lunes, 15 de diciembre de 2025

Levantando la recaudación

 Pol removía el pocillo vacío con el dedo, inquieto. El café estaba en silencio, salvo por el zumbido de la heladera y el reloj que marcaba cada segundo como una sentencia.

—Diego, me estoy hundiendo —dijo de golpe, sin mirarlo.

—¿Otra vez con lo mismo? —bufó su amigo—. Venís arrastrando esa cantinela hace meses.

—No, esta vez es en serio. O encuentro una idea que me saque del pozo, o cierro.

Diego lo observó en silencio, con ese gesto mitad ironía mitad preocupación.
—Y dejame adivinar… ¿ya tenés “la idea”?

Pol se inclinó sobre la mesa como quien comparte un secreto oscuro.
—Una feria medieval. Acá, en la vereda del café. Música, banderines… y un cepo.

Diego arqueó una ceja.
—¿Un cepo?

—Sí, de los de antes. Cabeza y manos adentro, madera maciza. Lo alquilan en un galpón de utilería. Y la atracción es simple: por diez lucas, la gente puede venir a hacerte cosquillas cinco minutos.

Hubo un silencio incómodo. Diego lo miró como si Pol hubiera perdido definitivamente la cabeza.

—Decime que no me estás pidiendo lo que creo.

Pol sonrió con cierta culpa.
—Sos el único que confío para esto, Dieguito. Tenés el perfil justo: grandote, simpático… y con fama de tener cosquillas.

—¿Qué fama,  por qué no te metés vos? —contraatacó Diego.

—Porque alguien tiene que llevar la caja, hacer de maestro de ceremonias. Y además… —bajó la voz— si me muero de risa ahí adentro, ¿quién maneja el show?

Diego apoyó los codos en la mesa, tapándose la cara.
—Estás loco. ¡Diez lucas por cinco minutos de hacerme cosquillas! ¿Quién va a pagar semejante disparate?

Pol se encogió de hombros.
—Más gente de la que pensás. La risa es contagiosa, y la humillación vende. Si funciona una vez, llenamos el café todos los fines de semana.

Diego suspiró, tentado por la mezcla de absurdo y desesperación que veía en su amigo.
—No sé si esto es una genialidad o una vergüenza…

Diego se quedó mirando fijo el pocillo vacío, como si en el fondo del café frío fuera a encontrar la respuesta.

—Pol, de verdad… —dijo al fin—. Meteme en todas tus locuras, pero esta… esto es ridículo.

Pol apoyó las manos sobre la mesa, inclinado hacia él, con esa sonrisa torcida de vendedor desesperado.
—Mirá, no te lo pedí como chiste. Vos sabés lo que me jugó este lugar. Y si no la pego ahora, cierro y me hundo.

Diego resopló, cruzado de brazos.
—¿Y qué gano yo dejándome ridiculizar en público?

Pol no dudó ni un segundo.
—El diez por ciento de todo lo que entre.

Diego levantó la mirada, incrédulo.
—¿El diez?

—En mano, el mismo día. Si hacemos cien lucas en una tarde, diez son tuyas. Por un rato de aguantar cosquillas.

Diego se rió con amargura.
—Suena fácil cuando lo decís así. Pero vos sabés cómo soy yo… cinco minutos y me muero.

—¡Justamente! —saltó Pol—. Eso es lo que lo hace divertido. La gente no quiere un tipo de piedra. Quiere alguien que se retuerza, que se ría, que contagie. Y vos sos perfecto para eso.

El silencio se estiró. Diego tamborileó los dedos sobre la mesa, mordiéndose el labio. Finalmente, soltó:
—Diez por ciento y nada de cámaras. Si alguien filma, me levanto y me voy.

Pol sonrió, triunfante, y le estrechó la mano.
—Trato hecho.

El sábado a la tarde, la vereda del café estaba transformada. Banderines rojos y amarillos colgaban de sogas, un parlante tiraba música de laúd sacada de YouTube, y en el centro reinaba el cepo de madera, barnizado para la ocasión.

Diego estaba ahí, atrapado, cabeza y manos en la madera. Sin remera, descalzo, el cuerpo grande brillaba con el sol de la tarde. Tenía los brazos tensos, el pecho subiendo y bajando con cada respiración nerviosa.

Pol caminaba alrededor como un maestro de ceremonias improvisado.
—¡Vecinos, pasen, pasen! ¡Hoy, por única vez, la risa medieval llega a nuestro barrio! ¡Por solo diez mil pesos, cinco minutos de diversión asegurada!

La gente miraba desde la vereda de enfrente, algunos con curiosidad, otros con sonrisas cómplices. Pero nadie daba el primer paso. Un nene tiró del brazo de su madre, riéndose, y señaló a Diego atrapado en el cepo. Ella le susurró algo al oído y se lo llevó.

Diego, incómodo, se quejó entre dientes.
—Esto es un papelón, Pol… mirá, nadie va a pagar.

—Esperá, esperá… —le respondió el otro, sin perder la sonrisa—. La gente es tímida al principio. Necesitan ver que alguien se anima.

Pol sacó de su bolsillo un billete de diez mil y lo agitó en el aire.
—¡El primero va de parte de la casa! ¡Demostraremos cómo funciona!

Se acercó al cepo, se arrodilló frente a los pies descalzos de Diego, y apenas rozó con los dedos la planta del pie izquierdo.

El estallido de carcajadas fue inmediato, explosivo, imposible de contener.
—¡HHhhahhhhaahhhahhhh, la puta madre, Pol! —Diego se retorcía, tironeando en vano de la madera—. ¡Basta, no seas forroooo!

El público rió. Una pareja sacó el celular para grabar. Y entonces pasó lo inevitable: un hombre del público levantó la mano con un billete en alto.

—Yo quiero probar.

Pol se levantó de un salto, teatral.
—¡Eso es! ¡Damas y caballeros, tenemos a nuestro primer valiente!

El círculo se cerró de golpe. Diego, rojo de la vergüenza y la risa, entendió que ya no había vuelta atrás.

El primer cliente se abrió paso entre la gente: un hombre joven, de barba prolija y remera ajustada, habitué del café. Diego lo reconoció al instante, lo había visto decenas de veces tomando cortado doble en la mesa del fondo.

—Che, Diego —dijo el muchacho con una sonrisa socarrona—, nunca pensé que te iba a ver así.

Pol lo presentó con voz de pregonero:
—¡Nuestro primer caballero, un cliente fiel del café, dispuesto a hacer justicia medieval!

El joven dejó los diez mil sobre la mesa de la caja y se arrodilló frente a Diego, con calma, como si estuviera a punto de destapar un secreto. La multitud se inclinó un poco hacia adelante, expectante.

—Bueno, veamos si es verdad que sos tan sensible… —murmuró el habitué.

Pasó la yema del dedo lentamente por la planta del pie derecho de Diego, un roce leve, casi experimental. El efecto fue inmediato: Diego arqueó la espalda y soltó una carcajada brutal, tan explosiva que algunos del público se rieron antes incluso de entender qué pasaba.

—¡HHhhhahhhhaaaa! ¡No, la concha de la lora, nooo!

El joven rió con él, pero no aflojó. Fue subiendo el ritmo, arrastrando los dedos entre los dedos del pie, presionando apenas en el arco. Diego pateaba en el aire como podía, atrapado en el cepo, la cara roja y los músculos tensos.

—¡HHhhahhhahahhhhaaa! ¡Pol, la puta que te parió, sacame de acá!

El habitué miró al público y levantó las cejas como diciendo “funciona”. Eso desató el murmullo y las risas: la timidez del inicio se rompió. Varias manos buscaron billeteras, ya había fila en la caja.

Pol, radiante, agitó los brazos:
—¡Esto recién empieza! ¡Prepárense, porque nuestro héroe va a resistir cinco minutos completos!

Diego no podía ni respirar de tanto reírse. Y el show apenas había comenzado.

El habitué terminó sus cinco minutos entre risas y aplausos. Se levantó sacudiéndose las manos, satisfecho, mientras Diego colgaba exhausto del cepo, jadeando y con el pecho brillante de sudor.

Pol levantó la voz, teatral:
—¡Quién sigue, damas y caballeros! ¡Cinco minutos de gloria medieval por apenas diez mil pesos!

De entre la multitud se adelantaron dos adolescentes flacos, con gorras al revés y remeras oversize. Tenían la sonrisa de los que se mandan una travesura. Uno de ellos sacó un billete arrugado del bolsillo y lo tiró sobre la mesa.

—¡Nosotros! —dijeron casi al unísono.

