miércoles, 7 de enero de 2026

¿Pileta, piscina o alberca? No importa

Nos encantan las cosquillas en la playa, en el mar

Todo empezó como empiezan las mejores estupideces: con calor, una pileta y cuatro amigos sin nada mejor que hacer.

Estábamos flotando, medio derretidos, cuando a Fede se le ocurrió salpicar a Martín desde atrás. Nada grave. Martín respondió con una patada de agua exagerada. Risas. El clásico ida y vuelta acuático. Hasta que alguien —nadie admite quién— metió los dedos donde no debía: justo en las costillas, abajo del agua.

El grito fue instantáneo.

—¡No, no, no! ¡Eso no vale! —chilló Martín, doblándose como si lo hubieran desenchufado.

Ahí se desató el caos.

En la pileta, las cosquillas son otra cosa. El agua te quita fuerza, te hace lento, y encima nadie ve bien qué está pasando. Pablo intentó huir nadando de espaldas, pero quedó atrapado contra el borde. Dos manos traicioneras aparecieron desde abajo y lo hicieron reír como nunca. Trató de agarrarse de la escalera… error fatal.

—¡Código rojo! ¡Código rojo! —gritaba entre carcajadas.

Yo intenté mantenerme al margen, como observador neutral, hasta que sentí un ataque sincronizado desde ambos lados. Perdí toda dignidad en tres segundos. El equilibrio, la compostura y cualquier intento de defensa se fueron directo al fondo de la pileta.

Al final, agotados, terminamos flotando boca arriba, riéndonos sin aire, prometiendo que nunca más íbamos a mezclar pileta con cosquillas.

Mentira.

Diez minutos después, alguien volvió a meter los dedos bajo el agua.





¿Por qué siempre terminamos a las cosquillas en la piscina?

Nadie va a la pileta pensando en cosquillas. Sin embargo, ocurren. Siempre. Y no por una sola razón, sino por una combinación de factores completamente ridículos:

  1. El agua anula la seriedad. En la piscina no hay autoridad, ni postura, ni dignidad. Todo flota, incluso el respeto propio.

  2. La lentitud acuática. Correr bajo el agua es imposible. Defenderse también. El cerebro cree que tiene tiempo de escapar; el cuerpo demuestra lo contrario.

  3. Las manos aparecen de la nada. El agua oculta intenciones. Una mano que parecía inocente, de pronto está en una costilla.

  4. La risa contagia más con cloro. Alguien se ríe, otro se suma, y en segundos hay un ataque coordinado que nadie planeó.

  5. El calor baja las defensas morales. Con 35 grados, cualquier decisión parece una buena idea. Incluida esta.

  6. Porque sí. No todo necesita explicación científica. Algunas cosas pasan porque hay amigos, una pileta y demasiado tiempo libre.

En resumen: la piscina no genera cosquillas.
Solo crea el ambiente perfecto para que sucedan.

1 comentario:

  1. Pfff, me ha encantado leer esta historia porque siendo yo hetero, también soy irresistible de en una piscina, de no fijarme en los sobacos/axilas peludas de mis colegas y atacarlas en cuanto tengo una mínima oportunidad. Me encanta tocar esos pelos y sentir como pierden todas sus fuerzas de macho!

    Luego cuando se vengan de mí y exponen mis sobacos y mi pecho peludo también me da mucho morbo, me encanta ser destruido por ellos jejej

    Te escribí el otro día un mensaje por el formulario con mi nuevo correo amigo, espero que te acuerdes de mí! Un abrazo fuerte desde españa y gracias por excitarme como siempre con tus historias! eres el mejor macho de las cosquillas ;)

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