miércoles, 15 de octubre de 2025

Mecanico de las cosquillas

 El auto de tu madre hacía un ruido extraño y Noé no tuvo otra que llevarlo al viejo taller de la esquina de Córdoba y Jean Jaurès. Apenas entró, el olor a grasa, el piso manchado y la radio sonando bajito a cumbia le marcaron que ahí mandaba otro código.

Mauro, el mecánico, lo recibió con una sonrisa torcida, las manos ennegrecidas de tanto motor.

—¿Así que este es el autito problemático? —dijo, dándole un golpecito al capó, como si estuviera palmoteando a un caballo.

Noé asintió y se quedó mirando cómo Mauro se inclinaba, camiseta pegada al cuerpo por el calor del mediodía, los brazos tensos al levantar la tapa.

—Voy a tener que revisarle las tripas —comentó Mauro, metiendo medio torso adentro del motor. Después sacó la cabeza y miró a Noé con picardía—. ¿Querés ayudarme o te da miedo ensuciarte?

La frase sonó más como un desafío que como una invitación. Noé sonrió incómodo, aunque algo en su interior se agitó.

Mauro buscó una caja de herramientas en un estante alto. Para alcanzarla, la empujó un poco y dejó que cayera en manos de Noé. En ese movimiento, los cuerpos se rozaron apenas, y Mauro soltó:

—Mirá vos, flaco… pensé que eras más delicado. Tenés buena fuerza.

Noé rió por lo bajo, nervioso. Mauro se inclinó para ordenar unas piezas y, casi sin querer, pasó los dedos por el costado de Noé, arrancándole una risa súbita.

—¿Qué fue eso? —protestó Noé, todavía sonriendo.

—Nada, che… pensé que estabas tenso. Pero parece que reaccionás fácil —respondió Mauro, con un gesto que mezclaba broma y malicia.

Noé quiso decir algo, pero notó que en el jogging que llevaba puesto, cierta tela delataba una activación inesperada. Mauro lo miró de reojo, como si hubiera registrado el detalle.

—Tranquilo, no voy a “t’tratar de loco” —dijo, limpiándose las manos con un trapo—. Pero ojo que yo siempre detecto cuando algo se enciende…

Noé se apoyó contra la pared del taller, tratando de mostrarse relajado, aunque sabía bien que el jogging lo estaba exponiendo de más.

—¿Detectás todo, eh? —le dijo, intentando sonar irónico.

Mauro se acomodó la gorra grasienta y sonrió.
—Y… soy mecánico, flaco. Estoy entrenado para escuchar hasta el ruido más mínimo de un motor. Y vos… hacés más ruido del que creés.

Noé lo miró de reojo.
—¿Y qué ruido es ese que escuchás?

Mauro se encogió de hombros, pero no le sacó la mirada de encima.
—Uno que no viene del auto. Algo que se escapa aunque quieras apretarlo con la pinza.

Noé rió nervioso.
—Dejate de joder.

—¿Joder? —repitió Mauro, arrimándose un paso, con las manos todavía manchadas de grasa—. Si yo quisiera joderte, ya estarías en el piso, riéndote como un condenado.

La frase quedó flotando, pesada, cargada de insinuación. Noé tragó saliva, fingiendo que revisaba la caja de herramientas, pero sentía la mirada de Mauro clavada en él.

—En serio, estás diciendo cualquier cosa —intentó cortar.

Mauro no lo dejó escapar tan fácil:
—Mirá, si querés podemos seguir hablando de bujías y correas, pero se nota que vos también tenés otro motor acelerando…

Noé no contestó. El silencio, en ese taller lleno de olor a aceite, se volvió tan espeso que ya parecía inevitable que la charla terminara en otra cosa.

Noé buscaba distraerse revisando la caja de herramientas cuando sintió el roce inesperado de unos dedos en su costado.

—¡Eh, qué hacés! —saltó entre risas, encorvándose instintivamente.

Mauro soltó una carcajada breve, como si hubiera ajustado el tornillo exacto.
—Ajá… lo sabía. —y volvió a deslizar la mano, esta vez más arriba, cerca de la axila.

Noé trató de apartarse, pero en el movimiento chocó contra la bicicleta que estaban acomodando. Se dobló de risa, intentando empujarlo.
—¡Cortala, boludo!

Mauro se le pegó más, aprovechando la excusa.
—¿Ves? Te hacés el duro, pero con dos dedos ya estás entregado.

El cuerpo de Noé traicionó la defensa: el jogging marcó un cambio mínimo, apenas perceptible, pero suficiente para que Mauro lo notara.

—Mirá vos… y eso que sólo fue un par de segundos. —dijo Mauro con media sonrisa, bajando la voz—. ¿Qué pasará si sigo un rato más?

Noé, colorado, trató de recomponerse, respirando agitado.
—Dejate de joder, fue de sorpresa, nada más.

Pero Mauro no retrocedió ni un centímetro.
—¿Seguro que fue sorpresa? —le susurró, estirando otra vez la mano como amenaza.

Mauro se cruzó de brazos, disfrutando de la cara enrojecida de Noé.
—Dale, no me vengas con que fue sorpresa. Se notó clarito.

Noé, todavía agitado, levantó la ceja.
—¿Y vos qué sabés? Mirás demasiado, me parece.

—Justamente porque miro demasiado, no me engañás. —replicó Mauro, avanzando un paso y bajando la voz como si revelara un secreto.

Se quedó un segundo en silencio, con esa sonrisa desafiante, y luego propuso:
—Mirá, hagamos una cosa: apuesto que si te hago cosquillas diez segundos más, vuelve a pasar lo mismo.

Noé se enderezó, fingiendo seguridad.
—¿Y si no pasa?

Mauro sonrió más ancho.
—Si no pasa, te invito una cerveza. Pero si pasa… te quedás sin excusas, y reconocés que algo te mueve.

Noé se mordió el labio, midiendo la situación.
—Estás loco.

—¿Entonces? ¿Aceptás o tenés miedo de perder? —lo pinchó Mauro, estirando apenas los dedos, como quien ya se prepara para atacar.

Noé lo miró fijo, respirando hondo. Sabía que estaba entrando en terreno pantanoso, pero la adrenalina del reto le hervía en la sangre.
—Está bien, acepto la apuesta. —dijo, con un tono que intentaba sonar firme pero con un brillo en los ojos que lo delataba.

Mauro arqueó una ceja, complacido.
—Eso quería escuchar. —y sin darle más tiempo, lo arrinconó contra el banco de trabajo, atrapándole los brazos con firmeza.

—Diez segundos. —sentenció Mauro, mientras sus dedos bajaban sin piedad hacia las axilas de Noé.

El estallido de risa fue inmediato. Noé se contorsionaba, pero la presión del mecánico era aplastante. Apenas iban tres segundos y ya sentía que el jogging lo estaba traicionando de nuevo.

—¡Cinco! —cantó Mauro, disfrutando del espectáculo.
Noé intentaba negar con la cabeza, los ojos cerrados, la risa sacudiéndolo entero.

—¡Ocho! —la voz de Mauro subió como si alentara un gol. Y justo en ese instante, la evidencia apareció marcada contra la tela.

Mauro soltó los brazos, pero no se apartó. Lo miró de arriba abajo, con esa sonrisa torcida que mezclaba triunfo y picardía.
—Diez segundos… y parece que gané.

Noé jadeaba, rojo, incapaz de decir nada coherente.

Mauro se inclinó, con voz baja pero clara:
—Te dije que había algo. Y ahora, sabés lo que significa… —le dio un golpecito en el pecho—. Una sesión completa en el taller. Yo mando.

Mauro señaló con la cabeza la vieja camilla de alineación que usaba para revisar chasis, cubierta con una lona gris.
—Subite ahí, campeón. Hoy se hace justicia.

Noé dudó un instante, pero la mezcla de excitación y nervios lo empujó a obedecer. Se acostó, sintiendo el frío metálico bajo la lona.

Mauro, con calma de verdugo, tomó un par de cinchas de taller y aseguró primero los tobillos.
—Para que no pateés y me arruines la herramienta —bromeó, guiñándole un ojo.

Luego se inclinó sobre las zapatillas de Noé, las olió exageradamente y torció la cara.
—Mamita, acá hay olor a laburo fuerte. ¿Seguro que no venís de correr una maratón?

Noé se rió nervioso, con los brazos ya medio atrapados por las correas.
—Dale, no jodás…

—Shhh, acá mando yo. —Mauro se acomodó en un banquito bajo, frente a los pies.
Con un tirón, le sacó las zapatillas y los pies quedaron expuestos en medias gastadas.

Mauro acercó los dedos, rozando apenas.
—A ver si además de olor, también hay risas… porque lo que voy a escuchar ahora son carcajadas.

Y ahí empezó el castigo: los dedos del mecánico corriendo por las plantas de Noé, hundiéndose entre los dedos, subiendo por los bordes del pie. Noé se arqueó de risa inmediata, retorciéndose, pero las cinchas lo mantenían firme.

—¡N-no! ¡Pará, Mauro! —logró gritar entre carcajadas.
—Ni sueñes. Esto recién empieza —contestó Mauro, con esa sonrisa sádica de maestro de ceremonias—. Hoy el taller tiene banda sonora.

La risa de Noé llenó el lugar, mezclada con el olor a grasa y metal del taller. Y Mauro, implacable, fue acelerando el ritmo como si ajustara un motor, decidido a llevar la sesión a fondo.

Mauro no aflojaba. Sus dedos raspaban las plantas con precisión de mecánico, como si fueran llaves calibrando un motor. Noé se retorcía, riendo a carcajadas, los tobillos atrapados, sin escapatoria.

—¡Maurooo, basta! —gimió entre risas.

Mauro levantó la cabeza apenas, disfrutando del espectáculo.
—¿Basta? Pero si recién estoy entrando en calor. Dale, Noé, vos ya sos grandecito para estar llorando de risa como un pibe. Aguantá, macho.

Noé sacudía la cabeza, colorado, transpirando, mientras sus carcajadas hacían eco en el taller.
—¡No puedo, boludo! ¡Me matás!

—¿No podés? —Mauro arqueó una ceja y le atrapó los dedos de un pie con una mano, para poder concentrarse en la planta con la otra—. No me vengas con excusas, ¿o querés que le diga a todos quete reís como un nene de jardín?

Noé, entre carcajadas, trató de taparse la cara con el hombro, como si pudiera esconderse.
—¡Callate! ¡Sos un hdp!

—¡Eso sí que no! —rió Mauro—. Acá no se insulta al juez de la camilla de la justicia. Y por la falta de respeto… ¡doble castigo!

Metió los dedos por dentro de la media, directo a la piel. Noé pegó un salto y soltó un alarido de risa descontrolada.

—¡Naaa! ¡Sacá esas manos! ¡Nooo, me muero!

Mauro lo miró divertido, sudando también del esfuerzo, pero sin parar.
—Vamos, aguantá como hombre de pelo en pecho… o confieso que te voy a tener que rebautizar “nene de patas cosquillosas”.

Y volvió a la carga, más despiadado, mientras Noé pataleaba inútilmente contra las cinchas.

Mauro, satisfecho de haber exprimido hasta la última carcajada de los pies de Noé, se enderezó, secándose con el antebrazo el sudor de la frente.

—Bueno, parece que sobreviviste a la primera fase… —dijo con un tono burlón, como si estuviera conduciendo una prueba militar—. Ahora viene el ascenso.

Noé jadeaba, el pecho subiendo y bajando, apenas recuperando aire.
—No, no, no… Mauro, pará, ya está…

—¿Ya está? —rió Mauro, inclinándose sobre él—. No viste nada todavía, campeón.

Dejó los tobillos asegurados y se inclinó sobre el torso. Con un gesto rápido, atacó a Noé, que inmediatamente pegó un respingo.

—¡No, no, pará! —gritó Noé, riendo nervioso.

Mauro acercó la boca a su oído y susurró:
—Ni pienses.

Sus dedos comenzaron a explorar los costados, ascendiendo con calma, como si fueran dos alacranes buscando el punto exacto. Noé estalló en carcajadas, arqueando el cuerpo como si quisiera despegar de la camilla.

—¡Maurooo! ¡La concha de tu madre, basta!

—Mirá vos… —dijo Mauro divertido, presionando más arriba, hasta rozar la zona de las axilas—. Qué cantidad de pelo hay por acá, Noé… y sin embargo, sigue siendo terreno cosquilloso. Nunca falla.

Noé pateaba, transpirado, las risas quebrándole la voz.
—¡¡Callate, hdp!

—No te hagás el duro —le devolvió Mauro—. Dale, confesá que nunca nadie te trabajó estas zonas como yo.

Y hundió los dedos en ambas axilas al mismo tiempo, con una precisión cruel. Noé casi se dobló entero de la risa, tironeando de las ataduras.

—¡AAAAHHH, no puedo, Maurooo, me vas a matar!

—Aguantá, Noé, que todavía falta la fase final… —le susurró Mauro, sin soltar la ofensiva, disfrutando de cada carcajada desesperada.

Mauro no tenía ninguna prisa. El taller estaba vacío, el reloj marcaba que todavía quedaba toda la tarde, y lo único que se escuchaba era el eco de las carcajadas de Noé rebotando contra las paredes de chapa.

Con las manos clavadas en sus costados, Mauro reía junto a él, pero sin aflojar.
—¿Viste? Te hacés el grandote, el del jogging apretado, pero te toco acá y te desarmás.

Noé se sacudía como si tuviera electricidad recorriéndolo.
—¡No digas boludeces, Maurooo! ¡Pará, paráaaa!

—¿Parar? —se hizo el ofendido, presionando justo en la unión de las costillas con las axilas—. Esto recién está calentando motores.
Acercó la cara y olfateó exageradamente.
—Mmm… olor a transpiración de taller… pero mezclado con perfume barato. Qué combinación, Noé.

—¡Callate, hdp! —decía entre risas, rojo como un tomate.

—Mirá cómo se te empapa el cuerpo, boludo. —Mauro tocó el pelo del al torso de Noé—. Con tanto pelo y tanta transpiración, esto es como trabajar en selva tropical.

Noé se retorcía aún más, llorando de risa, las lágrimas mezclándose con el sudor.
—¡Sos un enfermo!

Noé trató de responder, abrir la boca para decir algo, pero apenas lograba:

—¡Hace… ja-ja-ja… hace mucho…!

Mauro no le dio respiro. Le clavó los dedos otra vez bien profundo en las axilas, moviéndolos en círculos como si supiera exactamente dónde estaba el nervio más sensible.
—¿Mucho, eh? ¡Mucho! Entonces hay que recuperar el tiempo perdido. —Soltó una carcajada cómplice, como si el sufrimiento de Noé fuera un trabajo pendiente que él mismo debía completar.

—¡Mauuuuro, basta! —Noé gritaba, con la cara empapada, pataleando en la camilla improvisada del taller.

—¡No, no, no! —contestó Mauro, imitando el tono de Noé pero sin frenar un segundo—. Te voy a hacer rendir cada carcajada que te guardaste estos años.
Le sostuvo un brazo con una mano, inmovilizándolo, y con la otra atacaba a dos dedos en la axila expuesta, como si tocara un botón mágico que lo volvía loco.

El cuerpo de Noé se arqueaba sin control. Quiso patear, quiso cubrirse, pero nada servía.
—¡Te vas a morir de risa, boludo! —Mauro gritaba encima de su risa contagiosa—. ¡Y encima todavía no pasé a las “orejas”!

Noé chilló, negando con la cabeza, con esa mezcla de desesperación y vergüenza que lo delataba más que cualquier palabra.

—¡Mirá cómo estás, Noé! —le dijo Mauro, dándole un respiro de apenas un segundo antes de volver a hincarse en los costados—. Todo empapado, hecho un desastre… y todavía haciéndote el duro.
Le pellizcó un poco la piel, justo debajo de las costillas, y lo escuchó explotar en carcajadas otra vez.

—¡Dale, aguantá como macho! —remató Mauro, alargando cada palabra mientras Noé se retorcía inútilmente—. ¡Pelo en pecho y risa de pendejo!

El aire del taller ya estaba pesado, mezclando olor a aceite con el sudor que chorreaba de Noé. Mauro no aflojaba, tenía una sonrisa sádica en la cara, como quien disfruta cada segundo del control.

—¿Qué pasa, Noé? —le susurró mientras los dedos seguían bailando por sus costados—. ¿Todavía no aprendiste a pedir las cosas como se debe?

—¡No, basta, Mauro, nooo! —Noé se retorcía, riendo con la boca bien abierta, casi sin aire.

Mauro lo sostuvo con un brazo apoyado en su torso, inclinándose encima para que no pudiera escapar.
—Mirá cómo te tengo, todo sudado, todo rendido… y todavía te resistís. ¿Querés que te muestre mi truco especial?

—¡No, no, no! —Noé gritaba, sacudiendo la cabeza, aunque su cuerpo lo delataba con cada estremecimiento.

Mauro apretó más las axilas, profundo, firme, alternando con pellizcos rápidos en las costillas. Noé se arqueaba como loco.
—Escuchame bien: no voy a parar hasta que seas vos el que me lo pida.

—¡Niiiii loquiiiiiiiiiito! —balbuceaba Noé entre carcajadas incontrolables, mientras trataba de cubrirse con los codos.

Mauro le atrapó un brazo y lo levantó, dejándole la axila expuesta de nuevo.
—Te voy a hacer que me pidas, campeón. Si querés mi truco especial, vas a tener que decirlo clarito.

Noé cerró los ojos, ahogado de risa, resbalándose en la camilla por el sudor. Sus carcajadas ya eran una mezcla de rendición y desesperación.

—Dale, Noé… —susurró Mauro, casi pegado a su oído, mientras sus dedos no paraban de excavarle las costillas—. Sé un macho y pedímelo vos.

Noé jadeaba, con la cara roja y el pelo pegoteado por el sudor. Apenas podía respirar de tanta risa acumulada. Mauro, sin embargo, no parecía dispuesto a darle un respiro.

—Está bien, campeón… si no querés hablar, volvemos a lo básico. —Mauro le agarró los tobillos con firmeza y los inmovilizó contra la camilla.

—¡No, Mauro, pará! ¡No vuelvas ahí! —Noé forcejeaba, sabiendo lo que venía.

—¿Ah, no? ¿Seguro? —dijo Mauro con esa sonrisa socarrona, antes de clavar los dedos en la planta de un pie.

El efecto fue inmediato: Noé pegó un salto, soltando una carcajada brutal que se mezcló con un grito.

—¡Naaaaaajajajajaja! ¡Daaale, basta, Mauro!

—¿Viste? —Mauro presionaba lento, recorriendo con saña el arco del pie—. No importa si sos un tipo hecho y derecho… acá seguís siendo el mismo nene cosquilloso de siempre.

Noé pataleaba, pero Mauro lo tenía bien sujeto. Después le frotó los dedos rápidos en ambos pies a la vez, provocando un estallido de risa que lo dejó sin aire.

—¡Naaaaajajajajajajajajaja, noooo, Maurooo! —Noé se retorcía, tratando de zafar.

—Dale, Noé… —Mauro hablaba casi en tono de maestro paciente—. Sólo tenés que pedírmelo y salimos de los pies. Vos sabés a dónde vamos después.

Noé, todavía entre carcajadas, intentaba negar con la cabeza.

—¡Jajajajaja, nooo, nooo, no quiero!

—Entonces seguís acá abajo —replicó Mauro, hundiendo los pulgares en los talones y subiendo despacio hacia el arco.

El tormento era insoportable. Noé lloraba de risa, completamente vencido en la camilla. Mauro lo miraba, disfrutando del espectáculo.

—Vamos, macho… pedímelo vos<: el truco especial. No cuesta nada —dijo, deteniéndose un instante para dejarlo respirar, aunque manteniendo la amenaza de volver en cualquier momento.

Noé jadeaba, con la risa aún en los labios, sabiendo que si no cedía, Mauro podía seguir ahí horas.

Noé estaba al borde del colapso, transpirado, con la cara roja y las lágrimas mezcladas con la risa. Cada vez que lograba recuperar un poco el aire, Mauro le recorría los dedos por la planta y lo devolvía al espasmo de carcajadas.

—¡Basta, Mauroooo, jajajajajajajajajaja, no puedoooo!

—Claro que podés —contestó él, tranquilo, implacable—. Sos grandote, ¿no? Entonces bancátela. O pedime lo otro…

Noé negó con la cabeza, pero en ese instante Mauro presionó con las uñas muy suavemente en la base de los dedos, un toque preciso que lo hizo estallar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAAA, yaaa estáááá!

Mauro lo miró fijo, con media sonrisa:
—¿Qué está? Decilo claro, Noé.

Noé trató de contenerse, pero la risa lo quebraba, y entre jadeos soltó:
—¡Quierooo… tu truco especial!

Mauro levantó las cejas, victorioso.
—¿Viste que podías decirlo? —dijo, retirando al fin las manos de los pies—. Ahora sí empieza lo serio, no lo vas a poder creer.

Noé, exhausto, todavía se reía nervioso, sospechaba que acababa de abrirle la puerta a la peor parte.

Mauro se inclinó sobre Noé, que todavía respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando entre carcajadas rezagadas. Le acomodó el pelo de la frente y le susurró: Con un dedo, apenas rozó el vientre de Noé, sin llegar al bulto. Noé se estremeció.

—Mirá lo que pasa con un simple toque. ¿Estás seguro de que querés que siga con el truco especial? —dijo Mauro con tono burlón.

Noé tragó saliva, cerró los ojos un segundo y, con una mezcla de risa nerviosa y desafío, respondió:
—Dale, ya fue. Mostrame tu truco especial.

Mauro se acomodó como quien prepara un truco final y le susurró al oído:
—Después no digas que no te avisé.

Mauro no perdió más tiempo. Dejó de amagar y, con ambas manos firmes, le bajó el pantalón a Noé y lo dejó desnudo. 

—Ejj, ¿Qué hacés? Se quejó Noé.

Mauro no respondió y descendió hasta las bolas. Apenas empezó a trabajarlas con delicados roces, Noé arqueó la espalda y soltó un alarido que se mezclaba entre carcajada y gruñido. No había manera de contener la reacción: la poronga se activó al instante, delatando lo inevitable.

Mauro, que lo observaba fascinado, bajó la voz y comentó entre risas:
—Ahí está… te hacías el macho, pero este bulto canta más fuerte que vos.

Noé, rojo y agitado, intentó zafarse, pero solo consiguió que Mauro intensificara el ataque. Sin detener la danza de sus dedos sobre as bolas, inclinó la cabeza hacia Noé y le habló entre carcajadas contenidas:

—¿Sabías, Noé, que después de acabar el cuerpo de los hombres se vuelve hipersensible? La misma fuerza que se supone nos hace machos, ahí se vuelve en contra nuestra. Es como si la virilidad misma te traicionara.

Noé, jadeando y con el rostro encendido, trató de recuperar un poco de compostura. Forzó una risa nerviosa y dijo entrecortado:
—Bueno, bueno, pará un poco, Mauro… capaz podemos negociar, ¿no? No hace falta ir ahí…

Mauro dejó deslizar apenas un dedo por el borde del glande, lo justo para que Noé se sacudiera con un espasmo.

—Yo creo que sí hace falta —repitió, alargando cada sílaba—. Ya tenés la verga parada, ¿me vas a venir con condiciones?

Mauro abrió un cajón metálico del taller y sacó un aparato extraño, blanco, con una cabeza redonda en la punta. Noé lo miró con cejas fruncidas, sin entender.
—¿Y eso? —preguntó, todavía recuperando aire.
—Esto —dijo Mauro, sosteniéndolo como si fuera un arma sagrada— es lo que me convierte en el mejor mecánico. Sirve para aflojar hasta la pieza más dura… y hoy va a probarse con vos.

Noé rió incrédulo.
—¿Qué vas a hacer, darme un masaje?
—Algo así… pero versión camilla de justicia.

Con calma intimidante, Mauro sacó unas bandas de cuero que estaban colgadas de un perchero y sujetó el aparato justo sobre el pene de Noé. Lo dejó fijo, como un accesorio imposible de esquivar.
Noé abrió grande los ojos.
—Pará, ¿qué es esto?
—Mi truco especial —contestó Mauro encendiendo el artefacto, que vibró con un zumbido grave y continuo—. Diez minutos ininterrumpidos. Si aguantás, te libero limpio como un campeón. Si no, admitís que nunca más podés desafiarme en mi propio taller.

Noé sonrió nervioso, confiado todavía.
—Pfff… ¿eso? Vamos, Mauro, me subestimás.

El magic wand comenzó a transmitir vibraciones poderosas sobre su glande, se trataba de un cosquilleo eléctrico que pronto escaló en intensidad. Al minuto, Noé ya arqueaba la espalda y apretaba los dientes, entendiendo demasiado tarde que había caído en una trampa mecánica imposible de resistir.

Mauro lo observaba satisfecho, cruzado de brazos, mientras murmuraba con sorna:
—Yo te avisé, Noé. Este taller no perdona.

El zumbido grave del aparato llenaba el taller. Noé respiraba fuerte, aferrado a la camilla, mientras la vibración constante le recorría la herramienta como un relámpago interno. Los primeros minutos creyó que podía aguantar, que era solo un juego de Mauro, pero la intensidad era brutal.

Mauro, sin prisa, deslizó sus manos a las axilas de Noé y empezó a cosquillear ahí, aprovechando cada sacudida de su cuerpo.
—Vamos, grandote… —decía entre risas—, ¿vas a decir que un juguetito eléctrico y un par de dedos te hacen temblar?
Noé soltaba carcajadas entrecortadas, moviéndose como podía, intentando no perder el control.
—¡Ja-ja-ja! ¡Basta, Mauro! ¡Apagá eso!

El reloj del celular marcaba el paso del tiempo. A los cinco minutos, Mauro lo provocó aún más:
—Mirá que todavía faltan cinco largos minutos… y yo apenas estoy calentando.

Noé, empapado de sudor, negó con la cabeza.
—¡Ni loco! —dijo, aunque la voz le temblaba.

Mauro hundió sus dedos otra vez en las axilas, esta vez sin piedad.
—Eso decís ahora… pero tu cuerpo me está contando otra historia.

A los siete minutos ocurrió lo inevitable: un estornudo explosivo sacudió a Noé, y en ese instante todo se potenció. El cuerpo entero entró en un estado de hipersensibilidad, cada vibración y cada cosquilla se multiplicaban como fuego en la piel. Noé gritó entre risas y gemidos, incapaz de sostenerlo.

—¡No, no, basta! ¡Me rindo! —jadeó, vencido, mientras el aparato seguía rugiendo.

Mauro lo apagó al fin, inclinándose sobre él con una sonrisa satisfecha.
—Te lo dije, Noé. Diez minutos eran imposibles para vos. Tu propia masculinidad terminó jugando en mi equipo.

Noé, rojo y sudoroso, lo miró sin palabras, entre agotado y rendido, consciente de que Mauro había ganado esa partida con todas las de la ley.

Noé respiraba agitado, todavía con la piel encendida por lo que acababa de soportar. El taller olía a aceite, hierro caliente y sudor humano, una mezcla que lo envolvía todo. Mauro apagó el wand y se quedó mirándolo en silencio unos segundos, con esa media sonrisa de triunfo en los labios.

Noé bajó la mirada, vencido. Estaba listo para otra burla, para que Mauro redoblara el chiste sobre su derrota. Pero, inesperadamente, Mauro se inclinó y le corrió el pelo mojado de la frente con una mano firme y cálida.

—Shhh… ya está, hermano. —dijo en voz baja, con una ternura que desarmaba cualquier defensa—. Aguantaste como un toro, no cualquiera llega hasta ahí.

Noé lo miró sorprendido, sin saber qué responder. Mauro, en vez de soltar otro comentario, apoyó la frente contra la suya apenas un instante, como un gesto de complicidad íntima, y después le dio una palmada en el pecho.

—Dale, levantate. Vamos a tomar un vaso de agua antes de que te me derritas acá.

Por primera vez en toda la sesión, Noé sonrió sin vergüenza, sabiendo que detrás de la broma y del tormento también había un cuidado genuino. Y esa mezcla, extraña e inesperada, lo dejó más revuelto que cualquier máquina del taller.

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