El público se rió y aplaudió. Pol hizo una reverencia exagerada.
—¡Valientes muchachos! ¡Tendremos combate doble!

Los chicos se lanzaron sobre Diego como si fuera un reto escolar. Uno fue directo a las axilas, metiendo los dedos con descaro, mientras el otro se agachó para seguir con los pies ya castigados.

Diego no tuvo respiro.
—¡HHhhahhhhaahhhhaaaa! ¡No, no, nooo! ¡Saquen a estos mocosos de acá!

La gente estallaba de risa viendo cómo el grandote quedaba a merced de dos púberes que no paraban un segundo. Uno de los chicos incluso comentó, divertido:
—¡Eh, boludo, mirá cómo se retuerce! ¡Tiene un montón de pelo en las axilas!

El otro respondió entre carcajadas:
—¡Dale, metele ahí, no aflojes!

Diego pataleaba y lloraba de risa, la voz quebrada.
—¡Hhhhhhahahhhahhh! ¡La puta madre, basta, Pol! ¡Me voy a morir, te juro!

Pero la multitud estaba encantada. Cada carcajada del “prisionero” parecía contagiar diez más entre los curiosos. La caja no paraba de recibir billetes. Pol apenas podía contener la satisfacción: el show había explotado.

Cuando los dos adolescentes se retiraron, transpirados de tanto reírse ellos mismos, Diego estaba al borde del colapso. Jadeaba con la cabeza gacha, los brazos inmóviles en el cepo, las plantas de los pies rojas de tanto manoseo.

Pol, con su voz de pregonero ya ronca de tanto gritar, anunció:
—¡Y ahora… ¿quién se anima a continuar con este noble ajusticiado?!

El público murmuraba entre carcajadas cuando, despacio, una mujer mayor se adelantó. Tenía el pelo canoso prolijo, un saquito de lana beige y la cartera colgada del brazo. Nadie se la esperaba.

—Yo quiero probar —dijo, con voz suave pero firme.

Hubo un instante de silencio, seguido de una risa colectiva. Pol, encantado, la ayudó a subir al improvisado escenario.
—¡Eso sí que no me lo esperaba! ¡La dama respetable viene a hacer justicia!

Diego levantó la cabeza, incrédulo.
—No, no, pará Pol… ¡con los pibes todo bien, pero esto no!

La señora dejó su cartera a un costado y se acomodó con calma frente a él. Primero le miró las axilas expuestas, luego los pies, evaluando como quien analiza fruta en la feria. Finalmente se inclinó hacia los costados y comenzó a arañarle suavemente las costillas con las uñas.

Diego estalló al instante.
—¡HHhhahhhahahhhhaaa, no, señora, por favor! ¡Aaaahhhjajajjajaj!

La multitud lloraba de risa viéndolo suplicar “¡señora, no!” mientras ella trabajaba metódicamente, como si estuviera tejiendo. Después de un minuto, sin apuro, bajó hasta el abdomen y los muslos, dándole golpes de cosquillas que parecían calculados para ser insoportables.

—Tiene usted mucha energía —comentó, seria, mientras Diego berreaba de risa.

Pol, al micrófono, gritaba:
—¡El talento no tiene edad, damas y caballeros! ¡Qué ejemplo!

Cuando se cumplieron los cinco minutos, la señora se levantó tranquilamente, se acomodó el saquito y recogió su cartera.
—Gracias, joven —dijo con una leve sonrisa a Diego, que colgaba exhausto, rojo y sudoroso.

El público aplaudió de pie.

La ovación por la señora todavía no había terminado cuando otra voz se levantó del público:
—Yo voy.

Diego levantó la cabeza, todavía jadeando, y se le heló la sangre. Reconoció enseguida al tipo: Ramiro, un excompañero de la secundaria, que vivía a pocas cuadras. Había sido de esos que siempre se quedaba mirándolo en el vestuario, medio en silencio, medio en broma.

—No, no, vos no, Ramiro… —balbuceó Diego, pero ya era tarde.

Ramiro subió con paso seguro, entregó los diez mil, y se colocó frente al cepo con una sonrisa torcida.
—Sabés, siempre tuve esta fantasía —le dijo, en voz baja pero que el micrófono alcanzó a captar—. Desde el colegio me volví loco con tu olor a chivo.

