El auto de tu madre hacía un ruido extraño y Noé no tuvo otra que llevarlo al viejo taller de la esquina de Córdoba y Jean Jaurès. Apenas entró, el olor a grasa, el piso manchado y la radio sonando bajito a cumbia le marcaron que ahí mandaba otro código.
Mauro, el mecánico, lo recibió con una sonrisa torcida, las manos ennegrecidas de tanto motor.
—¿Así que este es el autito problemático? —dijo, dándole un golpecito al capó, como si estuviera palmoteando a un caballo.
Noé asintió y se quedó mirando cómo Mauro se inclinaba, camiseta pegada al cuerpo por el calor del mediodía, los brazos tensos al levantar la tapa.
—Voy a tener que revisarle las tripas —comentó Mauro, metiendo medio torso adentro del motor. Después sacó la cabeza y miró a Noé con picardía—. ¿Querés ayudarme o te da miedo ensuciarte?
La frase sonó más como un desafío que como una invitación. Noé sonrió incómodo, aunque algo en su interior se agitó.
Mauro buscó una caja de herramientas en un estante alto. Para alcanzarla, la empujó un poco y dejó que cayera en manos de Noé. En ese movimiento, los cuerpos se rozaron apenas, y Mauro soltó:
—Mirá vos, flaco… pensé que eras más delicado. Tenés buena fuerza.
Noé rió por lo bajo, nervioso. Mauro se inclinó para ordenar unas piezas y, casi sin querer, pasó los dedos por el costado de Noé, arrancándole una risa súbita.
—¿Qué fue eso? —protestó Noé, todavía sonriendo.
—Nada, che… pensé que estabas tenso. Pero parece que reaccionás fácil —respondió Mauro, con un gesto que mezclaba broma y malicia.
Noé quiso decir algo, pero notó que en el jogging que llevaba puesto, cierta tela delataba una activación inesperada. Mauro lo miró de reojo, como si hubiera registrado el detalle.
—Tranquilo, no voy a “t’tratar de loco” —dijo, limpiándose las manos con un trapo—. Pero ojo que yo siempre detecto cuando algo se enciende…
Noé se apoyó contra la pared del taller, tratando de mostrarse relajado, aunque sabía bien que el jogging lo estaba exponiendo de más.
—¿Detectás todo, eh? —le dijo, intentando sonar irónico.
—¿Joder? —repitió Mauro, arrimándose un paso, con las manos todavía manchadas de grasa—. Si yo quisiera joderte, ya estarías en el piso, riéndote como un condenado.
La frase quedó flotando, pesada, cargada de insinuación. Noé tragó saliva, fingiendo que revisaba la caja de herramientas, pero sentía la mirada de Mauro clavada en él.
—En serio, estás diciendo cualquier cosa —intentó cortar.
Noé no contestó. El silencio, en ese taller lleno de olor a aceite, se volvió tan espeso que ya parecía inevitable que la charla terminara en otra cosa.
Noé buscaba distraerse revisando la caja de herramientas cuando sintió el roce inesperado de unos dedos en su costado.
—¡Eh, qué hacés! —saltó entre risas, encorvándose instintivamente.
El cuerpo de Noé traicionó la defensa: el jogging marcó un cambio mínimo, apenas perceptible, pero suficiente para que Mauro lo notara.
—Mirá vos… y eso que sólo fue un par de segundos. —dijo Mauro con media sonrisa, bajando la voz—. ¿Qué pasará si sigo un rato más?
—Justamente porque miro demasiado, no me engañás. —replicó Mauro, avanzando un paso y bajando la voz como si revelara un secreto.
—¿Entonces? ¿Aceptás o tenés miedo de perder? —lo pinchó Mauro, estirando apenas los dedos, como quien ya se prepara para atacar.
—Diez segundos. —sentenció Mauro, mientras sus dedos bajaban sin piedad hacia las axilas de Noé.
El estallido de risa fue inmediato. Noé se contorsionaba, pero la presión del mecánico era aplastante. Apenas iban tres segundos y ya sentía que el jogging lo estaba traicionando de nuevo.
—¡Ocho! —la voz de Mauro subió como si alentara un gol. Y justo en ese instante, la evidencia apareció marcada contra la tela.
Noé jadeaba, rojo, incapaz de decir nada coherente.
Noé dudó un instante, pero la mezcla de excitación y nervios lo empujó a obedecer. Se acostó, sintiendo el frío metálico bajo la lona.
Y ahí empezó el castigo: los dedos del mecánico corriendo por las plantas de Noé, hundiéndose entre los dedos, subiendo por los bordes del pie. Noé se arqueó de risa inmediata, retorciéndose, pero las cinchas lo mantenían firme.
La risa de Noé llenó el lugar, mezclada con el olor a grasa y metal del taller. Y Mauro, implacable, fue acelerando el ritmo como si ajustara un motor, decidido a llevar la sesión a fondo.
Mauro no aflojaba. Sus dedos raspaban las plantas con precisión de mecánico, como si fueran llaves calibrando un motor. Noé se retorcía, riendo a carcajadas, los tobillos atrapados, sin escapatoria.
—¡Maurooo, basta! —gimió entre risas.
—¿No podés? —Mauro arqueó una ceja y le atrapó los dedos de un pie con una mano, para poder concentrarse en la planta con la otra—. No me vengas con excusas, ¿o querés que le diga a todos quete reís como un nene de jardín?
—¡Eso sí que no! —rió Mauro—. Acá no se insulta al juez de la camilla de la justicia. Y por la falta de respeto… ¡doble castigo!
Metió los dedos por dentro de la media, directo a la piel. Noé pegó un salto y soltó un alarido de risa descontrolada.
—¡Naaa! ¡Sacá esas manos! ¡Nooo, me muero!
Y volvió a la carga, más despiadado, mientras Noé pataleaba inútilmente contra las cinchas.
Mauro, satisfecho de haber exprimido hasta la última carcajada de los pies de Noé, se enderezó, secándose con el antebrazo el sudor de la frente.
—Bueno, parece que sobreviviste a la primera fase… —dijo con un tono burlón, como si estuviera conduciendo una prueba militar—. Ahora viene el ascenso.
—¿Ya está? —rió Mauro, inclinándose sobre él—. No viste nada todavía, campeón.
Dejó los tobillos asegurados y se inclinó sobre el torso. Con un gesto rápido, atacó a Noé, que inmediatamente pegó un respingo.
—¡No, no, pará! —gritó Noé, riendo nervioso.
Sus dedos comenzaron a explorar los costados, ascendiendo con calma, como si fueran dos alacranes buscando el punto exacto. Noé estalló en carcajadas, arqueando el cuerpo como si quisiera despegar de la camilla.
—¡Maurooo! ¡La concha de tu madre, basta!
—Mirá vos… —dijo Mauro divertido, presionando más arriba, hasta rozar la zona de las axilas—. Qué cantidad de pelo hay por acá, Noé… y sin embargo, sigue siendo terreno cosquilloso. Nunca falla.
—No te hagás el duro —le devolvió Mauro—. Dale, confesá que nunca nadie te trabajó estas zonas como yo.
Y hundió los dedos en ambas axilas al mismo tiempo, con una precisión cruel. Noé casi se dobló entero de la risa, tironeando de las ataduras.
—¡AAAAHHH, no puedo, Maurooo, me vas a matar!
—Aguantá, Noé, que todavía falta la fase final… —le susurró Mauro, sin soltar la ofensiva, disfrutando de cada carcajada desesperada.
Mauro no tenía ninguna prisa. El taller estaba vacío, el reloj marcaba que todavía quedaba toda la tarde, y lo único que se escuchaba era el eco de las carcajadas de Noé rebotando contra las paredes de chapa.
—¡Callate, hdp! —decía entre risas, rojo como un tomate.
—Mirá cómo se te empapa el cuerpo, boludo. —Mauro tocó el pelo del al torso de Noé—. Con tanto pelo y tanta transpiración, esto es como trabajar en selva tropical.
Noé trató de responder, abrir la boca para decir algo, pero apenas lograba:
—¡Hace… ja-ja-ja… hace mucho…!
—¡Mauuuuro, basta! —Noé gritaba, con la cara empapada, pataleando en la camilla improvisada del taller.
Noé chilló, negando con la cabeza, con esa mezcla de desesperación y vergüenza que lo delataba más que cualquier palabra.
—¡Dale, aguantá como macho! —remató Mauro, alargando cada palabra mientras Noé se retorcía inútilmente—. ¡Pelo en pecho y risa de pendejo!
El aire del taller ya estaba pesado, mezclando olor a aceite con el sudor que chorreaba de Noé. Mauro no aflojaba, tenía una sonrisa sádica en la cara, como quien disfruta cada segundo del control.
—¿Qué pasa, Noé? —le susurró mientras los dedos seguían bailando por sus costados—. ¿Todavía no aprendiste a pedir las cosas como se debe?
—¡No, basta, Mauro, nooo! —Noé se retorcía, riendo con la boca bien abierta, casi sin aire.
—¡No, no, no! —Noé gritaba, sacudiendo la cabeza, aunque su cuerpo lo delataba con cada estremecimiento.
—¡Niiiii loquiiiiiiiiiito! —balbuceaba Noé entre carcajadas incontrolables, mientras trataba de cubrirse con los codos.
Noé cerró los ojos, ahogado de risa, resbalándose en la camilla por el sudor. Sus carcajadas ya eran una mezcla de rendición y desesperación.
—Dale, Noé… —susurró Mauro, casi pegado a su oído, mientras sus dedos no paraban de excavarle las costillas—. Sé un macho y pedímelo vos.
Noé jadeaba, con la cara roja y el pelo pegoteado por el sudor. Apenas podía respirar de tanta risa acumulada. Mauro, sin embargo, no parecía dispuesto a darle un respiro.
—Está bien, campeón… si no querés hablar, volvemos a lo básico. —Mauro le agarró los tobillos con firmeza y los inmovilizó contra la camilla.
—¡No, Mauro, pará! ¡No vuelvas ahí! —Noé forcejeaba, sabiendo lo que venía.
—¿Ah, no? ¿Seguro? —dijo Mauro con esa sonrisa socarrona, antes de clavar los dedos en la planta de un pie.
El efecto fue inmediato: Noé pegó un salto, soltando una carcajada brutal que se mezcló con un grito.
—¡Naaaaaajajajajaja! ¡Daaale, basta, Mauro!
—¿Viste? —Mauro presionaba lento, recorriendo con saña el arco del pie—. No importa si sos un tipo hecho y derecho… acá seguís siendo el mismo nene cosquilloso de siempre.
Noé pataleaba, pero Mauro lo tenía bien sujeto. Después le frotó los dedos rápidos en ambos pies a la vez, provocando un estallido de risa que lo dejó sin aire.
—¡Naaaaajajajajajajajajaja, noooo, Maurooo! —Noé se retorcía, tratando de zafar.
—Dale, Noé… —Mauro hablaba casi en tono de maestro paciente—. Sólo tenés que pedírmelo y salimos de los pies. Vos sabés a dónde vamos después.
Noé, todavía entre carcajadas, intentaba negar con la cabeza.
—¡Jajajajaja, nooo, nooo, no quiero!
—Entonces seguís acá abajo —replicó Mauro, hundiendo los pulgares en los talones y subiendo despacio hacia el arco.
El tormento era insoportable. Noé lloraba de risa, completamente vencido en la camilla. Mauro lo miraba, disfrutando del espectáculo.
—Vamos, macho… pedímelo vos<: el truco especial. No cuesta nada —dijo, deteniéndose un instante para dejarlo respirar, aunque manteniendo la amenaza de volver en cualquier momento.
Noé jadeaba, con la risa aún en los labios, sabiendo que si no cedía, Mauro podía seguir ahí horas.
Noé estaba al borde del colapso, transpirado, con la cara roja y las lágrimas mezcladas con la risa. Cada vez que lograba recuperar un poco el aire, Mauro le recorría los dedos por la planta y lo devolvía al espasmo de carcajadas.
—¡Basta, Mauroooo, jajajajajajajajajaja, no puedoooo!
—Claro que podés —contestó él, tranquilo, implacable—. Sos grandote, ¿no? Entonces bancátela. O pedime lo otro…
Noé negó con la cabeza, pero en ese instante Mauro presionó con las uñas muy suavemente en la base de los dedos, un toque preciso que lo hizo estallar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAAA, yaaa estáááá!
Noé, exhausto, todavía se reía nervioso, sospechaba que acababa de abrirle la puerta a la peor parte.
Mauro se inclinó sobre Noé, que todavía respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando entre carcajadas rezagadas. Le acomodó el pelo de la frente y le susurró: Con un dedo, apenas rozó el vientre de Noé, sin llegar al bulto. Noé se estremeció.
—Mirá lo que pasa con un simple toque. ¿Estás seguro de que querés que siga con el truco especial? —dijo Mauro con tono burlón.
Mauro no perdió más tiempo. Dejó de amagar y, con ambas manos firmes, le bajó el pantalón a Noé y lo dejó desnudo.
—Ejj, ¿Qué hacés? Se quejó Noé.
Mauro no respondió y descendió hasta las bolas. Apenas empezó a trabajarlas con delicados roces, Noé arqueó la espalda y soltó un alarido que se mezclaba entre carcajada y gruñido. No había manera de contener la reacción: la poronga se activó al instante, delatando lo inevitable.
Noé, rojo y agitado, intentó zafarse, pero solo consiguió que Mauro intensificara el ataque. Sin detener la danza de sus dedos sobre as bolas, inclinó la cabeza hacia Noé y le habló entre carcajadas contenidas:
—¿Sabías, Noé, que después de acabar el cuerpo de los hombres se vuelve hipersensible? La misma fuerza que se supone nos hace machos, ahí se vuelve en contra nuestra. Es como si la virilidad misma te traicionara.
Mauro dejó deslizar apenas un dedo por el borde del glande, lo justo para que Noé se sacudiera con un espasmo.
—Yo creo que sí hace falta —repitió, alargando cada sílaba—. Ya tenés la verga parada, ¿me vas a venir con condiciones?
El magic wand comenzó a transmitir vibraciones poderosas sobre su glande, se trataba de un cosquilleo eléctrico que pronto escaló en intensidad. Al minuto, Noé ya arqueaba la espalda y apretaba los dientes, entendiendo demasiado tarde que había caído en una trampa mecánica imposible de resistir.
El zumbido grave del aparato llenaba el taller. Noé respiraba fuerte, aferrado a la camilla, mientras la vibración constante le recorría la herramienta como un relámpago interno. Los primeros minutos creyó que podía aguantar, que era solo un juego de Mauro, pero la intensidad era brutal.
A los siete minutos ocurrió lo inevitable: un estornudo explosivo sacudió a Noé, y en ese instante todo se potenció. El cuerpo entero entró en un estado de hipersensibilidad, cada vibración y cada cosquilla se multiplicaban como fuego en la piel. Noé gritó entre risas y gemidos, incapaz de sostenerlo.
—¡No, no, basta! ¡Me rindo! —jadeó, vencido, mientras el aparato seguía rugiendo.
Noé, rojo y sudoroso, lo miró sin palabras, entre agotado y rendido, consciente de que Mauro había ganado esa partida con todas las de la ley.
Noé respiraba agitado, todavía con la piel encendida por lo que acababa de soportar. El taller olía a aceite, hierro caliente y sudor humano, una mezcla que lo envolvía todo. Mauro apagó el wand y se quedó mirándolo en silencio unos segundos, con esa media sonrisa de triunfo en los labios.
Noé bajó la mirada, vencido. Estaba listo para otra burla, para que Mauro redoblara el chiste sobre su derrota. Pero, inesperadamente, Mauro se inclinó y le corrió el pelo mojado de la frente con una mano firme y cálida.
—Shhh… ya está, hermano. —dijo en voz baja, con una ternura que desarmaba cualquier defensa—. Aguantaste como un toro, no cualquiera llega hasta ahí.
Noé lo miró sorprendido, sin saber qué responder. Mauro, en vez de soltar otro comentario, apoyó la frente contra la suya apenas un instante, como un gesto de complicidad íntima, y después le dio una palmada en el pecho.
—Dale, levantate. Vamos a tomar un vaso de agua antes de que te me derritas acá.
Por primera vez en toda la sesión, Noé sonrió sin vergüenza, sabiendo que detrás de la broma y del tormento también había un cuidado genuino. Y esa mezcla, extraña e inesperada, lo dejó más revuelto que cualquier máquina del taller.
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