El timbre lo sobresaltó.
Se incorporó de golpe, desorientado. Miró el reloj del microondas: casi las diez. No esperaba a nadie. Pensó en ignorarlo, pero el timbre volvió a sonar, insistente, con esa urgencia mecánica que no tiene paciencia por el duelo ajeno.
—Ya voy… —murmuró, sin saber para quién.
Se puso una musculosa cualquiera, una que había quedado sobre la silla, y caminó arrastrando los pies hasta la puerta. Antes de abrir, miró por la mirilla: un pibe joven, casco de moto en la mano, mochila de aplicación colgada del hombro.
Abrió.
—Buenas noches —dijo el repartidor, amable, casi alegre—. ¿Romo?
—Sí… —respondió él, desconfiado—. Pero yo no pedí nada.
El repartidor levantó la vista y sonrió, como si fuera parte de una broma.
—Dice así: “Para levantarle el ánimo. Mandale cosquillas.”
El Romo se quedó inmóvil un segundo. Después soltó una risa seca, incrédula.
—¿Cosquillas? ¿Me estás cargando?
—No —respondió el repartidor, con total naturalidad—. En un delivery se mandan muchas cosas. No solo comida y bebida.
Dijo eso sin ironía, como si hablara de flores o de una botella de vino. El Romo lo miró mejor: el pibe no parecía un loco. Ni un bromista. Solo… alguien haciendo su trabajo.
—Mirá —dijo el Romo, todavía medio riéndose—. Debe haber un error. Yo no estoy para boludeces.
El repartidor asintió despacio, como si ya hubiera escuchado eso antes.
—Entiendo. Igual, el envío ya está pago. Y dice que usted puede rechazarlo…
La risa del Romo se apagó. No preguntó cómo lo sabía. No quiso.
El pasillo del edificio estaba en silencio. El repartidor esperaba, paciente, con una tranquilidad que no correspondía a lo absurdo de la situación.
—¿Y si lo rechazo? —preguntó el Romo.
Dio un paso atrás, como dándole espacio. Como dejando la decisión en sus manos.
El Romo apoyó la mano en el marco de la puerta. Sintió el cansancio, la soledad, la ausencia de ella ocupando todo el departamento. Pensó —sin decirlo— que nada podía ser más ridículo que eso… ni más inofensivo.
—Cinco minutos —dijo al fin—. Y te vas.
Entró.
—¿Y entonces? —pregunta el Romo, ya sin reírse.
—Mirá, hagamos esto simple —dicjo el repartidos, incómodo pero decidido.—. Levantá los brazos.
El Romo lo mira como si no hubiera escuchado bien.
—No… no estoy en condiciones —respondió, amagando una excusa—. No sabía que iba a recibir visitas. Estoy hecho un desastre. Ni me bañé.
El repartidor lo observa un segundo, lo evalúa. Después sonríe apenas.
—No importa —dijo—. Yo vengo pedaleando hace horas. Transpirado, sucio… no estoy mejor que vos.
Lo dice sin ironía, sin intención de convencer. Como un dato más.
El Romo se pasó la mano por la cara. Todo es ridículo: la musculosa vieja, el pasillo silencioso, ese pibe hablándole como si esto fuera una tarea doméstica pendiente.
—Igual, si no querés, no pasa nada. Yo marco que no se pudo completar y listo.
Otra vez esa palabra: completar. Como si hubiera algo que debía cerrarse.
El Romo duda. Suspiró. Levantó los brazos apenas, sin convicción.
—Cinco minutos —dice—. Nada más.
El repartidor asiente, profesional.
—Cinco minutos.
No hay música. No hay clima. No hay promesa de alivio. Solo dos tipos incómodos en un departamento oscuro, cumpliendo algo que ninguno entiende del todo.

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