El público estalló en carcajadas, mientras Diego enrojecía hasta la raíz del pelo.
—¡Callate, pelotudo! ¡No digas esas cosas acá! —gritó, revolviéndose inútilmente en el cepo.

Ramiro se agachó y hundió la nariz cerca de la axila húmeda, exagerando un gesto de inhalar.
—Mmm, igualito a como lo recordaba.

Diego se sacudió desesperado, carcajeando entre vergüenza y cosquillas cuando Ramiro le metió los dedos directo en la axila peluda, atacando con saña.
—¡HHhhahhhahhhhahahhh, la concha de tu madreeee! ¡No, nooo, sacalo de acááá!

El público estaba enloquecido: algunos gritaban, otros lloraban de risa. Pol, viendo cómo la caja rebalsaba de billetes, no podía ocultar la satisfacción.

Ramiro, mientras tanto, alternaba entre las axilas y el pecho, jugando como si hubiera esperado años por ese momento.
—Siempre supe que ibas a ser el tipo más cosquilludo del barrio, Diego.

Diego lloraba de risa, pateaba, imploraba, pero también sabía que su humillación era ya completa: la multitud, los vecinos, todos escuchando esa confesión que lo dejaba expuesto como nunca.

El bullicio estaba al rojo vivo cuando, de pronto, se adelantó un tipo distinto a todos los demás. Traje oscuro, camisa abierta, reloj caro. Caminaba con calma, como quien sabe que tiene el poder en el bolsillo.

—Quiero un turno especial —dijo, y puso sobre la mesa un fajo de billetes que hizo callar a todos.
—Cien mil por diez minutos.

Pol casi se atragantó de la emoción.
—¡Caballero! ¡Eso supera todas las marcas del día! ¡Tendrá su turno VIP!

El tipo se inclinó hacia Pol y murmuró:
—Pero con una condición: yo me encargo solo de los pies… y quiero que el muchacho de antes —señalando a Ramiro— me ayude en las axilas.

Diego abrió los ojos como platos.
—¡No, la puta madre, no! ¡Ya está, Pol, cortá esta mierda!

Pero el público rugió de entusiasmo, y Pol no pensaba dejar pasar semejante cifra.
—¡Concedido!

El hombre de traje se arrodilló frente a los pies descalzos de Diego. Primero los sostuvo con firmeza, inmovilizándolos con ambas manos. Después pasó un dedo lento por la planta, apenas rozando, como si probara la textura de una tela fina.

Diego ya se estremecía, riendo entre dientes.
—¡Nnnhhhhaaaa, no, no, nooo!

Ramiro, por su parte, volvió a ocupar su lugar en las axilas, con esa sonrisa enferma de satisfacción.
—¿Listo para otra, amigo?

En cuanto el VIP comenzó a recorrer con las uñas el arco del pie, presionando justo en los puntos más sensibles, y Ramiro volvió a hurgar en las axilas peludas, Diego explotó en un alarido de carcajadas que sacudió toda la vereda.
—¡HHhhahhhahahhhahhhhaaaa! ¡La concha de su madreeee! ¡Me voy a morir, paren yaaaa!

El público gritaba, aplaudía, algunos filmaban como si estuvieran viendo un espectáculo histórico.

El VIP trabajaba con precisión quirúrgica: dedos entre los dedos de los pies, uñas en los talones, cosquillas metódicas que no dejaban respiro. Ramiro, desatado, aprovechaba cada segundo en las axilas, hundiendo los dedos hasta la raíz del pelo húmedo.

Pol, mientras tanto, contaba los billetes como un sacerdote oficiando misa, los ojos brillándole.

Diego estaba deshecho: sudor chorreando, carcajadas mezcladas con súplicas, el cuerpo arqueado como si el cepo lo fuera a quebrar en dos.

Y sin embargo, todavía quedaban largos minutos del “bonus round”.

El cronómetro marcaba que aún quedaban siete minutos, pero para Diego parecían eternos. Estaba empapado, el pelo pegado a la frente, jadeando entre carcajadas que no podía detener.

El cliente VIP se concentraba en los pies con una paciencia metódica: primero la planta, luego los talones, después cada dedo uno por uno, como si afinara un instrumento musical. Diego chillaba cada vez que la uña rozaba entre los dedos.

—¡Hhhhaaaahhhhhh! ¡No, nooo! ¡Ahhhahahhhhaa, hijo de putaaaa!

Ramiro lo miraba con fascinación, arrodillado en el costado. Se inclinó hacia la axila izquierda y volvió a hurgar profundo, con las dos manos.
—Dios, Diego… siempre supe que ibas a ser así. ¿Te acordás en el vestuario del colegio? Siempre me mataba mirándote chivado, pero nunca pensé que un día iba a estar metiéndote los dedos así, con todo el barrio mirando.

Diego sacudía la cabeza, llorando de risa.
—¡Caaaalllate, enfermoooo! ¡HHhhhaahhhahhhhhaaaa!

El público estalló de nuevo, encantado con ese cruce entre vergüenza y confesión.

El VIP, sin despegar la vista de los pies, habló por primera vez desde que había empezado:
—Me gusta tu estilo, chico. Sos persistente.

Ramiro sonrió, sin dejar de atacar las axilas.
—Gracias. Es que él siempre me tuvo con las ganas. Ahora me estoy desquitando.

—¡Hhhhhaahhhhhhahahhh! ¡Forrooooos! ¡Nooo más, por favor!

El VIP apretó más los tobillos de Diego y le clavó las uñas en los arcos. Ramiro, inspirado, se inclinó hasta rozar con la nariz la axila húmeda. Inhaló exageradamente, para que todos vieran el gesto.
—Mmmm… igualito a la secundaria.

Diego chilló entre carcajadas, rojo como un tomate.
—¡HHhhhaahhhhhhahhhh! ¡Sos un hiiiijoooo de putaaaaa, Ramiroooo!

El público se doblaba de risa, algunos llorando, otros filmando sin parar. Pol gritaba desde la caja:
—¡Tres minutos, señoras y señores! ¡Tres minutos más de justicia medieval!

Ramiro giró hacia el VIP, todavía con los dedos clavados en las axilas.
—¿Querés que lo dejemos sin aire antes de que termine?

El VIP apenas asintió, serio.

Y entre ambos, pies y axilas, subieron la intensidad hasta que Diego ya no podía ni gritar: solo carcajadas roncas, convulsivas, el cuerpo arqueado al límite.

El cronómetro llegó a cero, pero la vereda era un hervidero de risas y aplausos. Diego colgaba en el cepo como un muñeco deshecho: el torso bañado en sudor, la cara roja, los rulos pegados a la frente, la respiración cortada por espasmos de carcajadas.

El VIP soltó sus tobillos con calma, como un cirujano que termina una operación. Ramiro todavía tenía las manos hundidas en las axilas, disfrutando cada segundo.

—Listo —dijo el hombre de traje, secándose las manos con un pañuelo caro.

El público rugió con silbidos y ovaciones, pero Pol, embalado con la caja repleta de billetes, levantó la voz:
—¡Un aplauso para nuestro benefactor VIP! ¡Pero atención! ¡Hoy el café está de fiesta, y yo les regalo dos minutos extra de show!

La multitud explotó en gritos y palmas.

—¡No, Pol, la concha de tu madre, basta yaaaa! —suplicó Diego, moviendo la cabeza como loco.

Pero Ramiro sonrió como un chico con golosina nueva y volvió a la carga en las axilas, esta vez con cosquillas rápidas, furiosas, mientras el VIP se inclinaba otra vez hacia los pies.

—¡Hhhhaahhhhhhhaaaahhhhhh! ¡Me voy a moriiiiir, noooo!

El público deliraba, algunos filmaban llorando de risa. La señora mayor de antes aplaudía de pie, y los adolescentes gritaban “¡Dale, Ramiro, metele más!”.

Cuando finalmente Pol levantó las manos y dio por terminado el turno, el VIP se retiró en silencio, satisfecho, y Ramiro se quedó un instante más, susurrándole al oído a Diego, apenas audible para los de la primera fila:
—Sabés que no fue suficiente. Algún día vamos a repetirlo.

Diego lo miró con una mezcla de odio, vergüenza y agotamiento absoluto. Pero lo único que salió de su boca fueron carcajadas rotas, todavía temblando en el cepo.

Pol se subió a una silla, levantando el fajo de billetes.
—¡Vecinos! ¡Hoy hemos hecho historia en este café!

El aplauso fue ensordecedor. Y Diego, aún prisionero, entendió que su sacrificio había salvado el negocio de su amigo… al precio de unas cuantas risas.


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