Pol removía el pocillo vacío con el dedo, inquieto. El café estaba en silencio, salvo por el zumbido de la heladera y el reloj que marcaba cada segundo como una sentencia.
—Diego, me estoy hundiendo —dijo de golpe, sin mirarlo.
—¿Otra vez con lo mismo? —bufó su amigo—. Venís arrastrando esa cantinela hace meses.
—No, esta vez es en serio. O encuentro una idea que me saque del pozo, o cierro.
—Sí, de los de antes. Cabeza y manos adentro, madera maciza. Lo alquilan en un galpón de utilería. Y la atracción es simple: por diez lucas, la gente puede venir a hacerte cosquillas cinco minutos.
Hubo un silencio incómodo. Diego lo miró como si Pol hubiera perdido definitivamente la cabeza.
—Decime que no me estás pidiendo lo que creo.
—¿Qué fama, por qué no te metés vos? —contraatacó Diego.
—Porque alguien tiene que llevar la caja, hacer de maestro de ceremonias. Y además… —bajó la voz— si me muero de risa ahí adentro, ¿quién maneja el show?
Diego se quedó mirando fijo el pocillo vacío, como si en el fondo del café frío fuera a encontrar la respuesta.
—Pol, de verdad… —dijo al fin—. Meteme en todas tus locuras, pero esta… esto es ridículo.
—En mano, el mismo día. Si hacemos cien lucas en una tarde, diez son tuyas. Por un rato de aguantar cosquillas.
—¡Justamente! —saltó Pol—. Eso es lo que lo hace divertido. La gente no quiere un tipo de piedra. Quiere alguien que se retuerza, que se ría, que contagie. Y vos sos perfecto para eso.
El sábado a la tarde, la vereda del café estaba transformada. Banderines rojos y amarillos colgaban de sogas, un parlante tiraba música de laúd sacada de YouTube, y en el centro reinaba el cepo de madera, barnizado para la ocasión.
Diego estaba ahí, atrapado, cabeza y manos en la madera. Sin remera, descalzo, el cuerpo grande brillaba con el sol de la tarde. Tenía los brazos tensos, el pecho subiendo y bajando con cada respiración nerviosa.
La gente miraba desde la vereda de enfrente, algunos con curiosidad, otros con sonrisas cómplices. Pero nadie daba el primer paso. Un nene tiró del brazo de su madre, riéndose, y señaló a Diego atrapado en el cepo. Ella le susurró algo al oído y se lo llevó.
—Esperá, esperá… —le respondió el otro, sin perder la sonrisa—. La gente es tímida al principio. Necesitan ver que alguien se anima.
Se acercó al cepo, se arrodilló frente a los pies descalzos de Diego, y apenas rozó con los dedos la planta del pie izquierdo.
El público rió. Una pareja sacó el celular para grabar. Y entonces pasó lo inevitable: un hombre del público levantó la mano con un billete en alto.
—Yo quiero probar.
El círculo se cerró de golpe. Diego, rojo de la vergüenza y la risa, entendió que ya no había vuelta atrás.
El primer cliente se abrió paso entre la gente: un hombre joven, de barba prolija y remera ajustada, habitué del café. Diego lo reconoció al instante, lo había visto decenas de veces tomando cortado doble en la mesa del fondo.
—Che, Diego —dijo el muchacho con una sonrisa socarrona—, nunca pensé que te iba a ver así.
El joven dejó los diez mil sobre la mesa de la caja y se arrodilló frente a Diego, con calma, como si estuviera a punto de destapar un secreto. La multitud se inclinó un poco hacia adelante, expectante.
—Bueno, veamos si es verdad que sos tan sensible… —murmuró el habitué.
Pasó la yema del dedo lentamente por la planta del pie derecho de Diego, un roce leve, casi experimental. El efecto fue inmediato: Diego arqueó la espalda y soltó una carcajada brutal, tan explosiva que algunos del público se rieron antes incluso de entender qué pasaba.
—¡HHhhhahhhhaaaa! ¡No, la concha de la lora, nooo!
El joven rió con él, pero no aflojó. Fue subiendo el ritmo, arrastrando los dedos entre los dedos del pie, presionando apenas en el arco. Diego pateaba en el aire como podía, atrapado en el cepo, la cara roja y los músculos tensos.
—¡HHhhahhhahahhhhaaa! ¡Pol, la puta que te parió, sacame de acá!
El habitué miró al público y levantó las cejas como diciendo “funciona”. Eso desató el murmullo y las risas: la timidez del inicio se rompió. Varias manos buscaron billeteras, ya había fila en la caja.
Diego no podía ni respirar de tanto reírse. Y el show apenas había comenzado.
El habitué terminó sus cinco minutos entre risas y aplausos. Se levantó sacudiéndose las manos, satisfecho, mientras Diego colgaba exhausto del cepo, jadeando y con el pecho brillante de sudor.
De entre la multitud se adelantaron dos adolescentes flacos, con gorras al revés y remeras oversize. Tenían la sonrisa de los que se mandan una travesura. Uno de ellos sacó un billete arrugado del bolsillo y lo tiró sobre la mesa.
—¡Nosotros! —dijeron casi al unísono.
Los chicos se lanzaron sobre Diego como si fuera un reto escolar. Uno fue directo a las axilas, metiendo los dedos con descaro, mientras el otro se agachó para seguir con los pies ya castigados.
Pero la multitud estaba encantada. Cada carcajada del “prisionero” parecía contagiar diez más entre los curiosos. La caja no paraba de recibir billetes. Pol apenas podía contener la satisfacción: el show había explotado.
