Maurizio es un carpintero de una localidad de Provincia, que trabaja en un galpón ubicado al lado de su casa. De todos los pedidos que puede tener un carpintero, cierta vez recibió un encargo muy particular. Habiendo recibido un generoso pago por adelantado, se le pidió adaptar una camilla e incorporarle un cepo en cada extremo. Claramente, se trataba de algo sexual. No era un trabajo difícil, pero sin embargo esto reavivó en él un antiguo fetiche que el creía haber dejado en el pasado: las cosquillas en los pies de hombres. Nunca había concretado ningún encuentro; es más, él estaba casado con una mujer con quien estaba casi permanentemente.
Maurizio llamó al número indicado cuando la singular camilla estuvo lista, para que así su dueño pasara a buscarla. Al otro día, apareció Ezequiel en su auto.
Buen día, vengo a buscar la camilla... —dijo el hombre, tratando de encontrar una palabra que definiera aquel encargo, algo nervioso.
Ezequiel estaba vestido con una remera blanca y un jogging gris. Medía 1,76 y llevaba el pelo corto. Tendría unos 35 años, flaco, con barba. Maurizio también recordó, aparte de su gusto por los pies masculinos, que en el pasado le habían llamado la atención los tipos pelados con barba o que simplemente tuvieran barba, No sabía por qué, pero secretamente amana a los barbudos y con pelo en todos lados. Y la barba de Ezequiel, pensaba Maurizio -pensaba-, estaba para peinarla y hacerle formitas
Si, por pasá acá —respondió Maurizio.
Ambos hombres ingresaron al galpón y fueron hasta el fondo, donde estaba listab la famosa camilla, a la que se le habían adaptado cepos para los brazos y los pies.
Disculpame la curiosidad, ¿Puedo preguntar qué destino tiene este mueble? —preguntó Maurizio
Si, todo bien —respondió Ezequiel, mirando el mueble. —Planeo armar un negocio organizando reuniones BDSM y este es... parte del moviliario.
¿Y cómo es eso? —quiso saber el carpintero
Lo voy a hacer como emprendimiento, como un ingreso extra —explicó su cliente —Voy a administrar un espacio para que parejas o grupos tengan sus sesiones ahí.
Ya veo... —respondió Maurizio, parcialmente satisfecho con la respuesta— ¿Querés probarlo?
¿Cómo probarlo? —repreguntó Ezequiel.
Si, para ver si está firme y bien las medidas —respondió Maurizio— Yo no puedo acostarme y ponerme las trabas solo, aparte es la priemera vez que armo algo por estilo.
Ah si, está bien —replicó Ezequiel —Sí, mejor que me asegure ahora, así que no tengo que volverme hasta acá.
Ojo con la remera blanca, que no se manche con el polvillo —le advirtió.
Esto se ajusta así, ¿ves? —explicó Maurizio sujetando las muñecas y los tobillos de Ezequiel -Ahora probá soltarte.
Dale, intentá con más fuerza —dijo Maurizio, haciéndole cosquillas a Ezequiel por unos instantes en sus costillas. —¡O te hago cosquillas!
Ja ja, ¡no puedo! —respondió el hombre.
Veo que sos cosquilloso —afirmó el carpintero, volviendo a hacerle cosquillas en el mismo lugar con su dedo índice.
Si, jajaja no las aguanto —dijo Ezequiel, tratando de moverse a un lado, pero apenas podía.
Te cuento algo... A mi las cosquillas me dan mucho morbo, básicamente hacerlas —comentó el carpintero.
¿Ah si? —respondió nervioso, Ezequiel.
Si, y es muy complicado encontrar a personas compatibles cone estos gustos. Además yo no podría porque mi esposa está todo el tiempo conmigo —agregó Maurizio
Qué mal... —respondió Ezequiel, aún atrapado.
Hoy justo no está... Y de pronto estás vos acá, sin remera y atado de pies y manos... —soltó el carpintero —sería una pena no aprovechar esta oportunidad.
No... Ni se te ocurra— se negó Ezequiel —No me gusta, no lo soport...
¡Noooo, por favor! —dijo entre risas —¡Basta! ¡Soltame!
Tenés olor a patas —le comentó, oliendo los zapatos —Eso me encanta.
¡Dejame ir, esto es un abuso! —gritó Ezequiel entre risas —En serio te digo, ¡no me gusta!
Pensé que un hombre con tanta barba podía aguantar unas inocentes cosquillitas- dijo Maurizio, sacándole la otra media. El carpintero estaba tratando de descubrir con sus dedos cuál era la zona más sensible de esos suaves y cuidados pies. Descubrió que si usaba sus uñas, era el talón... Pero por debajo de los dedos se hacían maravillas con toques suaves.
Pasados unos minutos de cosquillas en los pies sin descanso, Maurizio dejó esa zona de su cliente para más adelante y se dirigió hacia el torso.
Otra cosa que me encantan son los pelos en las axilas —le comentó —Me quedaría horas torturándolas.
¡Piedad te pido, yo no te hice nad...! —intentó resistirse Ezequiel, pero ya era tarde.
Es que muero por estás axilas, realmente me quedaría horas me jugando acá —explicó el carpintero. Maurizio aumentó la velocidad, pero no la presión, haciendo que Ezequiel casi se volviera loco. Ezequiel se quejaba, pedía que pare, pero Maurizio no le hizo caso. Luego de varios minutos de cosquileo ininterrumpido, las gotas de sudor caian por la frente de Ezequiel y los pelos de las axilas y el pecho se pegaban entre sí por efecto de la transpiración, lo que al carpintero le encantó. El hombre del cepo estaba exhausto.
De repente, el carpintero frenó las cosquillas al ver un gran bulto en la zona de la ingle de su cliente, que le llamó la atención. Se trataba de una erección parcial fácilmente notable a través del jogging.
Me gustaría hacerte cosquillas en los huevos —le comentó el carpintero, sin esperar la aprobación de su víctima —Se suele tener mucha cosquilla en los huevos, si las sabe hacer.
¡Te pido por favor que no! —exclamó Ezequiel —Si me dejás ir ahora, no voy a decir nada, me voy y no me volvés a ver.
El carpintero le bajó los pantalones y el boxer a su cliente hasta los tobillos, sin importar los intentos de negociación de Ezequiel, para descubrir un pene normal, medianamente erecto, con una leve inclinación hacia la izquierda.
Disculpame, pero no sabés lo que soñé con tener esta oportunidad como para desaprovecharla —dijo impasible, el carpintero, mirando la entrepierna del hombre —y veo que vos estás a media asta.
¡Ni se te ocurra tocarme! —amenazó Ezequiel.
Sin embargo, tal sufrimiento también había provocado en Ezequiel una erección total. Era una traición de su propia masculinidad, como aquellas erecciones no requeridas que muchas veces le ocurren a los hombres en situaciones inesperadas. Quizá el cosquilleo de sus huevos y sus piernas hubieran sido lo que realmente la despertara. ¿Cómo saberlo? Ni el hombre ni su captor habían pasado por esto antes.
Bueno, a esta pija no la vamos a dejar así —le comentó Maurizio a Ezequiel, mientras se reponía.
Así, Maurizio comenzó a hacerle a Ezequiel una muy buena paja, con todo el arte. Lo hacía con mucho cuidado, lentamente, y con movimientos que lo hacían gozar, Maurizio manipuló el pene del hombre sin hacerlo acabar, con distintos movimientos. Ezequiel empezó a gemir a medida que Mauruizio probaba distintos masajes en diversas zonas del pene. Ahora, el hombre se volvía impaciente, anhelando eyacular. Maurizio, sin embargo, no le dio el gusto tan rápidamente.
¿Por qué frenás? —dijo el hombre aún gimiendo, molesto, ante la frustracion del orgasmo.
Yo te voy a hacer acabar y luego te voy a soltar, pero antes querría pasar una última vez por tus pies —decidió el carpintero.
¡No otra vez, por favor! —suplicó el hombre, que empezó a reírse anticipadamente.
Maurizio se acercó a los pies descalzos del hombre y se puso a lamer mucho esas plantas bellísimas. Maurizio se bajó el cierre de su pantalón y se masturbó tranquiamente mientras chupaba todo el pie de su cliente, que no paraba de reír. Ezeuiel no podía verlo; solo sentir la lengua y los dedos de una mano pasando incansablemente por sus pies. El rasqueteo de sus uñas era tan efectivo y cuanto más reía el hombre, más se excitaba Maurizio, que eventualmente acabó sobre el suelo.
Ezequiel, más transpirado y exhausto que antes, aún reclamaba un gesto de misericordia que lo liberara del estado de excitación acumulado durante toda esa mañana. A Maurizio le pareció educado conceder aquel reclamo silencioso -pero evidente en aquella pija venosa y dura- y masturbó al hombre hasta hacerlo acabar. El chorro de semen fue tan potente, que le impacto de lleno en su propia barba y sobre su pecho.
Maurizio liberó a Ezequiel, primero sus tobillos y luego sus muñecas, no sin temer represalias. Por otra parte, Ezequiel estaba demasiado agotado para intentar algo. Era tarde para arrepentimientos: lo hecho, hecho estaba. Para su sorpresa, Ezequiel no salió corriendo, ni tampoco lo agredió. Inesperadamente, se echó a reír ante lo extraño de toda la situación.
Veo que este cepo es resistente... —le dijo a Maurizio, mientras se subía los mantalones —estoy conforme con él... Con todo...
Fin
Nota del escritor: Dedicado a mi amigo R., de quién extraje datos sobre sus fantasías y las cuales fue un dolor de huevos pasar a relato, en el mejor de los sentidos.

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