Leonel está aburrido y esos 40 minutos se le vuelven tediosos. Lo único que le llama la atención es la abertura en la camisa de su terapeuta: tiene pelos en el pecho, mientras que Leonel es lampiño. Un día, aparece en la sesión más inspirado.
Tengo una pregunta que hacerle - dice Leonel.
Si, decime -responde el terapeuta, feliz de haber despertado algún tipo de interés.
¿Te molestaría sacarte la camisa y dejarme hacerte cosquillas por un rato como solía hacerlo con mi papá?- pregunta el jóven.
El terapeuta se sorprende. Es la primera vez que Leonel dijo algo.
¿Querés hablarme de eso? - retruca el terapeuta.
La verdad que no... -responde Leonel y nuevamente se queda callado.
El terapeuta hace su última apuesta: quizás esta sea una forma de Leonel de decir algo. Entonces el psicólogo se desabotona la camisa, se la quita y la deja a un costado. Se sienta en el sofá y le hace un gesto para que Leonel se aproxime.
Leonel avanza lentamente hasta llegar al cuerpo de su terapeuta. Efectivamente, él es mucho más peludo que lo que el joven pensaba. Se anima a hacerle cosquillas en las costillas y en el estómago. Su terapeuta empieza a reírse involuntariamente, mientras hace esfuerzos por no retorcerse. Leonel también prueba sus axilas y nota la sensibilidad en aquellas oscuras y húmedas zonas.
Luego de toda esta acción, el terapeuta intenta recomponer la sesión normalmente.
Nunca me hablaste de tu papá -dijo.- ¿Ácaso él falleció o algo así?
No, está vivo -respondió Leonel- ¡Pero de lo que seguro no tiene, es ese pecho peludo y esas axilas tan cosquillosas!

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