Cuando los dos adolescentes se retiraron, transpirados de tanto reírse ellos mismos, Diego estaba al borde del colapso. Jadeaba con la cabeza gacha, los brazos inmóviles en el cepo, las plantas de los pies rojas de tanto manoseo.
El público murmuraba entre carcajadas cuando, despacio, una mujer mayor se adelantó. Tenía el pelo canoso prolijo, un saquito de lana beige y la cartera colgada del brazo. Nadie se la esperaba.
—Yo quiero probar —dijo, con voz suave pero firme.
La señora dejó su cartera a un costado y se acomodó con calma frente a él. Primero le miró las axilas expuestas, luego los pies, evaluando como quien analiza fruta en la feria. Finalmente se inclinó hacia los costados y comenzó a arañarle suavemente las costillas con las uñas.
La multitud lloraba de risa viéndolo suplicar “¡señora, no!” mientras ella trabajaba metódicamente, como si estuviera tejiendo. Después de un minuto, sin apuro, bajó hasta el abdomen y los muslos, dándole golpes de cosquillas que parecían calculados para ser insoportables.
—Tiene usted mucha energía —comentó, seria, mientras Diego berreaba de risa.
El público aplaudió de pie.
Diego levantó la cabeza, todavía jadeando, y se le heló la sangre. Reconoció enseguida al tipo: Ramiro, un excompañero de la secundaria, que vivía a pocas cuadras. Había sido de esos que siempre se quedaba mirándolo en el vestuario, medio en silencio, medio en broma.
—No, no, vos no, Ramiro… —balbuceó Diego, pero ya era tarde.
El público estaba enloquecido: algunos gritaban, otros lloraban de risa. Pol, viendo cómo la caja rebalsaba de billetes, no podía ocultar la satisfacción.
Diego lloraba de risa, pateaba, imploraba, pero también sabía que su humillación era ya completa: la multitud, los vecinos, todos escuchando esa confesión que lo dejaba expuesto como nunca.
El bullicio estaba al rojo vivo cuando, de pronto, se adelantó un tipo distinto a todos los demás. Traje oscuro, camisa abierta, reloj caro. Caminaba con calma, como quien sabe que tiene el poder en el bolsillo.
El hombre de traje se arrodilló frente a los pies descalzos de Diego. Primero los sostuvo con firmeza, inmovilizándolos con ambas manos. Después pasó un dedo lento por la planta, apenas rozando, como si probara la textura de una tela fina.
El público gritaba, aplaudía, algunos filmaban como si estuvieran viendo un espectáculo histórico.
El VIP trabajaba con precisión quirúrgica: dedos entre los dedos de los pies, uñas en los talones, cosquillas metódicas que no dejaban respiro. Ramiro, desatado, aprovechaba cada segundo en las axilas, hundiendo los dedos hasta la raíz del pelo húmedo.
Pol, mientras tanto, contaba los billetes como un sacerdote oficiando misa, los ojos brillándole.
Diego estaba deshecho: sudor chorreando, carcajadas mezcladas con súplicas, el cuerpo arqueado como si el cepo lo fuera a quebrar en dos.
Y sin embargo, todavía quedaban largos minutos del “bonus round”.
El cronómetro marcaba que aún quedaban siete minutos, pero para Diego parecían eternos. Estaba empapado, el pelo pegado a la frente, jadeando entre carcajadas que no podía detener.
El cliente VIP se concentraba en los pies con una paciencia metódica: primero la planta, luego los talones, después cada dedo uno por uno, como si afinara un instrumento musical. Diego chillaba cada vez que la uña rozaba entre los dedos.
—¡Hhhhaaaahhhhhh! ¡No, nooo! ¡Ahhhahahhhhaa, hijo de putaaaa!
El público estalló de nuevo, encantado con ese cruce entre vergüenza y confesión.
—¡Hhhhhaahhhhhhahahhh! ¡Forrooooos! ¡Nooo más, por favor!
El VIP apenas asintió, serio.
Y entre ambos, pies y axilas, subieron la intensidad hasta que Diego ya no podía ni gritar: solo carcajadas roncas, convulsivas, el cuerpo arqueado al límite.
El cronómetro llegó a cero, pero la vereda era un hervidero de risas y aplausos. Diego colgaba en el cepo como un muñeco deshecho: el torso bañado en sudor, la cara roja, los rulos pegados a la frente, la respiración cortada por espasmos de carcajadas.
El VIP soltó sus tobillos con calma, como un cirujano que termina una operación. Ramiro todavía tenía las manos hundidas en las axilas, disfrutando cada segundo.
—Listo —dijo el hombre de traje, secándose las manos con un pañuelo caro.
La multitud explotó en gritos y palmas.
—¡No, Pol, la concha de tu madre, basta yaaaa! —suplicó Diego, moviendo la cabeza como loco.
Pero Ramiro sonrió como un chico con golosina nueva y volvió a la carga en las axilas, esta vez con cosquillas rápidas, furiosas, mientras el VIP se inclinaba otra vez hacia los pies.
—¡Hhhhaahhhhhhhaaaahhhhhh! ¡Me voy a moriiiiir, noooo!
El público deliraba, algunos filmaban llorando de risa. La señora mayor de antes aplaudía de pie, y los adolescentes gritaban “¡Dale, Ramiro, metele más!”.
Diego lo miró con una mezcla de odio, vergüenza y agotamiento absoluto. Pero lo único que salió de su boca fueron carcajadas rotas, todavía temblando en el cepo.
El aplauso fue ensordecedor. Y Diego, aún prisionero, entendió que su sacrificio había salvado el negocio de su amigo… al precio de unas cuantas risas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario