

—Está bien —. dijo Martín. Esta es mi propuesta: arriba hay un metegol; el primero en llegar a cinco goles gana. Misma recompensa que la apuesta anterior. Mismo tiempo y contidiciones: 10 minutos de cosquillas.

 Karim aceptó inmediatamente y eso debería haber sido una advertencia. Subieron a la terraza donde descansaba el viejo metegol, Martín se sentía peligrosamente confiado.

El partido empezó con Martín atacando. Tomó la pelota en el mediocampo, enlazó dos pases limpios y sacó un remate rápido desde la línea de delanteros: Gol.

1-0.

—Bueno —dijo—. Esto va según lo previsto.

Karim no respondió, simplemente acomodó las barras. En el saque siguiente avanzó despacio, sin arriesgar. La pelota pasó de defensa a mediocampo, rebotó en un muñeco rival y quedó servida para un disparo improvisado.

Gol: 1-1.

Martín sonrió, un gol afortunado. Nada más, o eso creyó. Los minutos siguientes fueron caóticos. La pelota golpeaba paredes, piernas de plástico y travesaños con una lógica imposible de descifrar. En una jugada especialmente absurda, Martín tuvo tres oportunidades consecutivas frente al arco y falló las tres.

La última terminó rebotando hacia atrás, donde Karim la interceptó y recorrió toda la cancha con una secuencia sorprendentemente prolija. Gol. 2-1 para Karim.

Martín empezó a ponerse serio, eso era una buena señal.

Cuando Martín se ponía serio, normalmente mejoraba. Y efectivamente mejoró, porque aprovechó un error de Karim en la salida y empató con un remate violentísimo que hizo vibrar toda la mesa.

2-2.

—Ahora sí estamos jugando —comentó.

Pero Karim estaba entrando en ritmo, cada vez movía menos las barras. Cada vez parecía leer mejor los rebotes. Dos minutos después interceptó un pase y marcó otro. 3-2.

Martín respondió inmediatamente. 3-3.

La terraza comenzaba a parecer una final mundialista. Los dos se inclinaban sobre la mesa. Seguían intercambiando burlas, pero cada vez más breves. Habían entrado en esa fase de concentración donde el orgullo reemplaza a las palabras. Entonces llegó la mejor jugada del partido. Karim recuperó en defensa, hizo un pase preciso al mediocampo, de ahí otro pase y la pelotita atravesó toda la cancha sin tocar un solo jugador rival.

Finalmente remató desde la delantera. Gol. 4-3 para Karim.

—Eso sí fue fútbol —declaró.

Martín no respondió, estaba demasiado ocupado intentando empatar. Y lo logró: tras una larga serie de rebotes logró encontrar un hueco imposible entre dos defensores. 4-4. Gol de oro.

El siguiente tanto decidiría todo. Durante varios segundos ninguno logró generar una ocasión clara. La tensión era ridículamente alta para tratarse de un metegol. Martín tuvo la primera gran oportunidad. Controló la pelota con la línea de delanteros. El arco estaba prácticamente abierto. Disparó, pero dio en el palo y la pelota salió despedida hacia el mediocampo. Karim la capturó, avanzó, perdió la posesión, la recuperó, la volvió a perder. El partido parecía negarse a terminar. 

Entonces ocurrió: Martín intentó un pase lateral y uno de sus muñecos golpeó mal la pelota. El pase quedó corto, Karim interceptó y la pelota quedó perfectamente ubicada para el delantero central. Por primera vez en toda la tarde, tuvo un remate limpio. No dudó, disparó y fue gol. 5-4 para Karim.



Karim tardó un segundo en procesarlo. Después levantó ambos brazos.

—¡Sí!

Martín se quedó inmóvil observando el marcador.

—No puede ser.

—Pero fue.

Karim rodeó la mesa como si acabara de ganar la Copa del Mundo.

—¡Argelia vuelve a la competencia! —gritó eufórico —La historia recordará el resultado.

—Fue un metegol y nadie va a recordar esto.

—Yo sí.

Martín se apoyó en la pared y empezó a reírse, porque en el fondo sabía que la derrota era justa. Karim había jugado mejor y, sobre todo, necesitaba esa victoria mucho más que él.

—Bueno —admitió finalmente—. Ganaste limpiamente.

—Muy limpiamente.

Karim sonrió, por primera vez desde el partido entre Argentina y Argelia parecía verdaderamente satisfecho. No había revertido el resultado del Mundial, pero había obtenido algo: una discreta revancha. Pequeña, absurda y completamente desproporcionada, pero exactamente el tipo de revancha que esos dos amigos llevaban años persiguiendo.

De a poco, la euforia de Karim fue bajando. Karim seguía sonriendo mientras Martín seguía intentando encontrar alguna irregularidad reglamentaria.

—Ese último rebote fue raro.

—Fue perfecto, claramente te ganó el talento.

—No uses palabras que no entiendas.

Llegaron al living y Martín se dejó caer en el sillón.

—Bueno, lindo partido

—Muy lindo.

—Muy entretenido.

—Muchísimo.

—Qué calor hace, me agité mucho. ¿Querés otro café?

Karim lo observó.

—Martín.

—¿Sí?

—¿Qué estás haciendo?

—Conversando.

—Te estás haciendo "el boludo", como dicen acá.

Martín puso cara de absoluta inocencia.

—No sé de qué hablás.

Karim señaló el metegol invisible que parecía flotar entre ambos.

—Perdiste.

Martín empezó a revisar distraídamente el celular.

—Mirá qué interesante esta noticia. ¿Sabías que hay un campeonato europeo de metegol? Nunca lo había visto.

—Martín.

—Incluso tienen—

—MARTÍN.

—¿Qué?

Karim ya se estaba riendo.

—¿De verdad vas a intentar escapar por agotamiento burocrático?

—Estoy evaluando opciones.

Martín se quedó mirando la mesa de metegol como si le hubieran robado el Mundial del 86. El argelino, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara, levantó los brazos como si acabara de clasificar Argelia a una final.

—Dale, Martín… un trato es un trato —dijo Karim, ya arremangándose con malicia.

—Che, pero fue por un pelito… —protestó Martín, retrocediendo lentamente hacia el sillón como si estuviera negociando con un sicario.

—Diez minutos, boludo. Diez minutos enteros. Yo me esforcé como un camello en el desierto para ganarte, ahora vas a pagar.

—Bueno, dale, vení y cobrate —lo desafió Martín, inflando el pecho.

—Sin remera y con las manos en la nuca —le ordenó Karim. —Vamos, quiero ver esas axilas bien expuestas y disponibles.

Martín obedeció con resignación, pero con la dignidad de un hincha de la Selección que acaba de perder en penales. Karim no perdió tiempo: se acercó con entusiasmo vengativo.

Y empezó la sesión. Karim tenía dedos rápidos y precisos, como si hubiera entrenado toda su vida para este momento. Atacó primero las costillas, después las axilas, y cuando Martín ya se retorcía como un gusano en una parrilla, bajó a los costados de la panza.

—¡Pará, pará, nooo! ¡Hijo de puta, eso es trampa! —gritaba Martín entre carcajadas que le salían del alma.

—¿Trampa? ¡Esto es justicia poética! —respondía Karim riendo mientras le hacía la "tortura del helicóptero" con los diez dedos—. ¡Decime "Argelia es la mejor selección de África"!

—¡Nunca, la concha de tu hermana! ¡Jajajajaja!

Martín pataleaba, se arqueaba, intentaba agarrarle las manos, pero Karim era implacable. Cada vez que Martín creía que iba a poder respirar, el argelino cambiaba de zona: costillas, cuello, abdomen… Todo valía.

A los cuatro minutos Martín ya estaba rojo, con lágrimas en los ojos y la voz ronca de tanto reír.

—Ahora entiendo por lo que pasaste cuando te gané…

—Shhh, callate y sufri —dijo Karim, imitando el acento argentino—. Faltan seis minutos, crack.

Al llegar al minuto siete, Karim notó que Martín ya no pataleaba con la misma energía. Una sonrisa maliciosa se le dibujó en la cara cuando descubrió el punto débil definitivo. Sin piedad, subió las manos directo a las axilas del argentino y empezó a mover los dedos con una precisión quirúrgica.

Martín se tensó como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Apretó los dientes con fuerza, tratando de aguantar por puro orgullo de hincha de la Selección. No pensaba darle el gusto de rogar. Solo soltaba risitas entrecortadas, con la cara roja y los ojos apretados.

—Mirá vos… —se burló Karim sin dejar de atacar—. Resulta que el gran Martín, el que se cree Maradona en el metegol, se derrite en las axilas. ¡No puede ser que tengas tan poco aguante, hermano!

Martín intentaba mantener las manos en su nuca, pero Karim era más fuerte y rápido. Los dedos del argelino bailaban sin descanso, haciendo círculos y zigzags que volvían loco al pobre perdedor.


—Pará… hijo de… —logró decir Martín entre dientes, conteniendo una carcajada que amenazaba con explotar.

Karim soltó una risa victoriosa y siguió profundizando el ataque.

—Y encima… ¿qué es ese olor? ¿No usaste desodorante hoy o qué? ¡Parece que estás sudando como si estuvieras en el desierto de Argelia en pleno verano! —dijo entre risas, sin detener el tormento ni un segundo—. Dale, decime “Karim es el rey del metegol” y te doy un descansito… o seguí aguantando como un macho, a ver cuánto durás.

—¡Jajajaja! ¡basta, basta!

Martín solo negó con la cabeza, demasiado orgulloso para rendirse, aunque las lágrimas ya le corrían por las mejillas y su cuerpo se sacudía sin control ante las implacables manos de Karim. El orgullo argentino estaba resistiendo… pero por poco.

Karim decidió subir la crueldad un escalón más. Cambió de técnica: usó las uñas con suavidad pero sin parar, mientras con una mano le inmovilizaba un brazo hacia arriba para tener mejor acceso.

—¡Mirá cómo tiembla el crack! —se burlaba imitando un relato de fútbol—. ¡Está aguantando como puede, pero las axilas son su criptonita! ¿Cuánto más vas a resistir, campeón? ¿Vas a llorar? ¿Vas a pedirme piedad? ¡Decilo! Decí “Karim me ganó limpiamente y soy su esclavo de cosquillas”… ¡o seguí sufriendo otros tres minutos más!

Cuando por fin sonó el cronómetro de Karim, Martín quedó tirado en el sillón como si hubiera jugado dos tiempos suplementarios bajo la lluvia.

—Nunca más… un challenge… en mi vida… —jadeó, todavía con alguna risa traicionera escapando.

Karim se levantó triunfante, le dio una palmadita en la pierna y sentenció:

—Bienvenido al club de los perdedores, hermano. La revancha la jugamos cuando quieras… pero sabé que mis dedos ya tienen experiencia.

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